Capítulo 17 — Audio restaurado
El técnico de acústica forense se llamaba Mikel Zabala y trabajaba en un laboratorio en el Paseo Nuevo de San Sebastián con vistas al mar que según él mismo nunca miraba porque cuando uno trabaja con sonido el mar es una distracción constante y ya tenía suficientes distracciones.
Llevaba dos días con el casete.
Iria había conducido hasta San Sebastián esa mañana porque Luengo le había dicho que Zabala quería hablar con quien había encontrado el material, no solo con el equipo forense de Bilbao, que ya había pasado por el laboratorio el día anterior y había recibido el informe preliminar pero no el informe definitivo.
Iria no preguntó por qué quería hablar con ella específicamente. Condujo.
El laboratorio era más pequeño de lo que imaginaba: dos salas, muchos aparatos con muchas pantallas, y el olor específico a electrónica antigua que ya había empezado a asociar con los sitios donde se guarda el pasado en formato analógico.
Zabala tenía cuarenta y tantos años, barba de varios días y la expresión de alguien que ha dormido poco las últimas noches no por obligación sino porque había algo en el trabajo que le impedía parar.
—El casete —dijo, sin preámbulos, cuando Iria entró—. Treinta años entre las rocas de una cala en el Cantábrico. —Hizo una pausa significativa—. Hay que tener mucho respeto por la física para entender el nivel de milagro técnico que representa que esto sea recuperable.
—¿Lo es?
—Parcialmente. —Se sentó frente a la pantalla principal—.
El óxido afectó a varios segmentos. Hay fragmentos irrecuperables, ruido de fondo severo en otros, y luego hay partes donde el audio está en un estado que no tiene derecho a estar después de todo lo que ha pasado.
—Hizo una pausa—. La caja estanca hizo su trabajo mejor de lo que habría hecho cualquier archivo convencional.
—¿Qué hay en las partes recuperables?
Zabala giró la silla hacia ella.
—¿Quiere escucharlo o quiere que se lo cuente?
—Las dos cosas.
—Empieza con una conversación entre dos hombres.
Uno más joven —que identificamos como el que realizó la grabación, Patxi Uriarte, según el informe que me mandó el equipo de Bilbao—.
El otro más mayor. La calidad del audio del mayor es mejor porque hablaba más alto y más cerca del micrófono.
—Zabala giró hacia la pantalla—. Voy a ponerle el fragmento más claro. Dure lo que dure sin interrumpirlo.
Pulsó reproducción.
* * *
Lo que salió del altavoz era un sonido con mucho grano, como escuchar algo a través de varias paredes, pero articulado. Reconocible.
La voz joven primero: Necesito que me digas que no fue culpa mía. Que el niño cayó solo.
Una pausa en el audio. Estática. Luego la voz mayor, que Iria reconoció inmediatamente, aunque no la hubiera escuchado en treinta años de casete ni con ese nivel de distorsión. Había algo en la cadencia, en la manera de espaciar las palabras, que era inconfundible.
El niño cayó. Estaba oscuro y el borde estaba cerca y cayó. Eso es lo que pasó.
La voz joven: Pero yo le vi la cara. Le vi la cara cuando le cogiste el brazo.
Pausa larga. El ruido de fondo llenó el silencio como agua en un vaso.
Lo que viste o dejaste de ver no importa. Lo que importa es lo que puedes demostrar. Y no puedes demostrar nada. Ninguno de los que estábamos ahí puede demostrar nada, porque si uno habla nos hundimos todos. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Sí.
No. No lo entiendes todavía, pero lo entenderás. Esto es como una red. Si tiras de un cabo, se deshace todo. Y cuando se deshace todo, no te deshaces solo tú. Te deshaces con todos los que estaban dentro. Tu madre. Tu hermana. La gente que depende de esta cofradía. Todos.
Pausa.
El niño se cayó al agua. Fue un accidente. Eso es lo que pasó y eso es lo que vas a saber para siempre.
La voz joven, muy baja: ¿Y las orcas?
¿Qué pasa con las orcas?
Estaban ahí. La cría estaba ahí todavía cuando nos fuimos. Nos vio.
Una pausa más larga que las anteriores.
Las orcas no ven. Oyen. Y lo que oigan se lo llevan al fondo del mar.
Fin del fragmento. Zabala pulsó pausa.
Silencio en el laboratorio. Solo el zumbido de los equipos.
—Hay más —dijo Zabala—. Unos cuatro minutos adicionales recuperables en distintos segmentos.
Pero ese es el más claro y el más relevante desde el punto de vista forense.
—Hizo una pausa—. La voz del hombre mayor ha sido comparada con las grabaciones de referencia que mandó el equipo de Bilbao.
Declaraciones previas de Xabier Landa en sede policial.
—Otra pausa—. La probabilidad de coincidencia está por encima del noventa y cuatro por ciento según el análisis espectrográfico.
Iria miró la pantalla donde la forma de onda seguía visible, congelada en el momento en que Zabala la había pausado.
—¿Eso es suficiente para el juicio?
—No soy juez. Pero es suficiente para que ningún abogado defensor razonable quiera que lo escuche un jurado.
Iria asintió.
—Necesito una copia del informe completo y del audio en todos los formatos que tenga.
—Ya lo tiene el equipo de Bilbao. Pero le hago una copia adicional.
—En un dispositivo físico. No en la nube.
Zabala la miró.
—¿Desconfianza institucional o precaución general?
—Precaución general —dijo Iria.
—Bien. —Se levantó—. Tárdeme diez minutos.
* * *
Mientras esperaba, Iria salió al pasillo y llamó a Nora.
—¿Cómo está? —dijo Nora cuando contestó.
Era una pregunta genuina, de las que no se hacen por protocolo. Iria la recibió como tal.
—Cansada —dijo—. ¿Y usted?
—Igual. He estado dos días leyendo los apuntes de Mateo que dejó aquí. Los que no se llevó la Guardia Civil. —Una pausa—. Hay cosas que no llegué a ver antes. Cosas que él entendía sobre el comportamiento de Negua que yo solo empiezo a entender ahora.
—¿Qué cosas?
—La secuencia que Negua repite en la cala.
La que aparece en los últimos audios. —Nora habló despacio, con esa manera suya de pesar cada frase—.
Mateo creía que no era solo imitación. Que era algo más activo.
Las orcas usan el sonido para comunicarse entre generaciones: la matriarca le transmite a las crías no solo técnicas de caza sino también información sobre lugares, sobre amenazas, sobre pérdidas del grupo.
—Pausa—. Mateo creía que Negua llevaba treinta años transmitiendo el evento de aquella noche como información de peligro.
Que estaba enseñando a sus crías que ese lugar era peligroso.
Y que al mismo tiempo volvía ahí cada año porque la memoria emocional y la memoria de advertencia son cosas distintas y pueden coexistir.
—Vuelve porque recuerda y advierte porque recuerda.
—Sí. —Una pausa—. Hay un término en la literatura: cultural memory transmission . La transmisión cultural de la memoria. Es un fenómeno documentado en varios cetáceos. Mateo quería escribir un artículo sobre esto. Sobre Negua específicamente.
—¿Va a escribirlo usted?
Silencio breve.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo Nora—. Le pondré su nombre primero.
Iria no dijo nada durante un momento.
—¿Sabe cuándo volverán las orcas? ¿En qué condiciones?
—Volverán en invierno. Siempre lo han hecho. —Otra pausa—. Aunque hay algo que Mateo apuntó en sus notas que me ha estado dando vueltas toda la noche.
—¿Qué?
—Escribió que si el motivo del retorno era la transmisión del trauma y la transmisión del trauma estaba ligada a Negua como matriarca, existe la posibilidad de que cuando Negua muera el patrón cambie.
Que las crías mantengan la ruta pero pierdan la secuencia específica.
Que el recuerdo de aquella noche se diluya en una generación.
—¿Como si se olvidara?
—Como si se olvidara —dijo Nora—. O como si el duelo terminara. Depende de cómo se mire.
Iria miró por la ventana del pasillo. Desde ahí no se veía el mar, solo el tejado del edificio de enfrente y un trozo de cielo gris de enero.
—¿Cuántos años le quedan a Negua?
—Calculamos que entre diez y veinte. Si llega a los veinte, puede que sus crías ya hayan asimilado el patrón lo suficiente como para transmitirlo ellas. Si muere antes... —Nora dejó la frase a medias—. No lo sabe nadie. Es lo que Mateo quería entender.
—Seguirá usted entendiéndolo.
—Intentándolo —dijo Nora—. Es distinto.
Zabala apareció en el pasillo con un pendrive y una carpeta.
—Le llamo luego —dijo Iria.
Colgó.
* * *
Condujo de vuelta a Bilbao con el pendrive en el bolsillo interior del abrigo, como si el hecho de llevarlo cerca del cuerpo fuera una protección adicional contra algo, aunque no sabía contra qué exactamente. Contra el tiempo, quizá. Contra la manera en que las cosas se pierden.
Luengo la esperaba en el despacho con dos cafés y una expresión que era lo más parecido a la satisfacción que Iria le había visto en seis meses.
—El juez ha aceptado la documentación de Basurko —dijo—. Xabier Landa sigue en custodia. El fiscal quiere hablar con usted mañana.
—¿Y el expediente?
Luengo la miró.
—¿El tuyo?
—El mío.
Hizo una pausa. Cogió el café, bebió, lo dejó.
—Eso es otro proceso. Hay que seguir los pasos.
—Lo sé. Te pregunto si hay voluntad de seguirlos.
Otra pausa, más larga.
—Hay voluntad —dijo Luengo.
No era un sí limpio. Era lo que era, que tampoco era poco.
Iria cogió el otro café. Lo tuvo en las manos un momento, sin beberlo, sintiéndole el calor a través del cartón.
—El casete tiene una frase —dijo.
—Ya lo he leído en el informe.
—No, esta no. Está en un segmento que el equipo de Bilbao clasificó como parcialmente inteligible y no transcribió.
—Hizo una pausa—. Zabala me lo mostró esta mañana.
Al final de la grabación, cuando ya la conversación está casi terminada.
La voz joven, Patxi, le pregunta algo a Xabier.
Le pregunta: ¿Y si el niño no lo hubiera visto?
¿Si hubiera seguido con la orca y no nos hubiera visto a nosotros?
Luengo esperó.
—Xabier no contesta inmediatamente. Hay una pausa de varios segundos. Y luego dice: Habría soltado a la orca y se habría ido a casa.
Silencio en el despacho.
—¿Lo entiende? —dijo Iria—. Si el niño no los ve a ellos, si sigue concentrado en la cría y no levanta la cabeza, todo ocurre sin él.
La descarga, el pago, el encubrimiento. Todo ocurre y Daniel se va a casa y tiene nueve años y luego diez y luego veinte.
—Hizo una pausa—. Lo que mató a Daniel no fue que estuviera en la cala. Fue que levantó la cabeza.
Luengo no dijo nada.
—Y lo que lo llevó a levantar la cabeza fue que oía voces y quería entender qué pasaba. Tenía ocho años y oía voces cerca de donde estaba soltando una orca y levantó la cabeza porque tenía ocho años y los niños de ocho años levantan la cabeza cuando oyen algo raro.
Se paró.
Cogió el café y bebió.
Era la primera vez que lo decía en voz alta y la voz le había salido entera, sin quebrarse, lo cual no era exactamente una victoria pero tampoco era una derrota.
—¿Estás bien? —dijo Luengo.
—Estoy cansada —dijo Iria—. Ya he dicho eso hoy.
—¿Vas a volver al pueblo?
Iria pensó en Elantxobe. En el muelle, en el bar, en la cuesta empinada, en las casas apiladas contra el acantilado. En Ane con su línea del tiempo. En Somoza con su bastón. En Gorka mirando el mar desde un apartamento con las persianas bajadas.
En Nora en el centro de investigación con los archivos de Mateo.
—Sí —dijo—. Hay cosas que todavía no están terminadas.
—¿Qué cosas?
—Cosas que no son del caso. —Hizo una pausa—. Cosas de la gente que se queda.
Luengo asintió, aunque no del todo entendió.
Iria terminó el café.