Capítulo 16 — El padre
No era Xabier.
Tardaron unos segundos en entenderlo porque el agua confunde las siluetas y la oscuridad confunde el tamaño, y lo que emergió de las orcas hacia la orilla era más pequeño de lo que Xabier Landa era en tierra firme.
Un nadador, sí, alguien que había estado en el agua, pero alguien menos corpulento, con movimientos menos seguros, que llegó a la arena arrastrando los pies porque las piernas ya no le respondían bien del frío.
Patxi lo reconoció antes que Iria.
—Gorka —dijo.
Gorka Andueza llegó a la orilla con el agua hasta las rodillas y se dejó caer de rodillas en la arena como un animal que ha llegado adonde tenía que llegar y ya no sabe qué hacer con eso.
Temblaba. No del frío solo: ese temblor que tiene el cuerpo cuando ha estado funcionando a base de miedo durante demasiado tiempo y el miedo de repente cesa o cambia de forma.
Iria fue hacia él. Lo cogió por el brazo y lo ayudó a ponerse de pie.
—¿Qué hace aquí?
—Ane —dijo Gorka. Los dientes le castañeteaban—. Xabier tiene a Ane.
* * *
Lo sacaron del agua y lo pusieron en la arena seca, lejos del alcance de las olas. Patxi le quitó el abrigo y se lo puso encima a Gorka, que lo aceptó sin protestar porque ya no le quedaban reservas para protestar.
—Cuénteme —dijo Iria.
Gorka tardó unos segundos en organizar las palabras. Tenía los labios morados y la cara de alguien a quien el frío ha vaciado por dentro.
—Salí del apartamento. Sé que me dijo que no lo hiciera. —Miró a Iria con los ojos de quien espera que le riñan y lo acepta de antemano—. Pero llamé a Ane y no contestaba y me puse nervioso y salí a buscarla. Y en la calle, cerca de su portal, vi a Xabier. Con ella.
—¿La llevaba a la fuerza?
—No lo parecía. Iban caminando. Ane no gritaba. —Pausa—. Pero la cara que tenía Ane no era una cara normal. Era la cara de alguien que va porque le han dicho que si no va ocurre algo peor.
—¿Hacia dónde fueron?
—Hacia el puerto. Vi que Xabier tenía las llaves de la cofradía en la mano.
—Gorka se abrazó el abrigo prestado—. Entré al muelle por detrás, por el almacén, que yo conozco cómo entrar sin llave porque llevo veinte años ahí.
Y vi que estaban en la zodiac. La zodiac de Xabier, la pequeña.
Salieron antes de que yo pudiera hacer nada.
—¿A qué hora?
—Hace cuarenta minutos. Quizá cuarenta y cinco.
Iria miró la bocana de la cala. La luz de posición seguía encendida, fija.
Ahora tenía sentido de otra manera: no era para bloquear la salida. Era para señalar la posición. Xabier había llegado, había anclado la zodiac en la bocana, y había venido a nado con Ane. O Ane había venido a nado porque no había alternativa.
—¿Ane sabe nadar? —dijo Iria.
—Toda la vida en este pueblo —dijo Gorka—. Sí.
—¿Y Xabier?
—Xabier nada como una orca. Siempre ha sido así.
Iria procesó la geometría de todo esto: Xabier y Ane en la cala, en algún punto entre el agua y las rocas. En la oscuridad. Sin que Iria supiera exactamente dónde.
Encendió la linterna y la apuntó hacia el interior de la cala, barriendo despacio.
Arena vacía en el centro. Las rocas al fondo, donde Patxi había tenido enterrada la caja. El camino de subida al acantilado, también vacío.
Apagó la linterna.
—Están en las rocas del lado sur —dijo Patxi, en voz baja—. Hay una oquedad ahí, como una pequeña cueva. Si uno se mete dentro no le ves desde el centro de la cala.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque cuando era joven era el sitio donde íbamos a hacer cosas que no queríamos que viera nadie.
Iria miró hacia el lado sur de la cala. Oscuridad absoluta.
Sacó el teléfono. Llamó a Basurko.
—¿Dónde está?
—En el portal de Ane Landa. No hay nadie.
—Sí hay alguien. El piso está vacío porque Xabier Landa se la llevó hace cuarenta y cinco minutos. Están en la cala de Armintz. —Pausa—. Venga. Por la senda, no por el camino sur, el camino sur hace ruido con el coche.
—Tardo veinte minutos.
—Lo sé.
Colgó.
Veinte minutos. Miró a Patxi.
—¿Hay alguna manera de entrar a esa oquedad por detrás?
—Hay un camino entre las rocas por el lado del acantilado. Estrecho. Pero si uno va despacio y sin linterna, no se oye desde dentro.
—¿Lo puede hacer?
—¿Yo?
—Yo no conozco el camino y usted sí.
Patxi la miró. Era una pregunta grande haciéndose pasar por una pequeña. Iria lo sabía y esperó.
—¿Y usted? —dijo Patxi.
—Yo voy por delante. Por el centro de la cala. Con la linterna.
—Como señuelo.
—Como alguien que va a hablar con Xabier Landa —dijo Iria—. Que es lo que voy a hacer.
Patxi sostuvo su mirada durante un segundo. Luego asintió.
Se separaron en el borde de la arena: Patxi hacia las rocas del acantilado, Iria hacia el centro de la cala. Gorka se quedó donde estaba, en la arena, todavía temblando, con el abrigo prestado y la cara de alguien que ya no tiene fuerzas para ser protagonista de nada.
Iria esperó a que Patxi desapareciera entre las rocas. Luego encendió la linterna y caminó despacio hacia el fondo de la cala.
* * *
—Xabier.
Lo dijo en voz normal. No un grito. El nombre dicho con la misma calma con que uno dice cualquier nombre en cualquier sitio. La linterna apuntada hacia las rocas del sur, donde la oquedad tenía que estar.
Silencio.
—Xabier, soy Iria Salcedo. Ya sabe quién soy.
Otro silencio. Más largo.
Y luego la voz de Xabier, desde detrás de las rocas, sin prisa, con esa calma que Iria había estado oyendo desde el lunes y que ahora, aquí, en este contexto, sonaba diferente. No tranquila. Vacía.
—Inspectora. —Una pausa—. Qué noche.
—Efectivamente.
—¿Ha venido sola?
—No.
Un silencio.
—¿Cuánta gente?
—Suficiente —dijo Iria—. Xabier, necesito saber que Ane está bien.
Pausa breve.
—Ane está bien —dijo la voz de Ane, tensa y controlada, desde el mismo punto—. Estoy aquí.
Iria respiró.
—¿Puede salir?
—Ahora mismo no —dijo Xabier.
Iria se paró a unos diez metros de las rocas. La linterna apuntando al suelo entre los dos, sin encandilar a nadie, sin quitarse visibilidad tampoco.
—¿Qué quiere, Xabier?
—Quiero que me escuche.
—La estoy escuchando.
Pausa.
—He pasado treinta años construyendo algo en este pueblo —dijo Xabier—.
La cofradía, el empleo, las relaciones con la lonja de Lekeitio.
Ciento veinte familias que cobran porque yo he sabido manejar esto.
—Su voz era monótona, sin inflexión de defensa ni de súplica—.
Nadie lo hace gratis. Nadie llega a donde yo he llegado sin haber tomado decisiones que no son bonitas.
—No estoy aquí para discutir eso.
—Ya lo sé. Está aquí para llevarme detenido.
—Sí.
—¿Y Ane?
—Ane no ha hecho nada.
—Ane lleva años acumulando material para destruirme. Eso es algo.
—Ane es su hija —dijo Iria—. Y lo que ha acumulado es la verdad sobre lo que ocurrió aquí. Eso no es destruirle. Es lo que es.
Silencio largo. El mar golpeaba las rocas con un sonido suave e intermitente. En el agua, las orcas seguían donde habían estado: esa línea de aletas que no se movía.
—¿Sabe por qué vienen aquí? —dijo Xabier.
—Sí.
—¿Se lo dijo Mateo?
—Me lo dijo Nora. Mateo ya no puede decirme nada.
El silencio que siguió tuvo una textura diferente a los anteriores.
—Lo de Mateo fue un error —dijo Xabier. Lo dijo con la misma voz plana. No como disculpa. Como diagnóstico—. Pensé que si desaparecía el investigador, la investigación se iba con él. No calculé que el material ya estaba distribuido.
—No calculó muchas cosas.
—No. —Una pausa—. Tampoco calculé que las orcas iban a seguir viniendo. —Otra pausa, más larga—. ¿Sabe lo que es vivir en este pueblo treinta años viendo eso cada enero? Saber lo que saben ellas y no poder hacer nada.
Iria no contestó.
—El niño quería liberar a la cría —dijo Xabier. Su voz bajó un poco, no de volumen sino de algo más difícil de nombrar—. No entendía lo que estaba pasando. Solo veía a un animal atrapado y lo quería sacar.
—Lo sé.
—Le cogí el brazo porque no podía dejar que gritara. Si gritaba nos hundíamos a todos. —Pausa—. No calculé que el borde estaba tan cerca.
Era la versión de Xabier. La que se había contado a sí mismo durante treinta años. Iria no dijo que era mentira porque tampoco sabía exactamente qué era verdad y qué mentira a estas alturas de la noche, y porque decírselo no iba a cambiar nada.
—Xabier —dijo—. Necesito que Ane salga de esas rocas.
—Si Ane sale, no tengo nada.
—Si Ane sale, yo sigo hablando con usted. —Hizo una pausa—. Si no sale, en quince minutos llegan tres agentes y la conversación termina de otra manera.
Silencio.
—Papá —dijo Ane, desde detrás de las rocas. Su voz sonaba diferente a la de antes. Menos tensa. Algo más suave, de una manera que Iria no esperaba—. Papá, suéltame.
Nada.
—Papá. Ya está. —La voz de Ane, quieta, sin gritar—. Ya está todo.
Un sonido entre las rocas. Movimiento.
Ane salió por el lado de la oquedad y caminó hacia Iria. Rápido al principio, luego más despacio cuando la arena cedía bajo los pies. Cuando llegó a donde estaba Iria no dijo nada. Se quedó de pie a su lado, mirando hacia las rocas, con la respiración todavía acelerada pero los pies firmes.
Iria puso una mano en su hombro un segundo. Solo un segundo.
Luego miró hacia las rocas.
—Xabier.
Nada.
Y entonces, desde el camino entre las rocas del acantilado, apareció Patxi. Sin linterna, sin hacer ruido, con la caja estanca bajo el brazo. Llegó al borde de la oquedad y se paró.
—Xabier —dijo Patxi.
La voz que salió de la oscuridad de las rocas sonó diferente esta vez. Más vieja. Como si en el tiempo que había durado esa conversación algo se hubiera gastado dentro del hombre que la producía.
—Patxi —dijo Xabier.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo llevas con eso guardado?
—Treinta años.
Silencio.
—Debería haberme imaginado que eras tú.
—Sí —dijo Patxi—. Deberías.
Las orcas emitieron algo. Las siete a la vez, una frecuencia baja que llegó desde el agua como un acorde sin nombre, y luego silencio de nuevo, y luego el sonido del mar.
Xabier Landa salió de las rocas.
Caminó hacia el centro de la cala con las manos visibles, sin prisa, con esa postura suya de toda la vida. Miró a Iria. Miró a Ane. Miró a Patxi con la caja.
Luego miró el agua.
Negua estaba más cerca de la orilla que antes. La aleta dorsal a cuatro metros de la arena.
Xabier la miró durante un momento que fue demasiado largo para ser una mirada sin contenido.
Luego se sentó en la arena.
No dijo nada más.
* * *
Basurko llegó dieciséis minutos después con dos agentes y una linterna grande que iluminó toda la cala de golpe, borrando la oscuridad que lo había contenido todo durante las últimas horas.
Xabier Landa seguía sentado en la arena cuando llegaron.
Las orcas ya no estaban.
En algún momento entre la rendición de Xabier y la llegada de Basurko habían desaparecido sin ruido, igual que habían llegado, dejando el agua quieta y negra y sin rastro de haber estado ahí excepto por la estela suave que dejó Negua al girarse, una perturbación en la superficie que duró treinta segundos y luego el mar se la llevó.
Iria lo vio. No lo dijo a nadie.
Basurko leyó los derechos a Xabier con esa voz de trámite que tienen los agentes cuando el trabajo ya está hecho y lo que queda es el procedimiento. Xabier escuchó sin interrumpir, con los ojos en el agua vacía.
Ane estaba de pie a cinco metros, mirando a su padre. No lloraba. Tenía esa expresión de alguien que lleva mucho tiempo preparándose para un momento y cuando el momento llega descubre que la preparación no servía de nada porque el momento es siempre diferente a lo que uno había imaginado.
Gorka seguía en la arena del centro con el abrigo prestado y la cara vacía.
Patxi tenía la caja.
Iria cogió la caja de manos de Patxi y se la dio a Basurko.
—Hay transferencias bancarias, un casete que necesitará análisis forense y documentación de una empresa de Basauri —dijo—. Lleva treinta años entre esas rocas. —Señaló el fondo de la cala—. Trátelo con cuidado.
Basurko la miró. Luego miró la caja. Luego miró a Xabier esposado sentado en la arena de la cala donde hacía treinta años había ocurrido todo.
—¿Cómo ha llegado usted a todo esto? —dijo.
Iria pensó en esa pregunta un momento.
—Las orcas —dijo.
Basurko la miró sin entender.
Iria no lo explicó.