Capítulo 15 — Cuatro nombres
El camino de bajada a la cala tenía doce minutos si uno los conocía y el doble si no. Patxi los conocía. Iria iba detrás, con la linterna que le había dado, tratando de no perder de vista sus pies en el terreno y al mismo tiempo mantenerse atenta a lo que pudiera haber abajo.
No había nada abajo. O nada visible.
Las orcas seguían en el agua cuando llegaron a la arena. Siete siluetas, quietas, en esa posición estática que tienen a veces y que resulta desconcertante porque no es la postura de los animales que descansan ni la de los que cazan: es algo intermedio que no tiene nombre en el repertorio humano.
Patxi se paró en el borde de la arena y miró.
—Llevan más de una hora —dijo en voz baja, como si hablar alto fuera una descortesía.
—¿Las había visto así antes?
—Una vez. Hace siete años. Estuve mirándolas desde aquí casi dos horas. —Pausa—. Mateo también. Estaba aquí cuando llegué, sin saber que yo venía. Nos quedamos los dos en silencio mirando. Ese fue el primer día que hablé con él.
Iria miró el agua. Luego miró la zona de rocas al fondo donde Patxi había desenterrado la caja.
—¿Hay algo más escondido aquí?
—No. —Lo dijo sin dudar—. Todo está en la caja.
—¿Cuándo la enterró?
—En el noventa y cinco. Un año después. Vine una noche solo y la puse entre las rocas. —Hizo una pausa—. Pensé que si alguna vez tenía que usarla sabría dónde estaba. Y que si algo me pasaba antes, alguien que supiera buscar podría encontrarla.
Iria miró la caja bajo su brazo.
—Démela —dijo.
Patxi dudó un segundo. Luego se la tendió.
Era más pesada de lo que esperaba por su tamaño.
Iria la abrió: los papeles de las transferencias encima, y debajo, envuelto en una bolsa de plástico sellada con cinta adhesiva, un objeto plano y rectangular que tardó un momento en identificar.
Un casete. De los pequeños, de los que usaban los dictáfonos portátiles de los años noventa.
Lo cogió con cuidado.
El plástico de la bolsa había aguantado bien. El casete estaba seco. Si había alguna posibilidad de que el audio fuera recuperable, estaba ahí dentro.
Lo metió de vuelta en la caja y cerró la tapa.
—¿Qué le dijo exactamente en esa grabación? —dijo.
Patxi se quedó mirando el mar un momento.
—Le dije que no podía seguir con eso. Que el niño se me aparecía en sueños.
Que necesitaba que me dijera que no fue culpa mía.
—Hizo una pausa—. Y él me dijo exactamente lo que quería escuchar: que había sido un accidente, que nadie tuvo la culpa, que el niño cayó.
—Otra pausa—. Y luego, cuando ya me había calmado, me explicó cómo estaban organizadas las cosas.
Quién sabía qué. Cómo cada uno tenía información suficiente para hundirse a sí mismo si abría la boca, de manera que nadie tenía incentivo para hablar.
Lo llamó equilibrio. Como si fuera una cosa natural.
—¿Y usted lo grabó todo?
—Lo grabé todo. No sé si fue valentía o miedo de otra clase. —Patxi se cruzó de brazos—. Cuando salí de esa conversación entendí que Xabier no me había tranquilizado porque le importara cómo estaba yo. Me había tranquilizado porque necesitaba que me quedara quieto.
Iria asintió.
Sonó su teléfono. Basurko.
Lo cogió.
—Estoy en la carretera sur —dijo Basurko, con la voz de alguien que conduce rápido por un camino que no lo admite—. ¿Dónde exactamente?
—Hay una pista de tierra a dos kilómetros del pueblo, antes de la curva del pino grande. Baja hasta la playa. Sígala hasta el final y baje a pie. —Pausa—. Y venga solo.
—Luengo me ha dicho que busque a Xabier Landa.
—Sí. No sé dónde está. Proceda con cuidado.
Colgó.
Miró a Patxi.
—¿Dónde estaría Xabier si quisiera estar a solas esta noche?
Patxi lo pensó de verdad.
—Tiene una embarcación propia. Una zodiac pequeña, la guarda en el muelle de la cofradía. —Hizo una pausa—. Si quiere estar a solas y no quiere que le vean, se va al mar. Aquí la gente no va al mar a solas de noche a menos que tenga razones para ello.
—Como Mateo.
—Sí.
Iria miró el agua. Las orcas no se habían movido.
—¿Cuánto tarda en llegar una embarcación a esta cala desde el puerto?
—Con buena mar, veinte minutos.
Miró el reloj. Había dejado a Xabier subiendo la calle hacia el norte hacía casi dos horas. Tiempo más que suficiente para llegar al puerto, coger la embarcación, rodear la costa.
—Apague la linterna —dijo.
Patxi la apagó. Iria apagó la suya.
La cala quedó en una oscuridad casi completa, solo rota por el reflejo del cielo sin luna en el agua.
Y en esa oscuridad, los ojos tardaron unos segundos en adaptarse y entonces fue cuando Iria vio lo que no había visto antes: una luz pequeña, fija, en el agua.
A doscientos metros de la bocana de la cala. Demasiado quieta para ser una boya.
Era la luz de posición de una embarcación con el motor apagado.
—Ahí —dijo.
Patxi la vio también.
No dijo nada durante unos segundos.
—Lleva aquí antes que nosotros —dijo por fin.
Lo cual significaba que Xabier sabía adónde iban. O que había estado esperando. O las dos cosas.
Iria encendió el teléfono y llamó a Basurko otra vez.
—Hay una embarcación en la bocana de la cala —dijo—. Luz de posición encendida, sin motor. Necesito que cuando llegue a la playa se quede en la orilla y espere. No entre al agua.
—¿Qué ocurre?
—Ocurre que el hombre que buscamos probablemente nos está mirando ahora mismo y no quiero que vea luces de coche ni oiga sirenas.
Silencio breve.
—Entendido —dijo Basurko.
Colgó.
Iria y Patxi se quedaron quietos en la oscuridad de la cala, mirando la luz de la embarcación. Las orcas seguían en el agua entre ellos y la bocana, esa línea de siluetas oscuras que cortaban la superficie sin moverse.
—¿Qué está esperando? —dijo Patxi en voz muy baja.
—No lo sé —dijo Iria.
Pero lo estaba pensando.
Xabier llevaba treinta años controlando este pueblo con la misma lógica que le había explicado a Patxi en aquella conversación grabada: equilibrio.
Cada persona con suficiente información para hundirse si hablaba.
Cada silencio sostenido por el peso del silencio de los otros.
Era un sistema que funcionaba mientras nadie moviera ficha.
Mateo había movido ficha. Txomin había movido ficha sin querer, solo por existir en el lugar equivocado con la grabadora equivocada.
Somoza llevaba décadas amenazando con mover ficha sin hacerlo.
Y ahora estaban todos en movimiento al mismo tiempo.
Xabier no podía controlar eso. Y un hombre que ha pasado treinta años controlando algo y ve que el control se le va de las manos no retrocede. Esa era la lógica de los últimos días: no retrocede, acelera.
¿Qué aceleración quedaba?
Iria pensó en Ane. En el apartamento con la línea del tiempo. Le había dicho que se quedara en casa con la puerta cerrada. Ane le había hecho caso, eso esperaba.
Pensó en Somoza. Le había dicho lo mismo. Somoza era viejo y tenía el bastón y dos vueltas de cerrojo y la cadena.
Pensó en Gorka, en el apartamento azul con las persianas bajadas.
La luz de la embarcación no se movía.
—Hay algo que no encaja —dijo Iria, pensando en voz alta más que hablando con Patxi.
—¿Qué?
—Si Xabier sabe que estoy aquí, sabe que ya es tarde. Que ya hay demasiada gente que sabe demasiado. —Hizo una pausa—. Entonces ¿qué hace en esa embarcación? ¿Qué está esperando conseguir?
Patxi tardó en contestar.
—A Xabier no le importa lo que pueda conseguir ya —dijo—. A Xabier le importa quién sale de esto sin nada encima y quién sale con todo encima. —Pausa—. Siempre ha sido así. No piensa en ganar. Piensa en que los demás pierdan.
Iria lo miró.
—¿Hay alguien a quien pueda ir todavía? ¿Alguien con quien no hayamos hablado?
Patxi lo pensó.
—Su hija —dijo.
Iria sintió algo frío que no era el viento.
Llamó a Ane. Cuatro tonos. Cinco. Buzón de voz.
Llamó otra vez. Igual.
—Mierda —dijo.
Llamó a Nora.
—¿Ha hablado con Ane en la última hora? —dijo cuando contestó.
—No. ¿Qué ocurre?
—¿Sabe dónde vive?
—Sí, en la—
—Vaya ahora. No llame, vaya. Y cuando llegue al portal, llámeme antes de entrar.
Colgó.
Patxi la miraba.
—La embarcación —dijo Iria, señalando hacia el agua.
Patxi entendió lo que no había dicho: que la embarcación en la bocana no era Xabier esperando. Era Xabier asegurándose de que nadie saliera de la cala mientras él estaba en otro sitio.
—¿Por cuánto tiempo puede tener esa zodiac sin motor en la bocana? —dijo Iria.
—Depende del ancla. Si la ha echado bien, horas.
—¿Sin que haya nadie a bordo?
—Sin que haya nadie a bordo —confirmó Patxi. Hizo una pausa—. Una embarcación vacía con la luz encendida en una bocana de cala en invierno. Nadie va a ir a mirarla de noche. La verán al amanecer y para entonces...
No terminó la frase.
Iria ya estaba marcando a Basurko.
—La embarcación en la bocana puede estar vacía —dijo—. Cambio de prioridad. Necesito que vaya al pueblo, a la calle del puerto, tercer edificio por la izquierda entrando. Busque a Ane Landa. —Pausa—. Y si ve a Xabier Landa, no se acerque solo.
—¿Qué está pasando?
—Estoy intentando averiguarlo.
Colgó.
Las orcas seguían en el agua.
Negua emitió algo. Una vez. Corta. Como una sola nota.
Patxi la miró.
—¿Sabe lo que es eso? —dijo.
—No —dijo Iria.
—Yo tampoco. —Pausa—. Pero Mateo decía que la matriarca emitía esa frecuencia exacta cuando detectaba algo en el agua que no le gustaba.
Iria miró la bocana.
Miró la luz fija de la embarcación.
Luego miró el agua entre las orcas y la bocana.
Algo se movía ahí. Algo oscuro, bajo la superficie, que no era una orca.