Capítulo 14 — La segunda mentira
Patxi subió el camino con la caja bajo el brazo y la linterna apuntando al suelo.
Iria no se movió.
Había dos opciones: retroceder por la senda hacia el pueblo antes de que llegara a su altura, o quedarse donde estaba y esperar a ver qué hacía él.
Retroceder significaba ruido, piedras sueltas, el sonido inconfundible de alguien que huye por un camino que no conoce bien.
Quedarse significaba que en treinta segundos iban a estar cara a cara en un acantilado a medianoche sin que hubiera nadie más en kilómetros a la redonda.
Se quedó.
Patxi llegó a la altura del borde del acantilado, salió de la senda al espacio abierto de la cima y la vio. Se paró.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos.
La linterna apuntaba al suelo entre los dos. Suficiente luz para verse las caras, no suficiente para leer la expresión del otro con claridad.
—Sabía que estaba ahí —dijo Patxi.
—Lo sé —dijo Iria.
—Desde cuándo me sigue.
—Desde el muelle.
Patxi asintió. Lo procesó sin aspavientos, con esa calma que Iria llevaba días encontrando desconcertante y que ahora, aquí, en este sitio, tenía una textura diferente.
No era la calma de la inocencia. Tampoco era exactamente la calma del peligro.
Era algo más parecido al agotamiento de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo algo muy pesado y empieza a notar que los brazos fallan.
—¿Qué hay en esa caja? —dijo Iria.
Patxi la miró. Luego miró la caja. Luego volvió a mirarla a ella.
—Pruebas —dijo.
Iria tardó un momento.
—¿Pruebas de qué?
—De todo. —Hizo una pausa—. Pruebas que guardé hace treinta años porque no sabía qué hacer con ellas entonces y porque tenía miedo y porque era joven y estúpido.
—Otra pausa—. Y que fui a buscar esta noche porque hay alguien en este pueblo que lleva una semana matando gente para que no salgan y ya no puedo seguir aquí sabiendo lo que sé.
Iria lo miró.
—¿Quién mató a Mateo? —dijo.
Patxi sostuvo su mirada.
—No fui yo —dijo.
—¿Quién fue?
Patxi dejó la caja en el suelo entre los dos. La abrió. Sacó los papeles que Iria había visto desde arriba y los tendió hacia ella. Con las dos manos. Como quien ofrece algo que lleva mucho tiempo queriendo que alguien más cargue con ello.
Iria los cogió. Encendió la linterna del teléfono y los miró.
Eran documentos de transferencia bancaria. Viejos, impresos en papel térmico que el tiempo había puesto amarillo pero que todavía era legible. Tres transferencias, tres fechas diferentes entre marzo y junio de 1994. De la cuenta de una sociedad limitada de Bilbao a cuatro cuentas distintas.
Cuatro cuentas.
Cuatro nombres.
Los primeros tres eran los que ya sabía: Iñaki Landa, Xabier Landa, Gorka Andueza.
El cuarto no era Patxi Uriarte.
Era Ramón Basurko.
Iria levantó los ojos del papel.
—El sargento —dijo.
—El hijo del sargento Basurko que había entonces —dijo Patxi—.
El actual es el sobrino. Pero el dinero llegó a la cuenta del padre, que era quien organizó todo desde el lado de la Guardia Civil.
—Hizo una pausa—. Somoza firmó el informe.
Pero quien le dijo que lo firmara no era Arteaga.
Era Basurko padre. Arteaga firmó encima porque le debía favores a Basurko y porque cerrar el caso era lo más cómodo para todos.
Iria miró otra vez los documentos. Cuatro nombres. Cuatro cuentas. Tres transferencias cada una.
—¿Y usted? —dijo.
—Yo no aparezco en ningún sitio. —Patxi señaló los papeles—.
Yo no cobré. —Pausa—. Yo estaba en la cala esa noche, eso es verdad.
Pero no por dinero. Estaba porque Iñaki Landa era mi amigo y me dijo que venía y yo fui con él sin saber bien adónde iba.
—Su voz cambió ligeramente, se hizo más baja—. Y vi lo que pasó con el niño.
—¿Quién lo mató?
Patxi no contestó de inmediato.
—Ya se lo he dicho: no vi una mano empujando.
—Eso es lo que dijo Gorka.
—Gorka dice la verdad. —Patxi cogió la caja y la cerró—. Lo que nadie ha dicho todavía es lo que pasó después. Cuando el niño cayó al agua, alguien saltó.
Iria frunció el ceño.
—Gorka dijo que nadie saltó.
—Gorka no lo vio porque estaba mirando hacia otro lado. Gorka llevaba diez minutos mirando hacia otro lado desde que el niño apareció porque tenía diecisiete años y estaba asustado y lo que hacía cuando estaba asustado era mirar hacia otro lado.
—¿Quién saltó?
—Yo —dijo Patxi.
Iria lo miró.
—Salté —dijo Patxi—. El agua estaba a cuatro grados. El niño ya no daba señales cuando llegué a él. Lo saqué a la orilla. Lo puse en la arena. Era tarde. —Pausa—. Intenté lo que saben todos que se intenta. No funcionó.
El viento pasó entre los dos. Frío, salado, directo del mar.
—¿Y los otros?
—El que lo había cogido del brazo me dijo que me callara.
Que ya no importaba lo que hiciera. Que el niño había caído y que ya no había nada que hacer y que gritar no iba a traerlo de vuelta y que si gritaba íbamos presos todos.
—Patxi apretó la caja bajo el brazo—. Tenía veinte años.
Y el hombre que me decía eso tenía treinta y cinco y una voz que no dejaba espacio para pensar.
—¿El nombre? —dijo Iria.
Patxi la miró fijamente.
—Lo que guardé en esa caja no es solo las transferencias —dijo—.
Hay una grabación. Un teléfono de los antiguos, de los que grababan en casete.
La hice yo, dos semanas después de aquella noche, cuando fui a verle y le dije que no podía vivir con eso.
Él me dijo lo que me tenía que decir y yo le grabé sin que lo supiera.
—¿Su voz?
—Su voz diciéndome exactamente lo que pasó. Quién organizó el contacto con Lersundi, quién coordinó la logística, quién vio al niño primero y quién le cogió el brazo. —Pausa—. No sé si todavía es audible después de treinta años entre las rocas. Pero está ahí.
Iria miró la caja.
—¿Quién es?
—Xabier Landa —dijo Patxi.
Iria sintió algo que no fue sorpresa exactamente. Fue más parecido al sonido de una pieza que cae en su sitio después de mucho tiempo en el sitio equivocado.
—Xabier organizó todo —dijo Patxi—. Xabier habló con Lersundi. Xabier distribuyó el dinero. Xabier vio al niño en la cala y Xabier fue quien le cogió el brazo. —Hizo una pausa larga—. Y Xabier mató a Mateo. Y a Txomin. Y fue Xabier quien intentó entrar en casa de Somoza la otra noche.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque conozco a Xabier Landa desde que tenía doce años.
—La voz de Patxi tenía algo ahora, una dureza que no había estado antes, o que había estado pero cubierta por treinta años de barras de bar y vasos secos y frases cortas—.
Sé cómo funciona su cabeza. Sé que cuando algo amenaza lo que ha construido no espera. Actúa. Siempre ha sido así.
Iria pensó en Xabier en el muelle, mirando el cadáver de Txomin con expresión de control. No de dolor. De control.
Pensó en Xabier mandando callar a Gorka antes de que abriera la boca.
Pensó en Xabier preguntándole a Ane si había hablado con alguien.
—¿Y usted? —dijo Iria—. ¿Por qué guardó esto treinta años sin hacer nada?
Patxi tardó.
—Porque tenía miedo —dijo—. Y porque Joseba me lo pidió.
—Pausa—. Joseba Arce era mi primo. El padre del niño.
Cuando se enteró de quién había estado en la cala, me vino a ver.
Y me dijo que si sacaba esto, Xabier iba a ir a prisión pero que él también perdería lo poco que le quedaba: el respeto del pueblo, la memoria de Daniel como un niño que cayó al mar en lugar de un niño al que dejaron morir.
—Sus ojos se movieron hacia el mar y volvieron—.
Me pidió que esperara. Que guardara las pruebas pero que esperara.
Que cuando él muriera ya no habría nadie a quien proteger y podría hacer lo que quisiera.
—Murió en 2019.
—Sí. —Patxi miró la caja—. Y llevo cinco años sin saber cómo moverme. Hasta que llegó el biólogo y empezó a hacer preguntas y Xabier empezó a moverse antes que yo.
Iria procesó todo eso.
—¿Sabe dónde está Xabier ahora?
—No desde hace dos horas. Lo vi salir de casa cuando cerraba el bar. Caminaba hacia el norte.
Hacia el norte.
La misma dirección que la cala.
Iria miró la senda. Miró el camino de bajada al acantilado. Miró el mar abajo, donde las orcas seguían, siete siluetas oscuras en el agua quieta.
—¿Hay otro camino para bajar a la cala? —preguntó.
—Hay uno por el lado sur. Más largo. Por la carretera de la playa.
—¿Se puede llegar al fondo de la cala en embarcación?
—Con el mar en calma, sí. Con cuidado. —Pausa—. ¿Por qué?
Iria sacó el teléfono y llamó a Luengo.
—Cambio de nombre —dijo cuando contestó—. No es Patxi Uriarte. Es Xabier Landa.
Silencio al otro lado.
—¿Está segura?
—Tengo documentación y tengo un testigo presencial. Y Xabier lleva dos horas sin estar localizable. —Pausa—. ¿Dónde está Basurko?
—Salió hace diez minutos.
—Dígale que vaya a la cala de Armintz. No al camino de la senda. Por la carretera sur, en coche, hasta donde llegue. Y que tenga cuidado.
—¿Qué hay en la cala?
Iria miró hacia el agua.
—Esto —dijo.
Bajó el teléfono.
Patxi la estaba mirando con la caja bajo el brazo y una expresión que contenía muchas cosas difíciles de separar: alivio, quizá.
Miedo todavía. Algo parecido a la anticipación de alguien que lleva mucho tiempo esperando que algo ocurra y ahora que está ocurriendo no sabe exactamente cómo sentirse al respecto.
—Si bajo con usted a la cala —dijo Patxi—, ¿qué ocurre después con lo mío?
Era una pregunta legítima.
—Eso no depende de mí —dijo Iria—. Pero la diferencia entre ir voluntariamente con pruebas y que te encuentren escondido importa. Siempre importa.
Patxi asintió.
—¿Tiene linterna? —dijo.
—Solo el teléfono.
Patxi sacó una segunda linterna del bolsillo del abrigo y se la tendió.
Iria la cogió.
Empezaron a bajar.