Capítulo 13 — Marea negra
A las once y veinte Patxi Uriarte no había llegado a su casa.
Iria lo sabía porque la casa de Patxi estaba en la calle paralela al muelle, lo había comprobado en el registro municipal que Luengo le había mandado por correo hace media hora, y desde su posición en el coche podía ver el extremo de esa calle aunque no el portal concreto.
Ninguna luz encendida en esa dirección que no hubiera estado encendida antes de que Patxi cerrara el bar.
Podía estar en casa de otra persona. Podía haber tomado otro camino. Podía estar haciendo cualquier cosa que hacen las personas normales a las once de la noche y que no tienen ninguna relación con dos asesinatos y treinta años de encubrimiento.
Podía.
Iria arrancó el motor treinta segundos para quitarse el frío de los huesos. Lo apagó. Esperó.
A las once y cuarenta y tres sonó el teléfono.
Era Gorka.
—Está en el puerto —dijo Gorka, sin saludo, con la voz de alguien que habla desde dentro de un armario—. Lo he visto desde la ventana. Lleva diez minutos en el muelle.
—¿Solo?
—Solo. Mirando las embarcaciones.
—No salga —dijo Iria.
—No tenía intención.
Colgó. Arrancó el coche, lo sacó del aparcamiento despacio, sin luces, hasta que estuvo en la calle principal. Entonces las encendió y condujo al muelle por el camino más largo, el que llegaba por el lado norte, para no pasar por delante del bar.
Aparcó en el extremo del muelle y bajó.
El puerto estaba desierto excepto por una figura al fondo, cerca de las embarcaciones.
Iria la reconoció por la postura: Patxi Uriarte tenía esa manera de estar de pie con las manos en los bolsillos y los hombros levemente encogidos que era la postura de alguien que ha pasado décadas detrás de una barra esperando que llegue alguien y ha convertido la espera en una postura corporal.
No estaba mirando las embarcaciones.
Estaba mirando la embarcación precintada de Mateo.
Iria se acercó despacio por el lado del almacén, pegada a la pared, hasta quedar a unos treinta metros. Se paró. Observó.
Patxi no se movió durante dos minutos. Miraba la embarcación con esa fijeza que tienen las personas cuando no están mirando realmente lo que tienen delante sino algo que está en otro sitio.
Luego sacó el teléfono. Marcó. Esperó.
Iria no podía oír la conversación desde donde estaba.
Pero vio la tensión en los hombros cuando alguien contestó, y vio que la conversación duró menos de un minuto, y vio que cuando colgó Patxi se quedó quieto unos segundos más, mirando el agua, y luego se giró y empezó a caminar en dirección contraria al muelle.
Hacia la cala.
Iria esperó hasta que hubo suficiente distancia. Luego lo siguió.
* * *
El camino a la cala de Armintz no era un camino en sentido estricto.
Era una senda que salía del extremo norte del pueblo y bajaba entre rocas y matorral durante dos kilómetros siguiendo la línea del acantilado, con el mar a la izquierda y el monte a la derecha.
De noche, sin linterna, era el tipo de sitio donde uno puede torcerse un tobillo o algo peor si no lo conoce bien.
Patxi lo conocía bien, eso era evidente. Caminaba sin dudar, sin alumbrar, siguiendo un trazo que tenía memorizado.
Iria lo seguía a unos cien metros, suficiente para perderle de vista en las curvas pero suficiente también para oír sus pasos cuando el viento cesaba. Iba más despacio que él, probando el terreno con cada pie, maldiciendo en silencio cada vez que una piedra cedía bajo el peso.
No tenía linterna. Tenía el teléfono, pero encenderlo significaba dar su posición.
Tenía frío. Tenía las manos entumecidas dentro de los bolsillos del abrigo y los pies mojados porque la senda estaba embarrada y en un punto había calculado mal el borde de un charco.
Lo que no tenía era arma. Eso era lo que seguía dando vueltas en un rincón de su cabeza mientras caminaba: que iba siguiendo a un hombre que probablemente había matado a dos personas y ella no tenía nada más que las manos y el teléfono y la esperanza de que Luengo llegara mañana temprano, lo cual era mañana y no esta noche.
A mitad del camino se paró.
Patxi había desaparecido en una curva y sus pasos ya no se oían. Iria esperó. Escuchó. El mar a la izquierda, las rocas, el viento en los pinos. Nada que fueran pasos.
Siguió.
La cala se abría de repente, sin aviso: la senda hacía una última curva y el acantilado cedía y aparecía abajo, diez metros más bajo, la ensenada con el agua quieta y negra y las rocas alrededor y la arena oscura en el interior.
Una cala pequeña, protegida, invisible desde el mar abierto si uno no sabía que estaba ahí.
Patxi estaba abajo.
Había bajado por un camino de piedra que Iria no había visto desde arriba y que ahora veía porque Patxi llevaba una linterna pequeña encendida, la misma que no había usado en el camino. Había llegado a donde quería llegar y ya no le importaba que se le viera.
Iria se agachó detrás de unas rocas en el borde del acantilado y miró.
Patxi fue directo a la parte trasera de la cala, donde las rocas formaban una especie de recoveco natural.
Empezó a mover algo. Piedras, o lo que parecían piedras, apartándolas con las dos manos, trabajando con una eficiencia que sugería que había hecho esa operación antes, que sabía exactamente qué estaba buscando y dónde.
Tardó cinco minutos.
Cuando se incorporó llevaba algo en la mano. Un objeto plano y rectangular que a esa distancia y con esa luz Iria no pudo identificar. Lo examinó con la linterna. Asintió.
Luego miró al mar.
Y en ese momento, desde el agua de la cala, algo emergió.
La aleta primero. Luego el lomo. La silueta inconfundible de Negua cortando la superficie en silencio, con ese movimiento suave que tienen las orcas en aguas tranquilas, sin esfuerzo, como si el agua fuera parte de su cuerpo y no algo en lo que nadan.
Detrás de ella, las otras seis aletas. La manada entera.
Patxi se quedó inmóvil mirándolas. La linterna apuntando al suelo. El objeto en la mano.
Y Negua, a diez metros de la orilla, emitió algo.
Iria no lo oyó claramente desde arriba. Pero lo sintió.
Una vibración baja, casi subsónica, que llegó a través de las rocas y de la piedra y del aire frío y que tenía una estructura interna que el oído no podía descifrar pero que el cuerpo reconocía como algo que había estado antes, en algún lugar, en algún momento.
La secuencia. El patrón que Nora llevaba años documentando.
Patxi retrocedió un paso.
Solo uno. Como si el sonido le hubiera golpeado en el pecho.
Iria sacó el teléfono y llamó a Luengo. Cuatro de la madrugada en Bilbao. Contestó al tercer tono, con la voz de quien no estaba dormido o casi no lo estaba.
—Está en la cala de Armintz —dijo Iria, en voz muy baja—. Ahora mismo. Acaba de sacar algo que había escondido entre las rocas.
—¿Qué cosa?
—No sé todavía.
—Iria, no se acerque sin—
—Necesito que haya alguien aquí en veinte minutos. No mañana. Ahora.
Pausa.
—Voy a llamar a Basurko.
—Basurko me va a mandar a la cama.
—Basurko va a ir porque le voy a decir yo que vaya. —La voz de Luengo, sin inflexiones, con esa frialdad que usaba cuando había decidido algo—. Quédese donde está. No baje.
Colgó.
Iria volvió a mirar la cala.
Patxi seguía en la orilla, con el objeto en la mano, mirando a las orcas.
Las orcas no se movían. Estaban ahí, en esa línea paralela a la orilla que habían mantenido todo el tiempo, como si estuvieran esperando algo o como si simplemente estuvieran siendo lo que eran: animales que habían vuelto al lugar donde volvían siempre, por razones que llevaban treinta años siendo un misterio para todos menos para ellas.
Negua volvió a emitir.
Esta vez Iria lo oyó con más claridad. No palabras, no sílabas reconocibles. Pero la cadencia de algo que había sido hablado. La forma de algo que alguien había dicho en voz alta en este mismo sitio, en esta misma agua, hace treinta años.
Patxi bajó la linterna al suelo. Se agachó junto a ella.
Y empezó a abrir el objeto.
Iria entendió entonces lo que era: una caja estanca, de las que se usan en embarcaciones para proteger documentos o equipos electrónicos del agua. Del tipo que puede pasar años en condiciones adversas sin que el interior se deteriore.
Del tipo que podía haber pasado treinta años entre las rocas de una cala, si estaba bien sellada y bien escondida.
Patxi sacó algo de dentro. Papeles, parecía. Los examinó con la linterna, pasando hojas, buscando algo específico.
Iria entendió que no había ido a destruir nada.
Había ido a recuperar algo que había escondido hace mucho tiempo y que ahora necesitaba, por alguna razón que ella todavía no conocía, sacar de ese escondite.
Sonó el teléfono.
Era Ane.
Iria lo cogió sin pensar, por el reflejo de coger el teléfono cuando suena, y lo apagó antes de que la primera palabra saliera, pero ya era tarde: el sonido había llegado abajo, medio segundo de tono, suficiente.
Patxi levantó la cabeza.
Apuntó la linterna hacia arriba.
Directo hacia donde estaba Iria.
Ella se aplastó contra las rocas pero ya lo sabía: se había visto. O no se había visto pero se había oído. O se había sentido de esa manera que tienen algunas personas de sentir cuando alguien las observa, ese instinto antiguo que no se explica pero que existe.
Cinco segundos de silencio.
Diez.
Iria no se movió. La roca fría contra la mejilla. El teléfono apagado en la mano. El corazón haciendo cosas que el corazón no debería hacer.
Abajo, la linterna de Patxi apuntó al mar. Luego al suelo. Luego volvió al objeto que tenía en las manos.
Siguió mirando los papeles.
Iria exhaló muy despacio.
Miró el teléfono. Sin encender la pantalla, de memoria, calculó cuánto tiempo llevaba Luengo en el teléfono con Basurko. Cuánto tardaría Basurko en salir. Cuánto en llegar.
Veinte minutos, le había dicho. En condiciones normales.
La senda entre el pueblo y la cala eran dos kilómetros de roca y matorral.
No eran condiciones normales.
Abajo, Patxi cerró la caja estanca, se la puso bajo el brazo y empezó a caminar hacia el camino de subida.
Hacia donde estaba Iria.