Capítulo 12 — La caja de Somoza
La puerta de la casa de Somoza estaba abierta.
No del todo. Solo unos centímetros, lo suficiente para que el frío de la calle entrara y para que desde el exterior se viera la franja de luz amarilla del interior. Iria se paró en el umbral. Escuchó.
Nada. O casi nada. Algo que podía ser el sonido de la televisión en otra habitación o podía ser otra cosa.
Empujó la puerta con la mano plana, despacio.
—¿Somoza?
Silencio.
Entró. El salón estaba encendido. El sillón, vacío. La mesita con el vaso y la botella de orujo, exactamente igual que siempre. La caja de cartón en el suelo, al lado del sillón, también igual.
Iria fue hacia la cocina. Vacía. Hacia el pasillo. La puerta del cuarto de baño abierta, luz apagada.
—¿Somoza?
Fue hacia la última puerta, la del dormitorio. Llamó con los nudillos. Nada. Abrió.
Somoza estaba sentado en el borde de la cama con el abrigo puesto, las manos en las rodillas y una expresión que Iria tardó un segundo en clasificar: no susto, no dolor. Agotamiento. El agotamiento de quien ha tomado una decisión y ahora tiene que vivir con las consecuencias de haberla tomado.
—La dejé abierta adrede —dijo—. Para que pudiera entrar.
—¿Dónde ha estado?
—Aquí. Sentado. —Miró sus manos—. He estado pensando que llevo treinta años guardando esa caja y que treinta años son demasiados para guardar algo así y seguir siendo una persona decente.
Iria se quedó en el umbral.
—¿Ha pasado algo?
—Nada que no haya pasado ya. —Se levantó del borde de la cama con el esfuerzo habitual de sus articulaciones—. He decidido que no espero más. Que se lleva la caja esta noche.
* * *
Volvieron al salón. Somoza cogió la caja, la sostuvo un momento con las dos manos como quien sospesa algo que lleva mucho tiempo esperando que llegue el momento de soltar, y se la tendió a Iria.
Era más ligera de lo que parecía.
O quizá era que Iria había esperado que pesara más.
—Los originales —dijo Somoza—. Todo lo que hay dentro. —Hizo una pausa—. Hay algo más que no le había dicho.
Iria lo miró.
—En el sobre marrón, debajo de los documentos de Lersundi, hay una declaración.
La escribí yo mismo, a máquina, hace quince años, cuando Joseba Arce vino a verme.
—Somoza se sentó en el sillón—. Le pregunté si quería que hiciera algo con lo que me había contado.
Si quería que lo intentara. Me dijo que no.
Que era demasiado tarde, que ya no cambiaría nada para Daniel y que él solo quería que alguien supiera la verdad aunque no hiciera nada con ella.
—Pausa—. Así que lo escribí y lo guardé.
Por si algún día alguien venía a preguntar.
—¿Dónde está Joseba Arce ahora?
—Murió en 2019. Cáncer de pulmón. Se fue sin ver nada de esto. —Somoza miró el sillón vacío frente a él, el que Iria había estado ocupando—. Era un buen hombre. Marino de toda la vida. Nunca dijo nada en público porque protegía a alguien. Alguien en quien confiaba.
—¿A quién protegía?
Somoza la miró.
—Eso está en la declaración. Léala cuando pueda.
Iria dejó la caja en la silla y abrió el sobre. Los documentos de Lersundi encima, igual que antes. Los apartó. Debajo, una hoja mecanografiada, doblada en cuatro, con el papel algo amarillento pero la tinta todavía legible.
La leyó de pie, rápido, buscando el nombre.
Lo encontró en el cuarto párrafo.
No era Xabier Landa.
Era alguien a quien Iria había visto cada día desde que llegó al pueblo. Alguien que estaba en todos los sitios a la hora adecuada, que hablaba con calma y miraba con calma y que en ningún momento había dicho nada que no pudiera decir cualquier persona inocente.
El barman del Kai-Ondo.
Cuarenta y ocho años. Dieciocho en 1994. Hijo de marinero, toda la vida en el mismo sitio.
El cuarto hombre , había dicho Somoza. El que organizó todo. El que vio al niño.
Y Joseba Arce lo había protegido durante veinte años porque el barman era primo suyo. Familia. La única familia que le quedaba en el pueblo después de que su mujer se fuera y su hijo muriera.
Iria dobló la hoja. La metió de vuelta en el sobre.
—¿Sabe él que usted tiene esto? —dijo.
—Sí. Siempre lo ha sabido. —Somoza cogió el vaso vacío y lo tuvo en la mano sin hacer nada con él—. Es el acuerdo tácito que hemos mantenido treinta años. Él sabe que yo sé. Yo sé que él sabe que yo sé. Y ninguno de los dos ha movido ficha porque mover ficha implicaba consecuencias para los dos.
—¿Y ahora?
—Ahora hay dos muertos y usted está aquí con una caja en las manos. —Somoza dejó el vaso—. El acuerdo se ha roto. No fui yo quien lo rompió.
Iria cogió la caja.
—Necesito que esta noche no salga de casa —dijo—. Con la puerta cerrada. Las dos, la principal y la del sótano.
—A mi edad no suelo salir mucho de noche.
—Y si alguien llama a la puerta, no abra.
—¿Ni a usted?
—Si soy yo, llamaré cuatro veces. Dos, pausa, dos.
Somoza asintió.
—¿Tiene teléfono móvil?
—Tengo uno de esos viejos, de los que solo llaman.
—¿El número?
Lo dio. Iria lo grabó.
—Si pasa algo, llámeme. Si no contesto, llame al 112. —Hizo una pausa—. ¿Tiene algo en casa con lo que defenderse?
Somoza la miró con algo que podría haber sido humor en otra circunstancia.
—Tengo setenta y seis años y un bastón que no uso porque me da vergüenza.
—Use el bastón.
* * *
Bajó la cuesta con la caja bajo el brazo izquierdo y el teléfono en la mano derecha, mirando las calles vacías, el empedrado mojado, las fachadas con las persianas bajadas.
Elantxobe a las nueve de la noche en enero era una postal de la soledad: cada luz encendida en cada ventana era una persona sola o una pareja en silencio o una familia que llevaba demasiado tiempo junta en demasiado poco espacio y había aprendido a convivir con eso.
Fue al coche. Metió la caja en el maletero, encima de la bolsa de ropa que llevaba desde el lunes. Luego se quedó de pie junto al coche pensando.
El barman del Kai-Ondo.
Había hablado con él tres veces. Le había preguntado por Mateo, por Txomin, por la cala.
Y él había respondido con esa economía calculada de quien da lo suficiente para parecer colaborador sin dar nada que comprometa.
Había cosas que no se remontaban. Txomin tenía dos hijos.
Los buenos hombres no se caen solos al mar.
Frases que en el momento habían sonado como la prudencia de un hombre de pueblo. Que ahora sonaban de otra manera.
El problema era que el barman no tenía nombre en su cabeza todavía. Había visto el local, había visto la cara, no había pedido el nombre porque en ese momento no lo necesitaba y ahora sí.
Llamó a Ane.
—¿El barman del Kai-Ondo? —dijo Ane cuando contestó, sin que Iria hubiera terminado de formular la pregunta—. Se llama Patxi Uriarte. ¿Por qué?
—¿Le conoce bien?
—Toda la vida. Es primo de Joseba Arce, el padre de Daniel. —Pausa—. ¿Por qué me pregunta por Patxi?
—Quédese donde está —dijo Iria—. Le llamo en un rato.
Colgó antes de que Ane protestara.
Patxi Uriarte. Un nombre. Una cara. Un hombre que había estado en todos los sitios donde ella había estado desde el lunes y que en ningún momento había dado la impresión de estar nervioso.
Eso era lo más inquietante. No el nerviosismo. La ausencia de nerviosismo.
Llamó a Luengo.
—El nombre que busca es Patxi Uriarte —dijo—. Barman, cuarenta y ocho años, Elantxobe. Necesito que lo meta en el sistema ahora mismo.
—¿Tiene algo concreto?
—Tengo una declaración firmada por un testigo fallecido y documentación de una empresa implicada en vertido ilegal en 1994. Homicidio imprudente o doloso de un menor. Y dos asesinatos posteriores para mantener el encubrimiento.
Silencio breve al otro lado.
—Voy a necesitar más que eso para una orden de detención.
—Lo sé. Por eso necesito que esté aquí mañana temprano con gente, con o sin orden. Mañana le doy lo que necesita para la orden.
—¿Y esta noche?
Iria miró el bar al final del muelle. Las luces encendidas. La silueta de Patxi detrás de la barra, visible desde la calle.
—Esta noche no me muevo de aquí —dijo.
—Iria, si ese hombre ha matado a dos personas—
—Mañana temprano, Luengo.
Colgó.
Fue hacia el coche, se sentó dentro, arrancó sin encender las luces y maniobró hasta quedar aparcada en un punto desde donde veía la entrada del Kai-Ondo sin que desde dentro pudieran verla con facilidad.
Apagó el motor.
La caja de Somoza estaba en el maletero. El sobre de Ane en el bolso interior. Las fotos del cuaderno en el teléfono. El audio en el correo de Luengo.
Si algo le pasaba esta noche, había suficiente material para que alguien pudiera seguir.
Eso debería haberle dado tranquilidad. No se la dio del todo.
A las diez y cuarto las luces del Kai-Ondo se apagaron. Patxi salió por la puerta principal, la cerró con llave, y miró la calle en las dos direcciones con esa calma que Iria ya conocía.
Luego miró hacia donde estaba el coche de Iria.
No podía verla. El coche estaba oscuro y a bastante distancia. Pero la mirada duró un segundo más de lo que debería durar la mirada de alguien que no ve nada.
Luego Patxi se dio la vuelta y subió la cuesta hacia la parte alta del pueblo.
Iria esperó tres minutos. Luego llamó a Somoza.
Descolgó al primer tono.
—¿Todo bien? —dijo Iria.
—Aquí. —La voz del viejo, ronca y tranquila—. ¿Y usted?
—Aquí también. —Pausa—. Cuatro veces. Dos y dos.
—Lo recuerdo.
Colgó.
Iria apoyó la nuca en el reposacabezas y miró el techo del coche. El frío empezaba a colarse por las juntas de las puertas y tendría que arrancar el motor de vez en cuando para no quedarse helada, pero arrancar el motor hacía ruido y el ruido en Elantxobe a estas horas llegaba lejos.
Pensó en Daniel Arce liberando a una orca en la oscuridad.
Ocho años y la voz entera.
Y treinta años después una orca volviendo al mismo punto del mar para repetir los sonidos de aquella noche. Sin entender qué repetía. Sin entender qué guardaba. Solo guardándolo porque los cuerpos guardan lo que los cuerpos guardan y no siempre hay manera de explicarlo.
Afuera el pueblo dormía.
Iria no.