Capítulo 11 — La cría
La puerta trasera del edificio azul daba a un callejón estrecho que olía a contenedor y a piedra mojada.
Iria la encontró entornada. Entró sin llamar, subió las escaleras a oscuras porque la luz del rellano no funcionaba o alguien había quitado la bombilla, y llamó al segundo piso con los nudillos, tres veces, despacio.
Gorka Andueza abrió de inmediato. Como si hubiera estado al otro lado esperando con la mano en el pomo.
Era más pequeño de lo que parecía en el muelle. O era el espacio: el apartamento era diminuto, dos habitaciones, y la principal estaba en penumbra con las persianas bajadas aunque afuera todavía quedaba algo de luz. En la mesa había un vaso de agua y un teléfono con la pantalla encendida. Nada más.
—Siéntese —dijo Gorka.
Se sentó él también. No en la silla, sino en el sofá, con los codos en las rodillas y las manos juntas, la postura de alguien que espera una sentencia y ya ha decidido no levantarse hasta escucharla entera.
Tenía los ojos enrojecidos. No de llorar. Del tipo de cansancio que lleva días instalado y ya no se va con dormir.
—¿Cuánto sabe usted? —dijo.
—Suficiente para que lo que me diga no le perjudique más de lo que ya está.
Gorka la miró. Evaluó eso. Luego empezó a hablar.
* * *
Tenía diecisiete años en febrero de 1994.
Lo dijo así, con esa precisión, como si la edad fuera una circunstancia atenuante que llevara treinta años queriendo presentar ante alguien y nadie le hubiera dado la oportunidad.
—Me lo propuso Iñaki Landa —dijo—. El hermano de Xabier. Iñaki y yo éramos amigos desde el colegio. Me dijo que había una cosa, una noche, que pagaban bien y que no había que preguntar. Que era cargar y descargar, nada más. Que lo hacían a menudo y que siempre salía bien.
—¿Sabía qué iban a descargar?
—Me dijo que eran productos industriales. No me dijo más y yo no pregunté más porque con diecisiete años y necesitando dinero uno no pregunta más. —Hizo una pausa—. Mi padre había muerto ese verano. Mi madre estaba sola. El dinero que me ofrecieron era más de lo que veríamos en un mes.
Iria no dijo nada. Lo dejó continuar.
—Llegamos a la cala pasadas las once de la noche.
Éramos cuatro: Iñaki, Xabier, yo y el otro.
—No dijo el nombre. Iria no le pidió que lo dijera todavía—.
La gabarra ya estaba anclada. Había seis hombres más a bordo, de fuera, de Bilbao supongo, que se ocuparon de bajar los bidones con una grúa pequeña.
Nosotros solo teníamos que recibirlos en la orilla y colocarlos en una zona que ya habían preparado, detrás de unas rocas, donde los recogerían al día siguiente para enterrarlos tierra adentro.
—¿Cuántos bidones?
—No los conté. Muchos. Tardamos casi dos horas.
—¿Y el niño?
Gorka se frotó la cara con las manos. La tuvo tapada un momento.
—El niño estaba ahí cuando llegamos —dijo, desde detrás de las manos—.
En la cala. No lo habíamos visto. Estaba al fondo, cerca de las redes que habían tendido para cerrar una zona del agua.
—Bajo las manos—. Había una cría de orca enredada en esas redes.
Una cría pequeña, de un año o menos, que debía de haberse metido persiguiendo algo y no había podido salir.
El niño la estaba ayudando. Metía las manos en el agua y tiraba de la red desde arriba.
Iria escuchó sin moverse.
—El otro lo vio primero —dijo Gorka—. El cuarto.
Fue directo hacia el niño. Le dijo que se fuera, que no había visto nada, que se fuera a casa.
Y el niño... —Gorka cerró los ojos un momento—.
El niño no se fue. El niño dijo que primero iba a sacar a la orca.
Lo dijo así. Que primero sacaba a la orca y luego se iba.
Tenía ocho años y le salió la voz entera, sin miedo, diciéndole a ese hombre que primero sacaba a la orca.
Silencio.
El viento rozaba la persiana con un sonido suave e intermitente.
—¿Qué pasó?
—El otro lo cogió del brazo. Fuerte. El niño gritó.
No un grito de aviso, sino de dolor, porque el otro tenía manos grandes y apretó.
—Gorka tenía la voz plana, sin inflexión, la voz de quien ha relatado algo tantas veces en su cabeza que las palabras ya han perdido el peso—.
Y entonces el niño se soltó. No sé cómo.
Se soltó y cayó hacia atrás y el borde de la cala en ese punto es bajo, medio metro sobre el agua, y cayó al agua.
—¿Solo cayó? ¿O le empujó?
Gorka tardó.
—No vi una mano empujando. Vi al niño caer.
Pero el otro lo tenía agarrado y el otro sacudió el brazo para soltarle y el niño cayó.
—Pausa—. Dónde termina sujetar y dónde empieza empujar, en ese momento, en esa oscuridad, yo no lo sé.
Lo que sé es que el niño cayó y que el agua estaba a cuatro grados y que ninguno de nosotros saltó a sacarlo.
—¿Por qué?
Otra pausa. Más larga.
—Porque el otro dijo que no. —La voz de Gorka se quebró por primera vez, un quiebre pequeño, casi imperceptible—.
Dijo que si saltábamos éramos todos cómplices.
Que si no saltábamos éramos testigos de un accidente.
Y que había una diferencia. —Pausa—. Yo tenía diecisiete años y ese hombre tenía treinta y cinco y hablaba como si supiera exactamente la diferencia entre las dos cosas.
Iria lo miraba.
—¿Cuánto tiempo estuvo el niño en el agua?
—No lo sé. Dos minutos, quizá. El agua estaba muy fría. —Gorka se levantó, fue a la ventana, no subió la persiana, se quedó con la mano en la lama sin abrirla—. La orca seguía en la red. Dando coletazos. Haciendo ruido. Y en algún momento el niño dejó de hacer ruido y la orca no.
Largo silencio.
—¿La orca llegó a soltarse?
—Sí. El otro cortó las redes al final, antes de irse, para que no quedara rastro.
La cría salió. Muy despacio. Creo que estaba agotada.
—Gorka volvió al sofá—. Los de la gabarra ya habían terminado.
Recogieron todo en veinte minutos y se fueron.
Nosotros nos fuimos detrás. El cuarto nos dijo que al día siguiente hablaríamos pero que esa noche no había pasado nada.
Que nadie había visto nada. Que el niño había salido solo y que los niños se caen al mar en invierno cuando salen solos por la noche.
—¿Y Xabier?
—Xabier no dijo nada en toda la noche. Xabier es de los que callan y asimilan. Cuando llegamos al pueblo me miró una sola vez y fue suficiente para entender que no había nada que decir.
—¿E Iñaki?
—Iñaki lloró en el camino de vuelta. Solo una vez, en silencio.
Y luego no volvió a hablar del tema. —Gorka cogió el vaso de agua de la mesa, lo tuvo en la mano sin beber—.
Iñaki fue el que tuvo remordimientos. Siempre los tuvo.
Bebía demasiado. Cuando murió en la carretera de Lekeitio... —Dejó el vaso—. No sé si fue accidente.
Iria tampoco lo sabía. Y no era el momento de decirlo.
—¿Declaró a Somoza?
—Somoza vino a verme al día siguiente. Solo. Sin uniforme. Me dijo que el caso iba a cerrarse como accidente y que lo mejor para todos era que así fuera. —Gorka la miró—. Tenía diecisiete años. Mi madre estaba sola. El otro había dicho lo mismo. Somoza decía lo mismo. ¿Qué iba a hacer yo?
Era una pregunta real. Iria no tenía una respuesta que valiera.
* * *
Salió del apartamento de Gorka cuarenta minutos después, con más de lo que había entrado y con un peso diferente en los pies, ese peso que da escuchar cosas que ya sabías de manera abstracta pero que al escucharlas en la voz de alguien que estuvo ahí se vuelven concretas de una manera que no tiene marcha atrás.
Un niño de ocho años en el agua a cuatro grados.
Una orca cría en una red.
Y cuatro hombres en la orilla que decidieron no saltar.
Fue hacia el coche, pero antes de llegar cambió de dirección. Fue al puerto. Era tarde ya, casi las ocho, y el muelle estaba desierto excepto por la luz de la cabina de la cofradía al fondo. Iria se quedó en el borde del aparcamiento, mirando el agua negra.
Llamó a Nora.
—¿Puede hablar?
—Sí —dijo Nora. Tenía la voz de alguien que lleva horas esperando que la llamaran.
—Necesito que me explique algo. La cría. Si una cría de orca estuvo presente en algo traumático, ¿cuánto tiempo permanece ese recuerdo?
Al otro lado hubo una pausa breve.
—Toda la vida —dijo Nora—. Las orcas tienen una estructura de memoria episódica comparable a la humana en algunos aspectos.
Los eventos de alto impacto emocional, especialmente en los primeros años de vida, quedan grabados con una intensidad que no disminuye con el tiempo.
—Pausa—. Hay casos documentados de orcas que muestran comportamientos de duelo durante semanas o meses después de perder a una cría.
Y hay estudios que apuntan a que esos patrones se transmiten.
Que la madre le enseña a la cría no solo a cazar sino también qué lugares son peligrosos, qué sonidos significan amenaza.
—¿Y al revés? ¿Una cría puede llevar eso a la edad adulta y transmitirlo a sus propias crías?
—Sí. Es exactamente lo que Mateo creía que estaba documentando con Negua. —La voz de Nora cambió ligeramente—. ¿Por qué me pregunta esto ahora?
—Porque acabo de hablar con alguien que estuvo en la cala esa noche. —Pausa—. Había una cría de orca atrapada en una red. El niño la estaba liberando cuando llegaron los hombres.
Silencio al otro lado.
Un silencio largo.
—Dios mío —dijo Nora, en voz baja. No como exclamación sino como la conclusión de algo que había estado esperando comprender desde hacía semanas.
—Si esa cría y Negua son el mismo animal...
—Son el mismo animal —dijo Nora. Lo dijo con una certeza que no admitía discusión—.
Negua tiene entre cuarenta y cincuenta años.
En 1994 tendría entre diez y veinte, ya adulta, o entre ocho y diez, subadulta.
Las cicatrices en su aleta derecha que llevamos años documentando: tres marcas paralelas, horizontales.
Yo siempre asumí que eran de algún encuentro con otra orca o con un anzuelo.
Pero si estuvo enredada en una red de esas características...
—Se paró—. Las marcas son consistentes con el tipo de corte que deja una red de carga tensada.
Iria apoyó la mano en el capó del coche.
—Lleva treinta años volviendo al lugar donde el niño la liberó —dijo.
—Y donde el niño murió —dijo Nora.
Las dos callaron un momento.
Afuera el mar estaba quieto. Sin viento, sin oleaje. Esa quietud de enero que en la costa norte a veces dura una noche y a veces dura una semana y nunca se sabe cuál de las dos es.
—Nora —dijo Iria—. El audio. ¿Lo mandó?
—Hace dos horas. A la dirección que me dio.
—Bien.
—¿Va a estar usted bien?
Iria pensó en el cuaderno de Somoza. En el sobre de Ane. En Gorka encerrado en un apartamento con las persianas bajadas. En el nombre que había leído y que encajaba demasiado bien.
—No lo sé —dijo—. Probablemente sí.
Colgó.
Se quedó un momento más mirando el agua. Luego miró el teléfono y buscó el número de Luengo.
Lo llamó. Contestó al segundo tono.
—Necesito que mañana temprano tenga un escuadrón en Elantxobe —dijo Iria—. Con orden judicial si puede conseguirla esta noche, sin ella si no puede.
Silencio breve.
—¿Qué tiene? —dijo Luengo.
—Tengo dos homicidios, un testigo, documentación de un encubrimiento de treinta años y el nombre de quien lo hizo todo. —Pausa—. Y tengo la sensación de que esta noche va a ser larga.
—¿Está en peligro?
—Estoy en el muelle mirando el mar. Todavía no.
—Iria.
—¿Qué?
—¿Lleva el arma?
Lo preguntó sabiendo la respuesta. Los dos lo sabían.
—Mañana temprano —dijo Iria—. Con o sin orden.
Colgó antes de que él pudiera decir nada más.
Se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada. Luego miró el puerto, las embarcaciones, la cabina de la cofradía con la luz encendida.
La luz de la cabina se apagó.
Y la silueta de Xabier Landa salió por la puerta, se paró un momento en el muelle mirando en todas direcciones, y subió la cuesta hacia la parte alta del pueblo con ese paso suyo, lento y seguro, de quien lleva treinta años moviéndose en el mismo sitio.
Iria lo miró hasta que desapareció en la oscuridad.
Luego miró hacia la otra dirección. Hacia la cala de Armintz, que desde el muelle no se veía pero que estaba ahí, a dos kilómetros de costa, con el agua quieta encima y el fondo y todo lo que el fondo guardaba desde hacía treinta años.
Se preguntó si las orcas estarían ahí esta noche.
Probablemente sí.