El Secreto de las Orcas Capítulo 10 — Ane
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Capítulo 10 — Ane

Ane Landa llevaba tres días sin salir del apartamento cuando llamaron a su puerta.

No era el apartamento de sus padres, donde había crecido, sino el suyo propio: un piso pequeño en la parte alta del pueblo que alquilaba desde hacía cuatro años con la vaga intención de tener un sitio desde donde marcharse cuando reuniera el valor suficiente.

Lo había convertido en una especie de redacción portátil: una mesa grande ocupada por dos ordenadores portátiles, carpetas, una impresora barata y pilas de periódicos locales con artículos marcados con rotulador amarillo.

En las paredes había cosas clavadas con chinchetas.

Mapas, recortes, una línea del tiempo dibujada a mano en papel de estraza.

Cuando llamaron a la puerta, Ane fue a abrir sin preguntar quién era. No porque fuera descuidada sino porque en ese pueblo de cuatrocientas personas nadie llamaba a tu puerta si no era alguien que conocías.

Pero la mujer que estaba en el rellano no la conocía.

—¿Ane Landa?

—Sí.

—Me llamo Iria Salcedo. Estoy investigando la muerte de Mateo Arístegui.

Ane la miró durante un segundo. Luego miró el rellano a izquierda y derecha, un gesto rápido e instintivo que Iria reconoció: el de alguien que vive en un sitio donde te ve todo el mundo y ha aprendido a comprobar que no te ven.

—Entre —dijo.

* * *

Lo primero que vio Iria al entrar fue la línea del tiempo.

Era imposible no verla: ocupaba dos metros de pared, desde la ventana hasta la puerta de la cocina, con fechas escritas en negro y notas en azul y rojo y algunos recortes pegados con celo transparente que ya se estaba despegando por los bordes.

Al principio de la línea: Feb. 1994 — Desaparición Daniel Arce.

Al final, hace una semana: Mateo Arístegui, aparece colgado de boya.

Iria se paró delante.

La leyó de izquierda a derecha. Tardó un minuto largo.

—¿Cuánto tiempo lleva con esto? —dijo.

—Con la línea del tiempo, dos años. Con el resto, casi diez.

—Ane se cruzó de brazos. Estaba en pijama, con calcetines de lana, y tenía la cara de alguien que lleva varios días dentro de casa viviendo de café y de preguntas sin respuesta—.

Empecé cuando tenía diecisiete años. Vi algo que no debería haber visto y tardé ocho años en entender lo que era.

—¿Qué vio?

—A mi padre. —Lo dijo sin pausa, sin preparación—.

En el noventa y cuatro yo tenía siete años.

Una noche me desperté porque mi padre no estaba en casa y mi madre estaba en la cocina sentada a oscuras y eso me asustó.

Me asomé a la ventana. Vi a mi padre bajando la calle a las cuatro de la mañana, solo, con ropa de trabajo mojada.

—¿Le preguntó algo?

—Tenía siete años. Volví a la cama. —Pausa—. Pero lo recordé. Los niños recuerdan cosas así aunque durante años no sepan qué hacer con el recuerdo.

Iria se sentó en la única silla que no estaba ocupada por carpetas. Ane se quedó de pie.

—¿Cuándo empezó a relacionarlo con Daniel?

—Con dieciséis años. En el instituto. Una profesora nos hizo hacer un trabajo sobre la historia del pueblo y yo busqué en los archivos del periódico local y encontré la nota sobre la desaparición.

—Ane hablaba con una cadencia igual, sin inflexiones especiales, como quien ha contado una historia tantas veces para sí mismo que ya ha perdido el efecto emocional—.

Una nota pequeña. Igual que en el libro de historia.

Y pensé en aquella noche. Y algo encajó de una manera que me dejó varios días sin dormir bien.

—¿Se lo dijo a su padre?

—No. No entonces. —Ane fue a la cocina, volvió con dos tazas de café, le puso una delante a Iria sin preguntar—.

Fui acumulando. Estudié periodismo. Volví al pueblo porque no tenía dinero para irme a ningún otro sitio.

Y hace ocho años decidí que iba a escribir algo. Un artículo largo. Bien documentado.

—¿Y?

Ane se sentó en el borde de la cama, que era la única superficie horizontal sin papeles.

—Y alguien se enteró de que estaba preguntando.

No sé quién exactamente, aunque tengo una idea.

Y un día mi padre me llamó y me dijo que fuera a verle.

Y me dijo que si publicaba algo, él perdería la cofradía.

Y que sin la cofradía no era nada. Y que llevaba treinta años siendo algo y que no iba a permitir que su propia hija se lo quitara.

Lo dijo sin rencor audible. Con algo más frío que el rencor.

—¿Y paró?

—Paré. —Hizo una pausa—. Pero seguí acumulando. —Señaló la pared—. Todo esto es lo que he juntado desde entonces. Sin publicar nada. Solo para saber.

Iria miró la línea del tiempo otra vez.

—¿Sabe lo que había en la cala de Armintz esa noche?

—Residuos químicos. Una empresa de Basauri pagó a cuatro hombres del pueblo para que facilitaran el vertido.

—Ane sostuvo la mirada de Iria—. Lo sé desde hace seis años.

Encontré documentación en el registro mercantil de Bizkaia.

La empresa se llamó Químicos Lersundi hasta el noventa y siete, luego se disolvió y los activos pasaron a otra sociedad. Bastante limpio para la época.

—¿Y los cuatro hombres?

Ane la miró.

—¿Usted ya los sabe? —dijo.

—Tengo tres nombres seguros y uno probable.

—¿Cuál es el probable?

Iria dijo el nombre que había leído en el cuaderno de Somoza.

Ane no parpadeó.

—No es probable —dijo—. Es seguro. Lo supe hace dos años. Fue el que organizó todo. El que habló con Lersundi. El que cobró y distribuyó. —Pausa—. Y el que vio al niño.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Gorka Andueza me lo dijo. —Ane dejó la taza en el suelo, a sus pies—. Hace dos años. Estaba borracho y se arrepintió inmediatamente y me hizo prometer que no lo usaría. Lo prometo y voy a seguir prometiéndolo aunque usted me pregunte, así que no me pregunte.

Iria no preguntó.

—¿Sabe si Gorka sabe que sigue corriendo peligro?

—Gorka lleva treinta años con miedo. Ha construido su vida entera alrededor de ese miedo.

Tiene un trabajo, tiene una familia, sale a pescar cada mañana y cada mañana sabe que si dice algo pierde todo eso.

—Ane sacudió la cabeza—. No sé si eso es cobardía o simplemente es lo que hace la gente cuando tiene demasiado que perder.

—¿Y su padre? —dijo Iria—. ¿Xabier?

Algo pasó por la cara de Ane. Algo que Iria ya había visto antes en gente que tiene que hablar de alguien a quien quieren y a quien no pueden defender: una especie de fatiga moral, el agotamiento de llevar años sosteniendo dos cosas contradictorias al mismo tiempo.

—Mi padre hizo lo que hizo —dijo Ane—. No mató a nadie. Facilitó que ocurriera algo y luego calló durante treinta años. —Pausa—. Que eso sea mejor o peor que lo otro, no lo sé. No me siento capaz de hacer esa comparación.

—¿Le ha dicho algo en los últimos días?

—Me llamó ayer. Para preguntarme si había hablado con alguien. —Ane levantó los ojos—. Le dije que no.

—¿Y él le creyó?

—Mi padre lleva treinta años creyendo lo que le conviene creer. Es un hombre muy capaz en ese sentido.

Iria tomó nota mental. Luego señaló la línea del tiempo.

—¿Puedo fotografiarla?

—Puede llevarse una copia. —Ane se levantó, fue al escritorio, abrió un cajón y sacó un sobre—.

Llevo dos años preparando esto por si algún día alguien venía a preguntar de verdad.

—Le tendió el sobre—. Hay un USB con todo lo que tengo documentado.

Contratos, registros, la conversación con Gorka no, pero sí notas de lo que me dijo.

Crónica de todo lo que he ido juntando. —Pausa—.

Está estructurado como un artículo. Nunca lo he publicado, pero está escrito como si fuera a publicarse.

Iria cogió el sobre.

—¿Por qué me lo da ahora?

Ane la miró.

—Porque Mateo está muerto. Y Txomin está muerto. Y usted está aquí preguntando sin que nadie le haya pedido que venga. —Pausa—. Eso me parece suficiente razón.

* * *

Estuvieron hablando una hora más.

Ane sabía cosas que ni Somoza ni Nora tenían: había seguido el rastro de Químicos Lersundi durante años, había identificado al ejecutivo que coordinó el vertido desde Bilbao —muerto en 2009, lo cual cerraba esa vía—, había reconstruido con bastante precisión la secuencia de aquella noche de febrero a partir de varias fuentes indirectas.

Y sabía algo que Iria no sabía todavía.

—El niño no cayó al agua de manera accidental —dijo Ane, hacia el final de la conversación—. Eso lo sé de Gorka también. No entró en detalles. Solo me dijo que Daniel estaba en la cala cuando llegaron y que lo que pasó después no fue un accidente.

—¿Fue un homicidio?

—Gorka no usó esa palabra. Usó la palabra pánico . Dijo que todo ocurrió en pánico. —Ane miró sus manos—. No sé si eso lo exculpa o lo agrava. Supongo que depende de a quién le preguntes.

Iria dobló el sobre y se lo metió en el bolso interior, junto al cuaderno fotografiado.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con Gorka?

—Hace tres días. Antes de que apareciera Txomin. —Ane frunció el ceño—. No le he visto desde entonces. No ha contestado el teléfono.

—¿Eso es raro en él?

—Gorka siempre contesta el teléfono. Es de los que siempre está disponible. —Pausa—. Me parece que tiene mucho miedo ahora mismo.

—¿O algo le ha pasado?

Ane abrió la boca. La cerró.

—No lo había pensado así —dijo.

Iria se levantó. Se puso el abrigo.

—Quédese en casa esta noche —dijo—. Con la puerta cerrada.

—¿Por qué?

—Porque quien está haciendo esto conoce este pueblo mejor que yo. Y sabe quién sabe qué.

Ane la miró desde el borde de la cama, con esa cara de los tres días sin salir y el café frío y la línea del tiempo detrás en la pared, toda esa acumulación de años de saber algo sin poder hacer nada con ello.

—¿Va a resolverlo? —preguntó. No con esperanza exactamente. Con algo más parecido a la curiosidad de quien lleva mucho tiempo preguntándose si es posible.

—No lo sé —dijo Iria.

Fue hacia la puerta.

—Inspectora —dijo Ane.

Se giró.

—Gorka vive en la calle del puerto, el edificio azul, segundo piso. —Hizo una pausa—. Por si acaso.

Iria asintió.

Salió al rellano. Escuchó cómo Ane echaba el cerrojo desde dentro, dos vueltas, y luego la cadena.

Bien.

Bajó las escaleras. En la calle el viento había calmado del todo y el pueblo estaba en ese silencio de media tarde que tienen los sitios donde la gente se recoge pronto en invierno.

Las farolas acababan de encenderse aunque todavía había algo de luz natural, esa luz de las seis de enero que no es día ni noche sino algo intermedio que en la costa norte dura exactamente veinte minutos y luego desaparece de golpe.

Iria buscó en el bolsillo la foto de los tres números de teléfono del cabecero de Mateo. El segundo, el que había descolgado y no había hablado.

El que había colgado sin decir nada.

Marcó otra vez.

Cuatro tonos. Cinco.

Al sexto descolgaron.

—Gorka —dijo Iria, antes de que la voz del otro lado dijera nada—. Soy Iria Salcedo. Sé quién está en el número de teléfono que estoy llamando y sé por qué no quiere hablar. Escúcheme treinta segundos.

Silencio. Pero no colgaron.

—Txomin está muerto. Somoza está en peligro. Y el hombre que está haciendo esto sabe que usted estuvo en la cala esa noche. —Pausa—. Usted tiene diecisiete años en esa historia. Eso no es lo mismo que tener cuatro. Si habla ahora, eso importa.

Silencio largo.

—¿Está usted sola? —dijo la voz al fin. Baja, tensa, como alguien que habla desde dentro de una habitación con la puerta cerrada.

—Sí.

—¿Cómo sé que es verdad?

—No lo sabe. Igual que yo no sé si usted va a seguir al teléfono cuando termine esta frase.

Pausa.

—¿Dónde está usted ahora mismo? —dijo Gorka.

Iria miró la calle. El edificio azul estaba a doscientos metros. Las ventanas del segundo piso encendidas.

—Cerca —dijo.

La línea se quedó en silencio durante cinco segundos que se hicieron largos.

—Venga —dijo Gorka por fin—. Pero sola. Y por la puerta de atrás.