Capítulo 9 — Lo que compró Mateo
Somoza abrió la puerta y lo primero que dijo fue:
—Alguien intentó entrar anoche.
No como saludo. Como si continuara una conversación que hubiera estado teniendo consigo mismo desde las tres de la mañana y Iria acabara de llegar en el momento justo.
—¿Por dónde?
—La puerta trasera. La del sótano. —Se hizo a un lado para dejarla pasar—. Tengo el cerrojo viejo, de los que no se fuerzan fácil. Pero lo intentaron. La madera está marcada.
Iria entró. La casa olía igual que el día anterior: tabaco, alcohol, el polvo específico de los sitios donde vive una persona sola desde hace muchos años. Fue directo al sótano, bajó los cuatro escalones y miró la puerta trasera.
La marca estaba ahí. En el marco de madera, a la altura del pomo, algo había trabajado el material: arañazos recientes, astillas pequeñas, la pintura desconchada de una manera que no era el desgaste del tiempo sino la presión de algo metálico.
Alguien había intentado palancarlo o forzar el cerrojo con una ganzúa mala o con prisa, o con las dos cosas a la vez.
—¿A qué hora?
—Entre las dos y las tres. Me desperté con el ruido. —Somoza estaba en el umbral de los escalones, mirándola desde arriba—. Me quedé quieto. Después paró.
—¿Vio algo?
—No salí a mirar. —Lo dijo sin vergüenza, solo como un hecho—. Tengo setenta y seis años y no salgo solo a la oscuridad cuando alguien acaba de intentar entrar en mi casa.
Razonable.
—¿Llamó a alguien?
—¿A quién iba a llamar? ¿A la Guardia Civil? —Hizo un sonido por la nariz—. Basurko me mandaría a la cama con un vaso de leche caliente.
Iria subió los escalones. Somoza retrocedió hacia el salón y se sentó en el sillón de siempre. La caja de cartón estaba en el suelo, al lado del sillón. La cinta adhesiva seguía despegada por los lados pero la tapa seguía cerrada.
—¿La ha abierto?
—No.
—¿Por qué no?
Somoza la miró.
—Porque si la abro delante de usted ya no puedo cerrarla. —Pausa—. Y esta noche alguien ha recordado que existe.
Iria arrimó la silla de ayer. Se sentó.
—Escúcheme —dijo—. Txomin Aguirre está muerto. Mateo Arístegui está muerto. Y alguien ha intentado entrar en su casa esta noche. ¿Entiende lo que eso significa?
—Significa que quien hizo eso sabe que yo sé.
—Significa que está cerrando cabos. —Iria se inclinó hacia adelante—. Usted es el siguiente cabo que queda suelto.
Somoza contempló eso un momento. Lo contempló con la calma de alguien que ya ha pensado en su propia muerte un número suficiente de veces como para que la idea no le produzca el efecto que le produciría a una persona más joven.
—Tiene razón —dijo. Sin drama. Solo constatando.
Cogió la caja. La puso sobre sus rodillas. Levantó la tapa.
* * *
Dentro había tres cosas.
Un sobre de papel marrón, grueso, cerrado con una goma. Un cuaderno de espiral pequeño, el tipo que se vende en los estancos. Y debajo de todo, una fotografía en blanco y negro de tamaño cuartilla, plastificada, con el plástico ya amarillento de los años.
Somoza sacó la fotografía primero.
—Esto lo hice yo —dijo—. La noche del doce de febrero, antes de que me dijeran que cerrara el caso. Había ido a la cala de Armintz sin decírselo a nadie.
La fotografía mostraba la cala desde un ángulo alto, probablemente desde el acantilado.
Era de noche y la exposición era mala, la imagen granulada y oscura, pero se distinguían dos cosas con bastante claridad: varias embarcaciones pequeñas en la orilla, y al fondo, casi fuera del encuadre, la silueta de algo grande anclado más adentro, demasiado grande para ser una embarcación de pesca local.
—¿Qué es eso del fondo?
—Una gabarra. Mediana. Sin nombre visible, o yo no lo vi. Llevaba contenedores a bordo. —Somoza señaló un punto en la imagen—. Esto de aquí son bidones. En la orilla. Ya vacíos o a punto de estarlo.
—¿Y en la noche del once, cuando desapareció el niño?
—Yo fui el doce. Ya no quedaba nadie. Pero los bidones seguían ahí y la arena estaba marcada. Habían descargado mucho y se habían ido antes del amanecer.
Iria fotografió la imagen con el teléfono.
Somoza sacó el sobre y lo abrió. Dentro había varias hojas dobladas: fotocopias de documentos que Iria tardó un momento en identificar. Manifiestos de carga. Registros portuarios. El membrete de una empresa impreso en la esquina superior: Químicos Lersundi S.A., Basauri.
—¿De dónde sacó esto?
—De un contacto en el puerto de Bilbao. Un hombre que me debía un favor.
—Somoza extendió los documentos sobre la mesita—.
La gabarra se llamaba Itxasalde . Registrada a nombre de una empresa pantalla con sede en Bilbao.
El titular real era Químicos Lersundi. En el noventa y cuatro tenían un problema de residuos: habían superado el límite de almacenamiento autorizado y necesitaban sacarlo de encima antes de que llegara una inspección regional.
Pagaron a alguien para encontrarles un punto de vertido discreto.
—¿Cuánto pagaron?
—No lo sé exactamente. Lo suficiente para que cuatro hombres de un pueblo de cuatrocientas personas dijesen que sí.
Iria revisó los documentos. Eran copias, no originales, y la calidad era mediocre, pero los nombres y fechas eran legibles.
—¿Estos documentos prueban la conexión entre Lersundi y la cala?
—Prueban que la gabarra descargó algo en esa zona en esas fechas. No prueban que fuera ilegal directamente, aunque lo fuera. —Somoza cogió el cuaderno—. Esto es lo que sí prueba algo.
Lo abrió.
Letra de Somoza, reconocible por la misma inclinación hacia la derecha del informe que había leído en Gernika. Pero diferente en el tono: directa, sin el lenguaje administrativo del expediente oficial. Como un diario o unas notas personales.
—Apunté los nombres esa noche —dijo—. Los cuatro hombres. Cómo los supe, quién me dijo qué.
Iria leyó la primera página.
El primer nombre era el que ya se esperaba: Xabier Landa. Vocal de la cofradía desde noviembre de 1994, nueve meses después de los hechos. La notación de Somoza decía: coordinó el acceso a la cala y garantizó que ninguna embarcación del puerto saliera esa noche. Fuente: J.A. (conf.).
J.A. Joseba Arce. El padre del niño.
Iria levantó la vista.
—El padre lo sabía.
—El padre lo descubrió después. Mucho después.
—Somoza bajó la vista al cuaderno—. Me lo contó él mismo, hace quince años.
Vino a verme. Llorando, el hombre. Llorando como no lo había visto llorar ni cuando le di la noticia de su hijo.
Porque se había enterado de quiénes estaban en la cala esa noche y uno de ellos era alguien en quien él confiaba.
—¿Quién?
—Lea el segundo nombre.
Iria leyó.
El segundo nombre era Iñaki Landa. Hermano menor de Xabier.
—Iñaki murió en 2018 —dijo Somoza—. Accidente de tráfico. Carretera de Lekeitio, lluvia, salida de vía. —Pausa—. O accidente o no, no lo sé. Murió y con él se fue la persona que más sabía.
—¿Y los otros dos?
—El tercero es Gorka Andueza.
Iria lo procesó. Gorka Andueza. El del muelle, el que había aparecido con la cara descompuesta y Xabier había mandado callar antes de que abriera la boca.
—Era muy joven en el noventa y cuatro —dijo Somoza—. Diecisiete, dieciocho años. Fue el que subió a la gabarra para ayudar con la descarga. No organizó nada, solo obedeció. Pero estuvo ahí.
—¿Y el cuarto?
Somoza cerró el cuaderno. No lo cerró de golpe, sino despacio, con el gesto de alguien que hace algo que le cuesta.
—El cuarto es el que mató a Mateo —dijo—. Y a Txomin. Y el que intentó entrar aquí anoche.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque es el único que tiene algo que perder todavía. Xabier es viejo y tiene a su hija y a estas alturas lo que le queda es la reputación. Gorka tiene miedo pero no es un asesino. —Pausa—. El cuarto es diferente. Siempre fue diferente.
—El nombre —dijo Iria.
Somoza la miró.
—Si le doy ese nombre, usted va a buscarlo.
—Sí.
—Y esa persona lo va a saber. En este pueblo todo se sabe.
—Lo sé.
—¿Y puede protegerse?
Iria pensó en el apartamento de Bilbao. En los seis meses de expediente abierto. En que no llevaba arma porque estaba suspendida cautelarmente y devolver el arma reglamentaria había sido la parte más humillante de todo el proceso, peor que la suspensión en sí.
—Puedo arreglármelas —dijo.
No era del todo verdad pero tampoco era del todo mentira.
Somoza abrió el cuaderno por la última página con anotaciones. Giró el cuaderno para que Iria pudiera leer.
Un nombre. Dos apellidos. Y debajo, lo que Somoza había escrito treinta años atrás como descripción de su rol aquella noche:
Coordinó el contacto con Lersundi. Recibió el pago. Distribuyó entre los otros tres. Vio al niño.
Las últimas tres palabras estaban subrayadas dos veces.
Iria leyó el nombre.
Lo leyó dos veces para estar segura.
Luego levantó la vista hacia Somoza.
—¿Cuánto tiempo lleva esta persona en el pueblo?
—Toda la vida. —Somoza cerró el cuaderno y lo metió de vuelta en la caja—. Como todos.
* * *
Iria salió de la casa de Somoza con el cuaderno fotografiado, los documentos de Lersundi fotografiados y la fotografía de la cala fotografiada.
Somoza se había negado a que se llevara los originales: los guardó de vuelta en la caja, cerró la tapa, y dijo que tenía su propio plan para esa caja en caso de que algo le ocurriera antes de que todo esto terminara.
Iria no le preguntó qué plan. Tenía demasiadas otras cosas en la cabeza.
Bajó hasta el puerto. El viento seguía pero más suave que por la mañana, y el mar había calmado lo suficiente como para que las embarcaciones se mecieran con un ritmo casi normal. El muelle estaba vacío a esa hora, media tarde de invierno, luz que ya empezaba a caer aunque no eran las cinco.
Se sentó en un banco de piedra mirando el agua y llamó a Nora.
—Necesito que me diga algo —dijo cuando contestó—. La grabadora que Txomin le vendió a Mateo. ¿Mateo le dijo de dónde la había sacado Txomin?
—Me dijo que la había rescatado del fondo. Que la había encontrado enganchada en las redes durante una faena, hace años, y que la guardó porque los viejos marineros guardan todo lo que encuentran en el mar.
—¿Sabe exactamente en qué zona?
Pausa.
—En la cala de Armintz —dijo Nora—. Me lo dijo Mateo. La grabadora llevaba en el fondo desde los años noventa, según calculó por el estado del material. Alguien la perdió o la tiró allí y quedó enterrada en el sedimento hasta que las redes de Txomin la arrastraron.
—¿Cuándo la encontró Txomin?
—Hace tres años, más o menos. Pero no se la dio a Mateo hasta el mes pasado. Tardó en entender que podía ser relevante.
—O tardó en decidir si quería que fuera relevante.
Nora no contestó inmediatamente.
—Puede ser —dijo al final.
Iria miró el agua. Miró la embarcación precintada de Mateo al fondo del muelle.
—¿Tiene la copia del audio preparada?
—Sí. ¿Viene esta tarde?
—Mañana por la mañana. —Hizo una pausa—. Y necesito que haga algo esta noche. Quiero que mande el audio completo, los dos horas y diecisiete minutos, a una dirección de correo electrónico que le voy a dar. Una dirección externa, fuera de aquí.
—¿Por qué?
—Porque si algo le ocurre a usted o a mí o a ese archivo, necesito que haya una copia en otro sitio.
Silencio.
—¿Cree que algo va a ocurrirnos? —dijo Nora, con una voz que intentaba sonar neutral y no del todo lo conseguía.
—Creo que alguien en este pueblo está tomando decisiones muy rápidas —dijo Iria—. Y que las decisiones rápidas son menos cuidadosas que las lentas.
Dio la dirección de correo de Luengo. No la suya propia: la de Luengo, porque Luengo al menos estaba en Bilbao y tenía un arma y no estaba suspendido.
Cuando colgó se quedó un momento con el teléfono en la mano.
El nombre que había leído en el cuaderno de Somoza.
Lo había visto antes. Claro que lo había visto. Había hablado con esa persona. Esa persona le había mirado a la cara con toda la tranquilidad del mundo.
Lo que la inquietaba no era saber el nombre. Era que el nombre tuviera sentido. Que encajara de una manera tan limpia en todo lo demás que resultaba casi imposible que ella no lo hubiera visto antes.
Aunque, bien pensado, lo había visto.
Lo que no había hecho era mirarlo.