El Secreto de las Orcas Capítulo 8 — Treinta años
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Capítulo 8 — Treinta años

El archivo de Gernika no era exactamente un archivo.

Era una sala en el sótano de un edificio municipal con tuberías en el techo y estantes metálicos y una funcionaria llamada Amaia que llevaba ahí desde antes de que existiera el sistema informático y que miraba a Iria con la expresión de quien ya ha visto pasar demasiados policías pidiendo demasiadas cosas urgentes.

—¿Tiene autorización escrita?

—Tengo una solicitud verbal del comisario Luengo de la brigada de homicidios de Bilbao.

Amaia la miró.

—Una solicitud verbal —repitió.

—Sí.

—Una solicitud verbal no es una autorización escrita.

—Lo sé.

Silencio. Amaia tenía cincuenta y tantos años y llevaba el pelo recogido con un clip de colores que debía de ser de otra época y que en su cara resultaba perfectamente coherente, como si el clip y ella hubieran llegado juntos al mundo y ninguno de los dos hubiera tenido intención de cambiar.

—¿Qué expediente? —dijo por fin.

—Desaparición de menor. Febrero de 1994. Daniel Arce Eguía. Elantxobe.

Amaia anotó algo en un papel. Se levantó. Desapareció entre los estantes.

Iria esperó de pie porque no había silla. Tardó doce minutos, los contó, en volver con una carpeta fina, de esas que tienen dos anillas de metal y las hojas agujeradas, del color del papel que ha estado guardado mucho tiempo sin que le diera el aire.

—No puede llevársela —dijo Amaia.

—Lo sé. Voy a necesitar fotocopias.

—La fotocopiadora está en el segundo piso.

—Gracias.

* * *

Leyó el expediente ahí mismo, de pie junto al estante, porque la sala no tenía mesa y porque si se lo llevaba a la fotocopiadora primero podía olvidarse de detalles que convenía no olvidar.

Era un documento escueto. Ocho páginas, contando la carátula y el acta de cierre. Letra de máquina de escribir, con algunas correcciones a mano en bolígrafo azul.

La primera página era el parte de denuncia: Joseba Arce Mendizabal, 34 años, marinero, domicilio en Elantxobe, denuncia la desaparición de su hijo Daniel Arce Eguía, 8 años, que no ha vuelto a casa desde la noche del viernes 11 de febrero de 1994. Firmado a las siete de la mañana del sábado 12.

Siete de la mañana. Lo cual significaba que el padre había esperado toda la noche antes de denunciar. O que no se había enterado de que el niño no estaba hasta las primeras horas de la mañana. Iria anotó la pregunta en el teléfono.

La segunda página era el informe de Somoza. Fechado el 14 de febrero, dos días después de la denuncia. Dos días para un niño desaparecido eran muchos días.

Leyó.

El informe describía las circunstancias de la desaparición en un tono que Iria reconoció: el tono de quien escribe lo que le han dicho que escriba con la suficiente distancia como para poder decir después que él solo recogió los hechos.

Sin análisis. Sin contradicciones señaladas.

Sin preguntas pendientes formuladas en ningún párrafo.

El menor, de acuerdo con el testimonio de varios vecinos, tenía la costumbre de salir solo por las noches al puerto.

El padre, marinero de profesión, confirma este comportamiento aunque señala que habitualmente el menor regresaba antes de la medianoche.

Las condiciones meteorológicas del viernes 11 de febrero presentaban niebla moderada y oleaje de uno a dos metros en la zona costera.

Se concluye que el menor pudo acercarse al borde del muelle o a la zona de rocas de la cala de Armintz y caer al agua en condiciones de visibilidad reducida.

La búsqueda, realizada durante los días 12, 13 y 14 de febrero, no ha producido resultados.

Dada la temperatura del agua y el tiempo transcurrido, la probabilidad de supervivencia es nula.

Se recomienda el archivo del expediente como accidente.

Iria leyó el párrafo dos veces.

Luego lo leyó una tercera.

Varios vecinos. Sin nombres. Sin identificación de los testigos. Sin que constara en ninguna parte quiénes eran esos vecinos que confirmaban los hábitos nocturnos del niño.

El padre confirma. Sin acta de declaración del padre. Sin que constara que se había tomado declaración formal a nadie.

La búsqueda. Tres días. Para un niño de ocho años en aguas de enero en el Cantábrico, tres días era técnicamente razonable.

Pero la cala de Armintz no era un punto cualquiera de la costa: era una ensenada con corrientes internas, con un fondo que en algunos puntos no superaba los cinco metros, perfectamente accesible para buceo de rescate.

No había en el expediente ninguna referencia a buceo de rescate.

La cuarta página era el acta de cierre: caso archivado, accidente, sin cargos, sin investigación adicional prevista. Firmada por Somoza y por encima de su firma, en una tinta ligeramente diferente, otra firma que Iria tardó un momento en descifrar porque la letra era pequeña y angulosa.

Teniente Arteaga, J.M. comandante del puesto.

El jefe que Somoza había mencionado. El que llamó para decirle que el caso había que cerrarlo limpio.

Las páginas siguientes eran documentos de búsqueda: los partes de los equipos de rastreo, las zonas cubiertas marcadas en un mapa fotocopiado de mala calidad. Iria las estudió con atención.

La cala de Armintz aparecía en el mapa. Con una equis dibujada encima.

Pero en ninguno de los partes de búsqueda había referencia a esa cala.

Los equipos habían rastreado el puerto, la zona de rocas al norte del pueblo, el tramo de costa hacia Lekeitio.

La cala de Armintz, la más próxima al punto donde Daniel tenía su sitio según el libro de historia, no aparecía en ningún parte de rastreo.

La equis era para señalar que no habían ido ahí.

Iria sacó el teléfono y fotografió cada página. Dos veces, por si alguna salía movida.

* * *

En el segundo piso sacó fotocopias de todo y volvió a devolver el original a Amaia, que lo recibió sin mirarlo y lo llevó de vuelta a los estantes con el gesto automatizado de quien ha guardado y recuperado miles de carpetas y ya no distingue unas de otras.

—¿Hay algo más de 1994 relacionado con Elantxobe? —preguntó Iria.

Amaia se paró.

—¿Qué tipo de cosa?

—Denuncias. Incidentes. Cualquier cosa que se abriera ese año en ese pueblo o en esa zona de costa.

—Eso requeriría una búsqueda por año y localidad.

—Lo sé.

Amaia la miró de esa manera suya, evaluadora y sin prisa.

—Vuelva mañana —dijo—. Con la autorización escrita.

* * *

Comió en un bar de Gernika porque ya eran las dos y llevaba el día entero con un café y tenía la cabeza empezando a fallar de la manera silenciosa en que falla cuando el cuerpo lleva demasiadas horas sin combustible: las conexiones se vuelven lentas, las conclusiones tardan más en llegar, uno empieza a dudar de cosas que diez minutos antes parecían claras.

Pidió el menú del día sin leer la carta. Le pusieron un plato de alubias con chorizo que olía bien y comió sin pensar demasiado en nada, que era la mejor manera de comer cuando uno tiene muchas cosas en las que pensar.

A los postres sacó las fotocopias.

La firma del teniente Arteaga. Arteaga J.M. Podía buscarlo. Los registros del cuerpo eran públicos hasta cierto punto, o tenía contactos que podían acceder sin demasiado escándalo. Si Arteaga seguía vivo y podía localizarlo, era una pieza que Somoza no le había dado todavía.

El padre: Joseba Arce. ¿Seguía en el pueblo?

En el libro de historia solo aparecía como marinero.

Podía haber muerto, podía haberse ido con la madre, podía seguir ahí como uno de esos hombres a quienes la vida les quita algo tan grande que después ya viven por inercia, ocupando espacio sin tener claro para qué.

Los vecinos sin nombre que confirmaron los hábitos del niño.

Eso era lo que más le chirriaba. Una declaración sin testigos identificados no valía nada legalmente. Pero en 1994, en un puesto de guardia civil de costa, con un teniente que ya había decidido lo que quería que dijera el informe, nadie iba a protestar por los detalles formales.

Pagó y salió.

* * *

De vuelta en Elantxobe, aparcó en la parte alta y bajó a pie.

El viento de la galerna seguía, más calmado que por la mañana pero todavía presente, y el puerto tenía ese aspecto de sitio que ha estado agitado y todavía no ha terminado de asentarse.

Algunas embarcaciones con las amarras reforzadas, un contenedor volcado en el muelle que nadie había levantado todavía, charcos grandes en el aparcamiento de tierra.

Fue al bar de la esquina. El Kai-Ondo.

El barman estaba de espaldas cuando entró. Se giró, la vio, y en su cara pasó algo que no llegó a ser sorpresa pero tampoco era indiferencia.

—Otro café —dijo Iria.

—Marchando.

Se apoyó en la barra. Había dos hombres en las mesas del fondo, uno dormitando y el otro mirando el teléfono. Nadie más.

—¿Conocía a Txomin Aguirre? —preguntó Iria cuando el barman le puso el café.

—Todo el mundo conocía a Txomin.

El mismo que Xabier Landa había dicho sobre Mateo. Esa fórmula de los pueblos pequeños que significa: sí, pero no voy a decir más de lo necesario.

—¿Cómo era?

El barman se apoyó en la barra por el otro lado, con los brazos cruzados.

—Callado. Trabajador. Llevaba veinte años en la misma embarcación, primero como marinero y luego como patrón. —Pausa—. No era de los que daban problemas.

—¿Y de los que guardaban secretos?

El barman la miró.

—En este pueblo todo el mundo guarda secretos —dijo—. Los que no los tienen propios guardan los de otros. Es la costumbre.

Lo dijo sin ironía. Como un dato geográfico.

—¿Sabe si Txomin conocía bien la cala de Armintz?

Algo pasó por la cara del barman. Rápido, casi imperceptible.

—Todo marinero de aquí conoce esa cala.

—¿Solía ir?

—Antes sí. Hace años. Luego dejó de ir. —El barman descruzo los brazos y cogió un vaso para secarlo, aunque el vaso ya estaba seco—. Hay calás que uno frecuenta y otras que uno evita. No siempre hay una razón que se pueda explicar.

—¿Y cuándo empezó a evitarla Txomin?

El barman lo pensó. O fingió pensarlo.

—No lo sé. Hace mucho. —Pausa—. De cuando yo era joven.

Iria bebió el café. Lo dejó en el mostrador.

—¿Usted cuántos años tiene?

—Cuarenta y ocho.

Cuarenta y ocho en 2024. En 1994 tenía dieciocho años. Edad suficiente para recordar.

—¿Estaba aquí en el noventa y cuatro? ¿Cuándo desapareció el niño?

El barman dejó el vaso en su sitio con un golpe seco que no fue violento pero sí definitivo.

—No puedo ayudarle con eso —dijo.

—¿No puede o no quiere?

Lo miró. Una mirada larga, sin hostilidad pero con algo dentro que Iria reconoció: el peso de alguien que lleva años sabiendo algo que no ha dicho y que se ha convencido de que el silencio era la opción menos mala.

—Son cosas de hace mucho —dijo por fin—. La gente tiene familia. Tiene hijos. —Hizo una pausa—. Txomin tenía dos hijos.

—Lo sé.

—Entonces entiende que hay cosas que no se remueven.

—Lo que entiendo —dijo Iria, sin subir la voz— es que hay dos hombres muertos en cuatro días y que quien hizo eso no va a parar porque usted decida no remover nada.

El barman no contestó.

Iria dejó dinero en la barra y recogió las fotocopias que había dejado al lado del café.

—El nombre del niño era Daniel —dijo, ya de pie—. Daniel Arce. Tenía ocho años.

Salió sin mirar atrás.

* * *

La casa de Somoza estaba a diez minutos a pie. Iria subió la cuesta despacio, con el viento en la cara y las fotocopias en el bolso y un pensamiento que llevaba dándole vueltas desde Gernika.

En el expediente no había declaración formal del padre.

Joseba Arce. Si seguía vivo y seguía en el pueblo, era la única persona que había perdido algo en esa historia sin haber ganado nada a cambio. Sin dinero, sin ascenso, sin el silencio cómplice que da cierta tranquilidad aunque sea de la peor clase.

Solo la pérdida.

Llamó a la puerta de Somoza.

Nadie contestó.

Volvió a llamar. Esperó. Probó el timbre.

Nada.

Dio un paso atrás y miró la ventana. La persiana seguía bajada igual que el día anterior. Sin luz dentro, o sin luz que se filtrara.

Rodeó la casa por el lado. En la parte trasera había una puerta de servicio y una ventana pequeña a la altura del suelo, de las que dan a los sótanos. La persiana de esa ventana estaba subida y la luz de dentro encendida.

Iria pegó la cara al cristal.

Somoza estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con la caja de cartón entre las rodillas y las manos sobre la tapa. Los ojos abiertos. La botella de orujo a su lado, vacía.

Tardó un segundo en entender si estaba dormido o algo peor. Luego Somoza parpadeó y se pasó la mano por la cara con el gesto lento de quien lleva mucho tiempo en el mismo sitio y ha perdido la noción de cuánto.

No estaba muerto. Estaba esperando.

Iria se incorporó.

Volvió a la puerta principal y llamó más fuerte, con los nudillos, tres veces.

Esta vez oyó pasos.