El Secreto de las Orcas Capítulo 7 — Galerna
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Capítulo 7 — Galerna

La galerna llegó antes de lo previsto.

El parte meteorológico del jueves hablaba de viento del noroeste a partir del viernes al mediodía, con oleaje de tres a cuatro metros en mar abierto y rachas que podían superar los ochenta kilómetros por hora en los cabos.

Lo habitual en enero. Pero el viento apareció antes, a las dos de la madrugada del jueves, y lo hizo sin el aviso gradual que normalmente precede a las galernas del Cantábrico: no fue un crescendo sino un golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta en algún sitio del océano y dejado pasar todo lo que había al otro lado.

Iria se despertó con el sonido. No el viento en sí, sino lo que hacía el viento: la persiana golpeando, el cristal vibrando con una frecuencia baja y continua, algo en el tejado de la casa rural que se movía o se había soltado y producía un chirrido metálico irregular.

Se quedó escuchando en la oscuridad. Tres de la mañana en el teléfono.

No volvió a dormirse.

Se vistió, bajó a la cocina, encontró la cafetera y la puso.

Mientras esperaba que el café saliera miró por la ventana: no se veía nada, solo el reflejo de la cocina en el cristal y detrás la oscuridad y el sonido del viento moviéndose entre los pinos del camino.

En invierno, en la costa norte, hay noches que son puro sonido y nada más.

Tenía el cuaderno de Mateo en la mesa. Las fotos en el teléfono. El nombre Miren Eguía escrito en las notas.

Había buscado a Miren Eguía antes de acostarse.

Dos resultados, ninguno concluyente: una mujer con ese nombre en un directorio de Vitoria-Gasteiz y una referencia en un foro de genealogía vasca que podía ser ella o podía no serlo.

La madre de Daniel. Treinta años fuera del pueblo.

Treinta años cargando con algo que nadie del pueblo se había molestado en aclararle.

Bebió el café de pie, mirando la ventana.

Mañana Somoza iba a abrir la caja. O no iba a abrirla. Los dos escenarios eran posibles y ella no tenía manera de controlar cuál de los dos se cumpliría.

Lo que sí podía hacer era moverse antes de que alguien más se moviera primero.

* * *

A las seis y media llamó a Nora.

—Hay algo que no me contó ayer —dijo, sin preámbulo.

Silencio breve al otro lado.

—Buenos días —dijo Nora.

—Buenos días. Hay algo que no me contó.

Otro silencio. Más largo.

—El folio que le di —dijo Nora por fin—. Lo que escribió Mateo sobre la voz. Sobre que alguien lleva treinta años aquí.

—Sí.

—Mateo no escribió eso en abstracto. Tenía un nombre en mente.

—Pausa—. No me lo dijo directamente. Pero la última vez que hablamos, hace diez días, me preguntó si conocía a Xabier Landa.

Le dije que todo el mundo conoce a Xabier Landa.

Y él dijo que sí, claro, pero si yo sabía cuántos años llevaba en la cofradía.

—¿Y?

—Treinta y dos años. Desde el noventa y cuatro.

Iria dejó la taza en la encimera.

—¿Desde el mismo año que desapareció Daniel?

—Desde unos meses después. Antes era un marinero más. En el noventa y cuatro lo nombraron vocal de la junta directiva. En el noventa y seis era ya el patrón mayor. En diez años pasó de no ser nadie a ser el que manda.

—¿Y eso le pareció significativo a Mateo?

—Mateo decía que en los pueblos pequeños la gente no asciende porque sí.

Que siempre hay alguien que les debe algo o que les tiene miedo.

—Nora hizo una pausa—. Yo le dije que eso era una teoría sin fundamento.

Que no podía acusar a nadie de nada basándose en un ascenso laboral y en el comportamiento de unas orcas.

—¿Y él?

—Él dijo que tenía razón. Y cambió de tema. —Pausa—. Mateo era de los que cambiaban de tema cuando sabían que tenían razón pero no podían demostrarlo todavía.

Iria miró la ventana. Afuera empezaba a clarear, muy despacio, esa luz de invierno que llega sin entusiasmo.

—¿Le ha llegado algo del amigo de acústica forense?

—Esta mañana temprano. —La voz de Nora cambió de textura. Algo más tensa—. El fragmento de voz está muy degradado. No puede reconstruir palabras. Pero ha identificado la estructura fonológica. —Pausa—. Dice que es compatible con el euskera. Con una variedad dialectal de esta zona.

Iria procesó eso.

—¿Compatible con, o es?

—Compatible con. No puede ser categórico con ese nivel de degradación.

—¿Y la edad del hablante?

—Eso sí. Dice que por la frecuencia fundamental y el patrón de resonancia es probable que sea un hablante joven. —Nora bajó la voz, aunque no había nadie que pudiera oírla—. Muy joven. Un niño, probablemente.

El viento golpeó la ventana.

Iria no dijo nada durante unos segundos.

—Voy a ir esta tarde al centro —dijo—. Necesito que me haga una copia del audio.

—Ya la tengo preparada.

Colgó.

* * *

El segundo cadáver apareció a las diez de la mañana.

Iria se enteró porque estaba en el bar del puerto cuando entró Gorka Andueza con la cara descompuesta y se fue directo a la barra y dijo algo en euskera que el barman escuchó y luego hizo una llamada.

Cuatro minutos después había tres personas más en el bar y todas hablaban en voz baja y miraban hacia el puerto.

Iria dejó dinero en la barra y salió.

Los servicios de emergencias ya estaban llegando cuando ella bajó al muelle. Una ambulancia y un coche de la Guardia Civil, las luces encendidas pero sin sirena porque para qué sirena cuando ya no hay prisa. Al fondo del muelle, entre dos embarcaciones amarradas, algo flotaba en el agua.

Alguien que intentó acercarse más fue parado por un agente joven que extendió el brazo.

—Atrás, por favor.

Iria no intentó acercarse. Se quedó a distancia y observó.

El hombre del agua llevaba ropa de trabajo, jersey oscuro, botas de goma. Flotaba boca abajo con esa inmovilidad que no tiene parecido con nada más. Un técnico de emergencias se había metido al agua y sujetaba el cuerpo por los hombros mientras otros dos lo izaban desde el muelle con cuerdas.

Lo pusieron en la piedra del muelle. El técnico le dio la vuelta.

Iria no conocía la cara. Pero sí conocía a la persona que estaba de pie a dos metros del cuerpo, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada: Xabier Landa. Mirando el cadáver con una expresión que Iria habría descrito como control. No dolor, no sorpresa. Control.

El sargento Basurko llegó en el segundo coche y fue directo a donde estaba Xabier. Hablaron. Xabier señaló hacia el agua y luego hacia la bocana del puerto. Basurko asintió varias veces, tomando notas en una libreta.

Iria sacó el teléfono y fotografió la escena desde donde estaba, sin acercarse. Después buscó en el bolsillo el papel donde había apuntado el nombre que le había dado el barman el primer día.

Txomin Aguirre. Así se llamaba el hombre que llevaba semanas en la conversación sin tener todavía nombre para ella: el marinero al que Mateo le había comprado algo la semana anterior. El que le había vendido la grabadora antigua rescatada de un naufragio.

Le preguntó a una mujer que estaba a su lado, señalando hacia el muelle.

—¿Sabe quién es?

La mujer la miró. Luego miró el cuerpo. Asintió muy despacio.

—Txomin —dijo—. Txomin Aguirre.

* * *

El viento arreció a mediodía. El cielo se puso del color del plomo viejo y el mar empezó a romper de una manera diferente, con más fuerza y menos ritmo, esa clase de oleaje que los pescadores reconocen antes de que ningún aparato lo detecte.

Iria estuvo dos horas en el coche, aparcada en la parte alta del pueblo, pensando.

Dos muertos en cuatro días. Mateo y ahora Txomin. Uno de ellos investigando el pasado. El otro con algo en su poder que conectaba ese pasado con el presente: la grabadora. Dos hombres que tenían en común saber algo que alguien no quería que supieran.

Lo que no cuadraba era la velocidad. Txomin llevaba años en el pueblo, con la grabadora en su poder o sabiendo dónde estaba. ¿Por qué matarlo ahora? ¿Por qué no antes, cuando la guardaba? ¿O cuando se la vendió a Mateo?

La respuesta era casi obvia y por eso tardó un momento en verla: porque antes de Mateo nadie sabía lo que había en esa grabadora.

La grabadora era solo un objeto viejo rescatado del fondo.

Fue Mateo el que entendió qué contenía. Mateo el que le dio valor.

Y cuando Mateo murió, alguien se preguntó quién más lo sabía.

Quién había tenido acceso. Quién podría haber oído lo que Mateo oyó.

Txomin le había vendido la grabadora. Txomin sabía que Mateo la tenía.

Eso era suficiente.

Llamó a Luengo.

Contestó al segundo tono.

—Hay un segundo muerto —dijo Iria.

—Ya me han llamado. Basurko dice que es un accidente. Cayó al agua desde el muelle durante la madrugada, golpe en la cabeza con el canto de piedra al caer.

—Los accidentes se están acumulando.

—Iria.

—¿Qué?

—¿Tiene usted algo concreto?

Iria pensó en el cuaderno de Mateo en su bolso. En las fotos del papel del cabecero. En la voz de Somoza diciéndole mañana. En la caja de cartón con la cinta adhesiva despegada y las manos de un viejo encima.

—Mañana —dijo.

Luengo soltó el aire.

—Tenga cuidado.

—Siempre.

—Eso no es verdad, pero bueno.

Colgó.

Iria se quedó mirando el parabrisas. La lluvia había empezado, fina primero y luego más intensa, y los limpiaparabrisas iban y venían con ese ritmo monótono que en los viajes largos hipnotiza.

No era un viaje largo. Estaba aparcada. Pero el ritmo hacía el mismo efecto.

En el asiento del copiloto tenía el libro de historia del pueblo. Lo cogió, lo abrió por la sección de los noventa. Leyó otra vez la nota al pie sobre Daniel Arce: tres líneas para un niño de ocho años.

Cerró el libro.

Alguien en ese pueblo llevaba treinta años tomando decisiones para que esas tres líneas fueran todo lo que quedara de Daniel. Y en los últimos diez días había tomado dos decisiones más.

Lo cual significaba que no iba a parar.

Lo cual significaba que ella tampoco podía.

Arrancó el coche. Puso el faro antiniebla porque la visibilidad había caído y la carretera de bajada al puerto tenía curvas que en seco ya eran incómodas.

Mientras bajaba vio por el retrovisor cómo las nubes cerraban el horizonte sobre el mar, una pared oscura y baja que avanzaba desde el noroeste con esa solidez de las galernas que llegan para quedarse.

Y justo antes de perder de vista la cala de Armintz desde la curva, vio algo en el agua.

Las aletas. Siete aletas dorsales cortando la superficie en fila, moviéndose despacio en dirección a la cala, ignorando el viento y el oleaje con esa indiferencia de los que no necesitan protección porque son ellos mismos la cosa más grande del mar.

Negua la primera. Inconfundible.

Volvían.

No era su temporada habitual. No era su comportamiento documentado.

Iria se detuvo un momento en el arcén, mirando.

Las orcas entraron en la cala y desaparecieron de su ángulo de visión.

Siguió conduciendo.