Capítulo 6 — Los que quedan
La casa de Elías Somoza estaba en la parte alta del pueblo, donde las calles se volvían más estrechas y las fachadas más oscuras y el mar dejaba de verse aunque siguiera oyéndose.
Una calle sin nombre en los mapas actuales, o con un nombre nuevo que nadie usaba porque los nombres nuevos en los pueblos viejos tardan una generación en pegarse.
Los vecinos la seguían llamando Kale Zaharra, la calle vieja, y en ella había cuatro casas y un solar con hierba crecida donde había habido una quinta.
La de Somoza era la segunda. Puerta de madera oscura, persiana bajada en la ventana de la planta baja, un buzón oxidado con el nombre escrito a mano en una tira de cinta adhesiva que ya se despegaba por los bordes.
Iria llamó al timbre y oyó dentro un sonido mecánico antiguo, de los que hacen los timbres que llevan décadas en el mismo sitio.
Tardó. Iria esperó. Volvió a llamar.
—Ya voy —dijo una voz dentro. La misma voz rasposa del teléfono, pero con más cuerpo ahora, con el peso real de un hombre que se mueve despacio porque quiere o porque no le queda otra.
La puerta se abrió.
Elías Somoza tenía setenta y muchos años y el aspecto de alguien que en otra época había sido corpulento y el tiempo le había ido quitando la carne sin quitarle la estructura, dejándole ese aspecto de armazón que tienen ciertos hombres viejos, toda ángulos y articulaciones visibles.
Llevaba un jersey de lana color tierra y pantalón de pana y zapatillas de estar en casa, lo cual era una información en sí misma: que no había salido en todo el día o que había salido y había vuelto ya sin intención de volver a hacerlo.
Olía a tabaco y a alcohol. No de borrachera reciente sino de sedimento, de años de lo mismo acumulándose en las paredes y en la ropa y en el aliento.
La miró.
—Más joven de lo que esperaba —dijo.
—Usted también —dijo Iria, aunque no era verdad del todo.
El hombre soltó algo que podía ser una risa o simplemente aire.
—Pase.
* * *
El salón era pequeño y estaba lleno de cosas que no tenían relación entre sí: un sillón gastado frente a una televisión que no estaba encendida, una estantería con libros y carpetas y un jarrón de cristal con flores artificiales que llevaban tanto tiempo ahí que habían cogido una capa fina de polvo.
En la mesa del comedor había una botella de orujo a medias, un vaso, y una caja de cartón cerrada con cinta adhesiva marrón.
Somoza se sentó en el sillón. No le ofreció a Iria que se sentara pero tampoco se lo impidió, así que ella arrimó una silla de la mesa y se quedó frente a él.
—¿Quiere? —dijo él, señalando la botella.
—No.
—Bien. —Se sirvió él. Un dedo escaso, como el gesto de alguien que ya sabe que no debe, pero ha encontrado hace tiempo la cantidad que puede permitirse sin que nadie diga nada—. ¿Cómo encontró el número?
—En el alojamiento de Mateo Arístegui. Detrás del cabecero.
Somoza asintió muy despacio. Como si eso confirmara algo que ya sabía o ya sospechaba.
—El chico era listo —dijo—. Demasiado listo para este sitio.
—¿Le conocía?
—Vino a verme el mes pasado. —Bebió un sorbo. Lo dejó en la mesa—. Encontró mi nombre en los archivos de la Guardia Civil, supongo. O alguien se lo dijo. Me hizo preguntas.
—¿Sobre Daniel Arce?
Somoza la miró. En sus ojos había algo que Iria tardó un momento en identificar porque no era lo que esperaba encontrar.
No era miedo. Era vergüenza. La clase de vergüenza que ya no produce rubor porque lleva demasiados años instalada y se ha vuelto crónica, como una mala postura de la que uno ya no es consciente.
—¿Sabe cuántos años tenía yo en el noventa y cuatro? —dijo.
—No.
—Cuarenta y dos. Llevaba dieciséis en el cuerpo. Tenía mujer, tenía una hija de diez años, tenía una hipoteca que me quedaban ocho años pagando. —Hizo una pausa—. Y tenía un jefe que me llamó una mañana de febrero y me dijo que el caso del niño había que cerrarlo limpio.
—¿Qué significa limpio?
—Significa accidente. —Lo dijo sin inflexión, sin emoción aparente, como si fuera la respuesta a una pregunta de matemáticas—. Sin investigación adicional. Sin testimonios que no cuadraran. Sin preguntas sobre quién estaba en el puerto esa noche y quién no.
Iria no dijo nada. Dejó que siguiera.
Somoza cogió el vaso, lo miró, lo dejó sin beber.
—El niño desapareció un viernes por la noche. Invierno. La versión oficial era que había salido solo al puerto, que los niños hacen esas cosas, y que había caído al agua. Sin testigos. Sin nada.
—¿Y la versión no oficial?
—La versión no oficial era que esa noche había actividad en la cala de Armintz.
—Pronunció el nombre con la naturalidad de quien lo ha dicho mucho o de quien lo ha pensado tanto que ya suena igual—.
Varias embarcaciones. Carga. Y el niño estaba ahí porque el niño iba a veces a la cala de noche, solo, era su sitio, tenía esa costumbre que tienen los niños de encontrar un sitio que sienten que es suyo.
—¿Qué clase de carga?
—Bidones. Contenedores sellados. —Somoza se limpió la boca con el dorso de la mano aunque no había bebido—.
Había una empresa química en Bilbao que en esa época buscaba la manera de deshacerse de residuos sin pasar por los registros oficiales.
El mar era conveniente. La cala de Armintz era discreta.
Y había gente en este pueblo dispuesta a mirar hacia otro lado a cambio de algo.
—¿Quién?
Somoza la miró. La mirada larga de antes, pero esta vez con algo diferente debajo.
—Cuatro hombres —dijo—. Uno murió hace seis años. Los otros tres siguen aquí.
—¿Nombres?
—Todavía no. —Se levantó del sillón con el esfuerzo visible de alguien cuyos huesos ya no le obedecen del todo, fue hacia la mesa y puso la mano encima de la caja de cartón—.
Llevan treinta años siendo mis vecinos. Mis conocidos.
Gente a la que saludo en la calle. —La mano encima de la caja, quieta—. No es tan fácil como usted cree.
—No creo que sea fácil —dijo Iria.
—¿No? —La miró con una expresión que no era exactamente amarga, sino cansada de una manera muy específica—. Usted tiene, ¿cuántos, treinta y cinco años? Cuarenta.
—Treinta y ocho.
—Treinta y ocho años. Todavía cree que las cosas tienen una lógica. Que si alguien hizo algo malo, tarde o temprano sale. —Sacudió la cabeza—. Hay cosas que no salen. Hay cosas que se hunden y el mar las cubre y el mar se olvida de ellas igual que se olvida de todo.
—El mar no se olvidó —dijo Iria—. Las orcas llevan treinta años volviendo al mismo punto.
Algo pasó por la cara de Somoza. Algo que Iria no habría sabido nombrar exactamente: sorpresa, quizá, o la clase de sacudida que produce cuando alguien dice en voz alta algo que uno tenía solo como pensamiento y que sonaba absurdo como pensamiento pero dicho por otra persona suena diferente.
Se quedó un momento con la mano en la caja.
—El chico Arístegui me habló de eso también —dijo en voz baja—. De las orcas. —Pausa—. Le dije que estaba loco.
—¿Y ahora?
Somoza retiró la mano de la caja. Se volvió a sentar en el sillón. Cogió el vaso y esta vez sí bebió, más de lo que se había servido antes, como si hubiera decidido algo y el alcohol fuera la manera de sellar esa decisión.
—Ahora está muerto —dijo.
—Sí.
—Y usted está aquí.
—Sí.
Silencio. Afuera el viento movía algo, una persiana suelta o una rama, un sonido rítmico e irregular que llenaba el espacio entre las palabras.
—La caja tiene cosas que guardé entonces —dijo Somoza—. Fotos. El informe original, antes de que me obligaran a reescribirlo. Algunos nombres. —Sus ojos fueron hacia ella y volvieron a la caja—. Si la abro, ya no hay marcha atrás. Para mí no.
—Lo sé.
—¿Lo sabe? —dijo él, y había algo en su tono que no era hostilidad sino la pregunta real de alguien que necesita que la respuesta sea de verdad—. ¿Sabe lo que significa que a mi edad le digan a uno que fue cómplice de algo así?
Iria lo miró. No apartó los ojos.
—Sé lo que significa que a mi edad —dijo— me digan que mandé a un hombre inocente a la cárcel durante once meses.
Somoza la estudió. Pasó un tiempo que no fue mucho pero tampoco fue poco.
—¿Y?
—Y sigo aquí —dijo Iria—. Eso es lo que hay.
El hombre exhaló despacio. Un sonido largo, como algo que hubiera estado aguantando.
Cogió la caja, la puso sobre las rodillas y empezó a despegar la cinta adhesiva con cuidado, con la concentración de quien hace algo que no tiene intención de repetir, despegando cada tira con los dedos torpes de sus setenta y muchos años como si dentro hubiera algo frágil que no quiere romper.
* * *
La cinta cedió por los lados y la caja quedó cerrada solo por la solapa superior.
Somoza puso las manos encima. Las dejó ahí.
—El niño se llamaba Daniel Arce —dijo—. Tenía ocho años y le gustaban las orcas.
Su madre me lo dijo cuando vine a darle la noticia.
Que el niño iba a la cala porque había visto una orca encallada allí de pequeño y el sitio le parecía mágico.
—Hizo una pausa—. Miren Eguía. La madre.
Se fue del pueblo el año siguiente. No sé dónde está ahora.
Iria escribió el nombre en el teléfono. Miren Eguía.
—¿Hay algo en esa caja que identifique a los hombres que estaban en la cala esa noche?
Somoza asintió.
—¿Me lo va a dar?
Una pausa larga. Más larga que las anteriores.
—Hoy no —dijo.
Iria abrió la boca.
—Hoy no —repitió él, con una firmeza que no admitía negociación—. Necesito... —buscó la palabra, no la encontró—. Necesito una noche.
Iria lo miró. Miró la caja. Miró el vaso medio vacío sobre la mesa.
—Mañana —dijo.
—Mañana —confirmó Somoza.
Iria se levantó. Recogió el abrigo del respaldo de la silla.
—¿Sabe usted quién mató a Mateo Arístegui? —preguntó, ya de pie.
Somoza no la miró.
—Sé quién tenía motivos —dijo—. No es lo mismo.
—¿Y los otros dos hombres que quedan? ¿Están en el pueblo?
—Sí.
—¿Saben que usted tiene esa caja?
Somoza tardó demasiado en contestar.
—Uno sí —dijo por fin.
Iria procesó eso.
—Entonces no espere demasiado —dijo.
Fue hacia la puerta. La abrió. El frío de la calle entró de golpe.
—Inspectora —dijo Somoza detrás de ella.
Se giró.
El hombre seguía en el sillón, con la caja en las rodillas y las manos encima y esa expresión de quien ha llegado tarde a algo y lo sabe y no sabe qué hacer con eso.
—El niño intentó liberar a una orca esa noche —dijo—.
Una cría que estaba atrapada en las redes que habían puesto para sellar la zona mientras descargaban.
Eso me lo contó el único hombre de los cuatro que después tuvo remordimientos.
—Pausa—. Me lo contó borracho, una sola vez, y luego nunca más volvió a mencionarlo.
Iria no dijo nada.
—El niño estaba liberando a la orca cuando ellos llegaron —dijo Somoza—. Y ellos llegaron y vieron al niño.
El viento entró por la puerta abierta y movió los papeles de la estantería y uno cayó al suelo y ninguno de los dos lo recogió.
—Mañana —dijo Iria.
Cerró la puerta.
Bajó la calle vieja despacio, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de un ruido que no era exactamente pensamientos sino algo anterior a los pensamientos, algo que todavía no tenía forma pero que pesaba.
Un niño de ocho años intentando liberar a una orca en la oscuridad.
Llegó al coche. Entró. Arrancó.
No fue hacia la casa rural. Fue hacia el puerto, sin saber muy bien por qué, y aparcó en el sitio de siempre y se quedó mirando el agua oscura y el muelle vacío y la embarcación precintada de Mateo meciéndose despacio, y pensó que hay historias que el mar guarda durante décadas y un día alguien tiene la mala suerte de encontrarlas.
O la buena suerte.
Todavía no sabía cuál de las dos era.