El Secreto de las Orcas Capítulo 5 — El apartamento del muerto
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Capítulo 5 — El apartamento del muerto

La dueña del alojamiento se llamaba Arantza y tenía esa clase de cara que hace imposible calcularle la edad: podía tener cincuenta años o podía tener setenta y el tiempo había pasado por ella de una manera tan uniforme que ya no dejaba pistas.

Vivía en la planta baja del mismo edificio donde alquilaba las dos habitaciones de arriba, y cuando Iria llamó a su puerta la encontró con un delantal de hule y las manos todavía mojadas de fregar.

—Era su habitación de siempre —dijo Arantza, en castellano con acento vasco, sin que Iria hubiera dicho todavía por qué había venido—. Cada enero la reservaba desde octubre. Llevaba tres años.

—¿Cuándo salió el martes por la noche?

—Después de cenar. Sobre las diez. Bajó con su bolsa de equipo, la grande, la que llevaba cuando iba a salir de noche. Me dijo buenas noches. —Pausa—. No dijo nada más.

—¿Le notó algo diferente?

Arantza lo pensó de verdad. No respondió enseguida, que era lo que hacía la mayoría de la gente cuando le hacían esa pregunta: contestar rápido con el no que se espera.

—Estaba concentrado —dijo por fin—. Como cuando alguien está pensando en algo y habla contigo con la parte del cerebro que le sobra.

—¿Eso era normal en él?

—A veces. Cuando estaba cerca de algo con sus orcas se ponía así. Pero el martes era diferente. —Buscó las palabras—. El martes parecía que además de concentrado estaba... no sé. Tenso. Como si el algo en lo que pensaba no fuera bueno.

Iria asintió.

—¿Sus cosas siguen en la habitación?

—La Guardia Civil vino el miércoles. Se llevaron el ordenador y una caja con papeles. Lo demás lo dejaron.

—¿Podría verlo?

Arantza la miró. Evaluó algo durante un segundo.

—¿Es usted policía de verdad?

—Soy inspectora de homicidios —dijo Iria—. Aunque ahora mismo estoy aquí de manera extraoficial.

Era la primera vez que lo decía en voz alta con esa claridad y sonó raro. Honesto, pero raro.

Arantza se quitó el delantal.

—Suba —dijo.

* * *

La habitación era pequeña y daba al mar, que en ese momento era una franja gris entre dos tejados.

Cama individual, mesita, un escritorio pegado a la ventana con la marca de círculos de taza grabada en la madera, muchos círculos, años de tazas.

En el armario había ropa doblada con la precisión de alguien que vive solo desde hace mucho tiempo y ha desarrollado rituales para compensarlo.

La Guardia Civil había dejado los libros.

Había cuatro: dos de biología marina, uno de metodología de investigación en cetáceos y uno que no encajaba con los demás, un libro delgado con las tapas desgastadas que Iria sacó del estante y miró: Elantxobe.

Historia de un pueblo marinero. 1850-2000.

La contraportada tenía el sello de la biblioteca municipal de Gernika.

Mateo lo había sacado en préstamo y no lo había devuelto.

Lo abrió por el índice.

Buscó 1994.

El libro no llegaba al 2000 en detalle, los últimos capítulos eran más breves y se notaba que el autor había perdido fuelle, pero había una sección sobre los años noventa que recogía los hechos más significativos de la década.

Cambios en la flota pesquera, una reforma del puerto, la celebración del centenario de la cofradía.

Y en el año 1994, una nota al pie de página, tres líneas, la letra más pequeña que el resto:

En febrero de ese año desapareció en circunstancias no esclarecidas Daniel Arce Eguía, de ocho años, hijo de Joseba Arce, marinero, y Miren Eguía. El cuerpo no fue recuperado. La investigación fue archivada como accidente.

Tres líneas. Para un niño de ocho años.

Iria cerró el libro y lo metió en su bolso.

Siguió mirando. La Guardia Civil había llevado el ordenador y la caja con papeles, pero en el cajón del escritorio había dejado cosas menores: un bote de ibuprofeno, un cable de cargador antiguo, tres bolígrafos, una tarjeta de visita doblada por la mitad y un cuaderno pequeño, de tapas negras, que o no habían visto o habían considerado irrelevante.

Iria lo abrió.

Las primeras páginas eran notas técnicas: coordenadas GPS, registros de temperatura del agua, anotaciones sobre el comportamiento de la manada.

Cosas que cualquier investigador de campo podría tener.

Pero a partir de la mitad el tono cambiaba.

La letra se hacía más pequeña, más inclinada, como si Mateo hubiera empezado a escribir con prisa o con menos luz.

Leyó.

OR-7 repite la secuencia en el punto exacto 43.393 N / 2.641 O cada vez que la manada llega. Sin variación de más de 20 metros en tres años. No es aleatorio. No puede ser aleatorio.

Si el patrón vocal empezó a documentarse en 1995: ¿qué ocurrió en 1994? Consultar archivos locales. Prensa. Registro civil.

Daniel Arce Eguía. 8 años. Febrero 1994. Sin cuerpo recuperado. Caso cerrado por E. Somoza (GC). ¿Por qué tan rápido?

Y más abajo, en una página aparte, rodeado con el mismo tipo de círculo doble que había en el folio de Nora:

Pregunta: ¿qué clase de sonido marca a una orca de por vida? Respuesta de la literatura: algo traumático. Prolongado. Asociado a un momento de alta carga emocional.

¿Una tormenta? No. OR-7 no muestra el patrón en condiciones de temporal. Solo en calma.

¿Un depredador? No. No hay orcas enemigas en esta costa.

¿Un ser humano muriendo en el agua?

La última frase no tenía signo de interrogación.

* * *

Iria estuvo en la habitación cuarenta minutos. Los suficientes para leer el cuaderno dos veces, fotografiar las páginas más relevantes con el teléfono y buscar en cada rincón que la Guardia Civil podría haber pasado por alto.

Detrás del cabecero de la cama encontró un papel doblado en cuatro pegado con cinta adhesiva a la madera, en un sitio que solo se veía si uno apartaba la cama de la pared.

Era un mapa fotocopiado de la costa, con una zona marcada en rojo: la cala, la misma que Nora le había señalado en el ordenador.

Y alrededor de la marca, en tinta azul, tres números de teléfono sin nombre.

Los fotografió.

Volvió a pegar el papel donde estaba.

Cuando bajó, Arantza estaba en la cocina, sentada a la mesa con las manos alrededor de una taza. No estaba haciendo nada. Solo sentada.

—¿Encontró lo que buscaba? —preguntó sin levantar la vista.

—Parte —dijo Iria.

—Era buen hombre. —Arantza levantó los ojos—. Los buenos hombres no se caen solos al mar.

No era una acusación. No era una pregunta. Era simplemente lo que pensaba, dicho en voz alta porque alguien estaba ahí para escucharlo.

Iria no supo qué contestar y al final no contestó nada. Dejó un billete sobre la mesa para la habitación de la noche anterior, dijo adiós y salió.

* * *

Fuera había dejado de llover pero el cielo seguía bajo y oscuro, de ese color sucio que en la costa norte puede durar semanas. Iria se quedó un momento en la acera con las manos en los bolsillos, mirando la calle sin ver nada en particular.

Tres números de teléfono sin nombre.

Uno de ellos podía ser Nora, eso era lo más probable. Otro podía ser cualquiera: un colega, un técnico de laboratorio, el tipo de acústica forense de San Sebastián. Pero tres números escondidos detrás del cabecero de la cama no eran anotaciones de trabajo. Eran otra cosa.

Eran números que Mateo no quería que encontraran fácilmente.

Sacó el teléfono. Miró las fotos. Eligió el segundo número, sin criterio especial, solo para empezar por alguno.

Marcó.

Sonó cuatro veces. Cinco. Iba a colgar cuando alguien descolgó.

Silencio. Nadie habló.

—Hola —dijo Iria.

Más silencio. Respiración. Alguien al otro lado que había descolgado y estaba escuchando sin decir nada.

—¿Quién es? —dijo Iria.

La línea se cortó.

Iria bajó el teléfono y miró la pantalla. Número desconocido. Claro.

Llamó al primero de los tres. Apagado o fuera de cobertura.

Al tercero.

Una voz de hombre, vieja y rasposa, contestó al primer tono. Como si hubiera estado mirando el teléfono esperando que sonara.

—¿Quién eres tú? —dijo la voz. No un saludo. Una pregunta directa, sin rodeos, del tipo que hace alguien que ya ha decidido que no tiene tiempo para los rodeos.

—Me llamo Iria Salcedo —dijo ella—. Estoy investigando la muerte de Mateo Arístegui. Encontré su número entre las cosas de Mateo.

Silencio largo. Tan largo que Iria pensó que iba a colgar.

—¿Es usted policía? —dijo la voz por fin.

—Sí.

—¿Sabe usted cómo se llama el miedo? —dijo el hombre.

Iria no contestó.

—El miedo se llama treinta años —dijo—. Y yo lo llevo encima desde entonces.

El hombre respiró hondo. Era una respiración pesada, de fumador o de enfermo o de las dos cosas.

—No hable por teléfono —dijo—. Venga a verme. —Otra pausa—. Si es que todavía tiene valor para algo.

—¿Cómo sé dónde está?

—Pregúntele a cualquiera del pueblo por Elías Somoza —dijo—. Todos saben dónde vivo. Lo que nadie sabe es lo que sé yo.

Y colgó.

Iria se quedó con el teléfono en la mano, en la acera, con el cielo plomizo encima y el olor a mar y a piedra mojada y la voz rasposa de ese hombre todavía en el oído.

Elías Somoza. El nombre que Luengo había incluido como al margen.

Guardó el teléfono. Miró el reloj: las dos menos cuarto. Había una farmacia al final de la calle con un letrero luminoso y encima del letrero una ventana con la persiana a medio bajar.

Tenía hambre. Hacía horas que tenía hambre y no había hecho nada al respecto.

Entró en el bar de la esquina y pidió lo primero que vio en la pizarra.