El Secreto de las Orcas Capítulo 4 — Frecuencias
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Capítulo 4 — Frecuencias

Nora Vidal abrió la puerta antes de que Iria llegara a llamar.

O estaba mirando por la ventana o había oído el coche en el aparcamiento, que con el silencio de esa costa en invierno era perfectamente posible.

En cualquier caso, la esperaba. Llevaba el mismo jersey de ayer o uno igual, y una taza de café que no le ofreció a Iria, probablemente porque estaba en ese punto de la mañana en que uno se olvida de que los demás también pueden tener frío.

—Pase —dijo.

La sala principal tenía mejor luz que la tarde anterior.

Las pantallas seguían encendidas, los mapas seguían en la pared, las fotos de aletas dorsales seguían mirando desde todos los ángulos.

Pero había algo diferente. Un orden distinto sobre la mesa principal, papeles reorganizados, cables nuevos conectados a un dispositivo que Iria no había visto el día anterior: un altavoz externo grande, profesional, del tipo que se usa en estudios de sonido.

—He pasado la noche con los archivos —dijo Nora.

No hacía falta preguntarle si había dormido.

—¿Ha encontrado algo más?

—He encontrado que hay más de lo que creía. —Dejó la taza sobre la mesa y se sentó frente al ordenador—. Siéntese.

Iria acercó una silla. La sala olía a café viejo y a algo que no supo identificar, algo electrónico y salino a la vez, como si el mar se hubiera filtrado por las rendijas de las ventanas y hubiera entrado en los circuitos.

Nora abrió un archivo de audio. En la pantalla apareció una forma de onda larga, irregular, con picos y valles que se repetían con una cadencia que Iria no sabría leer pero que tenía algo vagamente rítmico, como respiración.

—Esto es el registro de anteanoche —dijo Nora—.

El último que grabó Mateo. Dos horas y diecisiete minutos de audio.

La grabadora estaba en el fondo a cuarenta metros, frente a la cala.

—Señaló un punto en la forma de onda—. Los primeros cuarenta minutos son comportamiento normal.

La manada llega, se organiza, la matriarca hace la llamada de congregación. Todo dentro del repertorio documentado.

Pulsó reproducción.

Del altavoz salió algo que Iria no esperaba: no era el sonido que uno se imagina cuando piensa en ballenas, esa cosa grave y melancólica de los documentales.

Era más complejo. Más vivo. Silbidos que subían y bajaban, clics cortos y rápidos, algo parecido a un chirrido metálico que se cortaba de golpe.

Todo mezclado con el sonido de fondo del agua, ese ruido blanco suave y continuo que es la sala de máquinas del mar.

—La matriarca —dijo Nora, señalando un patrón que se repetía—. Este es su sonido de llamada. Lleva ocho años oyéndolo. Lo reconocería en cualquier parte.

—¿Cómo la llama usted?

Nora dudó un momento.

—Mateo la llamaba Negua. Invierno, en euskera. Porque solo la veíamos en invierno.

Lo dijo en pasado. Otra vez.

—¿Y usted?

—Yo la llamo OR-7, que es su código de identificación. —Pausa—. Aunque cuando estoy sola le digo Negua también.

Iria no dijo nada. Nora adelantó el audio.

—Aquí empieza lo interesante.

* * *

Lo interesante empezaba en el minuto cuarenta y tres.

Nora lo había marcado con una línea roja en la forma de onda, y cuando el audio llegó a ese punto Iria entendió inmediatamente por qué.

No hacía falta saber nada de acústica marina para notar el cambio.

El patrón de Negua se interrumpía, como cuando alguien que está hablando de repente se detiene porque ha recordado algo, y en el hueco que dejaba aparecía otra cosa.

Una secuencia diferente. Más grave. Con una estructura interna que no tenía la fluidez de los sonidos anteriores, como si estuviera construida con piezas de distinta procedencia, ensambladas con esfuerzo.

—¿Eso es ella? —preguntó Iria. —¿Negua haciendo eso?

—Sí.

—¿Qué es?

—Eso es lo que Mateo llevaba tres inviernos intentando descifrar.

—Nora pausó el audio—. Las orcas aprenden sonidos por imitación.

Es uno de los mecanismos cognitivos más sofisticados que conocemos en mamíferos no humanos.

Pueden copiar voces, motores, llamadas de otras especies.

Hay un caso documentado en Canadá de una orca que aprendió a imitar el ritmo del habla humana sin producir palabras reales. Solo el patrón, la cadencia.

—¿Y Negua está imitando algo?

—Negua lleva años repitiendo esta secuencia. Mateo la tiene registrada desde el primer invierno que pasó aquí. Pero — levantó un dedo— en los registros de este año la secuencia ha cambiado. Se ha vuelto más compleja. Como si hubiera añadido capas.

—¿Capas de qué?

Nora no contestó inmediatamente. Fue hacia el altavoz y ajustó algo en el dispositivo externo.

—Voy a filtrar las frecuencias bajas. Lo que queda son las frecuencias más altas, las que corresponden a sonidos de superficie o de origen no biológico.

Pulsó reproducción.

El sonido cambió completamente. Los cantos desaparecieron casi del todo y lo que quedó fue un fondo granulado, como estática, y dentro de la estática, débil pero inconfundible, algo que hacía pensar en voces. No palabras. No un idioma. Pero la cadencia irregular de algo que ha sido hablado.

Iria se inclinó hacia adelante sin darse cuenta.

—¿Cuándo fue grabado eso?

—Forma parte de la secuencia de Negua. Ella lo está emitiendo.

O reproduciéndolo, más exactamente. Como un loro que repite algo que oyó, pero con una precisión que los loros no tienen.

—Nora pausó el audio—. Las orcas tienen memoria acústica a largo plazo.

Si escuchan algo que les produce un impacto emocional fuerte, pueden retenerlo durante años. Décadas. Y transmitirlo a sus crías.

—¿Un impacto emocional?

—Miedo, por ejemplo. O pérdida. —Nora se quedó mirando la pantalla—.

Mateo creía que Negua estuvo presente en algo.

Que fue testigo de algo que la marcó cuando era joven, quizá cuando era una cría, y que lleva desde entonces volviendo al lugar donde ocurrió y repitiendo los sonidos de aquel momento.

Como un animal que huele el rastro de otro animal que ya no existe.

La lluvia golpeaba las ventanas. El altavoz seguía encendido, en silencio.

—¿Y la voz? —dijo Iria—. Me dijo ayer que había una voz humana.

Nora asintió despacio.

—En el minuto cincuenta y ocho.

Adelantó el audio. Iria miró la forma de onda avanzar en la pantalla, los picos y los valles, el mapa visual de algo que ocurrió en el fondo del mar en la madrugada del martes.

El audio llegó al punto marcado.

Y entonces lo oyó.

No era clara. Era una borrosa, arrastrada, como sacada del fondo de un pozo. Pero tenía estructura de sílabas. Tenía el peso específico de algo que alguien dijo en voz alta en algún momento, en algún lugar, cerca de donde Negua estaba entonces o donde Negua había estado décadas atrás.

Tres sílabas. Quizá cuatro. Imposible saber qué decían.

Iria escuchó el fragmento tres veces. Cuatro.

—¿Ha intentado amplificarlo?

—He intentado todo lo que sé hacer —dijo Nora—. Tengo un amigo en San Sebastián que trabaja en acústica forense. Le he mandado el archivo esta mañana. —Hizo una pausa—. Mateo se lo mandó hace dos semanas también. Todavía no había contestado.

Iria levantó la vista.

—¿Mateo ya tenía esto?

—Mateo tenía una versión anterior. Menos nítida. Pero sí.

—¿Y no le dijo nada? ¿No le explicó qué creía que era?

Nora cogió la taza de café, descubrió que estaba vacía y la dejó otra vez.

—Me dijo que creía que Negua había escuchado a alguien morir —dijo—. Y que ese alguien era un niño.

El altavoz emitió un pequeño chasquido estático, un sonido aleatorio, sin significado. Afuera el viento movió algo contra la pared del edificio, una rama quizá, y el golpe seco hizo que Iria se tensara sin querer.

—¿Un niño? —repitió.

—Eso dijo.

—¿Y usted qué le contestó?

—Le dije que eso era una hipótesis sin base empírica. —Nora hizo una pausa larga—. Y él me dijo que todas las hipótesis empiezan sin base empírica, que para eso son hipótesis.

Se quedaron calladas un momento. El audio seguía corriendo en la pantalla, ya pasado el fragmento, de vuelta a los sonidos normales de la manada. Clics. Silbidos. La voz inconfundible de Negua llamando a algo o a alguien desde el fondo del mar en invierno.

—¿Tiene acceso a los archivos de Mateo? —preguntó Iria—. ¿Sus notas, sus cuadernos?

—Los que dejó aquí, sí. Los que se llevó a la embarcación... —Nora negó con la cabeza—. La Guardia Civil lo tiene todo precintado.

—¿Había algo en sus notas sobre un niño desaparecido? ¿Sobre el nombre Daniel?

Nora la miró. Y en su cara pasó algo que Iria llevaba toda la mañana esperando: no sorpresa. Reconocimiento.

Lo sabía.

O sabía algo.

—¿De dónde saca ese nombre? —dijo Nora, con una voz que había bajado medio tono sin razón aparente.

—Del cuaderno de Mateo —dijo Iria—. Era la única palabra que había escrito en la última página.

Nora asintió muy despacio. Miró la pantalla. Miró el altavoz. Miró sus manos.

—Mateo me habló de un caso antiguo —dijo por fin—. Una desaparición. Un niño de este pueblo que cayó al mar en el noventa y cuatro. Nunca encontraron el cuerpo. —Pausa—. Me dijo que la cala donde desapareció ese niño era la misma cala donde las orcas vuelven cada año.

Iria no dijo nada. Dejó que el silencio hiciera el trabajo.

—Me dijo que no podía ser casualidad —continuó Nora—. Que el patrón vocal de Negua había empezado a documentarse exactamente un año después de esa desaparición. Que era como si... —Se paró. Sacudió la cabeza—. Suena a locura cuando lo digo en voz alta.

—Dígalo.

—Como si Negua hubiera estado allí. Aquella noche. Y hubiera guardado el sonido.

El altavoz hizo otro chasquido. Esta vez más largo.

Nora se levantó, fue hacia él y lo apagó.

—¿Sabe cuántos años tiene Negua? —dijo, de espaldas.

—No.

—Calculamos que entre cuarenta y cincuenta. Las orcas pueden vivir ochenta años. —Se giró—. En 1994 era adulta. Estaba aquí. Estaba en esta costa.

Iria asimiló eso.

—Necesito ver esas notas de Mateo —dijo.

—Ya se lo he dicho. Lo que hay aquí puede verlo. Lo demás está precintado.

—¿Hay algo aquí que mencione el nombre Daniel?

Nora fue hacia un archivador de metal, buscó un momento entre carpetas y sacó una. Se la tendió.

—Encontrará un folio suelto al final. Lo dejó aquí hace tres semanas, antes de la última salida. Me dijo que si no volvía en cuarenta y ocho horas, se lo diera a alguien de confianza.

Iria cogió la carpeta.

—¿Y esperó cuarenta y ocho horas?

Nora la miró.

—Esperé treinta y seis —dijo—. Luego llamé a la Guardia Civil. Y ellos me dijeron que ya lo tenían.

Cogió la taza vacía, fue a la pequeña cocina del fondo y desapareció detrás de la puerta. Iria oyó el grifo, el sonido del agua.

Abrió la carpeta. Buscó el folio suelto.

Lo encontró al final, como había dicho Nora.

Una hoja manuscrita, con la letra apretada y rápida de alguien que escribe con prisa o en condiciones difíciles, quizá en una embarcación que se mueve.

Números, coordenadas, algunos términos técnicos que no entendió.

Y al final, en la esquina inferior derecha, rodeado con un círculo trazado dos veces como si la mano hubiera vuelto sobre el trazo:

Si la voz es real: alguien sabe lo que pasó. Y lleva treinta años aquí.

Iria dobló el folio con cuidado y se lo metió en el bolsillo interior del abrigo.

Desde la cocina llegó el sonido de la cafetera. Nora no volvió a salir.