Capítulo 3 — La cofradía
Encontró alojamiento en una casa rural a siete kilómetros del pueblo, regentada por una mujer de setenta años que hablaba en euskera por teléfono y en castellano con un acento tan cerrado que Iria tardaba medio segundo en procesar cada frase.
La habitación olía a madera húmeda y el radiador hacía un ruido metálico intermitente que ella tardó tres horas en dejar de oír.
Durmió mal. No era novedad.
Desde el caso de Bermeo —así lo llamaba en su cabeza, aunque su nombre oficial en los expedientes era otro— dormir bien era algo que le ocurría a otra gente.
Se despertaba a las cuatro, a las cinco, con esa claridad falsa de los que no han dormido lo suficiente pero el cuerpo ya no tiene más sueño que dar.
Se quedaba mirando el techo y pensaba en cosas que no quería pensar.
Esa noche pensó en Marcos Iturbe, treinta y ocho años, dos hijos, once meses en prisión preventiva por un homicidio que no había cometido. Pensó en su cara cuando el juez leyó la sentencia absolutoria. No de alivio. De algo que no tenía nombre todavía.
Pensó también en la voz que había mencionado Nora. Una voz humana en el audio de las orcas.
A las seis se levantó, se duchó con agua que tardaba en calentar y bajó a desayunar. La mujer le puso café y tostadas sin preguntarle nada. Iria lo agradeció.
* * *
El puerto a las siete de la mañana es otra cosa.
A esa hora no quedan turistas ni forasteros ni gente que mira.
Solo los que trabajan, y los que trabajan en un puerto a las siete de enero tienen el movimiento ajustado al milímetro, sin nada superfluo, sin tiempo para quien no sepa para qué ha venido.
Iria bajó la cuesta con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo subido y procuró moverse como alguien que tiene un sitio a donde ir aunque no lo tuviera.
Había tres embarcaciones preparándose para salir.
Cajas de plástico apiladas en el muelle, motores en marcha, el olor a gasoil y a pescado fresco que es el olor real de estas cosas, no el que uno se imagina desde la ciudad.
Los hombres cargaban y descargaban sin hablar demasiado, con esa comunicación paralela de quienes hacen lo mismo cada mañana desde hace años.
Nadie la miró. O todos la miraron y lo disimularon tan bien que era lo mismo.
Se quedó cerca de las cajas, a distancia de no estorbar, y observó.
Estaba buscando a alguien que pareciera nuevo en algo, que tuviera un gesto fuera de lugar, que mirara demasiado hacia la embarcación precintada de Mateo.
Era un método rudimentario y la mayoría de las veces no servía para nada, pero Iria lo hacía por costumbre, como los que crujen los nudillos sin darse cuenta.
Lo que vio fue a Xabier Landa.
Estaba al fondo del muelle, hablando con dos hombres más jóvenes. No gesticulaba. No levantaba la voz. Hablaba y los otros escuchaban, y cuando terminó los otros asintieron y se fueron cada uno por su lado sin más. Era la clase de conversación que no necesita ser larga para dejar claro quién manda.
Xabier se giró.
La vio de inmediato. Demasiado de inmediato para que fuera casualidad, lo cual significaba que la había visto llegar y había esperado a terminar lo que estaba haciendo antes de acusarle recibo.
Se acercó. Caminaba despacio, sin prisa, con esa seguridad de los hombres que llevan décadas moviéndose en el mismo sitio y saben que el sitio es suyo.
—Madrugan los de Bilbao —dijo.
—No soy de Bilbao.
—Ya. —No le preguntó de dónde era—. ¿Ha encontrado dónde quedarse?
—Sí.
—Bien. —Silencio breve. Xabier miró el mar un momento, con esa mirada automática que tienen los que viven de él, como si comprobaran algo que no necesita comprobación—. Ayer fui un poco brusco.
Era lo más parecido a una disculpa que iba a salir de ese hombre. Iria lo entendió.
—No pasa nada.
—Es que la gente aquí está afectada. Mateo llevaba tres inviernos viniendo. Ya era... —Buscó la palabra—. Ya era parte del paisaje.
—¿Le conocía bien?
—Lo suficiente para saludarle. Para invitarle a una copa cuando subía al bar. No éramos amigos, si eso es lo que me está preguntando. Él tenía su mundo y yo tengo el mío.
—¿Y su mundo y el de usted alguna vez se cruzaron?
Xabier la miró. Una mirada larga, evaluadora, sin hostilidad pero sin concesiones.
—¿Por qué iba a cruzarse?
—Usted lleva treinta años en la cofradía. Él llevaba doce estudiando esta costa. No sé, parece probable que en algún momento hablaran de algo más que del tiempo.
—Hablamos de las orcas —dijo Xabier—. Una vez.
Yo le pregunté si sabía por qué volvían cada año y él me dijo que estaba trabajando en eso.
Y yo le dije que los viejos del pueblo tenían sus propias teorías y él me preguntó cuáles y yo le dije que ninguna que valiera la pena escribir en un artículo científico.
Lo dijo sin ironía. Como alguien que recita un intercambio exacto porque lo recuerda con precisión.
—¿Qué teorías?
Xabier soltó algo parecido a una risa, corta y seca.
—Las de siempre. Que vienen porque aquí hay algo que les pertenece. Que el mar tiene memoria. —Pausa—. Tonterías de pueblo.
—¿Usted qué cree?
—Yo creo que son animales —dijo Xabier—. Animales grandes e inteligentes, pero animales. Vienen porque algo las trae y cuando ese algo desaparezca dejarán de venir. Así funciona la naturaleza.
Iria asintió. Detrás de ellos una de las embarcaciones soltó amarras y empezó a alejarse del muelle con el motor al mínimo.
—¿Sabe si Mateo tenía algún problema con alguien del pueblo?
Xabier tardó en responder. No mucho. Pero lo suficiente.
—No que yo sepa.
—¿Alguien que no le quisiera aquí?
—A la gente de fuera no siempre se la quiere en ningún sitio —dijo—. Pero eso no es un problema, es la vida.
Iria iba a decir algo más cuando oyó pasos detrás y se giró.
Un hombre de unos cuarenta años, delgado, con cara de no haber dormido demasiado bien él tampoco, se acercaba con paso rápido hacia Xabier.
Lo miró a él y luego a Iria y en su cara pasó algo, una especie de recalibración rápida, como quien abre una puerta y encuentra dentro a alguien que no esperaba.
—Ahora no, Gorka —dijo Xabier, sin mirarlo.
Gorka frenó. Asintió. Se fue.
Iria lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina del almacén.
—Su gente —dijo.
—Sí.
—¿Qué quería?
—Cosas de la cofradía —dijo Xabier—. Siempre hay cosas de la cofradía.
* * *
La lonja abría a las nueve. Iria entró con el primer grupo, haciéndose pequeña entre cajas y delantales, y se colocó en un rincón desde donde podía ver sin que la vieran demasiado. La subasta de pescado tiene su propio idioma, rápido y cifrado, y ella no lo entendía, pero no había ido a entenderlo.
Había ido a ver quién miraba a quién.
Lo que observó en los siguientes cuarenta minutos fue un sistema perfectamente engrasado.
Xabier en el centro, no físicamente, pero sí de otra manera: la gente lo consultaba con los ojos antes de hablar, esperaba su gesto de aprobación antes de cerrar un precio, le dejaba siempre un palmo de espacio libre alrededor como si hubiera un radio de seguridad invisible.
No era miedo. Era algo más parecido al peso de la costumbre.
Y Gorka, el del muelle, que se movía entre los grupos con una inquietud que intentaba disimular y no del todo conseguía.
A las nueve y media Iria salió.
* * *
El bar de la esquina se llamaba Kai-Ondo, que según había leído en algún sitio significaba algo parecido a al borde del muelle , y era exactamente eso: una barra larga, cuatro mesas, una televisión encendida sin volumen y olor a café y a fritanga de las ocho de la mañana.
Iria pidió otro café, se sentó en la única mesa desde la que se veía la puerta y sacó el teléfono.
Buscó a Gorka en las redes sociales de la cofradía.
Facebook, porque en los pueblos de costa la gente todavía usa Facebook para los comunicados oficiales.
Encontró una foto de grupo del año anterior: la cofradía al completo, delante del puerto, con la bandera.
Gorka en la segunda fila, cuarto por la izquierda. Nombre completo debajo: Gorka Andueza.
Buscó Gorka Andueza en Google. Tres resultados. Una reseña de un restaurante que no era él, una nota en el periódico local sobre una regata de traineras de hace cinco años, y una esquela de 2009: Kepa Andueza, marinero, 54 años. Le sobreviven su esposa Miren y su hijo Gorka.
Hijo de marinero. Toda la vida aquí.
Iria dejó el teléfono boca abajo y terminó el café.
El problema con los pueblos pequeños no era que la gente ocultara cosas.
Era que las ocultaba sin esfuerzo, como quien guarda algo en un cajón que lleva tanto tiempo cerrado que ya ni recuerda que está cerrado.
Para abrir ese cajón hacía falta tiempo o confianza, y ella no tenía ninguna de las dos cosas todavía.
Pero Gorka Andueza había tenido una reacción al verla. Una reacción pequeña, controlada, pero real.
Y Xabier lo había mandado callar antes de que abriera la boca.
Pagó el café. Salió. La lluvia había vuelto, fina y horizontal, la peor clase de lluvia porque cuela por todas partes y no es suficientemente dramática para justificar el paraguas.
Subió el cuello del abrigo y fue hacia el coche.
Tenía que llamar a Nora. Le había dicho que los audios, mañana. Ya era mañana.
Y tenía que encontrar a Elías Somoza, el exguardia civil que según el informe de Luengo había cerrado la desaparición de Daniel treinta años atrás. La ficha decía que seguía en el pueblo, retirado. Una dirección en la parte alta, cerca de la iglesia.
Luengo había incluido esa información como al margen, como si fuera un detalle menor. Iria conocía a Luengo desde hacía doce años y sabía que cuando incluía algo como al margen era porque no quería explicar por qué lo incluía.
Llegó al coche. Lo arrancó. El parabrisas tardó un momento en desempañarse.
A través del cristal vio a Gorka Andueza salir del almacén de la cofradía con el teléfono en la mano. Se paró en la acera. Marcó un número. Habló durante menos de un minuto. Luego miró hacia donde estaba ella.
No podía verla. El cristal todavía estaba empañado en los bordes.
Pero Iria tuvo la sensación de que sí.