El Secreto de las Orcas Capítulo 2 — Temporada de llegadas
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Capítulo 2 — Temporada de llegadas

La Guardia Civil no quería hablar con ella.

No lo dijeron así, claro. Lo dijeron con cortesía, con café ofrecido y silla arrimada, con ese tono de quien explica algo a alguien que no va a entenderlo de todas formas.

El sargento se llamaba Basurko y llevaba bigote de otra época y los papeles del caso encima de la mesa, boca abajo, como si el hecho de darles la vuelta resolviera algo.

—Accidente de navegación —dijo—. Salida nocturna en condiciones adversas, niebla severa, marejadilla. El cabo se enredó en la boya durante la deriva. Es trágico, pero ocurre.

—El hidrófono seguía en el agua cuando encontraron el cuerpo —dijo Iria.

Basurko la miró. No con hostilidad, sino con esa paciencia ligeramente fatigada que los hombres de cierta edad reservan para las personas que hacen preguntas donde no hay preguntas.

—¿Y?

—Un biólogo marino metódico no deja el equipo en el agua si piensa volver a puerto. Es caro. Es delicado. No se deja.

—La gente toma malas decisiones por la noche, señorita Salcedo. Con la niebla y el frío.

Señorita. Hacía años que nadie le decía eso.

—Inspectora —dijo ella, y notó que la palabra le salía con menos fuerza de la que habría querido.

Basurko sonrió, solo un poco.

—La señora inspectora está aquí en calidad de qué, exactamente. Porque yo no tengo ninguna solicitud de colaboración en el sistema.

Iria no contestó. Lo que tenía era la llamada de un comisario a las ocho de la mañana y una bolsa con ropa para dos días en el maletero del coche, ninguna de las dos cosas útiles en ese momento.

—Gracias por el café —dijo.

El café no se lo había bebido.

* * *

Comió en el bar del puerto porque era el único sitio abierto y porque tenía hambre, aunque cuando le llegó el plato descubrió que en realidad no.

Pidió un bocadillo de anchoas y lo fue desmigando sobre el papel de estraza mientras miraba por la ventana.

Afuera el viento había calmado un poco y el muelle estaba tranquilo, esa tranquilidad de invierno que tienen los pueblos de costa cuando el turismo se ha ido y todo vuelve a ser de quien siempre fue.

Cuatro hombres jugaban al mus en una mesa del fondo. Ninguno la miraba directamente, pero Iria llevaba suficientes años en sitios así como para saber que los cuatro sabían exactamente quién era ella, de dónde venía y qué había ido a hacer al cuartel.

Los pueblos pequeños funcionan así. No es telepatía. Es que todos hablan con todos y la información circula antes de que uno termine de moverse.

El barman le rellenó el agua sin que se lo pidiera.

—¿Es usted la que ha venido por lo de Mateo? —dijo, sin mirarla, secando un vaso que ya estaba seco.

—Soy una amiga —dijo Iria.

—Claro.

Silencio. El barman dejó el vaso y cogió otro.

—Era buen tipo —dijo—. Raro, pero buen tipo. Venía aquí cada invierno, siempre pedía lo mismo, nunca daba problemas. —Pausa—. Lo del accidente es una putada.

Accidente. La misma palabra que Basurko. Pronunciada de la misma manera neutra, sin énfasis, como quien dice que va a llover.

—¿Le conocía bien? —preguntó Iria.

—Lo suficiente para saber que no era de los que se caen al mar.

Eso era todo. El barman se alejó hacia el otro extremo de la barra y no volvió a mirarla.

Iria se terminó el agua. Dejó el bocadillo casi entero.

* * *

El puerto de Elantxobe es tan pequeño que cuando suben las mareas altas el agua llega hasta el borde del aparcamiento y la gente que tiene coche aprendió hace generaciones a dejarlo más arriba.

Iria lo había aparcado arriba, sin saberlo, por puro instinto, y cuando bajó a pie por la cuesta empinada entendió que ese tipo de conocimiento se aprende o se hereda y ella no tenía ninguno de los dos.

Forastera. Lo era en todos los sentidos posibles.

La embarcación de Mateo seguía precintada al fondo del muelle.

Iria se quedó a unos metros, fuera de la cinta amarilla, mirándola sin prisa.

Era una zodiac grande, de trabajo, con el motor fueraborda en la popa y una caja metálica atornillada en la proa para el equipo.

Profesional. No era la embarcación de alguien que sale de paseo.

—No puede estar aquí.

Se giró. Un hombre de unos sesenta años, corpulento, con el jersey de lana mojado en los hombros por la llovizna. Cara ancha, manos grandes. La miraba sin agresividad pero tampoco sin nada parecido a la amabilidad.

—Lo sé —dijo Iria—. Solo estaba mirando.

—Pues ya ha mirado.

El hombre no se movió. Esperaba que se fuera ella primero, eso estaba claro.

—¿Usted conocía a Mateo Arístegui? —preguntó Iria.

—Todo el mundo le conocía.

—Eso no es lo mismo.

El hombre la estudió un momento. Tenía los ojos de color indeterminado, de esos que cambian según la luz, y en ese momento con el cielo gris encima parecían casi transparentes.

—Soy Xabier Landa —dijo—. Patrón mayor de la cofradía.

Tendió la mano. Iria se la estrechó. Fuerte, seca, rápida.

—Iria Salcedo.

—Ya sé cómo se llama.

Lo dijo sin ningún tono especial. Un hecho, simplemente. Iria decidió no preguntar cómo lo sabía porque la respuesta no importaba.

—¿Le preocupa que alguien esté mirando la embarcación?

—Me preocupa que gente de fuera venga aquí a remover cosas que ya están resueltas —dijo Xabier—. Mateo era una persona querida. La gente está triste. No necesitan que nadie les diga que tienen que estar otra cosa además de tristes.

—¿Cómo sabe lo que necesita la gente?

—Llevo treinta años al frente de esta cofradía —dijo él—. Algo he aprendido.

No había amenaza en su voz. Tampoco calor. Era el tono de alguien que ha dicho lo que tenía que decir y espera que la otra persona tenga la inteligencia de haberlo entendido.

Iria lo entendió perfectamente.

—Buenas tardes —dijo.

—Buenas tardes.

Subió la cuesta sin mirar atrás. A mitad de camino oyó que el motor de una embarcación arrancaba abajo, en el puerto, aunque no supo si era coincidencia o algún tipo de mensaje y tampoco le pareció importante decidirlo en ese momento.

* * *

Condujo hasta Ea con el mapa del teléfono porque el GPS perdía cobertura a mitad de carretera y la carretera en sí era el tipo de carretera que parece diseñada para que uno se pierda: curvas cerradas, precipicios sin quitamiedos, pinos tan juntos a los lados que la luz llegaba en franjas.

Había llovido durante el día y el asfalto brillaba de una manera que le ponía nerviosa.

No era una conductora mala pero tampoco era de las que disfrutaban de esto.

El Centro de Investigación de Cetáceos del Cantábrico era un edificio bajo y alargado pegado a un acantilado, con vistas al mar y un aparcamiento de cuatro plazas, todas vacías excepto una. Iria aparcó, salió del coche y el viento le dio en la cara como un aviso.

Llamó a la puerta. Nadie contestó.

Esperó. Volvió a llamar.

La puerta se abrió desde dentro y Nora Vidal apareció en el umbral.

Treinta y tantos años, pelo negro corto, ojeras marcadas.

Llevaba un jersey demasiado grande y miraba a Iria con una expresión que no era exactamente desconfianza sino algo más parecido al agotamiento de quien lleva horas decidiendo si hacer algo y todavía no lo tiene claro.

—Pase —dijo.

Iria pasó.

* * *

La sala principal olía a humedad y a electrónica, que es una combinación que Iria asociaba con los sitios donde la gente trabaja de verdad, no con los sitios donde la gente finge trabajar.

Había pantallas encendidas con gráficos que no entendió, mapas de la costa con trayectorias marcadas en distintos colores, y en una pared entera, fotos de orcas.

Fotos de aleta dorsal, principalmente. Cada una con un código debajo.

—Se identifican por la aleta —dijo Nora, siguiendo su mirada—. Como huellas dactilares. Cada individuo tiene una forma distinta. Cicatrices, muescas, la curvatura exacta.

—¿Cuántos años lleva haciendo esto?

—Mateo llevaba doce. Yo, ocho.

Pasado. Ya en pasado. Nora lo había dicho sin darse cuenta, o dándose cuenta perfectamente, Iria no supo distinguirlo.

—¿Qué estaba estudiando los últimos meses?

Nora cruzó los brazos. Se apoyó en el borde de una mesa.

—Comportamiento acústico. Siempre estaba con el comportamiento acústico, era su obsesión. Pero en los últimos meses... —Dudó—. Había algo diferente. Estaba excitado. Y Mateo no era de los que se excitaban fácilmente.

—¿Le contó qué había encontrado?

—Partes. No todo. —Pausa breve—. Mateo era así. Cuando estaba cerca de algo importante se volvía hermético. Supongo que tenía miedo de que le robaran la idea antes de publicar.

—¿Quién se la iba a robar?

Nora la miró.

—En esto, como en todo —dijo—, hay gente que prefiere ser la primera y gente que prefiere ser la única. Son cosas distintas.

Iria asintió despacio. Luego señaló una de las pantallas.

—¿Esos son sus últimos registros?

—Sí.

—¿Los ha escuchado?

Nora tardó un segundo.

—Los escuché esta mañana. —Otra pausa, más larga—. Hay algo en el audio que no sé explicar. Una secuencia que la matriarca repite. No pertenece al repertorio normal del grupo.

—¿Qué significa eso?

—Que está imitando algo. —Nora se separó de la mesa, fue hacia una de las pantallas y la giró un poco para que Iria pudiera ver—.

Las orcas aprenden. Imitan sonidos de su entorno.

Voces, motores, otros animales. Lo que Mateo lleva años intentando entender es qué sonido concreto aprendió esta manada y por qué vuelven al mismo lugar a repetirlo.

Iria miró el gráfico de la pantalla. Ondas. Frecuencias. Nada que pudiera leer.

—¿Y en estos últimos registros?

Nora abrió la boca. La cerró. Se pasó la mano por el pelo.

—En los últimos registros —dijo, despacio, como si cada palabra tuviera un peso que estuviera sopesando antes de soltarla— hay una voz humana.

El viento golpeó la ventana. Afuera el mar había oscurecido y las olas rompían contra el acantilado con un sonido sordo y continuo.

Iria no dijo nada. Esperó.

Pero Nora había dicho lo que iba a decir por ahora. Se quedó mirando la pantalla con los brazos cruzados y esa expresión de quien acaba de poner algo sobre la mesa que no está segura de querer que esté ahí.

—¿Puedo escucharlos? —preguntó Iria.

—Mañana —dijo Nora—. Hoy ya no puedo más.

Era una respuesta extraña. Iria la aceptó.

Salió al aparcamiento. El viento seguía. Subió al coche, arrancó y encendió la calefacción aunque tardó varios minutos en dar calor.

Una voz humana en el audio de las orcas.

Pensó en Mateo, solo en el mar, con los auriculares puestos, escuchando eso por primera vez. Pensó en lo que habrá sentido. No miedo, quizá. Algo más parecido al vértigo de quien se asoma a algo que no esperaba encontrar.

Y luego alguien subió a bordo.

Iria apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos un momento.

Tenía que encontrar dónde dormir. No había reservado nada. Era enero en Elantxobe y probablemente había tres casas rurales abiertas y dos de ellas estarían a veinte kilómetros de aquí y la tercera no tendría wifi.

Abrió el teléfono para buscar.

Tenía una notificación: llamada perdida de Luengo.

No la devolvió.