El Secreto de las Orcas
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Capítulo 1 — La voz bajo el agua
La grabadora llevaba dos horas funcionando en el fondo cuando Mateo oyó la voz.
No era la primera vez que escuchaba cosas raras en los audios.
El mar cantábrico tiene su propio idioma: chirridos de cabotaje, el zumbido sordo de los motores de arrastre que se filtran kilómetros adentro, burbujas que suenan como risas si uno lleva demasiadas horas con los auriculares puestos.
Mateo lo sabía. Llevaba doce años estudiando cetáceos en la costa norte y ya no le asustaba nada que viniera del agua.
Pero aquello no era el motor de un arrastrero.
Redujo la velocidad de reproducción al setenta por ciento, cerró los ojos y se apoyó con la espalda contra la borda.
La embarcación cabeceaba despacio. Fuera, la niebla hacía que el mundo terminara a veinte metros en todas direcciones, una pared blanca y húmeda que borraba el horizonte y convertía el mar en algo parecido a una habitación sin techo.
Los cantos de las orcas llenaron los auriculares.
Mateo los conocía de memoria: la frecuencia de llamada de la matriarca, los silbidos en cascada de las crías, ese clic sostenido que usaban para ecolocalizar cuando se acercaban a la cala.
Sonidos que había catalogado, archivado, publicado en cuatro revistas distintas.
Sonidos que ya no le producían asombro porque los entendía, o creía entenderlos.
Y entonces aparecía aquello.
Diecisiete segundos de audio. Mateo los había escuchado ya once veces en la última hora.
Lo que al principio le pareció interferencia —un ruido de fondo, algo metálico quizá, el casco de su propia embarcación— empezó a organizarse en algo diferente.
No era interferencia. Era demasiado regular para ser interferencia. Tenía pulso. Tenía forma.
Era una voz.
Grabó su propia reacción en el cuaderno, con la letra apretada de quien escribe en la oscuridad sin querer despertar a nadie: El patrón vocal de la matriarca interrumpe su secuencia de llamada habitual e inserta una estructura que no pertenece al repertorio del grupo.
No es variación dialectal. No es aprendizaje intrageneracional.
Es imitación. La pregunta es: ¿qué está imitando?
Cerró el cuaderno.
La niebla había bajado un poco más. O él llevaba tanto tiempo parado que la embarcación había derivado hacia dentro, hacia esa zona de la cala donde el agua cambiaba de color y pasaba del gris metálico al negro verdoso, como si el fondo se hundiera de golpe.
Mateo lo comprobó en el sonar: cuarenta y dos metros. Más de lo que debería. Había derivado.
Arrancó el motor en punto muerto y fue corrigiendo el rumbo con calma, sin prisa. No era la primera vez. La cala tenía corrientes extrañas, siempre las había tenido, y él las conocía bien porque había pasado los últimos tres inviernos anclado en sus bordes, esperando que las orcas llegaran.
Y las orcas siempre llegaban.
Eso era lo que no entendía nadie fuera de su campo: que volvieran.
Cada año, entre enero y marzo, la misma manada.
Siete individuos identificados, siempre los mismos, con la misma ruta de entrada por el noroeste y la misma concentración frente a este punto exacto de la costa.
No había explicación satisfactoria. El alimento era escaso en invierno y había zonas más ricas al sur.
Los registros de temperatura no explicaban nada.
No había relación con rutas de pesca comercial ni con comportamientos documentados en otras poblaciones del Atlántico.
Volvían porque algo las llamaba.
O porque recordaban.
Mateo había tardado tres años en atreverse a escribir esa hipótesis en un papel, y otros dos en mostrársela a alguien. Nora se había reído. Una risa corta, no cruel, sino de quien reconoce en otro la misma obsesión que tiene uno y prefiere disimularla.
Las orcas tienen memoria episódica , le había dicho después, más seria. Hay estudios. No es magia, Mateo, es neurología cetácea.
Ya lo sé , había contestado él. Pero ¿qué episodio?
Eso era lo que llevaba tres inviernos intentando responder. Y esta noche, diecisiete segundos de audio, creía estar más cerca que nunca.
Subió el ancla, recogió el cable del hidrófono y guardó la grabadora en la bolsa estanca. Ya trabajaría en tierra. Necesitaba un programa de análisis acústico decente y cuatro horas sin que la embarcación se moviera bajo él.
Fue entonces cuando vio la luz.
Una luz pequeña, fija, flotando en la niebla a unos doscientos metros de proa. No era la boya de señalización: esa la tenía a su izquierda, parpadeando en ámbar como siempre. Era otra cosa. Una linterna, quizá. O la luz de posición de una embarcación muy pequeña sin motor encendido.
Mateo frunció el ceño.
No había nadie en la cala a estas horas. Era la una y cuarto de la mañana. El puerto más cercano estaba a seis kilómetros y la noche no invitaba a salir: niebla densa, marejadilla de dos metros, temperatura bajo cero en el agua. Ningún pescador razonable estaría aquí. Él mismo no tendría que estar.
Esperó un momento. La luz no se movió.
Cogió los prismáticos y enfocó hacia allí. La niebla deshacía los contornos, pero distinguió la silueta de una embarcación pequeña, una zodiac o algo parecido. Sin nadie visible en cubierta.
Puede que esté averiada. Eso pensó. Un turista despistado, un chaval sin experiencia. Gente que salía a ver las estrellas y luego no encontraba el camino de vuelta. Pasaba cada invierno al menos una vez.
Puso el motor al mínimo y fue acercándose despacio, con la linterna encendida, dando por avisadas las distancias.
A cien metros redujo más todavía. A cincuenta ya podía ver que la zodiac estaba vacía.
Bien amarrada a algo bajo el agua —una boya de buceo, quizá—, sin nadie dentro, con el motor apagado y una linterna enganchada en la proa.
Alguien había puesto esa luz a propósito.
Para que él la viera.
Mateo sintió algo que no habría sabido describir del todo: no era miedo exactamente, sino una especie de reconocimiento equivocado, la sensación de que las piezas de algo encajaban en un orden que no era el suyo. Como cuando encuentras una solución a un problema que no sabías que tenías.
Apagó el motor. Dejó que las embarcaciones se acercaran a la deriva, despacio.
Y fue en ese silencio —el motor quieto, el agua golpeando el casco con golpes irregulares, la niebla cerrándose— cuando oyó pasos en la popa.
No lo procesó bien al principio. Los pasos en una embarcación suenan diferentes que en tierra firme: más sordos, más repartidos, como si vinieran de abajo. Mateo se giró pensando en el sonido de las cadenas del ancla, o en algún material suelto en la bodega.
Pero no era eso.
Era alguien que había subido a bordo.
No llegó a verle la cara. Lo que recordó en el segundo siguiente —y no habría podido explicar cómo lo recordó, porque el tiempo se partió de una manera que no le pertenecía— fue el olor a salitre de la ropa mojada y el sonido de los auriculares al caer al suelo, y después nada más.
* * *
A las seis menos cuarto de la mañana, el patrón de la primera embarcación que salió del puerto vio algo colgando de la boya de señalización.
Tardó un momento en entender lo que era.
La niebla se había levantado durante la noche y el amanecer llegó con esa luz plana y gris que tiene el Cantábrico en enero, una luz que no da sombras y hace que todo parezca un poco irreal.
El patrón —Jesús Urdín, cincuenta y cuatro años, cofradía de Lekeitio, treinta años saliendo antes del alba sin encontrarse nunca con nada que le quitara el sueño— redujo el motor, encendió los focos de proa y se acercó a unos veinte metros.
Después paró.
Cogió el teléfono y llamó al 112 sin apartar los ojos de la boya.
El hombre colgaba de un cabo atado bajo las axilas, con los pies a medio metro del agua y la cabeza inclinada hacia un lado.
Vestía el mismo chubasquero que Mateo Arístegui había llevado el día anterior cuando salió del puerto, azul marino con una franja reflectante en el pecho.
Los auriculares seguían puestos. La grabadora colgaba todavía de su cinturón, intacta dentro de la bolsa estanca.
A quince metros de la boya, la embarcación de Mateo flotaba a la deriva con el motor apagado y las luces encendidas, describiendo círculos lentos en la corriente, como si esperara que alguien volviera a recogerla.
Y en el agua, justo debajo del cuerpo, la aleta dorsal de la matriarca cortaba la superficie en silencio.
* * *
Iria Salcedo supo que iba a meterse en un problema en cuanto escuchó el nombre del pueblo.
Estaba en la cocina de su apartamento de Bilbao, con el primer café del día y el móvil sobre la encimera, cuando sonó la llamada.
Eran las ocho y veinte. El comisario Luengo no la llamaba a esas horas para nada bueno.
De hecho, el comisario Luengo llevaba seis meses sin llamarla para nada, ni bueno ni malo, desde que la había apartado del servicio activo con la excusa del expediente abierto y la recomendación de un psicólogo que ella no había vuelto a ver después de la segunda sesión.
—Iria —dijo él. Sin saludo. Sin preguntar si era buen momento.
—Dime.
—Hay un muerto en Elantxobe. Un biólogo marino, Mateo Arístegui. ¿Te suena el nombre?
Tardó un segundo en contestar. Uno solo.
—No.
—La Guardia Civil lo tiene como accidente de navegación. Salió solo de noche, niebla, mala mar. Esas cosas pasan.
—Pero me estás llamando a mí.
Luengo soltó un sonido que no era exactamente una tos pero tampoco era otra cosa.
—Resulta que el muerto era amigo de un amigo. Y ese amigo tiene la impresión de que hay cosas que no cuadran. Nada oficial. Solo quiero que te acerques, mires y me llames.
Iria miró el café. Ya se había enfriado.
—¿Cuánto tiempo llevas pensando en cómo decirme esto?
—Desde las seis y media.
—Eso explica muchas cosas.
—Iria —dijo Luengo, y en su voz había algo que ella no le había oído en mucho tiempo, algo parecido a la incomodidad del que pide un favor que sabe que no merece—. Solo mira. Sin identificarte, sin meter la cabeza donde no te llamen. Como turista.
Ella colgó sin contestar.
Tardó veinte minutos en decidirse. Otros diez en hacer una bolsa pequeña. Se dijo que era por el caso. Se dijo que era por demostrar que seguía siendo capaz. Se dijo varias cosas que no eran del todo mentira pero tampoco eran la razón principal.
La razón principal era que llevaba seis meses sin tener ningún sitio a donde ir y esa mañana, por primera vez, tenía uno.
Salió de casa sin terminar el café.
* * *
Elantxobe es un pueblo que parece construido por alguien con muy poco espacio y mucha terquedad.
Las casas se apilan en la roca como si cada una se apoyara en la de debajo para no caerse al mar, y las calles son tan empinadas y estrechas que el autobús de línea tiene que hacer una maniobra de tres puntos para dar la vuelta al final del trayecto.
La gente que nace allí aprende a caminar con el cuerpo inclinado hacia la cuesta y cuando viajan a ciudades planas tardan días en acostumbrarse a la horizontalidad.
Iria llegó pasado el mediodía. Aparcó donde pudo, que no era cerca de nada, y bajó a pie hasta el puerto.
Ya no había nada que ver. El cuerpo llevaba horas en el depósito de Gernika.
La embarcación de Mateo estaba amarrada al fondo del muelle, precintada con cinta amarilla que el viento había empezado a enrollar en sí misma.
Dos agentes de la Guardia Civil tomaban café en el bar de la esquina, con los gorros en la mesa y la misma expresión de quien ya ha terminado su parte del trabajo.
Iria pidió un zurito en la barra y escuchó.
No tuvo que esforzarse mucho. Los dos agentes hablaban sin bajar la voz porque en el bar solo había tres personas más, todas ellas con la misma cara de quien lleva décadas oyendo lo que no debería y ha aprendido a no reaccionar.
—...el cabo estaba bien hecho. No es que se enredara, es que alguien lo ató.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo yo y lo dice cualquiera que haya hecho un as de guía en su vida. Ese nudo no se hace solo.
—El hombre salió de noche, con niebla, a sabiendas.
—Sí.
—Pues ahí lo tienes.
Iria bebió despacio. El café era bueno, más de lo que esperaba.
Dejó un billete en la barra y salió antes de que los agentes acabaran el suyo.
El viento había arreciado y el mar sonaba desde arriba con un ruido continuo y sordo, como algo que empuja desde dentro.
Iria se quedó un momento en el muelle, mirando la embarcación precintada.
Azul oscuro. Motor fueraborda. Un cable que salía de la bodega y terminaba en el agua: el cable del hidrófono, todavía conectado, como si Mateo hubiera tenido intención de volver a recogerlo.
No era un hombre que dejara las cosas a medias. Eso le había dicho Luengo. El amigo del amigo dice que era muy metódico. Que recogía todo antes de volver a puerto.
El hidrófono seguía en el agua.
Eso no cuadraba.
Iria sacó el teléfono y buscó el nombre de la veterinaria marina que aparecía en el informe preliminar como contacto de emergencia del fallecido: Nora Vidal, Centro de Investigación de Cetáceos del Cantábrico, Ea.
Marcó el número.
Al tercer tono, una voz contestó. Una voz que sonaba como alguien que ha estado llorando y ha decidido hacer como que no.
—Nora Vidal.
—Me llamo Iria Salcedo —dijo ella, mirando el cabo amarillo que ondeaba en el viento—. Estoy en Elantxobe. Necesito hablar con usted sobre Mateo Arístegui.
Un silencio breve. Calculado, no sorprendido.
—¿Es usted policía?
—Soy alguien que tiene las mismas preguntas que usted —dijo Iria—. Y eso, de momento, me parece suficiente.
Otra pausa. Más larga. Al fondo del teléfono se oyó algo: el viento, quizá, o el mar. O una grabación.
—Venga esta tarde —dijo Nora por fin—. Antes de que anochezca.
Colgó.
Iria se quedó mirando el teléfono un momento. Luego miró el agua. Luego el cable que bajaba desde la embarcación hasta el fondo de la cala, quieto ahora, como una pregunta sin respuesta.
En algún lugar ahí abajo, a cuarenta y dos metros de profundidad, había algo que las orcas visitaban cada año.
Mateo Arístegui había pasado tres inviernos intentando averiguar qué era.
Y alguien había decidido que no era buena idea que lo descubriera.