Capítulo Siete Ninguna tormenta dura para siempre
Al cuarto día, mientras Evangeline bordaba en el salón sin prestar verdadera atención a la aguja, oyó un alboroto en la entrada de la casa. Voces alzadas, el sonido de cascos
de caballo, y luego, inconfundible, la voz de su padre gritando algo que ella no logró distinguir del todo.
Cuando entró al vestíbulo, encontró a Alexander de pie frente a Lord Ashworth, empapado por la lluvia que había comenzado a caer, con una expresión de determinación absoluta grabada en cada línea de su rostro.
—Lord Ashworth —estaba diciendo, con una voz que no admitía discusión—, he venido a pedir formalmente la mano de su hija.
No como un capricho, no como un hombre que busca distraerse de sus propios demonios, sino como un hombre que, por primera vez desde que regresó de la guerra, sabe exactamente lo que quiere de su vida.
—Su reputación… —comenzó Lord Ashworth, pero Alexander lo interrumpió sin miramientos.
—Mi reputación puede resistir los chismes de los salones de Londres, señor.
Sobreviví a Salamanca; sobreviviré también a esto.
Lo que no puedo sobrevivir es la idea de pasar el resto de mi vida sabiendo que dejé que la mujer que amo se casara con otro hombre por miedo a un escándalo que, francamente, no me importa en lo más mínimo.
Evangeline sintió que el mundo se detenía. Alexander la vio entonces, de pie en el umbral del salón, y toda la ferocidad de su rostro se suavizó en algo mucho más tierno.
—Recibí tu carta —dijo, acercándose a ella sin importarle la presencia de su padre ni de los criados que observaban boquiabiertos la escena—.
Y por un día entero consideré respetar tus deseos, dejarte ir, protegerte de mí como tú intentabas protegerme de ti.
Pero entonces comprendí algo, Evangeline: pasé dos años en la guerra rodeado de hombres que morían sin haber vivido de verdad, sin haber amado con todo lo que tenían.
No pienso cometer el mismo error por miedo a lo que dirán en los salones de té.
Se arrodilló frente a ella, ignorando por completo el escándalo que aquello representaba, ignorando la mirada furiosa de Lord Ashworth, ignorando todo excepto la mujer que tenía delante.
—Cásate conmigo, Evangeline. No porque tu padre lo ordene, no porque la sociedad lo espere, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, quiero algo con todo mi ser, y ese algo eres tú.
Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Evangeline cuando se arrodilló también, quedando frente a él, y tomó su rostro entre las manos.
—Sí —susurró—. Sí, con todo mi corazón, sí.
Lo que siguió fue un beso que no pidió permiso a nadie, que no le importaron las convenciones ni las miradas escandalizadas, un beso que sabía a lluvia y a lágrimas y a la promesa de todo lo que estaba por venir.
Lord Ashworth, viendo que la determinación de un duque —por muy dañada que la sociedad considerara su reputación— era una fuerza mucho más poderosa que sus propias amenazas, y calculando además que el título y la fortuna de Ravensworth superaban con creces los de Pemberton,
cedió con la gracia forzada de quien descubre que, después de todo, el desenlace le conviene.