El secreto de Lady Evangeline Epílogo Un año después
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Epílogo Un año después

La primavera había regresado a Hampshire, y con ella, los jardines de la mansión Ravensworth florecían en un despliegue de rosas que Evangeline —ahora duquesa de Ravensworth— había plantado con sus propias manos durante el invierno.

Alexander la encontró allí, como cada tarde, sentada bajo el mismo roble donde se habían dado su primer beso de casados, con un libro abierto sobre el regazo que llevaba más tiempo cerrado que leído, porque prefería observar la luz dorada filtrándose entre las hojas.

—Sonríes distinto ahora —dijo él, sentándose a su lado y rodeándola con un brazo—. Como en el retrato de antes de la guerra.

—Y tú también —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Supongo que ambos encontramos, después de todo, la manera de regresar enteros a casa.

Habían pasado la primavera y el verano organizando la biblioteca —ahora biblioteca de ambos, no solo de él— con los libros que Evangeline había ido adquiriendo en sus visitas a Londres, y en otoño planeaban, por fin, emprender el viaje a Italia que ella había soñado durante tantos años en silencio.

Alexander le había prometido Roma, Florencia y Venecia, y ella sospechaba que lo cumpliría con la misma determinación inquebrantable con la que se había arrodillado frente a su padre aquella tarde de lluvia.

Lord Pemberton, decepcionado pero pragmático, había encontrado consuelo —y una esposa considerablemente más entusiasta con su fortuna que con su persona— en la hija de un comerciante de Bristol, y el condado entero, tras el escándalo inicial,

había terminado por aceptar el matrimonio de la duquesa de Ravensworth con la misma

facilidad con que aceptaba cualquier unión que involucrara suficiente fortuna y suficiente encanto social, cualidades que Evangeline, para sorpresa de nadie más que de ella misma, había demostrado poseer en abundancia una vez liberada del peso de fingir ser alguien que no era.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó Alexander, trazando círculos distraídos sobre el hombro de su esposa.

Evangeline lo pensó un momento, observando las rosas que había plantado, ya florecidas en un derroche de rojo y dorado bajo el sol de la tarde.

—De nada —respondió, con total sinceridad—. Ni siquiera de la bofetada de mi padre, porque fue ese mismo dolor el que me hizo comprender exactamente cuánto estaba dispuesta a arriesgar por ti. Y tú, ¿te arrepientes de algo?

—Solo de no haber bailado contigo aquella primera noche, en lugar de esconderme en la terraza como un cobarde.

Ella rió, un sonido claro y libre que se perdió entre las ramas del roble.

—Si hubieras bailado conmigo esa noche, mi amor, jamás habríamos tenido nuestro jardín de sombras. Y creo, sinceramente, que fue allí donde empezamos a salvarnos el uno al otro.

Las cicatrices —las suyas, visibles en su ceja; las de ella, invisibles pero igual de profundas, marcadas por años de sentirse invisible— no habían desaparecido.

Pero ya no dolían de la misma manera. Se habían convertido, con el tiempo y el amor paciente que se profesaban, en el mapa de un camino que los había conducido, contra todo pronóstico, el uno hacia el otro.

Y en los jardines de Ravensworth, donde una vez dos almas heridas se habían encontrado escondiéndose de un baile, ahora florecía algo que ninguna guerra, ningún padre severo y ninguna convención social había logrado destruir: un amor que había elegido, cada día, quedarse.

FIN