Capítulo Seis La verdad sale a la luz
La manera, sin embargo, no llegó con la facilidad que ambos habían esperado.
Lord Ashworth, el padre de Evangeline, descubrió los encuentros secretos gracias a un criado demasiado observador y a una lengua demasiado suelta después de unas copas en la taberna del pueblo. La confrontación, cuando llegó, fue tan violenta como Evangeline había temido.
—¡Un duque arruinado por la guerra! —bramó su padre en la biblioteca familiar, mientras Evangeline permanecía de pie, con la espalda recta y la barbilla alzada, negándose a llorar frente a él—.
¿Sabes lo que dicen de él en Londres? Que apenas puede dormir sin gritar.
Que su propia prometida anterior lo abandonó al ver en lo que se había convertido.
¿Y tú quieres arriesgar el futuro de tus hermanas, el honor de esta familia, por un capricho romántico con un hombre roto?
—No está roto, padre. Está herido. Hay una diferencia, aunque usted jamás se haya tomado la molestia de aprenderla.
La bofetada llegó sin previo aviso, y Evangeline sintió el ardor extenderse por su mejilla, pero no bajó la mirada.
—Te casarás con Lord Pemberton en la fecha acordada —sentenció su padre, con voz gélida—. Y si vuelvo a saber de un solo encuentro más con el duque de Ravensworth, me aseguraré de que su reputación, ya bastante dañada, quede completamente destruida en cada salón de Inglaterra. ¿Me has entendido?
Evangeline pasó la noche siguiente sin dormir, con el rostro aun ardiendo por la bofetada y el corazón hecho pedazos por la amenaza que pendía no sobre ella, sino sobre Alexander.
Sabía lo que su padre era capaz de hacer: tenía suficientes contactos en Londres para envenenar cualquier reputación, sin importar cuán valientemente se hubiera ganado en el campo de batalla.
Se sentó junto a la ventana de su alcoba, envuelta en un chal de lana, observando cómo la luna se deslizaba lentamente sobre los tejados de la propiedad familiar. Pensó en su madre, que años atrás había sido una joven de espíritu vivaz —lo sabía por las
viejas cartas que había encontrado una vez, escondidas en el fondo de un baúl— y que la vida de matrimonio conveniente había ido apagando, año tras año,
hasta convertirla en la mujer resignada y obsesionada con las apariencias que ahora presidía la mesa familiar sin una sola chispa de alegría genuina en la mirada.
No quiero convertirme en eso, pensó Evangeline, con una claridad que la sorprendió por su propia frialdad.
No quiero pasar cuarenta años al lado de un hombre que jamás me miró como Alexander me mira, criando hijos con un extraño, apagándome poco a poco hasta que ya no quede nada de la muchacha que soñaba con ver Roma.
Y, sin embargo, el amor que sentía por Alexander —ese sentimiento nuevo, aterrador en su intensidad— también le exigía un sacrificio distinto: el de protegerlo, incluso a costa de su propia felicidad.
Había visto la determinación en los ojos de su padre.
Sabía que no era una amenaza vacía. Un hombre con la posición social de Lord Ashworth podía, en efecto, susurrar las palabras adecuadas en los oídos adecuados de Londres, y la reputación de un duque ya fragilizada por los rumores de la guerra podría no sobrevivir a un escándalo bien orquestado.
No podía permitir que Alexander pagara ese precio por ella.
Escribió la carta con manos temblorosas, cada palabra costándole como si arrancara un pedazo de sí misma:
Alexander, debemos poner fin a esto. Mi padre lo sabe todo, y ha jurado destruir tu nombre si continuamos.
No puedo ser la causa de tu ruina, no después de todo lo que ya has sufrido.
Cásate con alguien que pueda amarte sin poner en peligro tu honor.
Olvídame, te lo suplico. Es lo único que puedo ofrecerte ahora: la libertad de no cargar también con mi desgracia.
Siempre tuya, aunque no debiera decirlo, E.
Envió la carta con el mensajero de la mañana y pasó los tres días siguientes en un estado de duelo silencioso, convencida de haber hecho lo correcto, de haber salvado a Alexander de la ruina que ella misma habría podido provocarle.