El secreto de Lady Evangeline Capítulo Cinco El precio de un apellido
63%

Capítulo Cinco El precio de un apellido

Los días que siguieron trajeron consigo una tortura exquisita.

Evangeline, con el tobillo aún vendado, encontraba pretextos para pasear por los senderos que separaban la finca de su familia de las tierras de Ravensworth, y en más de una ocasión se topó —¿por accidente, o por un acuerdo tácito jamás pronunciado en voz alta?

— con Alexander, que cabalgaba por los mismos senderos a las mismas horas.

Hablaban de todo y de nada. De los libros que él había leído durante las largas noches de campaña.

De los sueños que ella guardaba en secreto, sueños de viajar más allá de Hampshire, de ver Roma y Florencia, sueños que jamás se había atrevido a confesar a nadie más.

Cada encuentro era una hebra más en un lazo que se tejía entre ellos con la paciencia de quien sabe que lo que construye es frágil y prohibido.

Porque prohibido era, sin duda alguna. El compromiso con Lord Pemberton avanzaba con la inexorabilidad de una maquinaria bien engrasada: las capitulaciones matrimoniales se estaban redactando,

la fecha de la boda —la primavera siguiente— ya circulaba entre las familias del condado como un hecho consumado.

—No puedo permitir que te cases con él. —Alexander lo dijo una tarde de noviembre, mientras caminaban junto al riachuelo que bordeaba los límites de ambas propiedades, las hojas doradas crujiendo bajo sus pies.

Había dejado de llamarla "mi lady" hacía ya varias semanas, un privilegio que ella le había concedido en la intimidad de sus encuentros secretos—.

No puedo, Evangeline. La sola idea de que ese hombre te toque, de que reclame como suyo lo que…

—¿Lo que es tuyo? —completó ella, con una media sonrisa que escondía el dolor real de la situación—. Alexander, no soy una propiedad que se transfiere de un dueño a otro. Aunque a veces mi padre lo entienda de esa manera.

—Perdóname. —Se detuvo y tomó sus manos entre las suyas, con una urgencia que revelaba cuánto le costaba mantener la compostura—. No quise decir eso. Quise decir que no puedo soportar la idea de perderte antes siquiera de haberte tenido del todo.

El corazón de Evangeline se aceleró.

—¿Y qué propones, entonces? Mi padre jamás rompería un compromiso tan ventajoso por capricho de una hija.

Y tú… —Dudó, porque la pregunta que quería hacer le daba más miedo que cualquier otra cosa que hubiera enfrentado—.

Tú regresaste de la guerra distinto, según dicen todos.

¿Estás seguro de que lo que sientes por mí no es solo la necesidad de aferrarte a algo que te haga sentir vivo de nuevo?

La pregunta lo golpeó con la fuerza de una bofetada. Por un instante, Evangeline temió haberlo ofendido más allá de toda reconciliación. Pero él, en lugar de apartarse, le apretó las manos con más firmeza.

—Es una pregunta justa —dijo, con voz ronca—.

Y te debo una respuesta honesta. Es cierto que regresé de España sintiéndome como un fantasma habitando mi propia vida.

Es cierto que durante meses no sentí nada, ni alegría ni tristeza, solo el peso gris de los días pasando uno tras otro.

—Le sostuvo la mirada con una intensidad que no dejaba lugar a dudas—.

Pero lo que siento contigo, Evangeline, no es la necesidad desesperada de un hombre roto que busca cualquier cosa que lo haga sentir vivo.

Es algo mucho más simple y mucho más aterrador: eres la primera persona, desde mi regreso, con quien puedo ser yo mismo sin fingir.

No el duque. No el héroe de guerra que todos esperan que sea.

Solo Alexander. Y esa verdad no ha cambiado en las semanas que llevamos viéndonos; solo se ha hecho más profunda.

Las lágrimas que Evangeline había estado conteniendo finalmente se derramaron.

—Entonces encontraremos la manera —susurró—. No sé cómo, pero la encontraremos.