El secreto de Lady Evangeline Capítulo Cuatro La biblioteca a medianoche
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Capítulo Cuatro La biblioteca a medianoche

El mensajero de Lord Ashworth llegó esa misma tarde para llevarla de vuelta a casa, y durante una semana entera Evangeline no encontró pretexto alguno para regresar a Ravensworth sin levantar sospechas.

La ausencia se convirtió en una tortura distinta a la anterior: ya no era la indiferencia la que la consumía, sino la certeza insoportable de saber exactamente lo que se estaba perdiendo cada día que no podía verlo.

La ocasión se presentó, como suelen presentarse estas cosas, de la manera más inesperada.

Lord y Lady Ashworth habían sido invitados a cenar en Ravensworth —una cortesía protocolaria entre vecinos de fortuna, insistió su padre, nada más— y Evangeline pasó la velada entera conteniendo el impulso de mirar a Alexander más de lo que la etiqueta permitía,

mientras la conversación de sobremesa giraba en torno a las cosechas y los precios del trigo.

Fue después, cuando los caballeros se retiraron a fumar y las señoras a tomar el té en el salón contiguo, que Evangeline aprovechó un instante de distracción general para escabullirse hacia la biblioteca, guiada por un impulso que no se molestó en examinar demasiado.

Alexander la encontró allí menos de diez minutos después, como si hubiera intuido exactamente dónde buscarla.

—Esto es una imprudencia —murmuró él, cerrando la puerta con suavidad tras de sí—. Si alguien nos encuentra aquí, solos, a estas horas…

—Entonces no tardemos —respondió ella, y la osadía de sus propias palabras la sorprendió incluso a sí misma.

La biblioteca estaba iluminada apenas por el fuego de la chimenea y una única vela sobre el escritorio, y las sombras danzaban sobre los lomos dorados de cientos de libros que Alexander, según le había confesado antes, había leído casi todos durante los meses de convalecencia tras su regreso.

Había algo profundamente íntimo en aquel espacio, en el silencio cargado de expectación, que no se parecía a nada de lo que Evangeline hubiera experimentado en los salones de baile.

—Te he echado de menos —dijo él, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos, deliberados, como si temiera romper el hechizo del momento con demasiada premura—. De una manera que no sabía que fuera posible echar de menos a alguien a quien apenas conozco desde hace unas semanas.

—No hables como si fuéramos desconocidos, Alexander.

—Evangeline alzó una mano y la posó sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la tela del chaleco—.

Sé más de ti de lo que he sabido nunca de ningún otro hombre.

Sé que no puedes dormir cuando llueve, porque te recuerda al barro de los campamentos.

Sé que sonríes de lado, no del todo, cuando algo te divierte de verdad y no solo por cortesía.

Sé que lees poesía a solas, aunque jamás lo admitirías delante de tus amigos de Londres.

Él la observó con una expresión que oscilaba entre el asombro y algo mucho más profundo.

—¿Cómo has aprendido todo eso en tan poco tiempo?

—Porque te he estado prestando atención. De la misma manera en que sospecho que tú me has estado prestando atención a mí.

La mano de Alexander se alzó para cubrir la de ella sobre su pecho, y luego, con una lentitud casi reverente, trazó el contorno de su mejilla, de su mandíbula, deteniéndose bajo su barbilla para inclinar su rostro hacia arriba.

—Sé que finges estar contenta cuando en realidad estás agotada de fingir —susurró él—.

Sé que tus ojos color avellana se oscurecen cuando te apasiona un tema, como cuando hablas de Italia o de los libros que has leído a escondidas de tu institutriz.

Sé que tienes más coraje en el dedo meñique que la mayoría de los hombres que conocí en el ejército, porque enfrentas cada día una guerra silenciosa contra las expectativas de todos a tu alrededor, y lo haces sin que nadie te condecore por ello.

El beso que siguió no tuvo nada de la cautela reverente del primero.

Fue un beso hambriento, urgente, cargado de todas las semanas de anhelo contenido, y Evangeline se aferró a las solapas de su chaqueta como si temiera que el suelo fuera a desaparecer bajo sus pies.

Las manos de Alexander recorrieron su espalda con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus labios, deteniéndose en la curva de su cintura, y ella sintió que algo profundo dentro de sí, algo que había mantenido cuidadosamente encerrado durante años de decoro impuesto,

finalmente se liberaba.

—Si continuamos así —dijo Alexander, con una risa ronca que vibró contra su piel—, no voy a ser capaz de comportarme como el caballero que se supone que soy.

—Quizás —murmuró Evangeline, con una audacia que la sorprendió— no quiero que te comportes como un caballero esta noche.

Él se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, buscando en ellos cualquier rastro de duda. No encontró ninguno.

—Evangeline. —Su voz era apenas un susurro, cargado de una pregunta que no necesitaba palabras.

Ella respondió cerrando la distancia que él había abierto, sus labios encontrando los suyos con una certeza que disolvió cualquier resto de vacilación. Alexander cerró la puerta de la biblioteca con llave, y el mundo exterior —Lord Ashworth, la sociedad,

las capitulaciones matrimoniales aún sin firmar— se desvaneció, por unas horas, más allá de aquellas paredes forradas de libros.

El fuego de la chimenea fue testigo silencioso de una noche que ninguno de los dos olvidaría jamás: una noche donde las palabras dieron paso a otro lenguaje, más antiguo y honesto, el de dos personas que se entregaban por completo, sin reservas ni miedos,

sellando con el cuerpo lo que ya habían sellado con el alma semanas atrás, en un jardín oscuro, la primera vez que se atrevieron a ser sinceros el uno con el otro.

Cuando el reloj de la biblioteca marcó las tres de la madrugada, Evangeline yacía con la cabeza apoyada sobre el pecho de Alexander, escuchando el latido pausado de su corazón, sintiendo sus dedos trazar formas perezosas sobre su hombro desnudo.

—No hay vuelta atrás para nosotros —murmuró ella, sin un ápice de arrepentimiento en la voz.

—No la quiero —respondió él, besando su cabello—.

Cuando te tenga como mi esposa, ante Dios y ante el mundo entero, será solo la confirmación pública de lo que ya sé desde esta noche: que eres mía, Evangeline, tanto como yo soy tuyo.

El resto —la boda, las capitulaciones, la aprobación de tu padre— son solo formalidades que el mundo necesita presenciar. Nosotros ya lo sabemos.

Las palabras, más que cualquier caricia, fueron las que terminaron de conquistar el corazón de Evangeline por completo.