El secreto de Lady Evangeline Capítulo Tres Confesiones junto al fuego
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Capítulo Tres Confesiones junto al fuego

La mansión Ravensworth, mientras el ama de llaves preparaba un ungüento para el tobillo de Evangeline y enviaba un mensajero a avisar a su familia, resultó ser mucho menos fría de lo que los rumores del condado sugerían.

Había libros por todas partes, en pilas desordenadas sobre las mesas, y un retrato de un joven Alexander sonriente —antes de la guerra, dedujo ella— colgaba sobre la chimenea del salón donde la instalaron a esperar.

Cuando el ama de llaves se retiró a preparar té, Alexander permaneció, apoyado contra la repisa de la chimenea, observándola con una atención que la hacía sentir simultáneamente expuesta y curiosamente segura.

—Ese retrato —dijo Evangeline, señalando el cuadro con un gesto—. Usted sonreía distinto entonces.

Él no apartó la mirada del fuego.

—Todos sonreíamos distinto entonces. Antes de saber lo que sabemos ahora.

—¿Y qué es lo que sabe ahora, excelencia, que no supiera antes?

El silencio se extendió, roto solo por el crepitar de los leños. Cuando por fin habló, su voz había perdido todo rastro de la ironía habitual.

—Que un hombre puede sobrevivir a una batalla y aun así no regresar entero a casa.

Que hay heridas que no sangran pero que duelen más que las que sí lo hacen.

—Se volvió para mirarla, y sus ojos grises brillaban con una vulnerabilidad que Evangeline sospechaba que muy pocas personas habían presenciado—.

Perdí a hombres bajo mi mando, Lady Evangeline.

Hombres que confiaron en mis decisiones y que ahora yacen bajo tierra extranjera por ello.

Uno aprende, después de eso, que las sonrisas fáciles se quedaron en otro país, junto con el joven que las sonreía.

Evangeline sintió que se le encogía el pecho. No respondió de inmediato, porque comprendía —quizás mejor que la mayoría de las jóvenes de la alta sociedad— lo que significaba llevar un peso que nadie más podía ver.

—Yo también he aprendido algo, en estos últimos meses —dijo finalmente—. Que se puede sonreír en todos los bailes, aceptar todas las invitaciones a té, y aun así sentirse completamente invisible. Que uno puede estar rodeado de gente y sentirse más solo que en cualquier jardín oscuro.

Él la observó con una intensidad renovada.

—¿Es eso lo que siente respecto a Lord Pemberton?

La pregunta, directa y sin adornos, la tomó desprevenida. Evangeline bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el regazo.

—Lord Pemberton es un hombre respetable. Mi padre asegura que seré bien cuidada, que su fortuna garantizará el futuro de mis hermanas menores…

—Esa no es la pregunta que le hice.

Ella alzó la vista, sorprendida por la firmeza en su tono.

—No —admitió en un susurro—. No siento nada por Lord Pemberton. Ni felicidad, ni afecto, ni siquiera el desagrado suficiente para justificar una negativa ante mi padre. Simplemente… nada.

Alexander cruzó el salón despacio, como si temiera romper algo frágil con movimientos bruscos, y se arrodilló frente a la silla donde ella estaba sentada, quedando sus rostros a la misma altura.

—Eso, mi lady, me parece la peor de las tragedias. No el desamor, sino la indiferencia.

Estaban tan cerca que Evangeline podía contar las motas más oscuras en sus ojos grises. El aire entre ellos pareció espesarse, cargado de algo peligroso e inevitable.

—¿Y usted, excelencia? —preguntó ella, con la voz apenas audible—. ¿Ha sentido usted algo, desde que regresó, que no fuera indiferencia?

Él no respondió con palabras. Alzó una mano y, con una delicadeza que contradecía la fuerza que ella había sentido al sostenerla sobre el caballo, le rozó la mejilla con los nudillos.

—Desde la noche del baile, Lady Evangeline, he sentido de todo menos indiferencia.

El beso, cuando llegó, fue lento y deliberado, como si él estuviera dándole a ella todas las oportunidades del mundo para apartarse. Ella no lo hizo. En cambio, cerró los ojos y se permitió, por primera vez en meses, sentir algo que no fuera obligación o resignación.

Fue el sonido de pasos en el pasillo lo que los separó. Alexander se incorporó justo cuando el ama de llaves entraba con la bandeja del té, y ambos recompusieron sus expresiones con la práctica de quienes han aprendido a esconder lo que realmente importa.

Pero algo había cambiado entre ellos, irrevocablemente, y ambos lo sabían.