El secreto de Lady Evangeline Capítulo Dos El hombre que la guerra dejó atrás
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Capítulo Dos El hombre que la guerra dejó atrás

No volvieron a hablar esa noche. Un criado llamó a Evangeline de vuelta al salón —su madre la reclamaba, furiosa, para presentarla a otro caballero de fortuna considerable— y cuando ella miró atrás, el duque ya no estaba en la terraza.

Pero el encuentro se quedó con ella como una brasa bajo la ceniza.

Durante los días siguientes, Evangeline se sorprendió pensando en él con una frecuencia que la avergonzaba. En sus ojos grises. En la cicatriz de su ceja. En la

manera en que había hablado de esconderse, como si llevara ese jardín de sombras consigo a todas partes.

El pueblo hablaba de Ravensworth con una mezcla de admiración y recelo.

Había heredado el título de su hermano mayor, muerto de fiebres dos años atrás, y había regresado de la Península con el cuerpo entero pero, según decían las criadas entre susurros, con algo roto por dentro.

Su prometida de antaño, una joven de Londres, había roto el compromiso al enterarse de que él ya no era el mismo hombre alegre que había partido a la guerra.

Evangeline no daba crédito a los chismes con facilidad. Había aprendido, criándose bajo la sombra de un padre severo y una madre obsesionada con las apariencias, que la verdad de una persona rara vez coincidía con lo que se contaba de ella en los salones de té.

La ocasión de comprobarlo llegó una semana después, durante una cacería organizada por Lord Pemberton, su prometido, en las tierras que lindaban con la finca Ravensworth.

Evangeline, que detestaba montar en las cacerías formales, se había alejado del grupo con la excusa de admirar el paisaje otoñal, cuando su yegua tropezó en un terreno traicionero y la arrojó al suelo.

El dolor le recorrió el tobillo como una descarga. Antes de que pudiera incorporarse, oyó cascos de caballo aproximándose a toda velocidad.

—No se mueva. —Era él. Desmontó de un salto y se arrodilló a su lado con una premura que contradecía por completo la languidez calculada que había mostrado en el baile—. ¿Puede sentir los dedos de los pies?

—Sí, sí, estoy bien, solo es el tobillo…

Pero cuando intentó incorporarse, un latigazo de dolor le arrancó un grito ahogado. Alexander la sostuvo antes de que volviera a caer, y por un instante —apenas un latido— sus rostros quedaron a la distancia de un aliento.

—Torcido, no roto, gracias al cielo —dijo él, examinando el tobillo con manos sorprendentemente delicadas para un hombre de su envergadura—. La llevaré a la casa. Está más cerca que su grupo

—Excelencia, no es apropiado que yo…

—Lady Evangeline. —La miró directamente a los ojos, y ella percibió, por primera vez, el cansancio profundo que se escondía tras la fachada de ironía—.

Puede caminar sobre ese tobillo destrozado kilómetro y medio hasta encontrar a su grupo, con el riesgo de empeorar la lesión, o puede permitir que un caballero la ayude sin que ello constituya un escándalo de proporciones bíblicas.

Le prometo que la reputación de ambos sobrevivirá.

A pesar del dolor, ella no pudo evitar una risa breve.

—Está bien. Pero solo porque el argumento es razonable, no porque usted lo haya hecho sonar arrogante a propósito.

Una sombra de sonrisa genuina —la primera que ella le veía— iluminó su rostro.

—Todo lo que hago es a propósito, mi lady. Es una de las pocas certezas que la guerra me dejó intactas.

La llevó en su caballo hasta la mansión Ravensworth, con un brazo firme rodeándole la cintura para sostenerla, y Evangeline pasó todo el trayecto intentando, sin éxito, ignorar el calor de su cuerpo contra el suyo y el latido errático de su propio corazón.