El secreto de Lady Evangeline Capítulo Uno El baile de los Ashworth
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El secreto de Lady Evangeline

El secreto de Lady Evangeline

Por Eva Rossi

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Capítulo Uno El baile de los Ashworth

Hampshire, Inglaterra, 1814

Lady Evangeline Ashworth había aprendido, a sus veintidós años, que existían dos formas de sobrevivir a un baile: fingir que se divertía o desaparecer entre las sombras del jardín antes de que alguien reparase en su ausencia.

Esa noche, con la orquesta desgranando un vals interminable y su madre lanzándole miradas cargadas de advertencias desde el otro extremo del salón, Evangeline optó por la segunda.

Se deslizó junto a las cristaleras, sorteando a un grupo de matronas que discutían sobre la última cosecha de pretendientes de la temporada, y salió a la terraza.

El aire de octubre le mordió la piel desnuda de los hombros, pero lo prefería mil veces al calor sofocante del salón, donde cada mirada masculina parecía tasarla como si fuera una yegua en subasta.

—Huyendo, supongo.

La voz, grave y con un deje de ironía, llegó desde la penumbra. Evangeline se volvió con el corazón acelerado y encontró una silueta apoyada contra la balaustrada de piedra, un cigarro sin encender entre los dedos.

—Prefiero llamarlo una retirada estratégica —respondió, irguiendo la barbilla. No podía distinguir bien su rostro, pero algo en la postura, en la calma deliberada de sus movimientos, le resultó inquietantemente atractivo.

El hombre dio un paso hacia la luz que se filtraba desde el salón, y Evangeline contuvo el aliento.

Lo reconoció de inmediato, aunque jamás se habían dirigido la palabra: Alexander Sinclair, duque de Ravensworth.

Había regresado de la guerra hacía apenas un mes, y desde entonces las malas lenguas de todo el condado no hablaban de otra cosa.

Decían que había cambiado. Que ya no era el joven risueño que partió hacia España, sino un hombre marcado por algo que nadie se atrevía a nombrar en voz alta.

Tenía una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, y sus ojos, de un gris tormentoso, la observaban con una intensidad que le erizó la piel.

—Lady Evangeline Ashworth —dijo él, inclinando levemente la cabeza—. No esperaba encontrar compañía tan encantadora escondiéndose de su propio baile de compromiso.

Ella se tensó.

—No es mi baile de compromiso, excelencia. Todavía no.

—Ah. —Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios—. Un simple tecnicismo, según tengo entendido. Lord Pemberton parece muy seguro de sus intenciones.

El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque quieto.

Evangeline sintió que la vergüenza le encendía las mejillas, no porque le importara lo que aquel desconocido pensara, sino porque él había puesto voz a la verdad que ella llevaba semanas evitando: su padre había decidido su futuro,

y ese futuro tenía el rostro áspero y la fortuna considerable del vizconde Pemberton, un hombre treinta años mayor que ella.

—Las intenciones de Lord Pemberton no son de su incumbencia, excelencia.

—Tiene razón. Le pido disculpas. —Sin embargo, no sonaba arrepentido en absoluto.

Se acercó un paso más, y ella percibió el aroma a brandy y a algo más profundo, a humo de leña y noche fría—.

Permítame otra pregunta, entonces, una que sí sea de mi incumbencia: ¿por qué una mujer huye de su propio compromiso hacia la oscuridad de un jardín, sola, en lugar de bailar bajo las luces con el hombre que pronto será su esposo?

Evangeline debería haber vuelto adentro en ese instante.

Cualquier dama sensata lo habría hecho. Pero había algo en la manera en que él la miraba —sin la lástima con que la miraban las demás matronas, sin la codicia con que la miraban los hombres solteros del condado— que la mantuvo clavada en el sitio.

—Porque el jardín no me pide que sonría —respondió al fin, en voz baja—. Y la oscuridad no exige explicaciones.

Por un instante, algo cambió en el rostro del duque. La ironía se desvaneció, sustituida por una expresión que Evangeline no supo interpretar del todo: reconocimiento, quizás. O compasión.

—Entonces tenemos algo en común, milady —murmuró—. Yo también he venido a esconderme.