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—Papá, necesito hablar contigo.
El príncipe Mijail Voronin hizo un gesto a su hijo para que entrara en su gabinete y le señaló un sillón.
—Tú dirás, Alexei.
—¿Recuerdas cuando te hablé de la dama inglesa?
—Cómo olvidarlo. Creí que tu madre se iba a desmayar cuando se lo conté.
—Bien. Pues está aquí, en San Petersburgo. Y no ha venido sola. Papá, tengo un hijo. Lo ha traído para que lo conozca.
—Hijo mío, con todo respeto, ¿estás seguro de que es tuyo?
Alexei se puso violentamente en pie.
—Papá, te lo ruego. No sigas por ahí o me veré obligado a decir algo de lo que me arrepentiré toda mi vida.
Ese chico es hijo mío, sangre de mi sangre.
Dejé encinta a Lady Agnes, Olga para mí, y lo ha guardado en secreto hasta la mayoría de edad de George.
Papá, Olga y yo nos casaremos públicamente y reconoceré a mi hijo.
Quiero que los conozcas porque después de la boda vivirán aquí conmigo.
Sería un consuelo para mí que mamá y tú los aceptarais.
—¿Dónde están ahora?
—En un hotel con los sobrinos de Olga, Lady Margaret y el Honorable Edward Wilson.
—Tienen que instalarse mejor. Le pediré a mi prima Irina que los aloje. Su palacio es enorme y vive sola.
—Papá, Irina tiene la lengua muy larga. En cuanto sepa quiénes son se enterará todo el Imperio; y yo necesito discreción durante un tiempo.
—No te falta razón. Además recibe muchas visitas y terminará por saberse antes de tiempo. Déjame pensar, Alexei. Algo se me ocurrirá.
Dos días antes del baile Margaret se encontró al salir de su habitación a Agnes y a Edward hablando tranquilamente con un hombre inglés muy bien vestido. Se sorprendió al verlos.
—¿Qué ocurre?
—Nos mudamos, querida. Lord Sutherland nos invita a su casa, dice que es un lugar más adecuado para nosotros que un hotel. Que preparen nuestro equipaje.
George recibió el mismo trato que el resto de la familia. Agnes lo presentó como George Henry Baxter, primo de Margaret. El ayudante de Edward pasó a serlo también del joven mientras encontraban otro para él.
Tanto George como Agnes esperaban con emoción y nerviosismo el momento del baile, porque no solo Alexei estaba invitado sino también sus padres. No era una fiesta muy concurrida pero todos los asistentes habían sido cuidadosamente seleccionados. Alexei vio muchas caras conocidas.
—Alteza, permitidme presentaros a nuestros compatriotas invitados, Lady Agnes Baxter, Lady Margaret y su esposo el Honorable Edward Wilson y el señor George Baxter.
Alexei se acercó decididamente a los ingleses con el corazón latiéndole al máximo.
Solo tenía ojos para Agnes, que destacaba con su vestido violeta de París, los diamantes y el collar de perlas azules que había llamado la atención.
Junto a ella Margaret, con un suntuoso vestido de color rosa pálido bordado en plata y brillantes dispersos en el cabello trenzado, le miró asombrada.
El príncipe cogió la mano de Agnes llevando los dedos a sus labios en un gesto muy íntimo antes de besarla en las mejillas.
Besó la mano de Margaret, quien le dedicó una reverencia, y saludó a Edward que le hizo una inclinación de cabeza.
Abrazó a George, guapísimo con su traje de etiqueta.
Todos los miraban. A Lady Sutherland se le cayó la copa, que se estrelló contra el suelo de mármol.
—Querida, contrólate —le susurró su marido.
—¿Te has dado cuenta, Mortimer? —preguntó susurrando también—. Son idénticos.
El príncipe Mijail y la princesa Yelena se quedaron inmóviles mirando a George.
—¿Y te has atrevido a dudar de que ese chico fuera hijo de Alexei y nieto nuestro? —dijo en voz baja Yelena—. Es tan idéntico a nuestro hijo que si se perdiera en una calle de San Petersburgo nos lo traerían a la puerta principal del palacio.
—Querida, es usted una delicia —le dijo a Agnes el padre de Alexei—. Y usted, joven George, el vivo retrato de nuestro hijo.
—Os esperamos mañana, tenemos mucho de qué hablar.
—Allí estaremos, princesa Yelena.
Alexei no se separó de Agnes. Se lanzaron a un vals y como aquella vez en Londres él la levantó del suelo girando con ella.
—Así que los jóvenes que te acompañan son tus sobrinos.
—Mi sobrina Margaret y su esposo Edward. Ella también ha vivido una historia increíble que afortunadamente ha tenido un final feliz. Te la contaremos. Edward es junto con su padre abogado de nuestra familia, un hombre extraordinario. Se aman muchísimo.
—Y yo te amo muchísimo a ti, Olga mía.
Edward y Margaret también bailaban, todavía impresionados.
—El abuelo se va a quedar estupefacto cuando se entere de todo. Pobre hombre. ¿Crees que tía Agnes debió haberse sincerado con él?
—Ella solo deseaba proteger a su hijo de la maledicencia, Margaret.
El estigma de bastardía le hubiera perseguido siempre y arruinado socialmente.
Tu tía fue muy valiente enfrentándose a una situación así ella sola.
Me alegro de que papá la ayudara. Aunque conociendo a tu abuelo y sabiendo la debilidad que siente por Agnes estoy seguro de que se hubiera mostrado comprensivo.
En todo caso esta historia tiene el final feliz que se merece, como la nuestra. Y tu tía y tu primo, príncipes.
—Es como un cuento de hadas.
—Tú sí eres un hada, amor mío. Llenas de magia mi vida. ¿Sabes que me enamoro de ti cada día?
—Y yo de ti, Edward.
—Mi preciosa, preciosa y dulce Margaret. Estoy deseando que termine la fiesta —le susurró roncamente.
—¿Por qué?
—¿Tú qué crees, amor mío?
Lady Sutherland, que se desplazaba entre los invitados pendiente de cada uno de ellos, cogió familiarmente del brazo a Agnes. Alexei le sonrió.
—¿Saben que nos tienen a todos sobre ascuas? Pero nadie ha preguntado nada.
—La Honorable Dama y yo somos viejos conocidos. Hacía muchos años que no nos veíamos.
—He visto cómo la princesa Irina se ponía los lentes para mirar al joven y atractivo señor Baxter. Y nunca se los pone en público.
—La perdonaremos su curiosidad en atención a sus años.
—Querido príncipe, incluso yo me he dado cuenta.
—¿De qué se ha dado cuenta, Lady Sutherland?
—Nada, Alteza. Cosas mías. Hacen ustedes una pareja encantadora —y se alejó para atender a otros invitados.
—No se les escapa un detalle —comentó Agnes—. Por cierto, ¿con quién está hablando George?
—Nuestro hijo está triunfando en sociedad incluso antes de que se sepa quién es. Esa bella joven es la princesa Gala Alexandrovna Sokolova. Una dama muy conveniente para él en todos los aspectos. Olga… ¿qué te ocurre?
—Nada, amor mío. Me he emocionado al verlos. He recordado a un joven príncipe pidiéndome un vals cuando yo misma era una jovencita. Cómo ha pasado el tiempo, Alexei.
—Para ti no, Olga. Sigues siendo la jovencita que me enamoró. Si te he levantado del suelo sin ningún esfuerzo, tu cintura cabe entre mis manos como aquella vez. ¿Has visto cómo te miran? Están deseando saber quién eres. Y yo que lo sepan.
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Agnes y George fueron recibidos en el palacio por los padres de Alexei. George los llamó por sus títulos.
—Yo soy tu abuelo Mijail, joven George.
—Y yo tu abuela Yelena. ¿Sabes algo de nuestro país?
—He recibido lecciones de historia, lo que no hablo es el idioma.
—Te pondremos un profesor. Pero entre nosotros hablamos francés. Y ahora cuéntanos tu historia, querida Agnes.