-2-
El príncipe Alexei abrió el sobre y leyó la invitación. Inspiró fuerte. Se estaba negociando la paz y las cláusulas no iban a ser las mejores para el Imperio Ruso.
—No sé si acudir o declinar el honor, papá —le dijo muy serio a su padre—. ¿Tú crees que es buen momento para esta clase de fiestas?
—No sé qué decirte, Alexei. Yo también lo estoy pensando, pero creo que finalmente tu madre y yo iremos.
—Entonces os acompañaré. Mejor los tres juntos. Dudo de que seamos los únicos rusos invitados.
—La madre de Darya ha venido a ver a tu madre. Ha preguntado por ti.
—¿Está aquí ahora? —Alexei hizo un gesto de desagrado. Su padre asintió.
—Están las dos en el gabinete de tu madre, las he dejado solas. Creo que sería correcto que entraras a presentarle tus respetos, sigue siendo la madre de tu difunta esposa.
—No tengo nada que decirle. Además me disgusta verla.
No sabía que mamá y ella siguen en contacto.
Papá, esta es vuestra casa pero por favor dile a mamá que me avise cuando vaya a recibirla, así me podré marchar antes de que llegue.
Aunque preferiría que se vieran en casa de la duquesa, no me gusta saberla aquí.
Nunca tuvimos buena relación y ella ya no es mi suegra aunque sea amiga de mamá. Intenta que lo entienda, por favor.
—Se lo diré, Alexei. Espero que me haga caso por una vez.
—Papá, si mamá hace todo lo que tú le pides.
—No lo creas, hijo. Aunque no te lo parezca llevo toda mi vida haciendo lo que desea tu madre —ambos rieron.
Unos golpes en la puerta los interrumpieron. Alexei se quedó rígido temiendo que su antigua suegra deseara importunarle.
—Una carta oficial para Su Alteza Alexei Mijailovich.
Alexei cogió el sobre maquinalmente y lo miró. Después miró a su padre.
—Qué extraño. Es del representante británico. Dos cartas el mismo día.
—Ábrela, Alexei. Esa no es para invitarte a una fiesta.
Alexei comenzó a leer y su rostro se relajó un tanto.
—Me ruega que acuda a su despacho el día y la hora que me vengan bien para tratar un asunto urgente. Voy a responderle ahora mismo. Si le corre tanta prisa iré mañana.
—¿Qué asunto tan urgente es ese?
—No lo sé, papá. No dice más.
En cuanto recibió la confirmación de Alexei, el diplomático británico avisó a Agnes. El príncipe no sabía nada, tal como ella había pedido. La reunión sería a las once en punto de la mañana.
Después del desayuno, y esquivando de nuevo la curiosidad de sus sobrinos, Agnes y George Lennox se dirigieron al despacho de Lord Sutherland, que los recibió ceremoniosamente.
—Lady Agnes, todo se ha preparado según sus deseos. Espere por favor en este gabinete. En cuanto llegue el príncipe le haré pasar. ¿Puedo ofrecerle un té?
—No es necesario, gracias. Estoy bien así. George, te avisarán en cuanto te necesite. Lord Sutherland, le ruego que disponga un lugar donde mi ahijado pueda esperar cómodamente.
Como había hecho en su primera entrevista, el diplomático miró con sumo interés a George Lennox pero no movió ni un músculo.
Le acompañó a una sala de espera privada y ordenó que le sirvieran té y lo que le apeteciera.
Por su parte, Alexei llegó puntual preguntándose para qué le había llamado Lord Sutherland y cuál sería aquel asunto que requería su presencia.
—Gracias por venir, Alteza.
—¿Y bien? ¿Cuál es ese asunto tan urgente, señor?
—Acompáñeme por favor —ante la puerta del gabinete llamó y asomó la cabeza—. Su Alteza Real el príncipe Voronin está aquí. Adelante, príncipe.
Alexei vio una mujer alta vestida de violeta y negro con la cara cubierta por el velo del sombrero, que levantó en cuanto él cerró la puerta. Un escalofrío le estremeció de la cabeza a los pies.
—¡Olga! ¡Olga!
—Alexei…
Temblaban los dos de emoción. Corrieron uno hacia el otro y se fundieron en un abrazo largo e intenso. Temblaban de emoción y por los sollozos que los sacudían. No dejaban de abrazarse en silencio. No podían hablar. Tras llorar hasta vaciarse se secaron las lágrimas mutuamente.
—Amor mío, mi Olga. Estás aquí de verdad.
—Es un milagro, Alexei. Deseaba venir a San Petersburgo aun sin saber si te encontraría. Pero el destino me ha ayudado. Qué agradecida me siento. Ya puedo volver a Inglaterra en paz y llena de alegría porque te he visto una vez más.
—¿Volver? ¿Ahora que por fin estamos juntos?
—Cómo voy a quedarme, Alexei. A tu esposa no le gustaría.
Alexei se sentó en el sofá de caoba tapizado en verde oscuro y atrajo a Agnes hacia él. Le acarició la cara y los labios sin atreverse a besarla, sí besó el anillo y rozó el camafeo.
—Aún los llevas —dijo en voz baja. Suspiró y apoyó su frente en la de ella—. Soy viudo, Olga. Darya murió hace dos años. Nunca fuimos felices pero ella descansa en paz y yo soy libre. Libre para elegir y decidir.
—¿Eres libre? —los ojos de Agnes volvieron a llenarse de lágrimas—. Amor mío, entonces si aún me amas me quedaré contigo, aquí o donde sea. Me da igual mientras no volvamos a separarnos. Alexei, siempre he respetado mis votos matrimoniales.
—Y yo los míos, alma de mi vida. Siempre te he sido fiel. Nunca he tenido amantes por respeto a ti. Cada día de mi vida durante estos años tú has sido mi único amor, todos mis pensamientos han estado contigo.
—Y los míos contigo. Además he seguido manteniendo el secreto de nuestro matrimonio.
—Yo lo rompí poco antes de que muriera Darya, se lo confesé todo a mi padre. Quería que entendiera lo desdichado que me sentía, lo fracasado pese a mis glorias terrenales. Tenemos tanto que decirnos, amor mío.
—Mucho más de lo que imaginas.
Tímidamente al principio, Alexei comenzó a besarla primero suavemente, un roce de labios. Agnes sintió las mismas emociones que años atrás y le correspondió con ansiedad, dejando que él explorase su boca y ella buscando y reconociendo el sabor que no había olvidado. Rio y lloró a la vez.
—Estaba planeando ir a buscarte en cuanto mis obligaciones me lo permitieran; ya hubiera ido de no ser por la guerra. No sabía dónde podrías estar, pero estaba decidido a todo para encontrarte, incluso recurriendo a la reina Victoria.
—Sigues tan impetuoso, Alexei.
—Loco de amor por ti, Agnes. Ahora lo principal es hacer público nuestro matrimonio y celebrar la ceremonia oficialmente. Después vendrás a mi casa como mi esposa, mi única, auténtica y amada esposa. Por fin.
—Por fin, Alexei. Te amo muchísimo.
—Y yo te amo a ti, Olga mía. Más que a nada ni nadie en el mundo. Tengo tanto que contarte. Te he escrito infinidad de cartas que nunca te envié.
—Yo también tengo un enorme paquete de cartas para ti.
—Y ahora tenemos todo el tiempo del mundo para leerlas.
—Además debes saber otra cosa, querido mío. Algo muy importante que también he guardado en secreto para todos excepto para el abogado de mi familia, que está emparentado con nosotros, y para mi doncella personal. Ambos juraron no revelar nunca lo que sabían.
—¿De qué se trata, cariño?
—Espera un segundo, por favor. Ahora lo sabrás.
Abrió la puerta y pidió que llamaran a George. El joven, impecablemente vestido, entró despacio. Alexei levantó los ojos hacia él y se puso en pie de un salto.
—¡Dios mío!
—Sí, Alexei. Es tu hijo. Yo le llamé George Henry. George, saluda a tu padre el príncipe Alexei MijailovichVoronin.
George besó la mano de Alexei, que le abrazó. Otra vez lloraba. El joven, muy conmovido, permaneció un instante con los brazos caídos pero no tardó en corresponder a su abrazo.
—Eres el mejor regalo que la vida me ha hecho, hijo mío.
—Estaba deseando conocerte, papá —hablaba francés académico, su pronunciación era irreprochable—. Mamá me lo contó todo. Yo quise acompañarla porque tenía intención de buscarte y darme a conocer.
—Yo tenía mis dudas sobre si venir a San Petersburgo, pero George iba a viajar de todas formas, así que aproveché el viaje de mis sobrinos y aquí estamos. Él tenía derecho a conocer a su padre y tú a conocer a tu hijo.
—Pero… ¿Cómo es posible? ¿Vives con tu madre y nadie ha sospechado nada?
—No vivo con ella. Nunca me descuidó y siempre estuvo tan cerca de mí como le fue posible.
Se encargó de que estudiara tanto en Inglaterra como en Francia.
Ha protegido mi identidad durante toda mi vida, y este viaje lo he hecho como George Lennox, su ahijado y secretario privado.
Pero hay mucho tiempo. Te lo explicaremos todo, papá.
—Te agradezco tanto que me hayas traído a mi hijo, Olga. Lo reconoceré ante todos. Os reconoceré a los dos. Mi hijo y mi esposa merecen entrar oficialmente en mi vida con toda la pompa en una fiesta especial.
—¿Tienes más hijos, papá?
—No, George. Tú eres mi único hijo y heredero. Nunca volveremos a separarnos. Tu madre, tú y yo viviremos juntos y felices. Tengo que prepararlo todo para vosotros. ¿Dónde os alojáis?
Agnes le dio el nombre del hotel y le recordó que estaban con su sobrina y su esposo.
Ellos aún no saben quién es George. Primero tenía que hablar contigo.
—Gracias, querida mía. Pero no me parece bien que mi familia viva en un hotel. Os llevaré a mi casa ahora mismo.
—No, Alexei, todavía no. No estaría bien que viviéramos contigo antes de que nos reconozcas.
—¿Estás segura?
—Del todo, cariño. Te aseguro que estamos muy bien alojados. ¿A ti te parece bien así, George?
—Sí. Lo que vosotros decidáis.
—Hablaré con mis padres y les daré la buena noticia. George, convendría que tanto tu madre como tú os convirtierais al cristianismo ortodoxo antes de la boda y tu reconocimiento. ¿Eres muy religioso?
—Soy anglicano, papá. Pero no voy a hacer un caballo de batalla de esa cuestión. Yo estoy dispuesto a todo con tal de ser digno de ti.
—Eres digno de mí en todas las circunstancias, hijo mío. Pero me alegra de que no sea un problema de peso. ¿Y tú, Agnes?
—Yo seré lo que tú seas, Alexei.
—Hijo mío, te pareces tanto a mí a tu edad…
—Es igual que tú cuando nos conocimos. Ha sido un inmenso consuelo en mi vida. Le miraba y te veía a ti.
—Venid, salgamos ahí fuera y dejemos que todos sean testigos de este inmenso milagro.
—Espera, Alexei. No nos dejemos llevar por nuestras emociones. Lord Sutherland no sabe por qué quería verte y no debe enterarse antes que mis sobrinos. No hablaremos antes de que tú lo tengas todo preparado.
****
—Queridos, soy inmensamente feliz y debo compartirlo con vosotros.
Agnes había reunido en su habitación a sus sobrinos, a George y a Katy. Margaret y Edward no ocultaban su expectación.
—Os habéis estado preguntando quién es este joven que nos acompaña. No es mi ahijado ni mi secretario. Es mi hijo George Henry Baxter.
—¿Cómo?
Edward se tambaleó de la impresión. Margaret abrió la boca pero no le salió ningún sonido.
Es tu primo George, Margaret. Mi amado hijo. Lo he mantenido en secreto hasta ahora. Cuando cumplió la mayoría de edad pidió conocer a su padre, como era su derecho. No sabíamos si sería posible pero estaba dispuesto a intentarlo.
—¿Mi primo?
—Así es, Margaret. Soy George Henry Baxter.
Siempre he sabido quién era, mi madre no me abandonó ni me ocultó información en cuanto tuve edad para comprender.
Me dijo que mi padre era un príncipe ruso, el príncipe Alexei MijailovichVoronin, y que cuando fuera mayor podría ir con él.
Cuando cumplí catorce años me contó el resto de la historia, que se habían casado en secreto por motivos políticos y él tuvo que marcharse.
No ha sabido de mi existencia hasta ahora y me va a reconocer —les sonrió—.
Nunca he sido un bastardo, no os equivoquéis. Soy perfectamente respetable.
—Y un príncipe, además —remató Agnes.
—Esto es… —Margaret temblaba—. Tengo un primo al que no conocía. Y llevas el nombre de mi abuelo. Deja que te abrace…
George le sonrió y la abrazó a su vez.
—También es mi abuelo, aunque él todavía no lo sabe.
Edward reaccionó. Se puso en pie y le tendió su mano.
—Bienvenido a la familia, primo George. Mi padre estará encantado de conocerte, se va a quedar estupefacto.
—No lo creas, Edward. Tu padre es el único, junto a nuestra querida Katy, que conocía mi secreto y conoce a George.
—¿Papá?
—Sí. Él nos ha ayudado durante todos estos años, le debemos mucho.
—Sir Randall Wilson me ha guiado, ha sido mi tutor en la sombra. Gracias a él mamá y yo no hemos sufrido rechazo social. Y Katy —Palmeó cariñosamente la mano de la mujer—. Katy ha sido niñera, cuidadora, confidente. Quiero darte las gracias delante de todos, Katy.
—Mi precioso niño George —se limpió las lágrimas y carraspeó.
—Yo me alegro mucho, George. Que tú no hayas sufrido lo que sufrí yo hasta que tía Agnes y el abuelo me encontraron.
—Conozco tu historia, Margaret. Afortunada y felizmente tanto tú como yo estamos donde nos corresponde. Mamá y el abuelo hicieron todo lo que estuvo en su mano para dar contigo. Somos muy afortunados.
—Lo somos, George.
—¿Cuándo le vas a hablar a tu padre del príncipe y de vuestro hijo, Agnes?—preguntó Edward.
Le voy a escribir una carta contándoselo todo, no te preocupes. Y autorizaré a Randall para que responda a todas sus preguntas.