El secreto de Lady Agnes -1-
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Habían reservado habitaciones en el hotel más lujoso y moderno de San Petersburgo, tanto para ellos como para el personal que los acompañaba.

Agnes se había ocupado de que Katy y George Lennox tuvieran un alojamiento tan lujoso como el de ellos.

La doncella de Margaret y el ayuda de cámara de Edward ocupaban habitaciones más modestas.

Edward no se había atrevido a preguntar quién era.

Fuera ahijado o protegido no entendía para qué necesitaba Agnes un secretario.

Tenía poco más de veinte años, exquisitamente educado, muy bien vestido y con aire aristocrático.

Respondía al nombre de señor Lennox y era muy parco en palabras, aunque su conversación durante las comidas era amena e inteligente nunca daba detalles personales.

Sostenía largos conciliábulos con Agnes, los dos solos.

También hablaba mucho con Katy, a la que trataba con total confianza.

—¿Tú sabes quién es, cariño?

—Sé lo mismo que tú, Edward. No le había visto nunca antes del viaje. ¿Será amante de tía Agnes?

—¡Margaret! Pero qué pensamiento tan horrible. Por supuesto que no lo es.

—No lo he dicho con mala intención, Edward. Es solo que mi tía sigue siendo atractiva y tiene derecho a relacionarse con quien desee.

—Tienes la cabeza llena de novelas, amor mío. Sea quien sea, el misterio únicamente lo conocen ellos.

—Desde luego no es vulgar. Posee ese orgullo de clase tan especial. A Cécile Devereaux también le intrigó mucho pero no pudo sonsacarle nada excepto la confirmación de que es el secretario privado de tía Agnes, que estudió en Eton y después en La Sorbona. Llama la atención por su aspecto.

—¿Sí?

—Edward, no te molestes si digo que es extremadamente atractivo.

—¡Oh! Extremadamente atractivo.

—Lo es. ¿Recuerdas cómo le miró Isabel de España? Aunque a ti también te comió con los ojos —se acercó a él y le abrazó—. No te pongas celoso, amor mío.

—Por supuesto que no, Margaret. Bueno, me molestó un poco que aquel marqués se fijara tanto en ti, pero solo al principio. ¿Tú sentiste celos de la reina de España?

—Ni por un segundo. Tú eres mío y yo soy tuya.

—Nada ni nadie podrá cambiar eso, Margaret.

—Me siento tan feliz, Edward. Tú y yo solos, como había deseado. Porque tía Agnes no es una guardiana sino una compañera de viaje. Las noches son nuestras. Cuando despierto y te veo dormido a mi lado mi corazón se inunda de amor. Es como un sueño.

—No es un sueño, es una realidad. A mí también me estalla el corazón cuando te siento pegada a mí buscando mi calor. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no despertarte y saciarme de ti.

—Puedes despertarme, Edward. No sabes lo que significa para mí abrir los ojos y mirarme en los tuyos. ¿Sabes cuánto te amo, Edward? ¿Cuánto?

—Tanto como yo a ti, Margaret. Después de estos meses casados me atrevo a decirte algo que me dejó perplejo…

—Margaret le miró con expresión interrogadora—.

Nuestra noche de bodas creo que no se pareció a ninguna otra.

Porque te conocía, conocía tu historia y tu inocencia; de lo contrario hubiera podido creer que yo no era el primer hombre con el que estabas.

—¿Cómo dices?

—No te enfades, amor mío. Ya sé que no. Sé que nadie te había poseído, ni siquiera besado o tocado.

Tu virginidad estaba intacta, de eso no me quedó ninguna duda.

Pero fue tan extraordinario cómo respondiste a mis deseos, cómo te entregaste completamente.

Era como si ya supieras lo que querías de mí.

—Me habían instruido al respecto. Mi doncella Nicole me habló claramente cuando te conocí, me lo contó todo.

—Sí, pero no se trata de lo que supieras o creyeras saber sino de que guiaste mis manos hacia los lugares más deliciosos de tu cuerpo, que sabías cómo besarme y acariciarme.

No te chocó nada de mí. No parecías una novia ñoña y asustadiza, sino una mujer sabia y experta que buscaba y daba placer conscientemente.

—¿Por qué me dices eso, Edward? —los ojos de Margaret se llenaron de lágrimas que inundaron sus mejillas—. Me estás avergonzando.

—No, amor. No quiero avergonzarte. Te lo digo porque me siento muy afortunado.

Demasiados matrimonios viven un infierno conyugal a causa de las reticencias y el pudor.

Es irrelevante que las esposas sientan placer, de hecho es incluso innecesario.

Pero tú no, tú me seduces cada noche con tu precioso cuerpo desnudo y apasionado y te llevas tu premio.

—¿Y? ¿Te hace sentir incómodo?

—Margaret, me hace sentir tanto amor por ti que me ahogo.

Te adoro, mi preciosa, dulce y apasionada esposa —la abrazó apretadamente y respiró fuerte en su pelo—.

¿Ves a qué me refiero? —la besó mientras ella le clavaba las uñas en la ropa.

Tuvo que hacer un esfuerzo para apartarse—.

Vamos a buscar a tu tía, ya debe estar preparada.

—Queridos, esta mañana no saldré con vosotros. Tengo algo que hacer.

—¿Aquí? Si no conoces a nadie.

—Quiero dar un paseo yo sola —Agnes parecía reacia a dar explicaciones—. Id vosotros donde queráis, nos veremos a la hora de comer.

—Estás rara, tía Agnes.

—No imagines cosas, Margaret. Además tampoco me apetece estar siempre entre vosotros, voy a daros un poco de intimidad. Parad un coche y pasead como dos enamorados.

—Como quieras. Pásalo bien. Pero una señora sola…

—Tengo edad suficiente para ir sola a cualquier sitio —rio.

Margaret se puso el sombrero y la capa, que el propio Edward le ajustó.

En la puerta tiró de la manga de su marido y lo apartó a un lado.

No tardó en salir Agnes, el velo del sombrero le tapaba la cara.

La acompañaba George Lennox. Cogieron un coche y el vehículo se perdió entre otros de la avenida.

Ni el secretario ni ella los habían visto.

—Querida, esto que hemos hecho es horrible, ¿lo sabes? Espiar a tu tía. No nos incumbe lo que hace.

—No nos incumbe pero me ha podido la curiosidad.

¿A quién puede conocer en esta ciudad? Es que la he notado extraña desde que habló de venir a Rusia.

Como… como si tuviera un propósito concreto.

¿Sabes lo que creo? Que su única finalidad era venir a San Petersburgo como fuera.

Bueno, vamos a dar un paseo. No volveré a meterme en las cosas de tía Agnes. Lo siento.

Agnes había escrito una nota al representante de la Corona nada más llegar a San Petersburgo y esperó respuesta.

Había reflexionado mucho durante el viaje sobre la conveniencia de intentar contactar con Alexei.

Estaba casado, tal vez con hijos. Y aunque se sentía segura de que no la había olvidado, no sabía si presentarse de repente le crearía problemas con su esposa.

Finalmente se decidió contando con la intermediación de Lord Sutherland, que sin duda sabría cómo ponerse en contacto con Alexei.

El diplomático le respondió que estaba a su disposición y la emplazó para una entrevista.

Había dado orden de que si recibía una carta se la entregaran a ella en su habitación con la mayor discreción.

Lord Sutherland deseaba hablar con ella, había quedado muy sorprendido de que un grupo de británicos aparecieran por allí.

Agnes no le contó para qué quería ver al príncipe Voronin.

—En cuanto tenga la respuesta del príncipe la avisaré, Lady Agnes.

A propósito—añadió cuando ella estaba a punto de despedirse—, mi esposa ha pensado organizar un baile la próxima semana, cree que será una buena forma de ir limando asperezas.

Por supuesto ustedes recibirán la invitación correspondiente.

Se reunieron a comer y los jóvenes no comentaron nada.

Esperaron que Agnes hablara de lo que había hecho pero la mujer tampoco hizo comentarios, ni el joven Lennox.

Katy también estaba más callada de lo habitual.

Agnes acababa de entrar en su habitación cuando llamaron a la puerta.

Era un empleado del hotel. Agnes cogió el sobre de la bandeja de plata y lo abrió.

No era la notificación que esperaba. Suspiró y volvió a reunirse con sus sobrinos.

—Es una invitación para todos. A un baile.

—¿Quién nos invita?

—El representante de la Corona ante el zar. Estamos viviendo una situación muy delicada, nuestro reino y el de Francia han ganado la guerra y están negociando las condiciones de paz aquí y en París.

—Qué detalle. ¿Iremos, tía Agnes?

—Deberíamos, Margaret. Tenemos que elegir vestido, querida. ¿Te hace ilusión?

—Mucha. Vamos a estar muy ocupadas.

****

Margaret releyó una entrada concreta de su diario.

Me susurró una y otra vez que no quería morir, que quería vivir en mí.

Yo quería vivir en él, y así se lo dije.

Fue una locura maravillosa, casi divina, el éxtasis del dios de los misterios.

Me despojó de mi camisa de dormir y se tendió a mi lado abrazándome mientras yo tiraba de su ropa hasta desnudarle.

Perdí la noción del tiempo, de mí misma, de todo lo que no era él.

Su boca, sus labios, sus manos cobraron vida en mi cuerpo.

Su piel brillaba a la luz del fuego. Le acaricié rozándole con las uñas, nos dejamos llevar por nuestro instinto amoroso.

Ardía en el fuego sagrado, le arañé mientras él me convertía en una mujer sabia y apasionada.

Nada bastaba, quería más, más placer, más éxtasis, envuelta en sudor y saliva dulce que pegaba nuestros cuerpos.

Quise que aquella noche no terminara nunca.

Agotados por fin y jadeantes nos miramos a los ojos.

Besó mis párpados y me dijo que me durmiera.

Se sonrojó intensamente. Mojó la pluma en el tintero y escribió.

Mi acto de amor con Robert ocurrió poco antes de mi compromiso matrimonial.

Pero no fue real, no pudo serlo, sino un sueño tan vívido que me lo pareció.

No puede ser que perdiera mi virginidad en sus brazos, no tenía cuerpo aunque me pareciera un cuerpo de carne absolutamente humano en el que olvidé mi pudor natural.

Edward tuvo que haber notado que conservaba mi inocencia porque no me hizo ningún reproche ni me pidió explicaciones.

¿Entonces? ¿Tanto le sorprendí? ¿Por qué me lo ha contado ahora?

Le amo y no quiero ser una esposa convencional, fría y educada que no deja ver su cuerpo y se entrega entre capas de ropa.

¿Era eso lo que esperaba? Estoy segura de que con sus amantes dio rienda suelta a todos sus instintos y ellas tampoco pusieron freno a los suyos.

Sí, sé que tuvo amantes antes de conocerme aunque nunca ha querido hablar del asunto conmigo.

Dice que su vida íntima antes de mí no es de mi incumbencia ni me debe preocupar.

No me preocupa lo que hizo, es mío y yo soy suya.

Pero no hay nada de malo en que desee ser su amante además de su esposa y no ponga límites a nuestro amor ni a nuestro deseo.

Amo cada fibra de su ser, me deleita tocar y besar su cuerpo sin inhibiciones, poseer su masculinidad sin tabúes.

Después de ese sueño amoroso no podía conformarme con menos.

Igual que llevé sus manos —sí, le guie yo, es cierto— donde deseaba sentirlas para que aprendiese todos los caminos de mi cuerpo, sus caminos.

Después de ese sueño amoroso en el que despertaron todos mis sentidos quería vivirlo de verdad, repetirlo con el hombre amado.

Pero estoy preocupada, no sé qué opinaría Edward si supiera que soñé algo así y me estremecí jadeando y gimiendo.

Como me estremezco, jadeo y gimo de placer con Edward.

Con él es real y maravilloso. Con él quiero repetirlo cada noche una y otra vez aunque le sorprenda.

Le sorprende que siendo tan joven, porque a su lado con su experiencia de vida soy poco más que una niña, sea tan ávida de él y no me sacie nunca.

Toco las estrellas con las manos tantas veces que me mira con los ojos dilatados de orgullo y de sorpresa.

Es él quien lo hace posible. Mi Edward, mi amor, mi esposo de ojos verdes y luminosos que me enamora cada vez que me mira. Es decir, siempre.

He vuelto a cruzarme con el señor Lennox.

Se llama George. Además de mi tía quien más habla con él es la señora Cameron.

Ambos se tienen muchísima confianza, como si se conocieran bien y se llaman por sus nombres, incluso se tutean cuando creen que nadie los oye.

A mí me saluda silenciosamente y nunca me habla excepto en el comedor, en la conversación general.

Ni Edward ni el señor Walker, su ayuda de cámara, han logrado que les hable de sí mismo.

El señor Walker le ha comentado a mi marido que con él no habla en absoluto, además apenas le ve porque el señor Lennox ocupa su propia y lujosa habitación, alojamiento que paga personalmente mi tía.

Se porta como un verdadero caballero, es distinguido, culto e inteligente.

Tiene algo, un aire familiar que me desconcierta, un ligero toque Baxter.

Pero no puede ser. ¿O sí? ¿Podría ser un hijo que tuvo papá antes de casarse?

Pero qué pensamientos tan atroces tengo últimamente.

Todo lo que me han contado sobre mi padre es bueno y digno.

Harold Baxter era un hombre ejemplar. ¿Un primo lejano que quiere reclamar su lugar en la familia?

Imposible. De ser así mi tía nos hubiera hablado de él.

Tengo que contarle a Edward mis impresiones, al fin y al cabo es el abogado de la familia.

Creo que tía Agnes fue a ver al representante de la Corona para decirle que estamos en San Petersburgo.

Unos extranjeros en la ciudad al final de la guerra no sé si estarán muy seguros. Mejor que se sepa dónde estamos.