El secreto de Lady Agnes AGNES #3
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AGNES #3

Se notaba que tanto Cécile como Albert estaban entusiasmados con la joven María Teresa Fernández de Mendoza.

Ella nos ayudó mucho en París y aceleró la presentación ante la emperatriz.

Asistimos a un baile en Las Tullerías y Su Majestad se mostró sumamente amable alabando el vestido de Margaret, que por cierto no pasó desapercibido.

Edward no cabía en sí de orgullo. También asistimos a una tertulia literaria a la que acudió el escritor Prosper Merimée en persona.

Él y la emperatriz se conocían desde hacía mucho tiempo, y nos dijo que su novela Carmen estaba inspirada en una historia que le había contado la propia emperatriz.

Margaret mencionó Granada y los ojos de Eugenia se iluminaron de emoción.

—Esa ciudad es como un sueño —aseguró mi protegido en español.

—Así es, señor Lennox —la emperatriz sonrió dulcemente. Respondió en español pero inmediatamente pasó al francés—. Aunque desde mi enlace con el emperador todos mis sueños están en Francia y con mis súbditos.

—A Su Majestad Imperial una gitana le profetizó cuando era niña que sería más que una reina —dijo el escritor.

—Eso es cierto, pero Prosper tú sabes que pueden decir cualquier cosa para conseguir una moneda. Aunque a mí no me quiso cobrar.

—Esa vidente vio clarísimo vuestro futuro, Señora.

La emperatriz hizo un gesto elegante con la mano como quitando importancia al asunto. Aunque tal vez sí había creído en la profecía y se había encargado de hacerla realidad. Tenía inteligencia y belleza suficientes para enamorar a un emperador.

Nuestra siguiente etapa fue Viena. La emperatriz Isabel, la emperatriz Eugenia y la reina Victoria se conocían.

Isabel y Eugenia eran amigas, además. Isabel estaba obsesionada con el peso y se sometía a dietas estrictas y rígidos ejercicios físicos.

Era tan bella como contaban además de majestuosa, con un cabello precioso y abundante.

Se decía que hacían falta cientos de horquillas para sujetar su moño.

Nunca sonreía. No parecía feliz. Su corte era tan sofisticada como la de París, si no más refinada.

Durante nuestra estancia allí las fiestas y cenas se sucedieron, éramos invitados constantemente no solo a palacio ya que trabamos amistad con personas eminentes de la sociedad austríaca.

Bailé valses con apuestos oficiales en uniforme de gala y recordé una vez más a mi Alexei y nuestro primer y único vals.

Incluso en este momento él me hubiera podido alzar del suelo con las dos manos sujetando mi cintura.

Sin seguir una dieta alimenticia tan estricta como la de la emperatriz austríaca, me cuidaba mucho y pese a todo seguía igual de delgada que veinte años atrás.

Al igual que Eugenia, Isabel también se fijó en mi collar. Todas las mujeres se fijaron y lo admiraron, y los hombres que bailaron conmigo también lo miraron aunque sin comentar nada. En aquel esplendor de joyas y lujo, el collar de perlas azules destacaba por sí mismo.

Me enamoré de Viena tanto como de París.

Y el conde Maximilian von Schafft se enamoró de mí.

No lo vi venir. Aquel hombre de cuarenta y cinco años de cabello entre rubio y canoso y ojos azul gris se convirtió en mi caballero durante nuestra estancia en Austria.

Era viudo, su única hija ya estaba casada y a su vez tenía un niño.

Habíamos compartido bailes y refrescos. Nunca me había sonado tan dulce la lengua alemana.

Se ofreció a acompañarme en mis paseos a caballo por si necesitaba su ayuda. Hasta que me vio cabalgar.

—Querida Agnes, me dejas asombrado. Ni siquiera la emperatriz monta así.

Me volví hacia él y riendo me quité el sombrero para que el viento me refrescara.

—Mi mejor amiga decía que podía dejar atrás a una carga de caballería. Simplemente me gustan los caballos y a ellos les gusto.

—Gustas a todo el mundo, has roto corazones con una sola mirada.

—Aprecio tu cumplido, Maximilian, pero exageras. Ya soy una dama de edad.

—¿Tú? Eres una preciosa mujer.

Descabalgamos y caminamos entre los árboles. El paisaje era espectacular. No sé cómo me pisé el borde de la falda y caí de bruces sobre la hierba. Maximilian estuvo junto a mí al instante.

—¿Te has hecho daño? Deja que te ayude a levantarte. Sabía que tenía que venir contigo, fue un presentimiento. ¿Podrás andar?

—Estoy bien, más sorprendida que dolorida. Creo que podré andar pero sí necesito ayuda para ponerme en pie, me estoy enredando con la falda.

Entre la pesada falda del traje de amazona negro y las enaguas no acertaba a levantarme con cierta dignidad. De repente me cogió en sus brazos y me llevó hasta debajo de un árbol, donde me dejó con todo cuidado. Se quedó arrodillado junto a mí, mirándome con tanto amor que me conmovió.

—Agnes, sé que es prematuro pero no soy un joven enamoradizo.

Desde que bailé contigo la primera vez supe que eres especial, inteligente, dulce y absolutamente maravillosa.

Ya sé muy bien lo que quiero. Y te quiero a ti.

Estoy enamorado como nunca en mi vida, Agnes.

Si me aceptas, si me honras con tu amor seré el hombre más dichoso del mundo.

No voy a negar que mi corazón se aceleró al escucharle.

No voy a negar que mi convicción, mi promesa de fidelidad a Alexei, mi amor incondicional por él mantenido intacto a través de los años, se tambalearon.

Hacía demasiado tiempo que estaba sola, íntimamente sola con mis anotaciones en el diario, las cartas que nunca enviaba, la pena profunda, mi secreto.

Las manos de Maximilian eran humanas y transmitían amor y calor.

Cerré los ojos. Me imaginé en sus brazos, abandonándome a los deseos reprimidos, reviviendo en sus besos y caricias.

Estuve tan cerca de ceder que sentí un escalofrío.

Al abrir los ojos apenas pude distinguirle porque las lágrimas me nublaban la vista.

Él esperaba paciente y silenciosamente mi respuesta. Mis lágrimas le desconcertaron.

—Te he ofendido.

—No, Maximilian. Nada en tu conducta ni en tus palabras podría ofenderme. Cualquier mujer se sentiría muy dichosa contigo. Pero no puedo. No puedo aceptar. Lo siento.

No podía dejar de llorar y él no sabía qué hacer conmigo. Me besó las manos una y otra vez.

—Amas a otro.

¿Qué podía decirle? Claro que amaba a otro pero no podía confesarlo. Y no podía negarlo.

—Maximilian, esto resulta muy doloroso para mí. Si pudiera, te amaría como te mereces. Por favor, no me preguntes. No puedo responderte…

—Discúlpame, Agnes, lo último que deseo es que sufras. No volveré a declararte mi amor, te lo prometo. Pero prométeme tú que podré seguir viéndote en las recepciones, que bailarás conmigo, que te escucharé conversar y reír. ¿Te estoy pidiendo demasiado?

—No, Maximilian. Pero tampoco deseo que sufras tú.

—Sufriré más si dejo de verte y hablar contigo. Concédeme el regalo de tu compañía hasta que te vayas.

Yo asentí. Él secó mis lágrimas con su pañuelo y lo guardó diciendo que nunca lo lavaría.

Me ayudó a subir al caballo y regresamos.

Seguimos bailando, coincidiendo en recepciones y en el teatro.

Mis sobrinos estaban tan ilusionados que tuve que desencantarlos.

El conde Maximilian von Schafft era un hombre atento y caballeroso pero ahí quedaba todo.

—¿Está segura, Lady Agnes? —solo con Katy podía hablar de Alexei—. ¿No se estará ofuscando? Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas.

—No, Katy. He tomado la decisión correcta.

Ese hombre me gusta, no se lo niego. Sé que como marido se desviviría por mí.

Pero no voy a olvidarlo todo casándome con él.

Nunca olvidaría y siempre me faltaría algo, al final seríamos desdichados los dos.

Déjelo estar, por favor. Yo… Sé lo que tengo que hacer.

—Y yo me quedaré con usted, Milady. No la dejaré sola. Confieso que tanto trajín y tanto viaje me agotan, pero al mismo tiempo es toda una aventura.

—Cuando regresemos a Londres podrá tomarse un descanso, Katy, se lo ha ganado. Buscaré otra doncella y usted podrá retirarse plácidamente. Aunque la echaré de menos.

—Yo la echaré de menos a usted, Lady Agnes. Me da en el corazón que no regresará con nosotros.

—Quién sabe, Katy. Ya se verá.

Le había dicho a Edward que el destino final de mi viaje antes de volver a Inglaterra era San Petersburgo.

Podía ir yo sola o con ellos, como prefirieran.

Tanto Edward como Margaret se mostraron contentos de acompañarme.

Ya estaba preparada para aquella peregrinación.

¿Se produciría un reecuentro? No lo sabía.

Amado Alexei, voy hacia ti. Voy hacia ti con el corazón tan ilusionado como cuando tenía dieciocho años y te entregué mi amor.

Es aquella jovencita soñadora, no una mujer madura, la que cuenta las horas de viaje y se extasía imaginando que nos encontramos en un salón mientras suena un vals.

Yo te reconoceré en el acto. Sabré que eres tú.

Te miraré con el alma en los ojos y entenderé que no te acerques.

¿Cómo podrías, acompañado de tu princesa?

Pero como el deseo y el anhelo son libres, también nos imagino corriendo uno a los brazos del otro para fundirnos en un abrazo que pare el tiempo y tú proclames: «esta es mi esposa, la princesa Olga Voronina, mi verdadero amor.

» Tengo que ir a San Petersburgo, amor mío, aunque me lleve una decepción.

Pero no, qué locura, nunca me decepcionarás.

Vivimos uno en el interior del otro. Nuestra unión será eterna pase lo que pase, pese a tu matrimonio impuesto, pese a tus obligaciones ineludibles.

No me arrepiento de nada, Alexei. De nada.

—Tía Agnes, ¿duermes?

—No, querida. Sólo descansaba con los ojos cerrados.

—Tal vez hemos alargado demasiado el viaje y ya notas el agotamiento. Si no te sientes con fuerzas daremos la vuelta y volveremos a casa.

—Querido Edward, no soy una anciana. Si eres tú quien se siente agotado podéis volver. Yo sigo adelante.

—Perdóname, no pretendía faltarte al respeto. Margaret y yo queremos acompañarte. ¿Pero por qué San Petersburgo?

—Porque es una ciudad preciosa y no sé si tendré otra ocasión de volver. Es la primera vez que viajo y veo mundo, ¿sabes? Cuando era más joven pensé incluso en ir a América y quedarme allí. Pero ya no. Después de Rusia volveré a casa. ¿Qué haréis vosotros?

—Lo que diga Margaret.

—A casa, Edward. A nuestra casa.

Edward apretó a Margaret contra él en un gesto cariñoso y protector.

Era sumamente considerado con ella, la trataba como si todavía fuera una niña y le evitaba todos los disgustos.

Si querían recorrer el mundo aquel era un buen momento.

Por mi parte, mi sueño terminaba en San Petersburgo, iría aunque fuera andando.

Pero mis sobrinos no estaban dispuestos a dejarme sola.