AGNES #2
No conocíamos nada del carácter español, sólo George sabía el idioma aunque las clases educadas hablaban francés como en todas partes.
Habían sido aliados de Napoleón pero luego le hicieron frente con gran determinación.
Nos alojamos en las habitaciones que puso a nuestra disposición el enviado extraordinario del Reino Unido y nos sumergimos en la vida cultural madrileña acompañados por el diplomático y su esposa.
Nos dijeron que la reina Isabel tenía un carácter bastante peculiar y le gustaban los festejos populares.
No quisimos hacer oídos a rumores impropios, no era asunto nuestro y además los gobernantes siempre sufren calumnias por parte de sus detractores.
Fuimos invitados a una recepción en palacio y Margaret y yo sólo pensamos en el protocolo y cómo vestirnos.
Yo opté por un vestido azul oscuro y Margaret por uno verde menta, color que le favorecía mucho.
Me puse el collar de perlas azules, por supuesto el camafeo que me había regalado Alexei y un aderezo de brillantes.
Margaret lució sus diamantes. Las dos con el cabello recogido según la última moda.
Nos encontramos con una mujer no muy alta, delgada pero de figura redondeada, cabello oscuro y ojos claros.
Su vestido era un derroche de lujo, las joyas que lucía eran maravillosas.
Aún no se le notaba pero estaba encinta, y de todas formas la crinolina ayudaba a disimular su estado.
Hablaba correctamente francés, lo que esperábamos.
Era una mujer simpática y agradable. Le hicimos una reverencia y ella nos sonrió.
Miró a Edward fijamente y después a Margaret.
—Pero qué guapísimo es tu marido, niña —le dijo de improviso.
—Gracias, Majestad —Margaret le hizo otra reverencia. Edward, confuso, volvió a inclinarse ante ella.
—Estos ingleses… —dijo con los ojos brillantes de risa.
También se fijó en George. Era un perfecto caballero elegante y exquisito y destacaba por su prestancia y su aspecto físico. Isabel de España parpadeó.
—¿Y usted quién es? ¿Otro sobrino? —preguntó la reina en su estilo coloquial.
—El secretario privado de Lady Agnes, Majestad —respondió en correcto español.
—¡Anda! Si además de guapo sabe hablar.
—Pero sobre todo es mi ahijado y protegido, Majestad —maticé. La reina comprendió la importancia de su relación conmigo.
Resultó una velada muy agradable en todos los sentidos, parecía una corte muy relajada, la reina se reía a carcajadas y hacía chistes que no entendíamos aunque traductores improvisados intentaban explicarnos el doble significado de sus palabras.
George también se perdía, hay expresiones que solo un hablante nativo puede comprender.
—Al traducirlos pierden toda su gracia —dijo un guapo marqués que no perdía de vista a Margaret.
—Ni se te ocurra provocar un conflicto —le susurré a Edward, que se estaba poniendo nervioso con las atenciones del marquesito de marras a su mujer, a la que solicitó un baile.
Margaret parecía bastante tímida aunque sonreía girando en el vals. Su pareja de baile era muy alto y fuerte y excelente bailarín. Cuando se la devolvió a Edward besó la mano de ella y se inclinó ante él.
—Los españoles nos congratulamos de nuestra cortesía y fineza con las damas, señor —le dijo en inglés impecable—. Señora, gracias por el honor. A sus pies.
Mi joven protegido bailó con una dama también joven, realmente guapa, de ojos intensamente oscuros y cabello castaño dorado. Quedó muy impresionado por ella pero no se animó a cortejarla porque nuestro viaje acababa de empezar.
Al día siguiente Margaret y yo merendamos con la soberana, a la que le gustaba hablar y reírse. Ella no estaba sola sino con las damas de su mayor confianza. Parecía más una reunión de amigas que una invitación formal.
—¿No te gusta el chocolate, cariño?
Margaret, que bebía con precaución, casi se atragantó.
—Mucho, Majestad. Pero nunca lo había tomado así.
—¿Así cómo?
—Tan espeso, Señora.
—Pues está buenísimo espesito. Aquí decimos las cosas claras y el chocolate espeso. Con picatostes es un manjar. Picatostes, pan frito en la sartén con aceite de oliva —nos aclaró. Yo supliqué en silencio que no hiciera traer aquello porque nos lo tendríamos que comer. Tuvimos suerte.
Nos hizo muchas preguntas sobre Londres, Inglaterra y la reina Victoria. Se interesó por nuestro viaje. Aunque las damas miraban nuestra ropa, sus vestidos también eran espectaculares.
—¿Vais a ver a Eugenia en París? —preguntó la reina.
—¿Eugenia? ¡Oh! Os referís a su Majestad Imperial. Esperamos que nos reciba.
Media hora más tarde nos despedimos. Edward había pasado la tarde jugando a las cartas con el enviado especial de la Corona, quien le informó de la política española.
Katy y mi protegido habían salido a dar un paseo por Madrid y volvieron muy animados.
Durante los días que permanecimos allí Katy no había podido comer con nosotros, la esposa del diplomático se horrorizó ante la idea de sentarla a la mesa en calidad de igual.
Yo me disgusté mucho, pero mis acompañantes no comentaron nada.
Después nos fuimos a París. Edward fue nuestro guía en la ciudad, que se estaba modernizando y convirtiendo en la ciudad más bella y con más posibilidades de Europa.
George conocía también la ciudad porque había estudiado allí, pero le dejó todo el protagonismo a mi sobrino.
Nos enamoramos absolutamente de París, de sus restaurantes y cafés, teatros, avenidas.
El lujo era exquisito. En Las Tullerías gobernaba el emperador Luis Napoleón Bonaparte, casado desde mil ochocientos cincuenta y tres con la española Eugenia de Montijo, que había sabido ganarse el amor de sus súbditos con su generosidad y delicadeza.
La emperatriz dictaba la moda. Su color preferido, el violeta, como sus ojos, había hecho furor entre las damas de la sociedad. Edward tenía parientes franceses y nos alejamos en casa de su tío Albert Devereaux.
—Mi hijo es oficial de la Guardia Imperial —nos dijo Albert lleno de orgullo—. Se va a casar con una dama de honor de la emperatriz. Recibiréis la invitación.
—Cuánto me alegro, tío Albert. Margaret y yo vendremos, por supuesto.
—¿Cómo está tu padre?
—Sigue trabajando mucho y yo con él. Albertine se ha trasladado ya con su marido a su destino definitivo y solo Margaret y yo vivimos en casa.
—Sí, ya sé que Julius y Violet viven aparte. ¿Y usted, Lady Agnes?
—Vivo con mi padre, entre Escocia y Londres. Aunque pienso que ahora pasaré más tiempo en la ciudad para estar cerca de Margaret.
—Tal vez encuentre el amor aquí en París y nos honre con su presencia.
Reí despacio. Esos franceses…
—Me temo que mi soltería es persistente. Sin quitarle méritos a los caballeros franceses, por supuesto.
—No se cierre, Lady Agnes —la esposa de Albert, Cécile, me cogió familiarmente del brazo—. Es usted encantadora y muy atractiva.
A mi edad incluso no estando casada con mi Alexei ya no era elegible. Una mujer en la cuarentena frente a señoritas casaderas.
—Eres muy guapa, tía Agnes —me decía siempre Margaret—. no pareces mayor, tienes una piel preciosa y sigues manteniendo el color de tu cabello.
—Ya me están saliendo canas, querida.
—Tonterías. No se te ven. Tu aspecto es fresco y juvenil. ¿Cómo no te vas a enamorar en París?
Había otra pregunta muy íntima que deseaba hacerme y no se atrevía, si todavía estaba en edad fértil. Lo estaba, pero no comenté ese asunto con ella.
Fuimos al teatro en familia. Allí vimos por primera vez a la emperatriz, alta y esbelta, con un vestido violeta que llevaba cientos de pequeños volantes en la falda y diamantes entre el cabello.
La ovación fue compacta cuando apareció en el palco acompañada por el emperador.
Por primera vez Margaret y yo nos habíamos maquillado bajo la sabia dirección de Cécile Devereaux.
—Milady, no parece usted —Katy no podía disimular su asombro.
—No haga aspavientos, señora Cameron —Cécile se reía—. Toda mujer debería realzar su belleza natural con polvos y rouge .
—En Inglaterra las damas no se maquillan.
—A lo mejor reirían más y se sentirían más felices si lo hicieran a diario. Está usted preciosa, Lady Agnes. Mañana nos iremos de compras y volverá a casa con un estuche tocador completo.
Edward también se quedó perplejo ante el nuevo aspecto de Margaret.
—Pero… querida mía…
—¿No te gusta, Edward? Me ha maquillado tu tía. Pero si te incomoda me lo quito ahora mismo.
—No, amor mío. Me gusta mucho. Aunque me temo que cuando volvamos a casa no podrás mostrarte así.
—Lo sé. Está muy mal visto y quedaría en evidencia. Qué lástima. Pero aprovecharé que no me ven mis amigas ni, especialmente, nuestra querida Violet.
—A Violet le daría un ataque si te viera maquillada. Olvidémosla.
Ni Margaret ni yo quedamos en evidencia en el teatro. En el descanso se nos unieron la prometida de Yves Devereaux, María Teresa, y sus padres, españoles como la emperatriz.
—Llevamos en Francia poco tiempo. Yo conocía a la condesa de Montijo, madre de Su Majestad Imperial, era camarera de la reina Isabel de España; y cuando Su Majestad contrajo matrimonio le pedí a doña María Manuela que recomendara a María Teresa.
—Así nos conocimos Yves y yo —explicó María Teresa—. En palacio. Fue un amor a primera vista.
—No podría tener mejor nuera que tú —Cécile le había cogido las manos.