El secreto de Lady Agnes AGNES
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AGNES

Salimos de Inglaterra en febrero de mil ochocientos cincuenta y cinco, adelantando el viaje ante la insistencia de mi sobrina.

Un viaje de placer que organizó Edward. Solo en el último momento les anuncié que nos acompañaría un viajero más de cuyos gastos yo era la única responsable.

Mi ahijado George Lennox, protegido mío que cumplía las funciones de mi secretario privado.

Edward enarcó las cejas pero era demasiado educado para preguntar.

Margaret sí demostró mucha curiosidad; pero le dije sonriendo para que no creyera que me había molestado, que al margen de nuestro parentesco yo también tenía mi vida privada y asuntos que resolver.

El joven señor Lennox les fue presentado el día que embarcamos.

Además de poseer una educación exquisita era discreto y bastante silencioso aunque de conversación amena y agradable.

Sus modales y su ropa eran los de un auténtico caballero y mis sobrinos no tuvieron nada que objetar.

Como todo caballero joven iba a disfrutar de un viaje cultural.

Ocupó un camarote de la misma calidad que los nuestros.

Era la primera vez que Margaret y yo íbamos al continente.

Yo estaba tan ilusionada como ella. Papá y Randall se habían marchado a Escocia después de pasar la Navidad en familia, todos juntos incluidos Julius y Violet con su hijo.

El niño era bastante apocado y no transmitía alegría infantil.

Veía poco a sus padres. Le regalamos un caballo de juguete que hizo las delicias del pequeño.

Trazando el mapa del viaje Margaret dijo que quería ir primero a España y Edward aceptó.

Viajaríamos en barco hasta Gibraltar, y desde allí a Madrid en varias etapas.

—No puedo negarle nada a mi esposa —me confesó—. Es la niña mimada, todo me parece poco para ella.

—Está muy enamorada de ti.

Me había costado mucho que accediera a darme un trato familiar.

—No podía permitir que una calumnia os separara. Lo importante es que todo se solventó. Y aquí estamos. Eres muy amable permitiendo que viaje con vosotros.

—¡Cómo no! Sé cuánta ilusión te hacía. Margaret también está encantada.

En aquel momento se nos unió Margaret en la cubierta, además del abrigo iba envuelta en un chal de lana. Parecía flotar dentro de la inmensa crinolina.

—Estáis aquí. No os encontraba.

—¿No te mareas? —preguntó solícito Edward.

—No. Me siento muy bien. Vamos a pasear hasta la hora del almuerzo —nos cogió del brazo a los dos—. Aún no acabo de entender el parentesco entre los Baxter y los Wilson.

—Mi abuela era prima de tu abuelo, querida. A partir de ahí creo que yo también me pierdo —rio Edward.

—¿Y el primo Robert?

—¿Aún piensas en el duelo? Para mí es como una leyenda.

—Su madre era prima segunda de mi padre. Aunque para mí no es una leyenda, le conocí y nos queríamos mucho. Pero creo que ya te hemos hablado bastante de él, no hay más.

Se quedó callada sonriendo para sí. Me pregunté en qué estaría pensando. Tras el almuerzo Edward se retiró a fumar y Margaret insistió en que habláramos en mi camarote.

—Hay algo que no sabes, tía Agnes. No sabía si contártelo o no, pero no se lo digas a Edward.

—¿Ya tienes secretos que ocultas a tu esposo?

—Tía, ¿sabías que Robert escribía un diario?

—No. Además no había ninguno entre sus cosas.

—Lo encontré en un cajón secreto de mi habitación. Lo he leído.

—¿Cómo?

—Que lo he leído entero. Es más, lo tengo yo.

—Pero querida…

—Lo sé, tía Agnes. He sido muy indiscreta pero no pude evitarlo.

No supe qué decirle. No me atrevía a reñirla porque yo también me había quedado con el diario de Lily y lo había leído, además de sus cartas.

—No entiendo por qué no quieres que Edward lo sepa, no creo que demuestre mucho interés en el asunto.

—Mira esto y lo entenderás.

Sacó de su bolso un cuaderno y lo abrió. Reconocí la letra de Robert.

He intentado dibujar a mi Margaret tal y como la veo. La inmensa corola de su falda, su cintura delgada hasta lo imposible, sus cabellos. Qué belleza. Sus noches son mías.

Y además había un dibujo de Margaret hecho a carboncillo. Era mi sobrina, sin ningún género de duda. Sentí un escalofrío.

—Dios mío… ¿Cómo es posible? Siempre intuí que estaba enamorado pero ni en sueños hubiera imaginado que lo estaba de ti, pequeña. Esto escapa a mi comprensión.

—No es para comprenderlo, tía Agnes. Es una especie de milagro. ¿Tú le conociste bien?

—Muy bien. Como dije antes, nos queríamos mucho.

Él me enseñó a jugar al ajedrez y a montar a caballo.

Me hizo compañía en los momentos más duros.

Siempre le he echado de menos, mi querido e inolvidable Robert.

Tienes razón, mejor que Edward no sepa nada de esto.

Guarda bien el diario, pequeña. Es un tesoro…

—vacilé un momento pero me arriesgué a hablarle de las impresiones de mi hermano— Margaret, mi hermano Harold, tu padre, estaba seguro de que Robert no se había marchado y vagaba por el castillo.

También creía que Edward había vuelto y renacido en el joven Edward Wilson.

Qué locura, ¿verdad? Incluso yo misma creí que me miraba desde su cuadro.

Pensé que sonreiría, pero palideció tanto que me alarmó. Prácticamente se desvaneció de la impresión. Le puse un frasco de sales bajo la nariz.

—Margaret… Perdona, no quería asustarte.

—No me has asustado, tía Agnes —le había servido un dedo de licor que ella bebió a pequeños sorbos. Poco a poco se fue recuperando—. Es que Robert no se marchó, se quedó en el castillo esperándome. Y respecto a Edward… No… no puedo contarte más. Este es nuestro secreto.

—Por supuesto, querida. Además nadie nos creería. Ve con tu esposo, seguro que te estará buscando.

En cuanto me quedé sola hojeé el diario de Lily hasta dar con el pasaje que buscaba.

Robert me cuenta todas sus intimidades y los anhelos de su corazón.

Sé de él incluso lo que no debería, al fin y al cabo aunque es mi primo es un hombre con necesidades propias de su naturaleza masculina.

Sus escarceos con las chicas del pueblo no son más que un desahogo, incluso a esa chica que está con él, Rosslyn, no se la toma en serio.

Robert está enamorado hasta el alma, pero enamorado de un sueño extraño.

Esa joven y preciosa Margaret que se le entrega en sueños no existe.

¿Cómo ha llegado a crearla? Me ha enseñado un dibujo muy exacto de ella.

Tal vez es alguien de su futuro esperando en un pliegue del tiempo.

Ojalá la encuentre, le preguntaré si ha visto a Perceval…

A partir de ahí se perdía en divagaciones.

Pero yo ya comprendí quién era la misteriosa Margaret.

La confesión de mi sobrina y el dibujo habían resuelto el misterio.

¿Había soñado también Margaret con Robert?

¿Se habían amado en ese mundo intermedio entre la realidad y el sueño?

No se lo preguntaría porque me daba miedo la respuesta. Mejor que Edward no supiera nada.

Me quedé muy pensativa cuando pasamos por Trafalgar. Qué distinta hubiera sido la vida de Lily si Perceval hubiera regresado. Tanto Edward como Margaret conocían la historia de la batalla. Les hablé de Perceval y Lily. Margaret lloró y Edward se mostró muy conmovido.

—Él le regaló a Lily el collar de perlas azules que tanto te gusta, Margaret. No se lo quitó nunca en vida, hasta que en su lecho de muerte me lo regaló a mí. Lo estrené en mi presentación.

—¿Ese camafeo tan precioso que llevas siempre también era suyo?

—No, querida Margaret. El camafeo es mío.

El viaje por barco fatigó bastante a Katy, que se mareó aunque intentó disimularlo.

Le había reservado un buen camarote, como si fuera miembro de la familia.

Y lo era. Para mí era más que una doncella, más que una dama de compañía.

Era una amiga leal y discreta. De hecho, sin consultar con mis sobrinos hice que comiera con nosotros en nuestra mesa.

Edward enarcó las cejas, gesto muy suyo cuando no comprendía algo, pero no se atrevió a comentar nada.

Katy sabía comportarse perfectamente y con su ropa nueva estaba elegante y sobria.

Llegar a Gibraltar fue como llegar a casa, un pedacito de Inglaterra antes de entrar en España.

Margaret llevaba un ejemplar de los Cuentos de la Alhambra y viajamos a Granada para ver el monumento, que nos dejó sin palabras.

Aun estando bastante descuidado era lo más impresionante que habíamos visto en nuestra vida.

Mi sobrina se enamoró de Granada y de su misterio.

Llegamos a Madrid tras un viaje largo y agotador.

Aunque había oído críticas poco halagüeñas a mí me pareció una ciudad espléndida.

Isabel era reina desde los tres años y su nombramiento había dado lugar a una guerra civil.

Su matrimonio también había provocado controversia, ninguno de los candidatos convencía a unos y a otros.

De todos los nombres yo sólo reconocía los de Leopoldo de Sajonia-Coburgo- Saafeld, rey de los belgas y tío tanto de la reina Victoria como del príncipe Alberto, y Antoine de Montpensier, hijo del rey Luis Felipe de Francia fallecido pocos años atrás.

Pero Antoine había terminado casado con la princesa María Luisa, hermana de la reina; y la propia soberana con su primo Francisco de Asís, como habían esperado tanto Francia como Inglaterra.