El secreto de Lady Agnes AGNES #4
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AGNES #4

Amor mío, cuánto te echo de menos. Sueño con tus manos, con tus besos y caricias, te siento a mi lado tan vívidamente que escucho tus suspiros y el latido de tu corazón amante.

Toco el hueco vacío a mi lado en mi cama y lo lleno de ti.

Tus inmensos ojos azules brillan como estrellas al mirarme, tu cuerpo fuerte y hermoso como el de una estatua se llena de calor al contacto del mío.

Yo resurjo en tu piel y en tu carne palpitante que me abraza y me abrasa.

Me resisto a despertar. Me estremezco, río y lloro de amor y de felicidad.

Hasta que la realidad se impone y al abrir los ojos comprendo que tú no estás allí para despertar conmigo.

Cuando estoy sola saco las cartas que me escribiste en Londres y las releo, me las sé de memoria.

Cuando muera quiero que te manden mi diario, las cartas que no te envío y el documento de nuestra boda; pero que me entierren con el anillo y al camafeo.

El collar de perlas azules que tanto te fascinó se lo dejaré a mi sobrina Margaret.

¿Por qué pienso en la muerte? Supongo que es a causa de la de Claudette.

Si pudiera verte una vez más aunque fuera de lejos, Alexei mío.

¿Qué haces? ¿Eres feliz? ¿Has tenido hijos?

No me olvides, no me olvides ocurra lo que ocurra.

Sé feliz, amor mío, pero no me olvides. Tengo tanto que contarte, Alexei. Ojalá estuvieras aquí.

****

El veintinueve de diciembre de mil ochocientos cincuenta y tres Margaret cumplió dieciséis años.

Había llegado el momento de desvelarle la verdad y que asumiera su verdadera identidad.

Tanto la señora Williams como Randall y Edward me escribieron para contarme cómo había sido el encuentro en el despacho y la reacción de Margaret.

Edward se sinceró completamente y me confesó que había quedado tan fascinado por Margaret que se sentiría el hombre más dichoso del mundo casándose con ella.

Para papá y para mí supuso un paso más hacia la felicidad porque además ella le correspondía.

Yo no podía esperar más para viajar a Londres llevándole objetos preciosos de su madre que le correspondían por derecho.

Pero fue un mal día. Llegué a la casa de la ciudad y la señora Williams me dijo que Margaret había salido a dar un paseo con Albertine Wilson, la hermana de Edward.

Parecían que se habían hecho amigas, lo que me alegró.

Lo que nunca esperé fue conocer a mi sobrina en aquella circunstancia, medio desvanecida y gritando.

No podía tolerar aquella falta de respeto ni que alteraran su paz mental.

Fui a por la señora Anderson como una justiciera, me enteré y saqué a la luz sus trapos sucios y quedó totalmente desacreditada.

Era indignante que una mujer así se encargara de un orfanato de niñas, el mismo donde había pasado Margaret aquellos amargos siete años.

A Violet me la reservé. Pedí audiencia a Su Majestad y tuvo la deferencia de recibirme de inmediato, en todo momento se había mostrado interesada en el caso de Margaret.

Se lo conté todo, incluso el infundio vertido sobre su persona.

La reina Victoria se indignó y me aseguró que el nombre de Margaret sería incluido en la lista de debutantes que se estaba preparando.

Además me dio un libro del señor Charles Dickens para que se lo regalara a mi sobrina de su parte.

Las cosas no podían ir desarrollándose mejor.

Al que no pude ver enseguida fue a Edward, que había viajado a Escocia llamado por mi padre.

Luego supe que había ido a organizar los detalles de la pedida de mano.

Randall estaba encantado. Lamenté que Claudette ya no estuviera para conocer a su futura nuera, que no le hubiera dado ningún disgusto y sí muchas alegrías con su carácter dulce.

«Ojalá la pudieras conocer, Claudette», le dije mentalmente, «la querrías tanto como yo.

Es tan ingenua. En su corazón no alberga ni un ápice de resentimiento.

Qué momentos tan dulces pasaríais las dos, y cómo sonreirías escuchándola tocar el piano, peleándose con las teclas.

A mí me deja la cabeza estallando, pero también sonrío porque pone toda su voluntad en hacerlo bien.

No sé si realmente su oído musical es muy pobre o tantos años trabajando en la lavandería del orfanato con agua helada han afectado a su audición.

Mi pequeña, preciosa y dulce Margaret se merece lo mejor; y Edward, tu guapo y educado hijo, es lo mejor para ella.

Cómo se aman, Claudette. Yo finjo no enterarme, pero se aman apasionadamente. »

No descuidé a Margaret un minuto mientras permanecimos en Londres.

Salí como nunca antes, íbamos a todas partes.

A veces la criatura suspiraba de agotamiento pero yo la animaba, tenían que verla bellísima y orgullosa.

Me dijo un día mientras dábamos un paseo por RottenRow: «eres una mujer muy guapa, tía Agnes.

Si te lo propusieras encontrarías marido antes que yo.

» Sonreí por dentro y le repuse que no necesito casarme, que disfruto de mi independencia.

Ay, mi dulce y querida Margaret, si tú supieras.

El penoso incidente con la maldita señora Anderson estuvo a punto de arruinar la relación entre mi sobrina y Edward.

Violet me sorprendió desagradablemente, aun conociendo su carácter no esperaba que se uniera e incluso incrementara las calumnias contra Margaret, a la que habíamos protegido con todas nuestras fuerzas.

Puse todo mi empeño en animarla; y el día de su presentación apareció brillante, llamando la atención de todos los presentes.

Su Majestad la distinguió entre todas besándola en la frente y el Príncipe le sonrió amablemente, lo que todos los presentes pudieron ver y observar.

Violet no sabía dónde meterse. Estaba allí con su sobrina Edith, hija de su hermano.

Pero no quiero meter a una niña inocente en el mismo saco que su tía, no sería justo.

Lo importante fue el triunfo absoluto de Margaret.

Cuando me la llevé por fin a Escocia ya se había reconciliado con Edward.

El encuentro entre Margaret y papá fue emocionante. Papá ha quedado totalmente encandilado con esa nieta que es un milagro de la vida y el último regalo de Harold y Evelyn.

Me sorprendió ese interés de Margaret por Robert.

Mi querido Robert. Papá reaccionó como cada vez que escucha su nombre, esa herida sigue abierta pese a los años transcurridos.

Cuando dijo ingenuamente que era muy guapo tuve que taparme la cara con la servilleta para que papá no me viera sonreír y casi reír.

Pero tiene razón, era extremadamente atractivo además de un soñador nacido en la época equivocada.

****

Sorprendí una conversación privada entre mi padre y Edward cuando me dirigía a la biblioteca.

Randall y él habían venido al castillo para pedir la mano de Margaret, lo que ella ignoraba.

Sabía que su abuelo elegiría a su marido pero no que ya estaba decidido su matrimonio con Edward.

Hubiera debido darme la vuelta y retirarme, pero me pudo la curiosidad.

—Imagino que sabes de lo que quiero hablar contigo, Edward.

—Sí, Lord Baxter. De mí y de Lady Margaret.

—Especialmente de ti. Me llena de satisfacción tu enlace con mi nieta, lo sabes y tu padre también lo sabe. Mi pequeña se va a llevar una inmensa sorpresa. Todo cuanto hago es por su felicidad.

—Y yo haré todo lo que esté en mi mano para procurarle felicidad y sosiego, señor. Le doy mi palabra.

—Estoy seguro de ello.

—¿Pero…?

—No, Edward, no se trata de objetar nada. Tienes veinticuatro años, has viajado, has visto mundo…

—Y tal vez usted desea saber qué mundo he visto y desde dónde lo he visto…

Señor, se lo voy a contar para que no dude de mi sinceridad.

Ni siquiera mi padre me ha preguntado al respecto.

No soy un niño ignorante, Lord Baxter. Tampoco puedo decirle que haya llevado una vida disipada.

Solamente me he enamorado una vez y ha sido de Margaret, a la que respeto como la dama que es.

No me he extralimitado con ella ni he intentado seducirla con la excusa de que nos casaremos.

Respecto a otras relaciones, durante mi viaje me inicié en aspectos de la vida que ignoraba.

Además de estudiar y de relacionarme con personas de mi círculo social, trabé amistad con un grupo de poetas que vivían al límite de la realidad y de las convenciones sociales.

Me fascinaron. Me acogieron como a uno más pese a que no he escrito un verso en mi vida, ni siquiera a Margaret.

Bebí absenta, fumé hashish, me pasé noches enteras hablando de literatura, de poesía de la vida en general.

Había un par de mujeres en el grupo, maravillosas, intelectualmente brillantes.

No querían depender de un marido y asumían las consecuencias de su libertad y de la forma de vida que habían elegido.

Me enseñaron cuanto sabían sobre el cuerpo y las manifestaciones amorosas.

Algunos amigos míos frecuentaban a cortesanas exquisitas y caras.

Yo me desinhibí con poetisas que se vestían de hombre cuando salíamos a altas horas de la noche.

Una de ellas se recogía el cabello bajo el sombrero, la otra se lo había cortado.

Fueron amantes, maestras, auténticas y apasionadas. Mujeres libres en todos los sentidos.

Se hizo un silencio largo. Imaginé que papá estaba asimilando la información.

—¿Margaret lo sabe?

—Mi vida privada antes de conocerla no es de su incumbencia, y así se lo dije cuando intentó sonsacarme.

Lo importarme es que cuando conocí a Lady Margaret ya no tenía escarceos amorosos ni aventuras galantes y desde ese momento no hay otra mujer en mi vida que ella. ¿Le he escandalizado, Lord Baxter?

—¿A mí? —papá se echó a reír—. Ni mucho menos, Edward.

Entiendo que los tiempos cambian. Mi primera esposa fue también mi primera mujer, y no hubo nadie entre ella y Margaret ni tras la muerte de Margaret.

Lo único que me importaba saber me lo has aclarado tú mismo, que no has hecho nada que pueda escandalizar a mi nieta.

—Jamás me lo permitiría.

—Estoy contento, Edward, he acertado en mi elección. Ve a llamar a tu padre, fumaremos y beberemos juntos.

Me aparté de la puerta justo a tiempo e hice como si me encaminara al salón. Edward casi tropezó conmigo.

—Lady Agnes, mis disculpas.

—¿Agnes? Entra, hija. He estado hablando a solas con Edward, una conversación muy provechosa.

—Me alegro, papá. Pero será mejor que me vaya, no pinto nada entre vosotros.

En aquel momento volvió Edward acompañado de su padre.

—Randall, Edward, he invitado a Agnes a unirse a nosotros. Muchas veces ha sido mi más preciada interlocutora. Siéntate, Agnes —encendió un cigarro y me lo dio ante el asombro de los otros—. Qué maravillosa compañía, mi querida hija y mis queridos amigos. Solo falta Margaret.

—No la llames, papá, por favor. ¿Qué pensará de mí si me ve fumando como un hombre?

—No serías la única dama que fuma, Agnes querida —a Randall ya se le había pasado el susto—. La baronesa Florence de Cominges no se recataba de hacerlo en público.

—Una mujer valiente. Claudette me contó su historia.

Al mencionar a Claudette todos quedamos ensimismados. Randall carraspeó. Edward me miró con sus increíbles ojos húmedos de lágrimas reprimidas, me sonrió un momento y alzó su vaso.

—Por ti, mamá.

Un incidente con un perro nos dio un susto de muerte.

Margaret salió a cabalgar sola y como tardaba mucho Edward fue a buscarla.

Había impedido que unos niños del pueblo continuaran apedreando a un pobre animal y la última pedrada le impactó a ella.

Afortunadamente no fue grave, un dolor de cabeza que le duró unos días.

Edward lloró de la impresión. Margaret adoptó al perro, al que llamó Pilgrim .

Mi amado Alexei, ayer se casó mi sobrina Margaret con el joven abogado Edward Wilson, hijo de uno de los amigos íntimos de la familia y familia ellos mismos.

Margaret aún no sabe que estamos algo emparentados, su marido se encargará de contárselo.

Fue una boda maravillosa. Mi sobrina vestía de blanco con flores en el pelo, como la reina Victoria en su día.

Papá saqueó nuestro invernadero e hizo traer flores de otros lugares.

Tanto la iglesia como nuestra casa parecían un jardín exuberante.

Después del banquete se marcharon a Surrey, donde Edward ha comprado una mansión cerca de la nuestra.

La de Hertford que pertenecía a su abuelo le corresponde a su hermano Julius.

Lloré de emoción por el momento maravilloso que estábamos viviendo; y también de nostalgia de ti, amor mío.

Recordé nuestra propia boda, nuestras promesas, nuestro vals tarareado y la perfecta unión de nuestros cuerpos.

Te eché de menos de nuevo, como cada día desde que nos separamos.

Sonreí entre lágrimas pensando en el momento en que Margaret se encontrara sola con Edward.

Sé que él la tratará con infinita delicadeza, como tú me trataste a mí.

Amor mío, ojalá pudiera volver a verte aunque fuera de lejos, aunque tú no me vieras.