AGNES #3
—Lord Harold era un bendito y Lady Evelyn un ángel. Su Señoría tiene que echar mucho de menos a su hijo —nos miramos y mi llanto se recrudeció—. Milady, no llore. Además usted se ha ganado el derecho a fumar si le apetece. Es una mujer muy valiente.
—¿Le parece, Katy?
—Voy a traerle esa infusión aunque tenga que arrostrar la furia de la señora Jones.
****
Querida Claudette. Papá y yo asistiremos a la boda de Julius con Violet, por supuesto. No podemos faltar en ese acontecimiento familiar. Desde que recuperamos a Margaret hemos vuelto a disfrutar de los buenos momentos de la vida.
Lady Agnes, la señorita Mary da muestras de una fina inteligencia y gran interés por aprender.
Sus profesores se sienten muy satisfechos con sus progresos.
Herr Schmidt, su profesor de piano, desarrolla gran paciencia y no pierde la esperanza de lograr que la señorita Mary aprenda lo suficiente para amenizar una velada.
No es cuestión de desinterés de la señorita, sino de que carece de oído musical y no tiene buena voz para el canto, al contrario que Lady Evelyn que poseía una voz prodigiosa.
En cambio tiene habilidad y cierto talento para el dibujo y la pintura y muy buen gusto para la decoración floral.
Sin embargo, es en el ajedrez donde demuestra una inteligencia excepcional.
Es una jugadora temible. Lleva una vida ordenada y regulada desde que se levanta hasta que se acuesta, con sus momentos de asueto y diversión.
El señor Evans le regaló un perro al que llama «Billy», no sé cómo se le ocurrió ese nombre.
El animalito y ella se quieren mucho. Conserva su viejo cisne de madera y todavía juega con él; aunque más que jugar lo sostiene entre sus manos muy seria y parece meditar.
Todos adoramos a la señorita Mary, que no se ha vuelto caprichosa ni despótica; por el contrario es una criatura agradecida y bondadosa, a mí me quiere mucho y me demuestra total confianza.
Pasea por los jardines y ha aprendido a montar a caballo, es buena amazona.
También lee mucho. Cuando llegue el momento, usted y Su Señoría encontrarán a una joven dama encantadora y bien preparada en todas las materias.
Además es preciosa también por fuera, aunque no muy alta porque los malos años han frenado su crecimiento pero sí delgada y esbelta y fuerte de salud.
Parece una muñeca. Seguimos escrupulosamente todas las indicaciones que nos ha dado Su Señoría.
A veces la señorita Mary hace preguntas y siempre le respondo que a su debido tiempo tendrá todas las explicaciones.
Sir Randall Wilson también se interesa por ella y me escribe regularmente, está al tanto de sus progresos.
Hice un viaje a Londres con papá cuando Edward volvió del continente. Estaba cambiado, había crecido. Sus ojos verdes me impresionaron. Efectivamente no eran como los de Claudette, sino como los de su difunto tío.
Me apetecía renovar mi vestuario. Claudette estaba muy resfriada y no quiso salir de compras. Suspiré. No me apetecía ir sola.
—Le pediré a Violet que me acompañe —le dije a papá.
—¿Te llevas bien con Violet Wilson?
—Bueno —suspiré—. Tiene un carácter muy raro. A mí no me tutea y prefiere que yo tampoco lo haga, así que nuestro trato es muy formal. Julius también me llama Lady Agnes, al igual que Edward por otra parte. Claro que ellos apenas me conocen, no como sus padres.
—Bueno, no te disgustes por tan poco. Si Edward y Margaret llegan a casarse serás su tía. Y deja que Violet Wilson te llame como quiera.
—No Violet Wilson, papá. Lady Violet Campbell. No quería casarse con Julius, ¿lo sabías?
Mi padre me miró sorprendido, con la cuchara suspendida sobre su plato. Estábamos tomando el té y le había apetecido fruta cocida con miel.
—¿Quién te lo ha dicho? ¿La propia Violet?
—¡Oh, no! —reí—. Violet nunca hace confidencias a nadie y con menos razón a mí. Me lo dijo Claudette. Creí que Randall te lo habría mencionado.
—No. Pero esos son asuntos íntimos de familia.
—A lo mejor ni lo sabe. ¿Te apetece un poco de chismorreo social?
Papá, que habitualmente huía de las comidillas, pareció animarse.
—Violet no recibió mucha atención de sus padres, especialmente de su madre.
Las hermanas mayores vivían en su mundo y su hermano acaparaba toda la atención y las esperanzas de la familia.
Parece ser que estuvo fantástica el día de su debut, iba espectacular aunque entre tú y yo hay que reconocer que no es especialmente agraciada.
Pero a Julius le gustó, pese a la diferencia de edad.
Violet tenía algo en la cabeza, llevaba una idea muy concreta respecto a qué tipo de marido quería.
Julius no era exactamente lo que esperaba.
—Pero quería casarse o no.
—Quería casarse, por supuesto, pero no con Julius Wilson. Su madre se empezó a desesperar el segundo año. Ya no era una debutante y el interés de los jóvenes caballeros se fue desviando hacia las recién presentadas.
—Esperaba a alguien, entonces.
—Sí y no. No estaba enamorada de nadie, no se trataba de una historia de amor imposible.
Ella quería a alguien de la familia real.
No a un miembro directo, claro está, eso era imposible; pero sí uno de los parientes colaterales que la ayudara a entrar en un círculo social más restringido.
Piensa que aunque Julius heredará el título de su padre no se trata de un aristócrata de la sangre.
Como pasaban los años y ningún primo tercero o cuarto de los reyes pidió su mano, se encontró con una edad ya peligrosa para poder elegir.
Su madre fue muy indiscreta contando en una reunión de amigas que la dote de su hija iba a ser inmensa, había decidido incrementarla confiando en que algún hombre adecuado pero no exigente respecto a la edad, la pidiera en matrimonio.
Su hermano Arthur estaba cansado de verla en casa desocupada y cada vez más arisca.
Presionó a su madre para que la pusiera en el mercado matrimonial como fuera, incluso aumentando la cuantía de la dote.
Él mismo estaba dispuesto a aportar lo que fuera de su patrimonio personal.
Claudette estaba en aquella reunión. Así que Julius volvió a entrar en escena porque él justamente lo que buscaba era una mujer algo mayor y con una dotación económica que engrosara sus finanzas.
Se casaron, con gran alivio de Arthur que vio salir de la casa a una solterona a la que no soportaba.
Violet y Claudette chocaron desde el primer día.
No se repitió la historia de ella con Felicity, a la que cedió toda la autoridad.
Como resultado, Julius y Violet se buscaron otra casa donde vivir solos.
—Y todo eso te lo contó Claudette. La verdad, no os imaginaba a las dos entretenidas en esas cuestiones.
—Papá, sabes que Claudette fue siempre muy amable conmigo y me ayudó mucho.
A veces se divertía contando anécdotas mientras merendábamos; y como hace bastante que no nos veíamos se explayó a gusto.
Por supuesto Julius no tiene ni idea de que estoy enterada de su historia matrimonial.
No se quieren pero tampoco se detestan. Son como dos conocidos corteses que comparten casa y un hijo.
—Ya. Bien, tú sabrás lo que haces yendo de compras con ella.
—Hubiera preferido a Claudette, pero ese condenado resfriado no la abandona. No entiendo cómo lo ha podido coger.
El resfriado derivó en una neumonía que acabó con su vida.
Claudette murió dejando desolados a sus hijos y a su marido.
Julius se controló como pudo, pero Edward a duras penas pudo mantener la compostura porque estaba muy unido a su madre.
Randall tardó mucho tiempo en reaccionar. El amor de su vida se había marchado.
Mi gran y querida amiga Claudette dejó un gran vacío en mi vida.
Lloré por ella. Nunca habíamos vuelto a hablar de Alexei, jamás me preguntó detalles.
Pero ella también formaba parte de mi historia de amor.
Mi historia de amor era una sucesión de cartas que escribía en mi diario dirigidas a Alexei y que él nunca leería.
Lo imaginaba escribiéndome también en su diario personal si llevaba uno, o mentalmente durante la noche.
Amor mío, mi Alexei, mi amado esposo. Llevo el anillo de desposada como un galardón y un recuerdo eterno de nuestro matrimonio.
Guardo entre las páginas de mi diario el documento firmado por ambos y sellado por tu sello en el que dejaste constancia de nuestro enlace privado.
Beso cada noche el anillo y evoco tu recuerdo para contarte mis alegrías y mis penas.
¿Recuerdas a Claudette? Ha muerto recientemente llevándose con ella una parte de mi vida y también de la de ambos.