AGNES #2
La niña estará aterrorizada, que no vea brusquedad en ninguno de ustedes y sí mucha paciencia y bondad.
Ni mi padre ni yo la veremos ni viajaremos a Surrey durante su aprendizaje, si bien estaremos constantemente pendientes de ella y de sus progresos.
Usted nos informará por carta regularmente.
Sir Randall Wilson tiene instrucciones concretas, acuda a él siempre que sea necesario.
Cuando yo misma viaje a Londres usted vendrá a la ciudad y me contará personalmente cómo está la niña y qué tipo de carácter tiene.
Es una niña noble hundida en el fango durante muchos años, pero no tantos como para que su forma de ser natural se haya echado a perder.
Será normal que al principio desconfíe de todo y de todos y no comprenda nada.
Lo principal es que ni se asuste ni se altere.
Sé que es una responsabilidad muy grande la que cargo sobre sus hombros, pero papá y yo confiamos plenamente en usted y en su buen hacer.
Lady Agnes, la señorita Mary es una niña muy buena, irradia bondad como su madre Lady Evelyn.
No ha tenido ningún gesto de rebeldía ni de malas costumbres.
Llegó pensando que iba a ser la última criada de la casa y esperó humildemente que le asignaran las tareas inferiores.
Se sorprendió mucho cuando vio que la tratábamos tan bien y no le exigíamos nada.
Estaba hambrienta, sucia y vestida con harapos.
No se ha separado de su cisne. El señor Evans, el cochero, la adora.
Todo el personal de la casa está a sus pies y dispuesto a complacerla.
Se aplica mucho con sus lecciones y aprende rápidamente.
Es una bendición. Cuando Su Señoría y usted la conozcan no podrán sino quererla
Sabiendo que Margaret estaba bien y se había convertido en la niña mimada de la casa, pude concentrarme en mi propia vida. Papá pareció rejuvenecer.
—Papá, ¿estás seguro de no querer ver a Margaret antes de que cumpla dieciséis años?
—Es por su tranquilidad, hija. Que vaya asimilando su nueva situación, que se adapte.
Está en mi mente y en mi corazón, pienso constantemente en ella dando gracias por haberla encontrado.
Todo a su tiempo, hija mía. La alegría que siento es mayor de lo que puedes imaginar.
He escrito a Randall para que organice su asignación anual.
De momento no necesita nada, así que le he encargado que haga algunas inversiones que aumenten su peculio.
Y le he hecho una sugerencia que estudiaremos y decidiremos entre los dos.
—¡Oh! ¿Y no puedo saber qué es?
Mi padre sonrió y pareció pensar.
—Sí puedes, Agnes. Verás, ahora que nuestra Margaret ya está entre nosotros he pensado retomar el proyecto de unir nuestras familias.
—Papá… —me moví inquieta en mi asiento. No estaba dispuesta a afrontar otra conversación sobre mi hipotético matrimonio—. ¿En qué has pensado exactamente?
—No en ti, pequeña —se rio mirando mi cara de circunstancias—. Edward Wilson sería un excelente marido para mi nieta.
—¡Edward!
—Pues sí, Agnes. Ese chico tiene ocho años más que Margaret, lo cual en su momento no será ningún inconveniente.
—¿Y por qué no Julius?
—Julius ya tiene su futuro previsto. Edward disfrutará de sus propios medios, pero además hay otra cuestión importante: es mi heredero.
—¿Edward Wilson?
—Sí, Agnes. He estado repasando la lista de mis posibles herederos, Edward es pariente nuestro.
Julius también, pero él ya es el heredero de su padre, tendrá título, bienes y tierras.
Si Edward se casa con Margaret todo quedará en familia.
No me gustaría un desconocido ni para mi nieta ni para heredarme. ¿Qué te parece?
—Pues… estoy muy sorprendida, papá. Pero no me parece descabellado si Randall y Edward están de acuerdo. Porque aunque Margaret no tenga opinión al respecto, Edward sí tendrá algo que decir.
—Edward ya sabe que le nombro en mi testamento heredero legal. No es una condición para que se case con Margaret, el matrimonio es una sugerencia. Pero tenemos que hablar con calma y largamente los tres, Randall, Edward y yo. Además, cuando se conozcan dejaremos actuar al destino.
—Tal vez tengas razón, papá. Yo te apoyo en todo cuanto decidas, lo sabes.
—Excepto en lo concerniente a casarte tú misma.
Moví la cabeza negativamente. Yo estaba casada desde mil ochocientos treinta y dos.
Y aunque no había vuelto a saber nada de mi marido, le era fiel a él y a mis promesas matrimoniales.
Cada noche besaba mi anillo de desposada y le contaba mis pequeñas cosas.
Soñaba con mi amado Alexei y un futuro juntos que sabía imposible; pero me sentía dichosa de haberle conocido y entregado mi amor.
Sabía que me recordaría y amaría toda su vida, fuera lo que fuese que le ocurriera.
Él estaba conmigo, en mi corazón y en mi mente.
Era mi esposo y solo la muerte rompería mi vínculo.
El tiempo pasaba y las noticias sobre Margaret nos alegraban y llenaban de orgullo y amor por ella.
—Es una Baxter. Una auténtica Baxter —decía papá con la cara iluminada de felicidad.
Y el tiempo pasaba.
Querida Agnes, tengo una noticia que darte: Julius se ha comprometido con Violet Campbell.
Tal vez te sorprenda porque Violet es mayor que él y mi hijo todavía es muy joven.
Randall quedó un tanto perplejo por la elección, pero no se opone.
Conocemos a Ethan y Eleanor desde hace años, por no decir a Violet.
Tenerla como nuera no creo que sea sencillo, de hecho sé que no lo será.
Pero Julius, pese a su juventud, ha sopesado la conveniencia de ese matrimonio.
Se van a casar cuanto antes, la novia tiene ya una edad y Julius quiere tener hijos.
Se trata de un matrimonio de conveniencia a su conveniencia.
Tu padre y tú estáis invitados, recibiréis la tarjeta.
Querida mía, no sé cómo reaccionar aunque solo pienso en el bien de mi hijo.
Menos mal que contigo puedo hablar sinceramente.
La dote de Violet es inmensa y pasará a manos de Julius, no creo que haya visto más allá de eso.
Eleanor no cabe en sí de alegría, esta hija soltera la tenía muy preocupada.
Te contaré más detalles cuando nos veamos.
Lo importante es que emparentamos con una familia de renombre, Julius no ha cometido una locura juvenil de la que tuviera que arrepentirse más adelante.
¿Cómo sigue nuestra niña Margaret? Randall me ha contado los proyectos que tiene con tu padre.
¿Qué quieres que te diga? Todo lo que nos una más a vosotros siempre será bienvenido y bendecido.
Edward no dice nada pero sé que está meditando.
Se va a marchar a Francia en cuanto su hermano se case.
—¡Julius casado! Con Lady Violet Campbell. ¿En qué estaba pensando mi primo?
—En la dote. En el prestigio —respondió papá—. Es más calculador de lo que parecía.
—Esa mujer es antipática y amargada, papá. La vida de Julius con ella será un infierno.
—Querida hija mía, no pienses que Julius pasará todas las horas del día en su casa.
Cogerá la dote, la guardará bajo llave y hará su propia vida en cuanto su mujer le dé un heredero.
Recuerdo a Ethan Campbell cuando éramos jóvenes, muy atractivo y vital.
También era amigo de Perceval DeWitt. Dios mío, cómo pasa el tiempo.
Ethan ya tiene nietos mayores. Respecto a Violet, no la conozco.
Su sobrina Edith no tardará en ser presentada en la corte, es más o menos de la edad de nuestra Margaret.
Cuando murió Perceval me centré en mi pobre hermana y después estuve demasiado ocupado, he perdido mucho contacto con mis antiguos amigos. Qué viejo me he hecho, hija mía.
—No eres viejo, papá —besé su frente intentando no llorar—. Eres un caballero de cierta edad muy guapo y de gran prestancia.
—No me digas esas cosas, voy a ponerme tontorrón.
Reí, volví a besarle en la frente y me dispuse a dejarle con su periódico y su licor. Encendió un cigarro y me miró con picardía.
—Agnes, ¿te apetece un cigarro?
—¿A mí? Papá, estás de broma.
—Venga, te enciendo uno. Quédate conmigo y fumemos juntos como padre e hija. ¿Quién se va a enterar?
¿Quién por cierto? Un secreto más en mi vida no me iba a perjudicar.
Encendió otro cigarro para mí y lo cogí mientras él me explicaba cómo inhalar el humo.
Tosí, al principio me mareé un poco; pero el aroma y el sabor terminaron por resultarme agradables.
Papá leía el periódico y de vez en cuando me miraba sonriendo.
De repente me sirvió un dedo de whisky y levantó su vaso hacia mí.
Bebí con precaución. Recordé a mi hermano compartiendo momentos así con papá y comprendí cuánto le echaba de menos.
Se convirtió en una costumbre que después de cenar me quedara en el salón de fumar de papá sentada en un cómodo sillón con un cigarro y un vaso de licor, hablando como dos colegas de un club.
No hacíamos daño a nadie. El personal del castillo acabó por enterarse pero ellos no hablaban con nadie de lo que veían y oían, aunque supuse que tal vez entre ellos comentarían aquella extravagancia.
—Huele usted mucho a tabaco, Milady —me dijo Katy un día—. No es de mi incumbencia, pero sería una lástima que el esmalte de sus dientes se estropeara y su aliento no fuera el propio de una dama.
—¿Conoce usted alguna solución, Katy?
—Bicarbonato, Milady.
—¿Cómo dice, Katy?
—El bicarbonato es lo mejor para blanquear los dientes, Milady. Y para que su aliento huela fresco y perfumado le prepararé infusiones de salvia y manzanilla para que se enjuague la boca. ¿Puedo preguntarle por qué ha empezado a fumar?
—Papá me invita. El pobre hombre se siente solo y no tiene a nadie más que a mí. Si mi hermano estuviera vivo no me necesitaría…
Rompí a llorar sin poder evitarlo. Katy, impresionada, también comenzó a llorar.