El secreto de Lady Agnes ALEXEI
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ALEXEI

Me dolió el corazón cuando el Reino Unido y Francia nos declararon la guerra para defender al Imperio Turco.

De repente mi esposa y yo nos encontrábamos en bandos opuestos.

Ella no iba a combatir, obviamente, pero yo sí lo hice y no sabía si entre los oficiales británicos habría algún pariente suyo.

El resultado de la guerra no favoreció al Imperio Ruso.

El dos de marzo de mil ochocientos cincuenta y cinco murió el zar Nicolás y el nueve de septiembre de ese mismo año los enemigos se apoderaron de Sebastopol, obligándonos a firmar el Tratado de París el treinta de marzo de mil ochocientos cincuenta y seis.

Alejandro II, el nuevo zar, fue quien firmó el Tratado y se hizo cargo del gobierno.

A diferencia de lo que se esperaba de él resultó ser un hombre liberal, abierto a hacer reformas que mejoraran la vida en el Imperio.

Le preocupaba también el sistema de servidumbre, que en su opinión atascaba el avance de la sociedad.

Todos poseíamos siervos cuyas condiciones de vida habían ido mejorando, al menos respecto a los pertenecientes a mi familia.

Los propietarios veían con inquietud una posible emancipación general.

Volví a casa cansado y apenas recuperado de las heridas que había sufrido.

Encontré a mis padres fuertes como siempre pese a su edad, pero Darya no se encontraba bien.

Había guardado silencio sobre su malestar demasiado tiempo y cuando se manifestó violentamente la enfermedad, ya no había remedio.

Sentí pena por ambos, por nuestras vidas rotas, por los años desperdiciados.

Lloré junto a su lecho de muerte. Parecía haber encogido, su rostro macilento y exangüe me conmovió.

La agonía fue breve, el médico la mantuvo dormida casi todo el tiempo excepto para que dictara y firmara su testamento y recibiera la extremaunción.

Se apagó silenciosamente con sus manos entre las mías.

Cuando tras el funeral y la inhumación volvimos a casa para el banquete fúnebre, me mantuve distante y apenado y apenas comí.

Deseaba quedarme solo. Entré en lo que hubiera sido nuestra habitación y terminó siendo suya hasta el final.

La habían limpiado y ordenado. Todas sus cosas seguían allí como si fuera a volver a necesitarlas.

En su salón estaban todavía un bordado a medias de terminar y unos libros.

Me acerqué al piano y pulsé una tecla, el sonido rompió el silencio.

La cara asustada de una sirvienta se asomó un momento por la puerta, me hizo una reverencia al verme y se marchó.

Me senté en su sillón y cerré los ojos. Qué diferente hubiera sido su vida si se hubiera casado con otro hombre, uno que hubiera sabido apreciar sus cualidades y sacar de ella lo mejor de su carácter.

Nosotros dos no habíamos hecho más que acumular un error encima de otro.

«Descansa en paz, princesa DaryaVoronina.

Ambos somos libres, por fin.» Era libre.

Cuando abandoné su gabinete me sentí distinto.

El inmenso peso que había soportado sobre mis hombros había desaparecido.

Tras el tiempo prudencial de duelo me dispuse a vivir mi vida plenamente.

Me lo había ganado. Iría a buscar a mi Agnes, mi Olga.