AGNES #2
No puedo darte noticias de eventos sociales porque ni damos ni acudimos a fiestas.
De forma esporádica vamos al teatro a Perth pero poco más.
Yo paseo hasta la antigua mansión Kinnear, monto a caballo, me acerco a la mansión Lennox que era de mi abuelo y ahora es mía, Harold me cedió las rentas derivadas del alquiler y de las tierras.
La familia que la ocupa me acoge bien cuando me ven, son personas muy agradables.
Entienden que no las invitemos, ellos son acaudalados pero carecen de título.
Tal vez en la siguiente generación, como ocurrió en la familia de mamá Margaret.
Leo durante horas, bordo y dibujo composiciones florales.
Todo este silencio y calma ha afectado también a Katy, mi doncella y ocasionalmente dama de compañía, que cada vez habla menos.
Ven tú también cuando te apetezca, Claudette, tú sola si Randall no puede acompañarte. Y trae a Albertine, con su institutriz para que no pierda lecciones. Me gustaría volver a verte, pondrías una nota nueva de alegría en esta casa silenciosa.
Querida Agnes. Me hablas de todo excepto de lo que me interesa de verdad, cómo te sientes tú.
No quiero ser demasiado explícita aunque la correspondencia es privada y nadie va a leer nuestras cartas.
Estoy preocupada, Agnes. Ese encierro me retrotrae a momentos muy dolorosos en tu familia.
No es el mismo caso pero no quiero imaginar que termines por no salir ni al jardín.
Querida mía, ¿has tenido noticias del extranjero?
¿Sabes algo? ¿Te ha escrito alguna vez? Aquí no ha vuelto.
Coincidí en un baile con Lord y Lady Bailey y pude preguntarle a Sophie si habían tenido noticias de su insigne huésped.
Me respondió que les había enviado un regalo en agradecimiento por su hospitalidad y les comunicó que había contraído matrimonio con la duquesa Darya Petrovna Smirnova, si es que se escribe así.
Sigue al servicio del zar, como siempre.
No sabía más. Y yo no me atrevo a volver a preguntar para no hacerla desconfiar.
Cada vez que recuerdo lo que hubiera podido ser, me entran ganas de llorar.
Puedes hablar libremente conmigo, sabes que te comprenderé mejor que nadie.
Querida Claudette, no te inquietes por mí.
Soy feliz con la vida que he elegido libremente.
Me siento en paz. Cuido de papá lo mejor que sé.
El tiempo aquí pasa más despacio porque no tengo distracciones que me aparten de lo esencial.
He abandonado el comité parroquial, no terminaba de encontrarme cómoda.
También he abandonado el luto definitivamente y he vuelto a mis colores habituales.
Recibo las revistas de moda y estoy al día de los nuevos modelos.
Tengo que buscar una modista capaz de copiar y confeccionar los vestidos a mi gusto.
Querida Agnes, ven a Londres. Aquí se encuentran los mejores tejidos y las mejores modistas. A menos que pidas tus vestidos a París, claro. Y sigues sin contarme nada. No insisto más, no quiero darte la impresión de que soy una entrometida. Es mi cariño por ti lo que me mueve.
Lo sabía. Sabía que el cariño de Claudette hacia mí era sincero y sin fisuras.
Pero no podía hablar de Alexei en voz alta, pronunciar su nombre me dolía.
Por supuesto que se había casado con su duquesa.
Yo nunca le había preguntado cómo era, su carácter, su color de cabello.
No me pareció correcto aunque sintiera curiosidad natural.
Tal vez en estos años había aprendido a quererla.
¿Me había olvidado al final? No. Imposible.
Nos casamos llenos de amor, algo así no se olvida nunca.
Cómo va a olvidar que me di por entero como nunca hubiera imaginado, desafiando las costumbres y mi educación.
Cómo voy a olvidar su olor, su tacto, su sabor en mi boca.
Cómo voy a olvidar el placer exquisito de su cuerpo unido al mío, las caricias húmedas, el calor de nuestra carne.
Él me enseñó a ser una mujer completa, a ser su esposa de una forma como pocas mujeres casadas han conocido o conocen, atrapadas en la rigidez de las buenas maneras.
Mi querido hermano y Evelyn jamás se abrazaron desnudos explorándose mutuamente y traspasando los límites de lo permitido.
Yo he sido muy afortunada. Pero no se lo puedo contar a nadie.
No puedo hablar de mi esposo amado y amante.
Es mi secreto. Él es mi secreto como yo soy el suyo.
Su esposa rusa no lo es más que yo, la única diferencia es que su unión está registrada; pero la nuestra es igual de sagrada.
No me he quitado nunca el anillo bendecido que me recuerda mis votos matrimoniales.
Guardo el certificado de matrimonio firmado y sellado.
¿Le amará ella? ¿Habrá terminado por sentir el amor fruto de la convivencia?
Me pregunto si habrá tenido hijos con ella.
Es muy posible. Pero ahí cesa mi curiosidad.
No quiero imaginarle haciendo con otra lo que hicimos juntos.
Aunque quizás teniéndola a ella en sus brazos cierre los ojos e imagine que soy yo.
Yo sí te guardo fidelidad absoluta, amor mío.
En cuerpo, corazón y mente sólo he sido, soy y seré tu esposa, de nadie más. Nadie me tocará excepto tú.