El secreto de Lady Agnes AGNES
61%

AGNES

Julius Wilson ha muerto. Papá lo ha sentido profundamente, eran amigos desde su juventud.

Nos hemos desplazado a Londres para los funerales.

Ha sido desgarrador volver a casa. La señora Williams y todo el servicio estaban esperándonos para darnos la bienvenida.

He subido a mi habitación con Katy y mientras deshacía el equipaje he entrado en las habitaciones de Evelyn y de Harold.

Se me han saltado las lágrimas mirando sus retratos.

Dos cuadros magníficos realizados por un pintor famoso.

Harold, hermano mío. La dulce Evelyn. La niña perdida.

Siguen buscándola infructuosamente, pero sin descanso.

Papá está dispuesto a gastarse toda su fortuna si hace falta antes que desistir.

Esas habitaciones siguen igual, como si ellos fueran a entrar por la puerta de un momento a otro.

Todo brillante, limpio. El interior del armario de Evelyn se seguía perfumando con violetas.

Toqué los cepillos y el espejo, las cajitas de talco y cremas.

El paraíso femenino de Evelyn contrastaba con la seriedad del espacio de Harold, forrado de madera oscura y con muebles pesados, no como los ligeros de palisandro de Evelyn.

—No, señora Williams. Todavía nada.

—No pierdan la esperanza, Milady.

—Es lo único que nos queda, señora Williams.

—Lamento la muerte de Sir Julius Wilson. Yo no llegué a conocerle tan bien como mi madre pero me habló mucho de él, siempre fue amable con ella.

—¿Cómo están sus padres, señora Williams?

—Muy ancianos, Lady Agnes. Yo no puedo ocuparme de ellos así que he contratado a alguien que los cuide. Están bien atendidos.

—Deles saludos de mi parte cuando los vea.

Volví a vestir de luto para la ceremonia fúnebre. Randall intentaba mantenerse calmado, Claudette lloraba silenciosamente.

—¿Y Julius? —pregunté a Claudette por su hijo mayor, que no estaba presente.

—En el continente. Le hemos escrito comunicándole la muerte de papá.

Volverá lo antes posible. En París se alojaba con mi hermano Albert y su esposa, pero quería viajar a Italia y a Grecia.

No sabemos exactamente dónde estará ahora.

De todas formas llegará tarde, así que le dije en la carta que no se inquietara.

Sufrirá cuando se entere, estaba muy unido a su abuelo.

Se nos ha ido un gran hombre —sonrió entre lágrimas—. Ya está con su amada Felicity.

—El único que tiene recuerdos de aquellos tiempos es mi padre, él los conoció a todos en su juventud.

Y hablamos de aquellos tiempos durante la comida.

Papá evocó las historias de Julius y Felicity, cómo se enamoraron, su boda.

Su tía Heloise, tan peculiar; la tía Amalia como mujer joven casada con aquel escocés tan guapo y cada vez más nacionalista.

Salió a relucir el nombre de Perceval, muerto en la batalla de Trafalgar.

El joven Edward abría los ojos con asombro.

—Le escucho hablar de Napoleón y sus guerras y es como leer un libro, Lord Henry. ¿Cuántos años han pasado?

—Cuarenta, tal vez. No tantos como para que te suenen a historias antiguas, Edward.

—Lo son, señor. Para usted son historias recientes porque las vivió. Para nosotros son viejas batallas. El abuelo nos hablaba a veces de ellas a Julius y a mí. Un hombre condecorado por su valentía. Ha sido un honor tenerlo como abuelo.

—Cierto, Edward. Y yo muy afortunado de tenerlo por padre. Nunca le olvidaremos.

—Lord Henry, ¿usted también fue testigo del duelo familiar? Entre tío Edward y su primo Robert.

—Sí, estuve allí con Julius. Creímos que nuestra presencia pararía a aquellos insensatos.

—Edward, por favor. A mi padre no le gusta hablar de ese asunto —le dije—. y creo que al tuyo tampoco.

—Mis disculpas. Lo que ocurre es que estas comidas funerarias son propensas a sacar viejos temas para recordar a nuestros difuntos.

Randall carraspeó y levantó su copa.

—Brindemos por Julius Wilson. Un gran hombre, un gran padre, un gran abuelo. Por ti, papá —Bebimos todos tragándonos las lágrimas con el vino.

Nos quedamos un tiempo en Londres. Tanto papá como yo teníamos que arreglar unos asuntos con Randall.

Yo hice las visitas que tenía pensadas. Solicité una audiencia con Su Majestad la reina Victoria y me citaron para dos semanas después.

No me recibió sola, sino en presencia de sus damas de confianza.

No iba a pedirle nada, solo presentarme a ella.

Pero una vez en presencia de la soberana le hablé de la niña desaparecida de mi hermano y de la búsqueda incesante. La reina me miró con tristeza.

—Deseo de todo corazón que encuentren a esa niña, querida. La tendré presente en mis oraciones.

—Os lo agradezco, Señora. Viniendo de Vuestra Majestad esas oraciones serán más valiosas.

—Lady Agnes, avíseme cuando aparezca para que pueda alegrarme por su familia.

Las palabras de consuelo de la reina me llenaron el corazón.

Es una mujer dulce y atenta. Hice una profunda reverencia y me retiré sin darle la espalda.

Me hubiera gustado ver al príncipe Alberto pero no estaba con ella.

Su Alteza Real también tiene muchas obligaciones.

Cuando me conducían por el largo pasillo escuché música procedente de uno de los salones.

Por supuesto no podía asomarme para ver quién tocaba con tal virtuosismo.

De repente el sonido del piano cesó y el príncipe Alberto en persona apareció en la puerta.

Le hice una reverencia y continué mi camino en silencio, no sin fijarme todo lo que pude en él sin dar la impresión de que le miraba.

Claudette tenía razón. Era guapísimo, alto y esbelto.

A papá le conmovió el interés de la reina por nuestra niña perdida. Cada vez estábamos más convencidos de que era una niña y cuando hablábamos de ella la llamábamos por su nombre: Margaret.

Ya estábamos en Perth cuando volvió Julius Wilson del continente.

Mi querida Agnes. Julius ha regresado. La alegría de su vuelto mitiga la pena por la pérdida de papá.

Lo primero que ha hecho ha sido visitar su tumba.

No ha llorado. Se ha mantenido entero y sereno.

Está muy cambiado, parece otro. Su viaje le ha madurado.

Albert me ha escrito que se portó muy bien en París, no se emborrachó ni se fue de juerga con otros chicos de su edad a lugares inconvenientes.

Su preceptor me ha dicho lo mismo, que su conducta ha sido ejemplar en todo momento y en los países que ha visitado.

Se llevó a Grecia un ejemplar de “La Ilíada” en griego.

Es muy consciente de su posición y obligaciones como primogénito y se siente heredero de su abuelo, que ha sido siempre su ejemplo de vida.

Me siento muy orgullosa de este hijo mío tan responsable y maduro.

Es un ejemplo para Edward, que desea estar a su altura.

Albertine le adora y siente un gran respeto por él como hermano mayor.

Mientras que Edward la mima, Julius es bastante severo con ella, recordándole siempre a qué se debe y qué se espera de ella.

Por aquí todo sigue igual, acostumbrándonos a la ausencia de papá, si es que es posible acostumbrarse.

Pero qué te voy a decir que tú no sepas por experiencia propia.

Te echo de menos, Agnes. Me siento bastante sola pese a las reuniones con mis amigas y los comités de caridad.

Querida mía, vente un tiempo a Londres. ¿Seguro que estás bien?

Necesitas hacer algo de vida social, aún eres joven y te esperan momentos muy agradables.

No desperdicies tu vida encerrada en el castillo.

Querida Claudette. Cuánto me alegro de las noticias sobre Julius.

Siempre ha sido un buen chico. Por mi parte puedo decirte que cada vez me apetecen menos las fiestas.

Aquí seguimos con nuestra vida retirada.

Papá se pasa horas en la biblioteca cuando no está cabalgando.

Jugamos al ajedrez, yo le leo cuando se siente fatigado, hablamos aunque no mucho.

No recibo visitas. A veces voy al pueblo y la madre del pastor me invita a un té y pasteles recién hechos.

Me pidió que participara en el comité parroquial de señoras que ayudan a los niños pobres.

No pude negarme. Una vez al mes nos reunimos y pasamos revista a la situación prestando especial a los huérfanos, a los que terminamos enviando al orfanato de Perth cuando no tienen parientes que se hagan cargo de ellos.

Su situación es terrible. A mí me rompen el corazón las niñas porque su futuro es todavía peor que el de los chicos.

Les he dicho a las señoras del comité que debemos trabajar en el asunto de las adopciones cuando se trata de niños muy pequeños.

Pero ese tema es un hueso duro. Nuestra sociedad no es benevolente con los desfavorecidos.

Ellas comentan con desaliento el abandono y la escasa moral de los pobres, que siguen teniendo hijos que no pueden mantener por puro vicio.

Yo como soltera no tengo mucho que opinar, no me conceden crédito.

No lo dicen en voz alta pero piensan qué puede saber una dama noble soltera (ya me tildan de solterona) de hijos, de crianza y de la responsabilidad que implicaría la adopción de hijos de nadie.

Los bastardos están perdidos desde el instante de su nacimiento, esos inocentes cargarán sobre sus hombros las acciones de sus padres, especialmente la mala reputación de sus madres.

Yo no he conocido ni tratado a ningún pobre, así que no sé si es verdad que son malos y viciosos por naturaleza.

No sé si seguiré mucho tiempo más en el comité, empieza a decepcionarme.