El secreto de Lady Agnes ALEXEI
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ALEXEI

Mi amada Olga, mi amada y dulce esposa. Te escribo una carta más que tampoco te enviaré.

El tiempo nos persigue y siempre termina por alcanzarnos.

En mi recuerdo y en mis sueños tú y yo permanecemos inalterables.

Estoy seguro de que tú sigues igual de bella.

Yo estoy cansado de esta existencia que arrastro desde que te dejé atrás.

No soy feliz, no lo he sido ni un solo instante excepto cuando duermo y sueño contigo.

No debo agobiarte con mis problemas, amor mío, ni caer en la bajeza de hablar mal de Darya delante de ti.

Nuestro matrimonio es un infierno de indiferencia.

No discutimos nunca porque no nos hablamos excepto en público y para guardar las apariencias.

Sirvo a mi zar y al Imperio allí donde soy necesario.

Si no fuera por ti todavía me expondría más.

El emperador me distingue y alaba. Hay más condecoraciones en mi uniforme, que las damas miran con admiración en las veladas sociales.

No he tenido hijos, todos murieron antes de nacer.

¿Sabes, amor mío? Sueño con un hijo nuestro que se parece a mí.

Supongo que es un anhelo natural, soy un padre frustrado.

Ya no me río, apenas sonrío excepto por cortesía.

Me reúno con otros oficiales, con antiguos amigos de juventud alocada, bebemos por los tiempos pasados y las glorias futuras.

Paso fuera el mayor tiempo posible no solo a causa de mi trabajo.

En casa me encierro en mi despacho y no saldría de allí ni para cenar si me fuera posible.

Me acuesto tarde y sueño que estás a mi lado, te beso, te acaricio.

Te doy todo el amor que guardo dentro de mí intacto para ti.

Duermo solo, vivo solo, muero solo. No me he permitido ni un solo segundo un desliz que mi círculo no hubiera condenado, sino comprendido.

Respeto y guardo cuanto te prometí el día de nuestra boda en Londres.

No hay ninguna mujer en mi vida aparte de ti, ni en mi mente, ni en mi alma, ni en la carne.

Vivo en el más estricto celibato desde que mi último hijo se malogró y Darya quedó estéril.

Antes, mis encuentros íntimos se debieron a la exclusiva obligación de tener descendencia.

Si estuvieras aquí mi cuerpo reviviría en el tuyo.

Cada vez que bailo el vals me veo bailando contigo y girando entre risas, como en nuestra boda.

No creas que bailo por diversión, no disfruto ni siquiera de la música.

No disfruto de nada. Tú eres lo único que me mantiene en pie.

No me olvides, amor mío. Si me olvidaras mi vida terminaría en el acto.

Releo una y otra vez la carta y la guardo con las otras que se van amontonando en un cajón oculto cuya llave guardo celosamente.

Estas horas en mi despacho son las únicas que me pertenecen por completo, las otras están dedicadas a mi trabajo.

No veo a Darya excepto en el comedor. Le beso la mano y ocupo mi lugar escuchando a mi padre o los comentarios de mamá. Mi mujer no habla, yo apenas.

—Esta tarde vendrá mamá —anunció Darya de repente. A mí se me atragantó el postre.

—¿Por algo especial? —pregunté no muy amablemente.

—Vernos a Dasha y a mí —respondió mi madre—. La duquesa y yo somos muy amigas. Y es normal que visite a su hija.

—Entonces no me dejaré ver. Papá, ¿me acompañarás al club de oficiales? Las señoras estarán más cómodas sin nosotros.

—Iremos juntos. Así podrán criticarnos sin ningún pudor.

—¡Mijail! Sabes que nunca hablo mal de ti a tu espalda.

—Lo sé, Yelena querida. Bromeaba. Eres demasiado angelical para descender a la vulgar crítica. Y nuestra querida Dasha también. Pasad una buena tarde.

—Creí que me acompañarías —el tono habitualmente bajo de Darya desciende un poco más—. A mamá le gustará verte.

No es cierto. Desea tanto verme como yo a ella. Estoy a punto de decírselo así pero me callo a tiempo. No quiero ser grosero.

—Preséntale mis excusas, Dasha. Papá y yo tenemos que tratar de asuntos de hombres y de militares —mano de santo. No se lo cree pero no le queda otro remedio que fingir que sí.

Papá y yo nos vamos antes de que la duquesa ponga un pie en casa.

Leo el reproche en los ojos de mi madre, que sabe muy bien que efectivamente pasaremos toda la tarde y casi toda la noche en el club hablando, bebiendo y fumando.

Papá es un hombre de principios, jamás ha engañado a su esposa. Yo tampoco, pero por otros motivos.