El secreto de Lady Agnes AGNES #2
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AGNES #2

Recogí unas cosas de mi habitación y seguimos viaje a Perth, dejando en la casa ilusiones y esperanzas truncadas.

El ama de llaves y el nuevo mayordomo nos despidieron encabezando al resto del personal, muy afectado.

Beatrix y su marido Peter, padres de Anna Williams, se habían retirado a una casa pequeña pero bien situada en un barrio habitado por familias de clase media.

Papá les había ayudado a comprarla, aunque ellos se habían resistido; pero no quería que vivieran con estrecheces y en memoria de su hermana fue muy generoso con ellos.

Anna Williams ocupó el lugar de su madre como ama de llaves y contratamos a un nuevo mayordomo, lo que no resultó fácil.

Peter Williams recomendó al hijo de un conocido, hombre bien preparado de unos treinta y cinco años, que hablaba con corrección académica y además sabía francés.

Tras un mes a prueba papá lo contrató. Era perfecto en su trabajo.

Aunque Anna era soltera irreductible, la llamábamos señora Williams por la jerarquía.

Afortunadamente la señora Williams y el señor Taylor se entendían bien.

****

No me gusta recordar el atroz viaje de regreso al castillo.

Papá apenas habló y yo tampoco tenía fuerzas para iniciar una conversación.

Fue largo y fatigoso. Allí todo seguía igual, el tiempo se había detenido.

Nada más llegar papá se retiró a sus habitaciones.

No quería comer nada pero yo le obligué y le llevaron una bandeja.

Me quedé con él para asegurarme de que se lo comía todo.

Yo tomé una cena fría y una taza de té y también me retiré a descansar.

Pero no dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía a Harold y a Evelyn, a Lily, a mamá Margaret, a Edward, a Robert.

Recordé las palabras de mi hermano asegurando que el espíritu de Robert seguía allí, que o bien no se había ido nunca o había vuelto.

Me levanté de la cama, cogí una lámpara y me dirigí hacia el ala donde estaba la habitación que nadie había vuelto a ocupar.

Subí la escalera, empujé la puerta e iluminé el interior.

Todo estaba limpio y ordenado, como si mi primo (mi tío, en realidad) estuviera a punto de llegar.

Los cristales de colores de la ventana brillaron.

De repente vi el cuadro sobre la chimenea y me llevé un susto de muerte: me dio la impresión de que aquellos ojos grises me miraban llenos de vida.

Jadeé y retrocedí, cerrando la puerta con un temblor en las manos.

Bajé la escalera y al llegar al pasillo una sombra se interpuso en mi camino.

Di un grito que reverberó en todas las paredes.

La señora Brown, el ama de llaves, se alzaba frente a mí con otra lámpara.

—¡Lady Agnes! ¿Qué hace usted aquí?

—Lo mismo podría preguntarle yo, señora Brown. ¿Se puede saber por qué se pasea como un espíritu? Casi me mata de la impresión.

—Escuché un ruido y salí a mirar. No esperaba encontrarla.

Papá llegó corriendo muy alterado y nos encontró a las dos en camisa de dormir y bata. La señora Brown se arrebujó en la suya al verle.

—Señora Brown, qué ha pasado.

—Su Señoría, no ha sido nada. Escuché un ruido y me inquieté.

—Era yo, papá. No podía dormir.

—Y te has dedicado a ir de un lado a otro con la lámpara. Si no hay ninguna otra novedad me vuelvo a mi habitación. Y te sugiero que hagas lo mismo, Agnes. Y usted, señora Brown. Me sorprende que no haya puesto a todo el mundo en pie.

—Buenas noches, Milord, Milady.

—Papá, lamento haberte despertado.

—No dormía. ¿Quieres algo?

—No. Me vuelvo yo también a mi cuarto. Procura descansar, papá.

Me apetecía una taza de té, pero me aguanté. No iba a despertar a nadie para que me lo preparara y yo no sabía. Nunca había pisado la cocina, nuestra cocinera era una mujer terrible que no permitía intrusos en sus dominios. En la puerta de mi habitación estaba Katy, despeinada y con cara de miedo.

—¿Ha ocurrido algo, Lady Agnes?

—Nada, Katy. La señora Brown y yo nos hemos encontrado en uno de los pasillos.

—¿Qué hace levantada?

—Cómo voy a dormir, con todo lo que ha pasado. Con esa criatura a saber dónde…

Las lágrimas que me veía obligada a contener empezaron a brotar sin freno, no podía parar de llorar.

—Cálmese, Lady Agnes. Acuéstese y yo le traeré un té y lo que encuentre en la cocina.

—Como la vea la señora Jones le organizará un escándalo.

—Que se atreva. A ver si no va a poder tomar una taza de té cuando le apetezca.

La obedecí y me acosté. Tardaba tanto que creí que se estaba enfrentando a la señora Jones. Pero no. Había hecho una incursión a la despensa y me trajo pan, mantequilla, mermelada y un frasco de fruta en almíbar, que la cocinera tenía etiquetados y numerados. Por la mañana tendríamos un problema.

—¿Quién manda, usted o la señora Jones?

—En la cocina la señora Jones.

—Bah, bah. Otros lobos que daban más miedo me he comido para desayunar. Usted termínese todo lo que le he traído, el dulce levanta el ánimo.

—Pero coma usted también conmigo, Katy, aquí hay para dos personas. Me hace falta mucho ánimo, Katy. Para cuidar a papá y no dejarle que se hunda en la pena.

—Y yo la cuidaré a usted. Puede llorar delante de mí todo lo que necesite. Confía en mí, ¿verdad?

—Absolutamente, Katy. Le debo mucho. Gracias a usted…

—Sshh —se puso un dedo sobre los labios—. Ya está. Todo se solucionó para bien y es lo único que importa.

Era lo único que importaba, que todo estaba bien aunque mi corazón estuviera lleno de pena y de nostalgia y mis sueños llenos de Alexei. En mis sueños yo emprendía el viaje a San Petersburgo con mi hijo, que era ya un hombre joven idéntico a él para presentarlo a su padre. Locos sueños.

El luto sumió al castillo en el silencio, de nuevo.

Todo el mundo se movía como de puntillas a nuestro alrededor.

Katy me dijo que incluso en la zona del servicio las conversaciones se mantenían a media voz.

Nadie nos quería molestar ni a papá ni a mí; especialmente a papá, cada vez más frágil desde que ocurrió la tragedia. Temí que la pena le matara.

Por mi parte no hacía visitas ni recibía a nadie.

Muy temprano salía a cabalgar por nuestras tierras con mi caballo Robert y volvía a tiempo para desayunar con papá.

No me acercaba nunca al lugar donde fallecieron Robert y Edward, donde Philip se sobrepasó conmigo.

Demasiados recuerdos y demasiado dolorosos.

El tiempo se detuvo en el castillo. Seguíamos sin noticias del hijo de Harold.

Los Wilson padre e hijo y los detectives nos iban mandando los informes y las facturas.

Claudette y yo nos escribíamos regularmente y me ponía al día de las novedades.

Julius y Edward estaban en un internado y la pequeña Albertine seguía creciendo fuerte y sana.

Cada día se parece más a su padre. He hablado con su nanny para que controle sus comidas.

Lo que en un hombre no desentona es un inconveniente en una señorita casadera.

Si no ponemos remedio a tiempo será una joven corpulenta cuyas medidas ni el corsé más apretado podrán disimular.

Randall dice que es demasiado pequeña para restringirle los alimentos, pero él no entiende ni sopesa las consecuencias.

Así que nada de dulces ni platos llenos.

La tengo a media ración. Me conmueven sus lágrimas pidiendo más comida, desde luego.

Pero es por su bien, cuando sea una jovencita casadera me lo agradecerá.

Londres sigue como siempre. Nuestros amigos comunes me preguntan por ti.

Yo sonreía ante su preocupación por el peso de la niña. Albertine era encantadora, regordeta y mofletuda. Pero lo que hacía gracia en una criatura podía convertirse en una pesadilla. Se notaba que iba a ser muy alta, además. Una mujer alta y con sobrepeso no atraería muchas miradas.

Estas frivolidades me distraían un poco de la pena. A veces visitaba las tumbas de Robert y Edward, unidos en la muerte como no lo estuvieron en vida, les llevaba flores.

Llegó una noticia esperanzadora que se frustró demasiado pronto: uno de los detectives creyó haber encontrado a la familia que estamos buscando.

En una feria habló con una de esas mujeres que leen la buenaventura y le puso una trampa, pero la mujer no tragó el anzuelo.

O era demasiado astuta o inocente y no sabía nada.

La encontró dando el pecho a una niña que en aquel momento se correspondía con nuestra criatura.

El detective no dejó de observarla pero ni ella ni los suyos se comportaron como sospechosos.

Se marcharon con un grupo de carros y su oficina siguió la pista equivocada.

Al año de la desaparición volvimos a tener noticias pero igualmente quedaron en nada.

Hubo una trifulca en un pueblo entre los lugareños y los Viajeros que acababan de acampar en las afueras, que se saldó con varios detenidos y unos cuantos niños de diferentes edades conducidos a orfanatos.

Seguimos esperando. Esperando un milagro.

Aquí el tiempo no avanza. Las paredes del castillo se me caen encima.

Papá apenas habla. Yo cada vez menos excepto con Katy, que también se ha terminado contagiando de la atmósfera de la casa.

Somos como un grupo de fantasmas moviéndose por los largos pasillos.

A veces me pregunto si no estaremos también muertos y soñamos que vivimos.

A veces no puedo más. Papá me mira entristecido.

—¿Qué estoy haciendo con tu vida, hija mía? Cada vez me recuerdas más a tu tía Lily. Sal de aquí antes de que solo seas un reflejo en el espejo.

Me mata de pena escucharle. Quiero ir a Londres pero no puedo irme y dejarle aquí.

Por favor, que tengamos pronto noticias de esa criatura, de esa niña —parece que es una niña— que se iba a llamar Margaret y a saber cómo la llamarán, que aparezca viva o —¡por favor, no!

— muerta para que al menos podamos cerrar esta herida que nos desgarra el corazón.

No puedo más pero tengo que salir adelante y mantenerme firme.

Por papá. Por mí misma. Porque no estoy sola.

Una tarde en que paseaba hasta lo que había sido la mansión Kinnear me encontré de repente con la tía Amalia.

Me costó reconocerla, no la veía desde la boda de Amy y Elsie.

Sabía que vivía muy cerca, con Elsie y su marido, pero no habíamos vuelto a mantener relaciones.

Tía Amalia siempre culpó a papá de la muerte de Robert, por no haber impedido aquel absurdo duelo.

¿Qué podía haber hecho papá? ¿Atarlos? Eran dos hombres mayores de edad.

Ella también hubiera podido imponer su autoridad de madre y no lo hizo.

Habían pasado, ¿cuánto? Quince años, o casi.

De haber vivido, Edward tendría treinta y seis y Robert treinta y ocho.

Miré a la tía Amalia, una mujer ajada de rostro severo y triste vestida de negro, parecía que no había abandonado el luto por su marido y su hijo.

Ella miró sin interés a la mujer también de luto que caminaba por el sendero.

No me reconoció. No me di a conocer. ¿Para qué?

No había nada que pudiéramos decirnos. El tiempo no pasa en vano.

Primavera, verano, otoño, invierno. Frío, calor, lluvia, nieve. Navidades en soledad. Katy se marchó a Londres cargada de regalos, durante su ausencia la señora Brown me ayudará a vestirme y peinarme. El mundo sigue. Nosotros, no.

Claudette me escribió para contarme que Su Majestad la reina Victoria se ha casado.

Contrajo matrimonio el diez de febrero de mil ochocientos cuarenta con su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha.

La boda resultó todo un acontecimiento. La reina llevaba un magnífico vestido blanco y flores en el pelo.

Posiblemente haya inaugurado una tradición respecto a los vestidos nupciales.

Claudette dice que iba preciosa. Es menuda y bajita y tiene una cara dulce y agradable. Alberto es guapísimo. Ambos se adoran.

Cuando pase el tiempo de duelo, si es que un duelo tiene fin, me acercaré a Londres para ver a las personas que de verdad me interesan, vivir un poco las novedades y presentar mis respetos a la reina.

No por frivolidad ni por deseos de diversión, sino porque lo necesito.

Diversión es una palabra que ya no tiene sentido para mí.

He olvidado cómo funciona la Temporada, cuándo se inaugura y cuándo termina.

Son otras mis preocupaciones, mis anhelos no son mundanos.