AGNES
Jamás olvidaré aquel veintinueve de diciembre de mil ochocientos treinta y siete.
En apariencia fue un día normal. Habíamos celebrado la Navidad en familia y mi hermano Harold deseaba quedarse en Surrey hasta después del nacimiento de su hijo.
Mi cuñada Evelyn estaba encinta, le quedaba un mes escaso para dar a luz.
Pero ella se empeñó en volver a Londres para que la criatura naciera allí.
Aunque nuestro médico la hubiera atendido debidamente en la mansión, no se fiaba de dar a luz en el campo, creía que si había algún problema sería más fácil subsanarlo en la ciudad.
Harold no quiso contradecirla. Así que después de comer se subieron al carruaje y emprendieron el corto trayecto a Londres.
A mí no me molestaba quedarme sola con papá, la casa recobraría el silencio después de varios días de celebraciones y alboroto de los niños Wilson.
Abracé a Harold y a Evelyn. «No nos vamos al fin del mundo, solo a Londres».
Esa frase que dijo mi joven cuñada entre risas sigue resonando en mi cabeza.
El servicio puso orden en la casa con su eficiencia habitual mientras papá leía en la biblioteca y yo daba un paseo por el jardín hasta la hora del té, que tomamos juntos.
No hubo ningún signo extraño, ni un rayo de advertencia, ni un estremecimiento en la piel.
Harold y Evelyn iban camino de Londres y nosotros teníamos un par de días antes de ponernos en marcha también.
Ese día no recibimos visitas ni salimos.
Me senté a la mesa con papá. Desde que estaba esperando un nieto parecía haber rejuvenecido.
—¿Cuánto tiempo nos quedaremos en Londres, papá?
Así, con estas bagatelas, pasamos el resto del día mientras mi hermano y mi cuñada sufrían un accidente mortal y alguien se llevó a la criatura. Una familia nómada, según confirmó el señor Evans, nuestro cochero, en cuanto estuvo en condiciones de hablar.
El funeral se realizó en la intimidad. Papá, de pronto, se convirtió en un anciano. De repente, levantó la cabeza y me miró con una expresión extraña.
—Hija mía, acabo de recordar la predicción de la gitana.
—¿De qué hablas, papá?
—¿No te lo contó Harold? Me dijo que cuando estaba en España una gitana leyó su mano y le previno de que no viajara en Navidad. Agnes, sin duda se refería a esta desgracia…
Sentí un escalofrío pero intenté mantenerme serena, aunque verle llorar fue demasiado para mí. Le abracé para consolarle.
—Eso son solo supersticiones sin sentido, papá. No pienses en ello, no ha habido nada sobrenatural en la muerte de Harold y Evelyn. Ha sido un desdichado accidente que podía haber ocurrido en cualquier momento y a cualquiera de nosotros.
No sé si logré convencerle o disimuló para no agobiarme más. Yo no me permití derrumbarme porque tenía que ser su apoyo. Lloraba por las noches imaginando cuál podía ser el destino de aquella criatura destinada a vivir entre comodidades y que había nacido en medio de una tragedia.
Papá dijo que no podía soportar más quedarse en la casa de Surrey ni en la de Londres.
La mansión de Londres no era la misma. Papá alquiló la que había sido nuestro hogar en la ciudad y encargó otra mucho más grande en la zona de Belgravia, lugar que se había convertido en reclamo para las buenas familias.
La nueva casa me entusiasmaba, era mucho más cómoda y estaba mejor ventilada.
Incluso las habitaciones del servicio habían ganado calidad.
Allí no acechaba la sombra de tía Lily por los pasillos.
Me pregunté si los espíritus de Harold y Evelyn pasearían por las estancias que habían habitado.
Papá dejó sus habitaciones tal y como estaban, sólo recogieron sus ropas.
Las joyas de Evelyn, que eran muchas y de gran valor, fueron guardadas y puestas a buen recaudo.
Los trajes de Harold los regalamos a nuestro servicio masculino.
Los vestidos de Evelyn, salvo los de fiesta que eran en sí mismos auténticas joyas, los repartimos entre el servicio femenino.
Además los trajes más corrientes los donamos a instituciones de caridad, con aquellos tejidos tan buenos las señoras de los comités correspondientes podían hacer ropa para muchos desafortunados.
A mí me conmovían los niños. Me dolía el alma pensando en ellos.
Cuando mi sobrino, o sobrina, desapareció, la idea de que terminara mendigando por las calles o convertido en un pequeño delincuente me aterraba.
Cruel destino el de los niños desposeídos, huérfanos, no queridos, bastardos.
Mi niño que hubieran podido quitarme. ¿Papá me lo hubiera quitado o me hubiera autorizado a educarle como un Baxter? No lo sabía.
Papá encargó la búsqueda de la criatura, sin importar el precio ni el tiempo. No solo la policía, sino un despacho de investigadores privados de gran prestigio se pusieron manos a la obra.
—Viajen por todo el país, vayan al continente y a América si es preciso. Pero encuentren a mi nieto o a mi nieta sin regatear medios ni gastos.
Tenían que encontrar a una familia extranjera viajando en un carro con un bebé. Era más fácil decirlo que hacerlo. Papá se impacientó y comenzó la búsqueda. Él ordenó que prepararan el equipaje.
—¿Dónde vas, papá? —temí que pretendiera unirse a los investigadores.
—A Perth. No soporto quedarme aquí viendo a tu hermano y a Evelyn en cada rincón.
—Entonces iré contigo —tomé la decisión al instante—. Necesitas que te cuiden y yo tampoco soportaría quedarme sola aquí ni en Londres.
Papá me miró con intenso cariño y volvió a sacar el tema del matrimonio. Le preocupaba mi futuro cada vez más.
—Agnes, ¿te has preguntado alguna vez qué será de ti cuando haya muerto?
No… no me digas que voy a vivir muchos años, porque no lo sabemos.
Tienes que pensar en tu futuro y no solo en mi comodidad.
Soy un viejo egoísta. Todavía eres joven hija mía.
No quiero ver cómo te conviertes en una solterona como tu tía Lily.
Me sentí profundamente conmovida por sus palabras.
Pero no podía hablarle de mis emociones y sentimientos, de mi secreto.
Mi amor por Alexei, mi dulce príncipe, se mantenía intacto pese al paso de los años.
Al acostarme tocaba el anillo que nunca me quitaba y le daba un beso.
«Buenas noches, amor mío.» Debía seguir manteniendo la ficción de mi soltería.
Nadie sabía que nos habíamos casado y consumado el matrimonio.
No era una señorita casadera, pero Alexei tampoco era mi seductor.
Yo había accedido a aquella unión secreta y sin testimonio oficial, si bien con un documento privado que lo atestiguaba.
Yo había accedido a entregarme a él, mi esposo y amado.
Él no me había abandonado después de despojarme de mi virginidad.
Yo no era una joven seducida y abandonada a su suerte.
Era una mujer casada que guardaba fidelidad a su esposo.
Que mi esposo estuviera lejos y ni hubiera vuelto a verle ni tuviera esperanza de volver a encontrarle no le quitaba importancia a nuestra ceremonia nupcial.
—Papá —le dije suavemente—, tía Lily tuvo sus razones para no casarse —mi padre tampoco sabía que tenía en mi poder y había leído el diario de mi tía—.
Las mías son diferentes. Yo no he vivido un amor desgraciado, mi prometido no ha muerto en una guerra.
No es que sienta aversión al matrimonio, pero me siento bien como estoy.
Solo te debo obediencia a ti y tú eres muy indulgente conmigo.
No quiero obedecer a un marido, no quiero que me controle, disponga de mí como si yo no tuviera voluntad, me agobie de hijos.
Hijos. Demasiados bastardos desgraciados llenaban las instituciones y las calles.
Pensé en Katy y en su infusión «mágica».
Alexei y yo. Nuestra entrega fue absoluta aquel día, sin controlar nuestra pasión y deseo mutuo.
Alexei derramó dentro de mi cuerpo la esencia de la vida, de su vida, como un cántaro de miel inagotable, tantas veces que quedamos sin fuerzas.
Los dos éramos jóvenes, sanos y fuertes.
Nos amábamos. Nos amamos. Volví a prestar atención a las palabras de mi padre.
—Eso que dices demuestra que sí sientes aversión hacia el matrimonio, no te mientas.
Sonreía al decirlo, yo también sonreí. Eran sonrisas tristes, pero las primeras desde la desgracia.
—Como tú digas, papá. Sin embargo me siento tan libre y tan independiente siendo soltera. ¿Te escandalizo?
—No. Te admiro. Creo que eres muy valiente. Prométeme una cosa: cuando quieras, sea antes o después de mi muerte, cuando lo decidas si sientes esa inclinación, viaja, sal de aquí, rompe todas las barreras, vete a América, a la India, a China. Vuela, hija mía.
Agradecida, besé su frente y se lo prometí. No creía que fuera a ir demasiado lejos. Desde luego no a San Petersburgo, que es donde me hubieran llevado mis pasos. No a presencia de mi amado Alexei.
Volvimos a Perth los dos con nuestro personal de confianza, que eran su ayuda de cámara y mi Katy El resto hizo limpieza general, taparon los muebles para que no se cubrieran de polvo y volvieron a Londres.
—Señora Williams, lo dejo todo en sus manos. Si tiene alguna dificultad que no pueda solucionar sola, escríbame o hable con el señor Wilson.
—Así lo haré, Milady.
—¿Cómo se encuentran sus padres?
—Bien, Milady. Gracias. Los echan mucho de menos y cada vez que voy a verlos preguntan por ustedes.
—Qué amables. Si ellos necesitan algo especial dígaselo al administrador, está ya avisado.
—Lo haré, Milady. ¿Cuándo volverán a Londres?
—No lo sé. Todo depende de si aparece esa criatura o no.
—Qué desgracia —se secó los ojos con un pañuelo—. Lady Evelyn era un ángel y Lord Harold un caballero de bien. Qué injusta es la vida, Lady Agnes.
—El dolor nos golpea a todos por igual, señora Williams, no entiende de clases y rangos.