El secreto de Lady Agnes ALEXEI #2
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ALEXEI #2

Mi esposa recibía a la buena sociedad de San Petersburgo y su salón se hizo famoso. También lo frecuentaban escritores y poetas. Viajábamos a Moscú y nos abrían las puertas de la corte.

—Veo que hice una buena elección para mi querida Dasha —me dijo de improviso la zarina—. Eres todo lo que deseaba para ella.

—La princesa es espejo de esposas, Majestad Imperial. No me la merezco.

—Al contrario. Sois dignos el uno del otro. Deseo que el cielo os bendiga pronto con hijos sanos. Sé que Dasha ha sufrido mucho.

—Gracias por vuestros buenos deseos, Majestad Imperial. Pero a menos que ocurra un milagro me temo que eso ya no será posible. Los médicos han asegurado que la princesa, debido a los sufrimientos y complicaciones de su última gestación, no podrá volver a concebir.

—Oh… Cuánto lo siento, Alexei. Ahora comprendo el rostro afligido de Dasha. Es ejemplar cómo acepta en silencio y con paciencia el dolor y la pérdida.

—Así es, Majestad Imperial. Mi esposa es una santa y una bendición.

Me incliné ante la zarina Alejandra y ella se desplazó para hablar con otro invitado.

¿Qué podía decir aparte de cantar las alabanzas de Darya?

Creo que la única vez que la abracé fue cuando nos dieron la noticia de que jamás tendría hijos.

Lloró en silencio y yo también. No la amaba ni la amaría nunca, pero los hijos que se habían ido y los que nunca vendrían nos unieron en el dolor.

Ella no me rechazó y me abrazó a su vez.

Pero aquel momento no volvió a repetirse.

—He estado meditando, Alexei, y tomado una decisión.

—Tú dirás, Dasha.

—Puesto que nunca fructificará nuestra unión ya no es necesario que vengas a mis habitaciones. El único objetivo era tener hijos, no el placer libidinoso; de modo que espero que respetes mi cama y mi cuerpo a partir de ahora.

—Por supuesto, Dasha. Será como tú quieres. No volveré a importunarte.

—Alexei, perdóname.

Me quedé mudo durante un instante.

—No tengo nada que perdonarte, Dasha. Perdóname tú a mí mi impaciencia y mi incomprensión.

—No. Perdóname por no haber sido capaz de darte hijos cumpliendo con el deber que se esperaba de mí.

—Tú no tienes la culpa, Dasha. No te atormentes por eso. Respetaré tus deseos y viviré al margen de tu vida.

Ella asintió, satisfecha, y retomó su labor de bordado.

Sus estancias se convirtieron en territorio vedado, lo que me liberó.

Yo hacía mi vida y solo me dejaba ver por ella cuando me invitaba a su salón para que los visitantes no sospecharan que vivíamos separados.

Acudíamos juntos a cenas, teatros, conciertos y bailes, de cara a la galería seguíamos siendo un matrimonio normal.

Mi madre, que era la confidente de Darya, estaba al tanto aunque solo conocía la versión de ella. Mi padre conocía la mía.

—Ya no es tiempo de reproches y lamentos, papá.

No tiene remedio. Si mis hijos hubieran nacido tal vez las cosas hubieran ido mejor entre nosotros, nunca lo sabré.

Mi mujer es una santa y una mártir y yo un desaprensivo, eso opina mamá que no deja de echarme en cara lo mal que me he portado con Darya —se me escaparon las lágrimas sin que pudiera evitarlo—.

Ojalá hubiera podido elegir, de todas formas.

Ojalá hubiera podido vivir feliz y en paz con el amor de mi vida.

—¡No, por favor! Esa Sonia que en cuanto se vio libre de ti se rodeó de una legión de amantes viejos y estúpidos, y de una cohorte de truhanes guapos que le sacaron el dinero que obtenía.

—¿Cómo dices?

—No lo sabes. Tu Sonia acabó en la miseria, la echaron del teatro y ahora se vende en las peores calles de San Petersburgo.

—¡Oh! No sabía nada. Tal y como te prometí dejé de verla y no he vuelto a tener noticias suyas. Qué lástima de mujer. Pero no hablaba de ella.

—Eso es nuevo. Cuéntame, hijo mío.

Mi padre parecía dispuesto a escucharme, lo que no hubiera debido sorprenderme.

Yo ya no era aquel joven rebelde que se enfrentaba a él, era un hombre maduro y oficial de alta graduación.

Sirvió licor para los dos y me señaló un sillón.

Habían pasado muchos años, aunque el dolor seguía intacto.

Se me cerró la garganta y no sabía cómo empezar a hablar.

—Me preguntaste qué me retenía en Inglaterra.

Allí conocí al amor de mi vida, papá. Me enamoré por primera y única vez.

Luché por ella con todas mis fuerzas. Le conté que estaba prometido contra mi voluntad y que si no te obedecía lo perdería todo, tu cariño, mi rango, la confianza del zar y el afecto de la zarina.

Pese a las consecuencias estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella.

Ella me hubiera aceptado pobre y desposeído pero no dejando a un lado mi deber.

Ella también me obligó a cumplir mi palabra de casamiento con Darya.

De haber sido libre hubiera pedido su mano y la hubiera traído conmigo a Rusia.

Tuve que dejarla en Londres y contraer un matrimonio desdichado que arrastraré hasta mi muerte.

—¿Por qué no me lo contaste, Alexei?

—¿Me hubieras escuchado, papá? ¿No recuerdas lo que me escribiste en tu última carta?

Supongo que no, después de tantos años. Vine a cumplir con mi deber, a mantener mi palabra como un hombre de honor.

No volví a saber de ella, no nos hemos escrito.

Era nuestro secreto. Ni siquiera sé si tuvo un hijo mío o no, no podía quebrar el secreto de nuestro amor y de nuestra unión.

—¿Cómo se llama?

—Agnes. Lady Agnes, una joven noble a la que conocí en una fiesta en palacio. Después yo la llamé Olga. Princesa Olga Voronina.

—No sé si entiendo lo que quieres decir.

—Que me casé con ella teniendo por testigo al Cielo y ante mi icono de la Panagia .

La tomé como esposa en una ceremonia privada y puse el anillo de desposada en su dedo.

Firmé y sellé un documento atestiguando nuestro enlace, que le entregué a ella.

Consumamos el matrimonio y después la llevé a su casa.

Mi padre, impresionado, apuró de un trago lo que quedaba en su copa y volvió a llenarla llenando también la mía.

—¿Pero eres consciente de lo que hiciste?

—Totalmente, papá. Ante el cielo soy un bígamo, supongo.

Ojalá hubiera podido casarme oficialmente con ella en una ceremonia pública.

Pero yo ya estaba condenado a unirme a Darya de grado o por fuerza.

Nunca le he querido ni ella hizo nada para que la quisiera.

Hubiera podido vivir apaciblemente con mi esposa si tú hubieras sido razonable.

Pero tuve que transigir porque tú lo querías, mamá lo quería, los zares lo querían.

Todos lo queríais menos yo y no os importaban mis sentimientos.

—No llores, Alexei. Me destroza ver a mi hijo llorando.

—Perdóname, papá. Yo tengo ya cuarenta y dos años, tu edad cuando me marché a aquel viaje irrepetible.

Pero dentro de mí sigue vivo el Alexei de veintidós años que se enamoró y celebró el amor y la juventud.

Qué rápida se pasa la juventud, papá. ¿De qué me sirven las condecoraciones y los honores si por dentro llevo agonizando desde que me separé de mi Olga?

Me miro en el espejo y veo al joven Alexei lleno de esperanza.

Parpadeo y queda un hombre al que comienzan a salirle hebras blancas en el pelo y arrugas en torno a los ojos.

—Perdóname tú, Alexei. Perdónanos a todos por haber destrozado tu vida. Déjame solo, hijo mío.

En el pasillo me sequé los ojos con los dedos. Mamá me encontró cuando se disponía a entrar en el gabinete de mi padre.

—¿Ocurre algo, Aliosha?

—No, mamá. He estado hablando con papá y me ha pedido que le deje solo. Será mejor que intentes verle más tarde.

—¿Y de qué habéis hablado? Estás muy serio.

—De asuntos de hombres, mamá.

«Asuntos de hombres» era una fórmula infalible para cortar el aluvión de preguntas de mi madre. Besé su frente y seguí mi camino al tiempo que escuché la voz de mi padre, que nos había oído hablar delante de su puerta.

—Entra, Yelena.

Tal vez le iba a contar el secreto que le había revelado.

No me importaba. Ni me importaba que Dasha se enterara al cabo de veinte años.

Lo que se hablara en casa no iba a trascender ni afectaría a mi dulce Olga.

No nos habíamos escrito ni una carta; mejor dicho, yo sí escribía pero no las enviaba.

Tal vez ella hacía lo mismo, escribirme cada día guardando el papel perfumado y decorado con flores en un cajón secreto.