ALEXEI
Darya no me lo puso fácil, no hizo más que moverse y empujarme con sus puños, incluso llegó a golpearme con ellos.
Me hizo sentir horrible. Yo no quería violarla sino consumar nuestro matrimonio de una maldita vez de la mejor forma.
Entrar en ella fue como atravesar un desierto árido y pedregoso.
No quería tocarla, pero intenté que unas caricias suavizaran el proceso.
Cuando sintió mis dedos en su intimidad me abofeteó.
No quería ni deseaba más que lo estrictamente obligatorio para convertirla en mi mujer.
Fue extenuante, desagradable, tuve que esforzarme mucho hasta culminar la posesión.
No me sentí ni especial ni orgulloso por haber quebrado su virginidad.
No había encontrado una flor delicada sino un cardo seco.
Un desastre absoluto. Ella lloraba de humillación y volvió a abofetearme.
Le sujeté las manos, harto de su histeria.
—Ya basta, señora. Cálmese. Su madre también pasó por esto, y la mía, por eso estamos usted y yo en este mundo.
—Eres un pervertido —¡Oh! Me tuteaba.
—Y tú una loca —le repliqué sin ningún respeto—.
¿Cómo creías que era la unión conyugal? Has convertido nuestro lecho nupcial en un campo de batalla sin ninguna necesidad.
Si te hubieras quedado quieta y relajada como te dije no te hubiera dolido tanto.
Ni se te ocurra volver a pegarme o no respondo de mis actos —la amenacé.
Era mentira, nunca había maltratado a una mujer y no iba a empezar con ella.
Pero me creyó y dejó caer las manos—. Dasha, intentemos hacernos la vida más fácil el uno al otro ya que vamos a vivir juntos el resto de nuestra vida.
—No quiero que vuelvas a tocarme, Alexei.
—Esto no ha sido tocarte, querida esposa. Ha sido una ordalía. Y por cierto, no he disfrutado ni un segundo de ello. Pero me veré obligado a acercarme a ti para que concibas un hijo que continúe mi apellido.
—No quiero. ¡No quiero!
—Entonces mañana mismo pediré la anulación de nuestro matrimonio, puedo hacerlo si te niegas a cumplir con tu obligación de esposa. Tú te irás al convento que elijas y yo quedaré libre. Dios, me emborracharé como nunca en mi vida para celebrarlo.
—Así que quieres librarte de mí.
—No te imaginas cuánto, Dasha. Tal vez hubieras podido hacer que esta noche aprendiera a quererte, pero solo has logrado que te deteste.
—Eres un ser maldito y despreciable. ¿Así tratabas a tus… mujerzuelas?
—Pero qué lenguaje es ese, princesa Voronina. Será mejor que me vaya a mis aposentos, no quiero escuchar más. Dime si necesitas algo o que llame a tu doncella personal.
—Tengo la campanilla, yo la llamaré. Estoy sucia de sangre y de tu… esa sustancia viscosa y repugnante. Necesito lavarme —lloraba de nuevo desconsoladamente—. ¿Me habrás dejado encinta, Alexei? —pese a sus lágrimas percibí cierto anhelo.
—Hoy no, Dasha. Ha sido un fiasco. Esa sustancia viscosa y repugnante como tú la llamas es lo que hará que tu vientre fructifique, pero solo si consigo que llegue a tu interior; y no me lo has puesto precisamente fácil.
No te vas a quedar embarazada por un milagro.
No tienes idea de cómo me siento, ¿verdad?
Lo decepcionado y frustrado que estoy. No voy a esperar a la anulación, empezaré ahora mismo a emborracharme.
Estaba utilizando palabras muy duras, lo sabía. Darya acusaba cada golpe verbal. Levantó la barbilla y me miró con asco.
—También puedes hacerle esto a cualquiera que esté dispuesta a rebajarse a ti.
Sentí un deseo violento de abofetearla. Tanto que me di miedo.
—Te equivocas, princesa. Voy a respetar mis votos matrimoniales, entre ellos la fidelidad. «Pero no fidelidad a ti» —pensé—. No me conoces,Dasha. Pero ya da igual. Reflexiona respecto a tu decisión de no volver a yacer conmigo. Aunque tal vez prefieras el convento.
—Eso te gustaría, ¿verdad?
—Sinceramente, Dasha, lo que de verdad me gustaría es no haber tenido que casarme contigo. Supongo que a ti también te obligaron.
—No me obligó nadie. Mamá y la zarina me preguntaron al respecto y yo accedí. Me… me gustabas tanto, Alexei. Para cuando me di cuenta de que yo te resultaba insufrible todo estaba preparado, todos querían nuestro matrimonio. Y aquí estamos.
—No estamos, Dasha. No hay ningún «nosotros» ni lo habrá nunca.
—No me iré a un convento para que tú te diviertas con tus mujeres sin remordimientos. Soy tu esposa y lo seré siempre, no permitiré que me apartes y me humilles.
—Entiendo. Entonces mañana por la noche me tendrás aquí otra vez para una nueva sesión de tortura. Y así noche tras noche hasta que concibas, querida esposa.
—Puedes burlarte cuanto quieras, Alexei. Pero siempre seré tu esposa aunque me detestes. Tu esposa —recalcó—. Eso no cambiará por muchas amantes baratas que metas en tu cama y te secunden en tus prácticas corruptas.
Tuve que hacer un intenso esfuerzo para no pegarla.
Aquello se me estaba yendo de las manos.
No podía quedarme un segundo más en aquella habitación o el escándalo sería irremediable.
Me levanté y abrí la puerta cuando la doncella de Darya se disponía a entrar.
Era una mujer alta y delgada, mayor que ella y muy refinada, hija de un terrateniente arruinado.
—Su Alteza la necesita, atiéndala.
En mi habitación me serví un vaso de licor hasta el borde.
Y luego otro. Posiblemente otro más. Cuando mi ayudante me despertó para prepararme el baño no sabía dónde estaba y apenas recordaba mi nombre.
Pero sí guardaba claramente las imágenes de mi Olga que habían acudido a mis sueños.
Me sentía tan mal a causa de la resaca que vomité y pedí algo para el horrible dolor de cabeza.
Las fiestas nupciales continuaban a despecho de nosotros.
Darya, espléndidamente vestida, presentaba un rostro que se asemejaba más al de una mártir que al de una recién casada.
Yo estaba blanco como la leche y con ojeras.
Ninguno de los invitados imaginó la causa.
Vi sonrisas pícaras. «Parece que los novios no han dormido mucho», oí susurrar.
Mejor. No quería dar pábulo a habladurías.
Bailé con ella y me vi obligado a mirarla para que nadie sospechara.
Levanté mis ojos hacia los suyos, opacos.
—¿Te encuentras mejor, Dasha? —teníamos que hablar para dar sensación de felicidad.
—No. Pero gracias por preguntar, Alexei.
Nos aplaudieron al terminar. Nos habíamos visto obligados a comer y a beber aunque los dos teníamos el estómago cerrado.
Le ofrecí otro regalo que le tenía preparado de antemano: un juego de pendientes de turquesas y brillantes que las invitadas admiraron entre exclamaciones.
Ella se quitó los que llevaba puestos y se puso los nuevos. Fue un detalle por su parte.
Cuando los últimos invitados se marcharon por fin yo ya no podía más.
El general Vasiliev, que había ejercido de tutor de Darya, me dio otro abrazo de oso y me recomendó ser bueno y paciente con su «ángel Dasha».
El hombre aunaba su emoción a un exceso de alcohol.
Le dije que sí a todo. Como era mi superior pensé ir a su despacho cuando volviera del viaje de novios y pedirle que me enviara lo más lejos posible.
Mi segunda noche de casado no fue mucho mejor que la primera aunque Darya ya no me pegó.
Se quedó muy quieta conteniendo la respiración y yo volví a enfrentarme al erial pedregoso en que se había convertido definitivamente el interior de mi mujer.
Volví a pensar en mi auténtica esposa, en el dulce néctar que emanaba de ella, en su sonrisa, en su risa suave cuando alcanzaba el éxtasis, en cómo me tocaba.
Pensé en todo lo que había perdido y nunca recuperaría.
Hubiera llorado, tanta pena sentía. La que lloraba otra vez era Darya y me descentró.
No soportaba aquel llanto de víctima, no era una virgen martirizada.
Concluí aquel duro pasaje como pude y me marché.
No hablamos porque ya nos lo habíamos dicho todo.
En mi propia cama cerré los ojos y dejé afluir los recuerdos. No tenía nada más.
No nos fuimos muy lejos de viaje porque el tiempo no acompañaba.
Una de las posesiones de mi padre resultó perfecta.
Nos quedamos allí dos meses y todos se desvivieron con Darya.
Ella pareció calmarse, daba limosnas, rezaba mucho y acudíamos a la iglesia.
Yo me dedicaba a cabalgar mientras ella leía junto a la chimenea.
Recibimos visitas e hicimos recorridos en trineo sobre la nieve.
Darya hablaba con nuestros amigos en su francés culto con el mismo tono de voz bajo y monótono.
Manteníamos las apariencias de un matrimonio bien avenido.
Cuando volvimos a San Petersburgo estaba encinta.
Sinceramente, sentí una gran alegría. Y ella también.
Mis padres manifestaron su alborozo. Toda la casa se volcó con Darya, incluido yo.
Ya no era tiempo de reproches, sino de cuidados y atención.
Desgraciadamente al cuarto mes de gestación perdió al bebé.
Fue un golpe duro para todos. Yo estaba muy ocupado y pasaba mucho tiempo fuera, lo que fue bueno para mi paz mental.
Al volver a casa intentaba consolar a Darya pero no se dejaba.
—Nunca comprenderás lo que significa perder a un hijo, Alexei.
—También era mi hijo, Dasha.
—Pero no lo llevabas dentro, no vivía en tu vientre. Tú no puedes entenderlo.
Nunca encontramos un punto de unión. Aquello no era vida.
Perdimos tres bebés más y nuestra inestable convivencia terminó de romperse.
Pero mantuve mi promesa de fidelidad a despecho de todo.
Darya nunca pudo reprocharme que tuviera amantes.
Llevaba una vida espartana. Mi Olga se sentiría muy orgullosa de mí.