AGNES
Estaba en Londres con Katy y bajo el cuidado de Randall y Claudette.
Randall no me preocupaba, trabajaba muchas horas, tenía un sinfín de reuniones y pasaba su tiempo libre en el club.
Apenas le veían en su casa fuera de la cena.
Claudette resultaba más difícil de esquivar.
Estaba de mi parte pero no iba a permitir que traspasara ciertos límites.
Descartó la idea de que continuara viviendo en la casa familiar mientras papá estuviera fuera con Julius y me llevó con ellos.
El personal de servicio, bajo las órdenes de Beatrix, continuó con su trabajo habitual.
No sabía cómo salir sin que mi querida francesa me acompañara.
El tiempo corría y la partida de Alexei era inminente.
La correspondencia entre nosotros funcionaba bien. El problema era despistar a Claudette.
De repente tuve la oportunidad que esperaba.
Los Wilson fueron invitados a pasar el día con unos amigos que tenían hijos más o menos de la edad de los suyos.
Pretextando una jaqueca fruto de otras molestias femeninas, me quedé en casa.
Claudette no se opuso. Katy estaba conmigo, de todas formas, y era comprensible que no deseara desplazarme.
En cuanto el carruaje se alejó me levanté de la cama.
Resultaba inevitable que Katy se enterara de mi salida porque tenía que ayudarme a vestirme.
Elegí un vestido de mañana de color crema con volantes blancos y un sombrero adornado con un velo para cubrirme la cara.
Zapatos, guantes y chal también blancos.
Como únicos adornos, el collar de perlas azules y el camafeo.
—Milady, ¿puedo preguntarle dónde va?
—No, Katy. No puede. Haga lo que sea necesario para que nadie sospeche que yo no estoy. Reúnase conmigo en la puerta de atrás a las seis. Mis primos volverán algo más tarde. Y, Katy, esta salida no se ha producido jamás, ¿entiende?
—Naturalmente, Milady.
Bajé de puntillas la escalera y salí sin que me vieran. El personal de la casa estaba dedicado a sus tareas y ya sabían que me encontraba indispuesta y no debían molestarme, de lo que fuera que necesitara se ocuparía Katy. El coche en el que estaba Alexei me aguardaba.
—Márchese ya, Katy —obedeció en el acto.
No hablamos durante el trayecto, nos cogimos las manos y no apartamos la vista uno del otro.
Mi amado Alexei. No había nadie en su casa, un palacio pequeño y precioso rodeado de un bonito jardín.
Pero todo estaba preparado para mí: comida, tarta nupcial, pasteles, champán, flores por todas partes.
Me abrazó sentada en sus rodillas hasta que mi corazón se calmó.
Había un cuadrito religioso muy extraño pero de gran belleza, ante el que deseó celebrar nuestra boda.
Fue una ceremonia íntima y maravillosa. Me dijo que el anillo estaba bendecido.
Recitó las palabras tomándome por esposa y yo las repetí añadiendo alguna fórmula más como la obediencia y la fidelidad, que voy a cumplir durante el resto de mi vida.
Bailamos un vals que él tarareó, comimos nuestra tarta de boda.
Y llegó el momento de que me convirtiera en su auténtica esposa.
—¿Estás segura, Agnes mía?
—Del todo, Alexei. Seré tu esposa del alma desde ahora y para siempre.
Yo lloraba de emoción y dulzura. Alexei, temblando, me abrazó hasta que dejé de llorar.
—Tendrás que enseñarme a ser tu esposa, Alexei.
—Te enseñaré. Te amaré. No tengas miedo de mí. Pero después no podré dejarte, amor mío. No querré dejarte.
—Lo harás. No hables ahora, bésame y enséñame.
En sus brazos, bajo sus caricias, perdí la noción del tiempo.
Sólo existía su cuerpo pegado al mío, sus manos, sus labios.
Aunque Katy me había contado con todo detalle en qué consistía la unión conyugal, no imaginaba las sensaciones que mi amado me iba a hacer sentir.
Me había dicho que no era un niño en ningún sentido, tenía una amplia experiencia amorosa que deseaba que yo disfrutara sin tabúes. Reí y lloré a la vez.
—Que no se acabe nunca, Alexei —jadeé.
No había límite para tanto placer, para la exaltación de la carne y de nuestros cuerpos. Quería más de él.
—Que no se acabe nunca, Alexei —era lo único que podía decir entre jadeos y gemidos.
Nos amamos tantas veces, nos poseímos mutuamente con tanta pasión que era como morir en su cuerpo.
—Me muero de amor…
—Quiero más. Que no acabe nunca…
Me mareé. Mi amado, mi amante entregado, me dejó reposar un instante antes de que reiniciáramos las caricias y besos. Él se entregó a mí con total abandono, como yo a él. Solo quería que no parara. Hasta que el agotamiento nos inundó a los dos. Los últimos besos antes de vestirnos. Era una agonía.
—¿Estás bien, amor? ¿Aún te duele?
Le preocupaba haberme hecho demasiado daño; pero yo ya había olvidado el dolor, que no esperaba y me había sorprendido. Lo que no olvidaría nunca sería su cuerpo desnudo temblando y estremeciéndose de pasión. Mi Alexei, mi esposo.
—Estoy bien. ¿Siempre es así de maravilloso?
—Cuando hay amor, sí. Y yo te amo tanto que me odiaré por dejarte.
—No me dejas. Yo te pido que te vayas y cumplas tu destino.
Me vistió con mucha habilidad y regresamos de la misma forma que habíamos llegado.
Alexei me mantuvo abrazada todo el trayecto, resistiéndome a dejarme.
Tras un último beso bajé del coche y le miré alejarse.
Nunca volvería a verle, se marcharía temprano la mañana siguiente.
Me imaginé corriendo tras el coche y diciéndole que me iba con él donde fuera, pidiéndole que rompiera su promesa y no cumpliera la palabra de honor dada a su padre.
Me quedé quieta al lado de Katy, que me miraba muy seria.
El personal estaba tomando el té en su comedor. No sé si me vieron, me daba igual a aquellas alturas. Me deslicé en mi habitación y Katy me desvistió.
—Milady, estoy bien entrenada para no ver, no oír y callar todo lo que pudiera ver y oír.
Ha venido usted despeinada, más bien con el moño deshecho bajo el sombrero, y con la ropa menos apretada de lo que yo lo hice esta mañana.
La han vestido otras manos. Pero no se inquiete, sé muchas más cosas de lo que aparento.
Mientras usted se iba en ese coche yo he ido a comprar unas hierbas.
Dígame si desea tomar una infusión especial que hace que las jóvenes descuidadas recuperen la tranquilidad.
Cuanto antes se la tome, mejor. En el caso de que la necesite, naturalmente.
Sólo es para prevenir, antes de que aparezcan la confusión y las lágrimas.
—¿Y tiene usted a mano esa poción mágica, Katy?
—Espere aquí y no se mueva.
Katy salió y me dejó sola sentada ante mi mesa.
Por supuesto lo había adivinado todo. Podía confiar totalmente en ella, que de manera muy delicada me había recordado que mis dulces momentos con mi amado podían tener consecuencias.
Ni Alexei ni yo habíamos pensado en eso, ni lo habíamos mencionado.
Por suerte mi eficiente doncella estaba en todo.
Tardó más de lo que esperaba, había tenido un problema con la cocinera, muy celosa de sus dominios. Me lo contó indignada.
—La cocinera de esta casa es tan quisquillosa como la nuestra, Lady Agnes.
Qué mujer. No me dejaba calentar agua, pero por fin ha entrado en razón.
Le he traído una tetera. Haré la infusión aquí para que no me pregunte qué tipos de hierbas utilizo.
Sería capaz de reconocerlas a primera vista.
Ah, y acaban de llegar los señores Wilson con los niños y las nannies.
Tienen una pequeña rebelión abajo, Edward no quiere ir a su habitación.
Beba usted antes de que se enfríe. Le prepararé una taza diaria durante una semana.
Bebí un trago e hice un gesto de rechazo.
—Sabe mal.
—Bébaselo todo. Peor le sabría si no se lo tomara. No está haciendo nada malo, Milady, solo prevenir. Tendré siempre una provisión.
—No hará falta, Katy. No volveré a necesitar su infusión especial.
Comencé a llorar en silencio. Katy me abrió la cama y me animó a acostarme. Le dije que podía marcharse. Lloré hasta que me dormí.
****
El tiempo pasó como en un sueño. Volví a Escocia con papá, pero no tardé en volver a Londres para hablar de diferentes asuntos profesionales con Randall.
Podía confiar plenamente en él, así me lo demostró constantemente.
Respecto a Katy, se convirtió en mi dama de compañía sin dejar de ser mi doncella personal.
No sé qué hubiera podido hacer sin ella.
Papá se alegró de que pasara en Londres tanto tiempo y no encerrada en el castillo.
También fui muy a menudo a nuestra casa de Surrey.
Poco a poco fui dejando de ser elegible.
Todos los caballeros y posibles pretendientes sabían que no cedería a sus peticiones de matrimonio.
Hasta que dejaron de pedírmelo. No faltaba a fiestas y bailes en la ciudad pero sin pretensiones.
Me sentía mejor en Escocia, dedicada a mis lecturas y bordados.
Los primeros tiempos llevé una vida más retirada, ni siquiera salía a cabalgar.
Jugaba al ajedrez con papá, comentábamos las noticias de los periódicos.
Me sentí muy feliz cuando mi hermano se enamoró de Evelyn.
Ella era muy niña aún pero también se enamoró de Harold.
Tenían toda una vida por delante. Yo escribía en mi diario y pensaba en Alexei.