El secreto de Lady Agnes ALEXEI #2
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ALEXEI #2

Era el día de nuestra boda y nos quedaba poco tiempo antes de devolverla a su casa.

Tenía mucha práctica con los complicados vestidos femeninos, soltando broches y desatando lazos y cordones.

Miré su cuerpo blanco y suave antes de acariciarlo.

Tenía un tacto de seda. Sus manos se enredaron en mi ropa y yo la ayudé a quitármela y también dejé que me viera.

Ella, mi esposa, mi Olga, comenzó a rozarme con las yemas de sus dedos y creí que se me iba a parar el corazón, me moría bajo sus delicadas caricias.

Tocó con mucho mi cuidado mis cicatrices pero le dije que ya no me dolían; aunque me hubieran dolido creo que ella las hubiera curado con su amor.

La besé de la cabeza a los pies. Tenía que hacer que me deseara tanto como yo a ella.

Sabía de qué manera y dónde tocarla. Jadeó sorprendida pero se apretó contra mí mientras yo le susurraba palabras de amor.

Su estallido de placer me llenó de orgullo.

Si sabía disfrutar de aquellas caricias preliminares el resto le sería más fácil.

Su carne tierna y palpitante en mis manos y en mi boca.

Era una fuente de agua dulce en la que saciaba mi sed.

Prolongué su placer hasta que estalló una y otra vez.

Cuando ya no pude esperar más me abrí paso en su cuerpo despacio para no lastimarla.

Era un precioso joyero sellado cuya cerradura tenía que romper.

Sentí una sensación extraña porque pese a toda mi experiencia amatoria, era la primera vez que tenía en mis brazos a una mujer virgen.

Sabía muy bien lo que tenía que hacer para no convertir su primera vez en una ordalía, mi sabia iniciadora me lo había explicado con todo detalle.

Sufrió menos de lo que había temido y compensé su dolor pasajero.

Esperé a que estuviera totalmente saciada y exhausta antes de dejarme llevar.

Sentí sus dedos y sus uñas en mi espalda.

Nos amamos sin freno hasta que ya no pudimos darnos más.

Mi amante esposa cerró los ojos y se estiró con un movimiento sensual que me erizó la piel.

Volvimos a desearnos ardientemente en una locura de los sentidos.

Moríamos y renacíamos uno en el otro. Nuestros últimos besos fueron lánguidos y colmados.

Su aroma femenino y dulce me impregnaba la piel, su sabor permanecía en mi boca.

Parpadeó soñolienta y mimosa. Pero de repente se puso muy seria.

—Tengo que irme ya, Alexei —susurró.

—No vuelvas, Olga —me deleitaba llamarla por el nombre que le había puesto—. Quédate conmigo y al diablo lo que piense tu familia y la mía.

—No puede ser. Lo sabes. Por favor, no insistas más. ¿Me ayudas a vestirme? Yo sola no puedo.

—Prefiero desvestirte. Ven, corazón mío. A ver si sé hacerlo bien.

Los dos teníamos mucha sed. Bebimos más champán y comimos otro pedazo de nuestra tarta nupcial. Nos abrazamos estrechamente.

—Tengo que irme.

La acompañé. A las seis estaba en la puerta de detrás de la casa de los Wilson, donde una mujer de mediana edad vestida sobriamente pero con cierta elegancia la aguardaba.

—Es mi doncella personal, Katy. Amor mío, ¿volveremos a vernos antes de tu partida?

—Me temo que no, mi dulce princesa Olga. Me voy mañana muy temprano. Te escribiré una carta de despedida. Sabes que me mata alejarme de ti.

—Tengo toda una vida para deleitarme con tu recuerdo.

La besé intensamente, la estreché entre mis brazos como un desesperado. Y tuve que dejar que se fuera, ella, mi esposa, mi princesa, que me había dado su amor. Tenía toda una vida para recordarla y llorar por ella.

Ya me había despedido de todos mis conocidos de Londres, solo me quedaba ordenar que terminaran de hacer mi equipaje y enviar a mi secretario a devolver las llaves de la casa a su propietario.

Mi última noche en la habitación que había sido mi aposento nupcial.

Cuando llegué ya habían retirado los restos del banquete y cambiado las sábanas.

Maldije a media voz porque me habían privado de dormir envuelto en el olor amado, pero las gotas de sangre no podían quedarse impregnando la sábana.

Eso me hizo pensar en mi inminente noche de bodas con Darya.

En cuanto llegara, mi padre no me perdería de vista.

Ya lo tenían todo preparado. Había pasado año y medio y aún me quedaba un largo viaje.

El príncipe Mijail Voronin, mi respetado padre, estaría de todo menos contento.

¿Y Darya? Ya con prácticamente veinticuatro años estaría histérica creyendo que la había abandonado.

¿Cómo podría acostarme con ella y hacerle lo que le había hecho a mi amada esposa inglesa?

No. Ni en mil años. Con unos minutos para derramar en ella mi semilla y esperar que fructificara era suficiente.

Se había acabado para mí el festín de los sentidos y la idea de nuevas amantes.

No le sería fiel a Darya sino a Agnes, a mi Olga.

No me entretuve en mi viaje de vuelta. Ya que no tenía escapatoria, mejor acabar cuanto antes.

Dejar descansar los caballos, arreglar una rueda, descansar cuando caía la noche, mil pequeñas y grandes molestias.

Ya hacía frío cuando llegué a San Petersburgo.

Mi madre salió volando a mis brazos y me llenó la cara de besos que sabían a lágrimas.

Yo besé sus manos muy conmovido y saludé protocolariamente a mi padre.

—Estás cambiado, Alexei —observó— Te veo diferente.

—He madurado, papá.

—Tu madre ha llorado mucho por ti —dijo mi padre durante el almuerzo—. Creía que en el extranjero te iban a hacer algo.

—Han sido todos muy amables, mamá. Me han obsequiado de buena voluntad. Solo traigo buenos recuerdos. Era un viaje cultural, además, no me fui a la guerra.

—Dasha también estaba preocupada, Aliosha. No la has escrito ni una sola vez.

—¿Era necesario, mamá? Ya sabía que iba a volver.

—¿Si era necesario? —mi padre empezaba a enfadarse—. Dímelo tú, hijo mío, si era necesario escribir de vez en cuando a tu prometida. ¿Tan ocupado estabas?

—No hagamos un drama de esto, papá. No es para tanto. Ni se me ocurrió. Además tampoco tenía nada especial que decirle. Ya estoy aquí, ¿no? Pues sigamos adelante con la maldita boda para que todos estéis contentos.

—Sigues igual de obstinado.

—Respecto a la duquesa desde luego. Pero ya lo sabías.

Me obligas a casarme con una mujer fea y sin un gramo de vitalidad que tiene unos pies horriblemente grandes.

Es triste y seca. Parece embalsamada, por Dios.

Suficiente es que haya vuelto para cumplir mi palabra.

No me pidáis que me muestre alegre porque no lo estoy.

Y además me veré obligado a hacerle el amor para engendrar hijos cuando no puedo ni pensar en su cuerpo…

Entrar y vaciarme en ese cuerpo huesudo que no me inspira pasión ni deseo.

Me tendré que… ¿Lo has pensado, papá? ¿Has pensado en lo que tendré que hacer para poder cumplir como marido?

—¡Basta! ¡Basta, Alexei! Semejante lenguaje delante de tu madre y en la mesa. No estás con tus amigos ni en una taberna.

—Si me disculpáis, yo me retiro.

—Mamá, lo siento…

—No os mováis. Yo… me temo que tengo jaqueca.

Quedé abochornado. Mi padre me lanzó una mirada terrible.

—Dime por qué no te cruzo la cara de dos bofetones.

—Porque soy un hombre mayor de edad y oficial del ejército imperial distinguido en combate.

—Cierto. Cierto —se levantó y se fue, dejándome solo en la mesa.

Se suponía que tenía que llevarle un regalo a mi prometida, pero se me había olvidado comprarle algo. Ya no tenía remedio. No creía que lo esperara pero hubiera sido un detalle por mi parte obsequiarla con un chal de seda inglesa o algo de París. Me recibió en presencia de su madre y apenas sonrió.

—¿Ha disfrutado de su viaje, príncipe Alexei?

—Mucho, duquesa. Ha sido muy instructivo. Se trataba de un viaje cultural, como usted sabe.

—Sí, lo sé.

—Príncipe, sólo falta fijar la fecha de la boda —intervino la madre—. ¿Le parece bien que lo decidamos ahora?

—Muy bien, señora. Duquesa, ¿cuándo le parece mejor?

—Yo… no sé… —nos miró a su madre y a mí, indecisa.

—El mes que viene, príncipe. Ya se ha retrasado demasiado.

—Cierto, señora. Duquesa, ¿necesita usted algo especial?

—Con que se presente usted en la iglesia es suficiente, príncipe. Mi hija ya lo tiene todo preparado.

Percibí el veneno en sus palabras. No se fiaba de mí y no respiraría hasta ver a su hija casada.

El mes infernal pasó demasiado deprisa. Estrenar uniforme para la ceremonia, ropa nueva, pruebas con el sastre, beber con mis amigos por el feliz —¿feliz?— acontecimiento. No tuve ánimos ni para emborracharme.

Me encontré con Darya en la puerta de la iglesia, ella vestida y engalanada como un icono, nunca la había visto con tantas joyas y bordados de oro en el vestido.

Llevaba la cara tapada con un velo, como signo de pureza.

Entramos con nuestros padrinos, seguidos por los numerosos invitados.

Sostuve la vela que me dio el sacerdote sin ser consciente de nada.

Bendiciones, rezos, intercambio de las bonitas coronas de oro, compartir la copa de vino, intercambio de los anillos.

De repente ya estábamos casados y dando vueltas alrededor del altar, con el padrino detrás de nosotros sujetando las coronas sobre nuestras cabezas y las jóvenes damas de honor de Darya llevando velas blancas.

Nuestras manos estaban unidas desde que nos habían puesto los anillos, y así seguirían hasta el final de la ceremonia.

Se dejó constancia escrita del matrimonio y entre parabienes salimos fuera.

Fue una ceremonia muy larga de la que no pude disfrutar porque no estaba con la mujer adecuada.

Mi padre no había escatimado en gastos para la fiesta nupcial.

El gran salón resplandecía, las mesas con preciosos manteles se venían abajo de delicados manjares y bebidas escogidas.

La tarta era una obra de arte, nuestro maestro repostero se había esmerado y puesto en marcha su imaginación.

La zarina Alejandra había tenido el detalle de enviarle a la duquesa un regalo escogido de su propio tocador, un joyero de porcelana que hizo las delicias de Darya.

Hubo aplausos, brindis, sonrisas. Darya sonreía pero sin alegría.

Yo me mantuve serio aunque controlando que no se notara mi disgusto.

Habían alabado el vestido de la novia y volví a mirarlo con atención.

Derrochaba lujo, las telas en sí mismas eran una joya.

Los diamantes que la adornaban valían una fortuna.

Lucía también la pulsera que le había regalado.

Le tenía preparado otro regalo que le entregué después de partir la tarta: la Filocalia [3] , un ejemplar encuadernado especialmente para ella en seda bordada en oro con los filos dorados.

Siendo una mujer profundamente religiosa supuse que le gustaría más que cualquier fruslería.

Salvo la ceremonia en la iglesia no seguimos ninguna de las tradiciones al uso. Tras el largo y abundante banquete hubo un último brindis, pero la fiesta continuó hasta el baile final que inauguramos Darya y yo. Todos los invitados se marcharon excepto los parientes venidos de fuera

Me quedaba el momento más duro y penoso, consumar mi matrimonio.

Nos habían preparado el aposento nupcial con todos los detalles y pensando especialmente en Darya.

Eché de menos mi habitación, pero a partir de ese día tendría que dormir allí compartiendo cama con ella.

Bebí una copa de vino para darme ánimos.

No había bebido en exceso porque quería mantenerme consciente de mis actos.

Darya estaba sentada en la cama vestida con una camisa de dormir de seda y la espalda apoyada en varios almohadones.

Yo también llevaba ropa de noche y una bata. Besé su mano.

—No tenga miedo, señora —le dije amablemente—. La molestia será pasajera. Pero si se siente fatigada y prefiere que la deje dormir, me retiraré.

—No estoy fatigada. Gracias.

—Señora, ¿le han explicado algo concerniente a la unión conyugal?

—Mi madre ha hablado conmigo. Me ha dicho que no me preocupe de nada, que usted sabe lo que hay que hacer.

—Sí… así es. Apagaré las velas por respeto a su pudor… acuéstese, cierre los ojos y permanezca quieta y relajada, déjeme hacer a mí…

No le quité la camisa. Respiré hondo y yo también cerré los ojos. Mis pensamientos volaron hacia mi amada Agnes, que me había entregado su amor con tanta ternura y pasión. Agnes, mi dulce princesa Olga. Amor mío.