ALEXEI
No podía dormir. La última carta de mi padre era de todo menos comprensiva y amistosa. Me instaba a volver inmediatamente y cumplir mi palabra so pena de perder mi posición y un lugar en su casa. No entendía qué me mantenía en Londres. Y yo no podía decírselo
Lo peor era que Agnes suscribiría cada una de sus palabras.
Me volvía loco. No me importaba no volver a casa, Agnes sería mi casa si ella me aceptaba.
El problema no era que no me aceptara pobre sino que me recordaba constantemente que no podía ni debía renunciar a mis obligaciones.
De repente fui consciente de otro aspecto que no había tenido en cuenta: Lord Henry Baxter daría su aprobación a un príncipe; pero no aceptaría en su familia a un hombre desposeído.
Él buscaba el mejor marido para su hija, y ese «mejor» comprendía no solo las virtudes propias de un hombre digno y noble, sino también sus riquezas.
Nunca permitiría que Agnes se casara con un hombre pobre, extranjero y sin familia.
Sentí que todo se derrumbaba a mi alrededor. Pero cómo renunciar a Agnes.
Compré un anillo más sencillo de lo que debería, pero no tenía que parecer de boda ni de compromiso. Un aro de oro labrado. Pedí que lo bendijeran sin dar explicaciones y lo guardé esperando con inmensa ilusión el momento de ponerlo en el dedo de Agnes.
Mi Agnes, mi vida entera. Tenía que hacer preparativos.
Mi gente era discreta y no hablarían vieran lo que vieran, pero tampoco me apetecía que vieran a Agnes.
No tenía otro sitio donde llevarla, no desde luego a uno de aquellos espantosos lugares de citas clandestinas indignos de ella, de nosotros.
Agnes no era una conquista fácil ni una inocente a la que seducir. Era mi amada.
Le dije a mi ayudante que iba a tener una invitada distinguida al día siguiente y les daría el día libre a todos, incluido el personal de cocina y mi camarero personal en cuanto preparara la mesa.
No pestañeó. Tampoco quería a mi guardia de corps dentro de la casa.
Tenía que ser un encuentro sereno, sin que Agnes se avergonzara.
El día se me pasó demasiado lento, comencé a caminar como un lobo enjaulado.
Al final me fui al teatro, donde un conocido que me había presentado Lord Bailey me invitó a compartir su palco y más tarde a tomar una copa en su club.
Iba acompañado por su envarada esposa y dos hijas casaderas que se pusieron excesivamente nerviosas al verme.
Por primera vez mencioné de pasada que me encontraba prometido y a punto de contraer matrimonio.
Las miradas, sonrisas y movimientos de abanicos cesaron al instante, haciéndose un bendito silencio.
Al día siguiente si no aquella misma noche, todo Londres lo sabría.
Me levanté temprano y me di un baño. Paré un carruaje y me dirigí a la casa de los Wilson.
Agnes estaba saliendo, me vio y subió conmigo.
Llevaba un vestido de mañana muy bonito y un sombrero con velo tapándole la cara.
No hablamos hasta que estuvimos en el salón.
No había ni rastro de mi gente, lo que agradecí.
La senté sobre mis rodillas y la mantuve abrazada hasta que su corazón se calmó.
Parecía asustada por la enormidad de lo que había hecho y lo que estaba dispuesta a hacer.
Yo aún no podía creerlo. Qué valiente y amorosa era mi Agnes, no me la merecía.
La besé tantas veces que nos quedamos sin fuerzas.
Besos largos, lentos e intensos. Ella me hundió los dedos en la ropa.
La levanté para dejarla en pie, le di el ramo de flores que había comprado y volví a cubrirle la cara con el velo.
Fui a buscar el estuche con el anillo. Le dije que lo habían bendecido y se emocionó.
Con el Cielo como único testigo y delante de un icono de la Panagia [2] que siempre llevaba conmigo improvisé un ritual de matrimonio solo para nosotros.
Agnes miró la imagen con mucha curiosidad.
Como anglicana no estaba acostumbrada a las representaciones religiosas ni al culto a María.
Encendí dos velas, y tras dejar el ramo ante el icono le di una a ella para que la sostuviera durante toda la ceremonia.
Era mi novia, mi preciosa novia. Mi amada esposa.
—Yo, Alexei MijailovichVoronin te tomo a ti, Agnes Baxter como esposa ante el Cielo.
Prometo que te amaré siempre, que eres mi única y verdadera esposa.
Te tomo en este día para amarte cada uno de mis días sobre la tierra —hubiera deseado poder prometerle fidelidad, pero mi padre me esperaba en San Petersburgo con mi prometida oficial con la que me vería obligado a convivir maritalmente, me gustara o no— Quiero ser el agua para tu sed, el fuego para tu frío, el pan para tu hambre, tu hogar y tu refugio. Te amo y te amaré siempre.
A través del velo vi que los ojos de Agnes se llenaban de lágrimas. Apenas podía hablar de la emoción.
—Yo, Agnes Baxter, te tomo a ti, Alexei MijailovichVoronin como esposo ante el Cielo.
Prometo que te amaré siempre, que eres mi único y verdadero esposo.
Te tomo en este día para amarte cada uno de mis días sobre la tierra.
Seré el agua para tu sed, el fuego para tu frío, el pan para tu hambre, tu hogar y tu refugio.
Te amo y te amaré siempre, te honraré, respetaré y obedeceré como mi esposo hasta mi muerte.
Para hacer el intercambio de anillos dejamos las velas en sus soportes. Le puse el anillo en el dedo anular de su mano derecha. Después ella se lo quitó, lo besó y me lo puso sin llegar a justarlo porque era demasiado pequeño para mí. Le dije en voz baja que había que hacerlo tres veces.
—Princesa Olga Voronina, con este anillo yo te desposo y me uno a ti.
Finalmente yo también besé el anillo y lo puse definitivamente en su dedo. Besé sus manos cuidadas y elegantes, levanté el velo de su bonito rostro y la besé en la frente y en los labios. Ya estaba hecho. Nos miramos temblando de emoción y de amor.
—¿Princesa Olga Voronina? —preguntó con curiosidad.
—La forma femenina de mi apellido que te corresponde como esposa.
Olga era el nombre de mi abuela, te he dado un nombre ruso.
Si nos hubiéramos casado en San Petersburgo te hubieran bautizado y cambiado el nombre antes de la ceremonia nupcial.
Eres la princesa Olga Voronina ante Dios aunque no ante los hombres.
Pero quiero hacerlo todo bien, amor mío.
Tenía preparado un documento en el que constaba en inglés y ruso que había contraído matrimonio privado en Londres con Lady Agnes Baxter, y la fecha.
Lo firmé y sellé con mi propio sello y le pedí a Agnes que lo firmara, primero con su nombre de soltera y después como princesa Olga Voronina. Se lo di a ella.
—Guárdalo bien, corazón mío. Es nuestro certificado de matrimonio.
Bebimos vino de la misma copa antes de comenzar el banquete de bodas.
El salón estaba adornado con jarrones de flores de tal modo que parecía un jardín.
Comimos caviar y bebimos champán. Agnes no hacía más que mirar su anillo.
No había músicos, pero comencé a tararear un vals y bailé con ella, riendo ambos cuando la elevé en el aire varias veces.
Se apoyó en mí rendida de emoción. Con el corazón latiéndome al máximo la cogí en mis brazos y la llevé al dormitorio.
Estaba dispuesto a consumar nuestro matrimonio si ella me lo permitía y no muy seguro de si ella quería llegar tan lejos, o prefería dejarlo todo en una ceremonia simbólica.
La deposité sobre la cama y me arrodillé a su lado.
Sus preciosos ojos brillaban, lágrimas como perlas se deslizaban por sus mejillas. Aquel llanto me acobardó. Se las besé.
—Amor mío, no tengas miedo. No haré nada. Deja que te mire y me llene de tu presencia.
—No tengo miedo, Alexei. Lloro de felicidad. Lloro porque deseo ser tu esposa de verdad y no sé cómo pedírtelo.
—¿De verdad lo quieres, esposa mía, alma mía?
—De verdad, esposo mío, vida de mi vida. No soy una niña que se conforma con un anillo y una porción de tarta. Te quiero a ti, del todo.