AGNES #3
—¡Oh! Juraría que no se la había visto nunca, aunque por supuesto Lily tenía un joyero espectacular.
—Así es, Eleanor. Y esta pieza era suya. A papá no le importa que la lleve.
—Cómo iba a importarle. Estás preciosa, Agnes.
¿Te has fijado en el príncipe? Aunque sea ruso diría que es un partido muy apetecible.
Y qué atractivo. Las invitadas jóvenes no le quitan los ojos de encima, se están haciendo notar.
Aunque no me sorprende —rio ligeramente—.
Desde que apareció en Londres ha levantado pasiones.
—¿Oh? ¿Ya ha pretendido a alguien?
—No, Agnes. Sé de buena tinta que su comportamiento es ejemplar en todos los aspectos. Pero las jovencitas sois tan impresionables. Y hay muchas madres diligentes. Entre nosotras, lástima que Violet aún no tenga edad.
—Sí, una lástima. Pero no le faltarán pretendientes adecuados en su momento.
—Qué ganas tengo ya de que llegue ese día. Es una niña tan arisca, me hace sufrir mucho con su actitud.
—Yo no entiendo nada de niños, Eleanor.
—Disculpa, querida, por supuesto que no entiendes. Oh, creo que vienen a pedirte un baile.
Alexei no me perdía de vista disimuladamente. Él se había dado cuenta de que lucía su regalo. Bailó con varias chicas y por fin cuando quedé libre vino a invitarme a mí.
—Temí que terminaría la fiesta sin poder hablar contigo, Agnes.
—Tenemos que ser cuidadosos, amor mío. Todos están pendientes de ti. Todas, para ser exactos. Las madres te están evaluando.
—Yo ya tengo a la elegida de mi corazón, que me evalúen lo que quieran. Me muero por besarte.
—Y yo porque me beses.
—Gracias por aceptar y llevar ese camafeo, Agnes. Significa mucho para mí.
—Para mí también, Alexei. Lo llevaré en recuerdo tuyo. No te olvidaré nunca. Ojalá seas muy feliz, amor mío.
—Lo dudo. No puedo ser feliz lejos de ti. Me casaré con Darya y me resignaré a mi destino. Tendré hijos que no serán tuyos y cada noche me preguntaré por qué estoy en San Petersburgo durmiendo con una extraña y no con el amor de mi vida.
—No me odies, Alexei. Compréndeme.
—Cómo odiarte, Agnes. Me siento muy agradecido por haberte encontrado y terriblemente desgraciado porque te he perdido.
Escucha… he decidido aplazar mi regreso todo lo que pueda.
No tengo ánimo para irme ahora a casa. Ya sabes que por medio de mi embajador encontré un pequeño palacio donde viviré el tiempo que permanezca aquí, hay mucho que ver en Londres y no podía ser huésped indefinido de Lord Bailey, pese a su amabilidad.
Ahora nadie está pendiente de mí, entro y salgo a voluntad.
Por fin me siento libre. Volveré a Rusia, amor mío, pero no ahora.
—Cuanto más tardes en marcharte más sufriremos, Alexei.
—Lo sé. Pero prefiero sufrir por ti mirándote que recordándote en la distancia.
Agnes, lo único que me mantiene en pie es tu promesa de ser la esposa de mi alma.
Necesito algo más que verte en las recepciones y fiestas y bailar contigo.
No soporto que el baile sea la única forma de tenerte en mis brazos.
—Te lo prometí. Seré tu esposa para siempre en secreto. Siempre te amaré.
****
La recepción en palacio fue espléndida, una fiesta maravillosa en la que las mujeres nos pusimos nuestros mejores vestidos y joyas.
Me vestí de blanco con el collar de perlas azules además de un aderezo de diamantes, el camafeo y pasadores también de diamantes sujetando mi cabello.
La reina Adelaida miró mi collar con muchísimo interés.
Al rey Guillermo se le veía anciano y cansado pero nada deslució la fiesta y el baile.
Me imaginé por un momento acudiendo en calidad de prometida del príncipe Voronin Un sueño loco y maravilloso en el que procuré no recrearme por mi paz mental.
Como invitado de honor fue muy requerido, los invitados que no le conocían deseaban presentarle sus respetos, y los demás saludarle.
Las miradas que recibía de las mujeres presentes me molestaron tanto que temí que se me notara.
Inspiré hondo. Alexei era mío y nadie cambiaría eso, ni siquiera una desconocida duquesa rusa.
Creo que bailó con todas las damas antes de invitarme a mí, mientras que yo tuve que aceptar a todos los caballeros que me lo pidieron.
—Esta situación me está matando, Agnes. No poder mostrar que eres la amada de mi alma.
—Y yo no poder decir que te amo, que nos amamos el uno al otro.
—Resérvame el último baile, quiero irme a dormir envuelto en tu perfume.
A mí aquella situación también me estaba matando. Ya no podía más. Mi amor por Alexei era un fuego que me quemaba por dentro.
Aún hubo otra fiesta en la embajada del Imperio Ruso.
Papá y Julius se habían marchado al castillo y Claudette se había ocupado de que me fuera a vivir con ellos porque no podía quedarme sola en casa, como era mi deseo.
Alexei, que pensaba en todo, incluyó a Claudette y a Randall en la lista de invitados.
—Qué extraño —mencionó Randall—. El príncipe apenas nos conoce.
—Sí os conoce, Randall, ha bailado con Claudette un par de veces. Es su fiesta de despedida y ha tenido esa delicadeza con nosotros. Vamos a ir, por favor.
—Randall, el príncipe sabe que Agnes no puede ir sola.
—Así que el príncipe no quiere vernos a nosotros sino a Agnes. Seremos los convidados de piedra. Qué amable nuestro ruso.
Hubiera llorado allí mismo, delante de ellos. Si Randall declinaba la invitación yo tampoco podría acudir. Claudette, como siempre, acudió en mi ayuda.
—Iremos, por supuesto. No me perdería esa fiesta por nada.
Claudette y yo revolvimos nuestros armarios volviendo locas a Katy y a su doncella.
Ambas teníamos aún vestidos sin estrenar.
Yo me decidí por uno de seda azul bordado en oro para hacer destacar el collar y el aderezo de zafiros que había sido de mi madre.
Katy prendió el camafeo en mi escote y me colocó bien los broches a cada lado del moño bordeado por un trenzado.
Claudette se atrevió con un modelo rojo oscuro y rubíes.
A Randall se le cortó la respiración al mirar a su mujer.
El amor salió de él en oleadas para envolverla.
Los ojos verdes de Claudette irradiaban chispas de luz.
Se querían tanto que resultaba casi imposible imaginarlo.
El hombre grande y robusto de pelo oscuro y cálidos ojos castaños se deshacía ante aquella muñeca de porcelana baja y delgada que le había conquistado con una sola mirada.
Así nos queríamos Alexei y yo pero con el añadido de la desesperación.
Me pregunté por qué algunas historias de amor eterno tenían finales tan tristes.
Fuimos anunciados solemnemente. Había muchos invitados en los salones habilitados para la fiesta.
La orquesta animaba el ambiente hasta el momento de empezar el baile.
Largas mesas espléndidamente servidas con alimentos y bebidas.
Alexei saludaba a los invitados, fue muy formal con mis primos agradeciéndoles su asistencia y presentándolos al embajador y a su esposa.
Luego fue mi turno. Leí en sus ojos la alegría de verme, su sonrisa exquisita me conmovió.
En un momento que coincidimos junto a una de las mesas me ofreció un canapé de caviar instándome a que lo degustara despacio y me alcanzó una copa de champán.
Le vi bailando con varias mujeres jóvenes y con la embajadora.
También lo hizo con Claudette mientras yo bailaba con el embajador, que fue muy amable.
Yo esperaba que me invitara y lo hizo casi al final.
Un vals. Sonreímos al recuerdo de nuestro primer vals y nos sonreímos.
—Agnes, me quedan pocos días en Londres. Ya no puedo demorarme más, mi padre me reclama. Agnes, mi vida…
—¿Tan pronto ya? —la impresión me provocó un escalofrío y estuve a punto de perder el ritmo.
—Cariño, haré lo que tú digas. Deja que…
—No, Alexei. Me casaré contigo pero no oficialmente. Cuando tú quieras. Donde tú digas.
—¿Nunca van a dejarte sola los Wilson?
—Será difícil. Estoy bajo su responsabilidad. Tengo que pensar algo para salir de casa sin que sospechen.
—Que sea pronto,Agnes. Lo tengo todo pensado. Me queda poco tiempo y necesito pasar contigo mis últimas horas.
—Ha llegado el momento de separanos…
—Mi padre me reclama, está demasiado enfadado para razonar con él. No quiero irme sin convertirte en mi esposa.
Le aseguré que idearía algo para escaparme del control de Claudette. Estaba dispuesta a todo para ir con él. Nunca me había sentido tan fuerte y tan segura.