AGNES #2
Me decidí en el acto. Una hora fuera de casa con Alexei era un regalo que debía coger con ambas manos.
Él ya no vivía con Lord Bailey, que había sido su anfitrión durante las primeras semanas de su estancia en Londres.
Había alquilado una casa en un distrito tranquilo y aislado y le habían proporcionado el personal de servicio que necesitaba, personas muy discretas y eficientes.
Su séquito personal no era muy numeroso porque no estaba de visita oficial.
Su ayudante, secretario y un par de guardias de corps que le acompañaban en sus desplazamientos y pasaban desapercibidos para un ojo no entrenado.
La ciudadanía no se había enterado de que el príncipe Alexei Voronin estaba en Londres.
Para mí, salir de casa sola y de noche no resultaba sencillo, no lo había hecho nunca.
Papá no me preocupaba, dormía bastante lejos de mi habitación.
Esperaba no encontrarme con nadie del servicio, aunque se suponía que a las once estaban ya en sus habitaciones.
El mayordomo daba una última vuelta antes de retirarse y comprobaba las puertas. ¿Qué podía pasar si me veía? Sonreí.
—¿La desvisto ya, Lady Agnes?
—¿Qué? No, Katy. Puede retirarse, no la necesito.
—Como diga, Milady. Buenas noches.
No pudo disimular su extrañeza pero tuvo el buen sentido de no preguntar. Yo sola no podía desvestirme ni quitarme el corsé. No me importó lo que pudiera pensar, no tenía que darle explicaciones y además su lealtad era absoluta; nunca comentaría con nadie lo que pudiera ver o escuchar.
Cuando Katy salió volví a mirarme en el espejo y me retoqué el peinado. Ahuequé un poco más la falda del vestido. Toqué el collar, que nunca me quitaba, para darme fuerzas. El corazón me iba a estallar. Encontrarme completamente a solas con Alexei. Pura locura. Puro amor.
Cerré la puerta de mi habitación con mucho cuidado y bajé de puntillas la escalera lo más rápidamente que pude recogiéndome el vestido.
No se oía ni un ruido. Pasé por el vestíbulo y recorrí el pasillo que conducía a la puerta de servicio.
Más escaleras. Abrí con la llave correspondiente que colgaba de un soporte.
Me la llevé para cerrar por fuera. Distinguí el coche parado y corrí hacia él al tiempo que se abría la portezuela.
Caí directamente en los brazos de Alexei, vestido con un traje corriente.
El coche tampoco llevaba ningún distintivo.
Él dio un toque y nos pusimos en marcha despacio.
Dejé que me besara y a mi vez le besé. Mi decisión ya estaba tomada.
No me iría con él ni permitiría que se quedara aquí.
Pero también había pensado mucho en nuestra boda secreta no oficial.
Para mí sería vinculante. Alexei sería mi único y verdadero esposo hasta mi muerte.
—Amor mío, tengo un regalo para ti. Me hubiera gustado dártelo en presencia de tu familia. ¿Lo aceptas?
El camafeo era magnífico, de lapislázuli enmarcado en filigrana de oro.
—Es precioso. Y antiguo.
—Lo vi en un escaparate y supe que tenía que ser para ti. El vendedor me aseguró que es antiguo y auténtico.
—Pónmelo tú, Alexei.
Se acercó a mí y prendió la joya en el escote de mi vestido.
La proximidad de su cuerpo cálido me inundó de amor.
Olía muy bien, además. Su aliento me quemó la piel.
Apenas hablamos, la hora que me había pedido pasó demasiado deprisa y yo sólo quería prolongar los besos y abrazos, que el tiempo se parara.
La seda de mi vestido se arrugaba entre sus manos.
—Mi Alexei, te acepto —jadeé contra sus labios—. Me casaré contigo sin que nadie lo sepa. Pero tú tendrás que irte y cumplir tu destino.
Sus lágrimas cayeron sobre mis ojos. Hundí los dedos en su cabello increíblemente rubio.
—Una palabra tuya y renunciaré a todo.
—No, amor mío. No lo permitiré.
—¿Serás mía, Agnes? ¿Mía para siempre?
—Te lo prometo, Alexei. Te hago la promesa sagrada de que siempre seré tu esposa.
El coche me devolvió a mi casa, tan pronto.
Pero yo no era la misma que había salido una hora antes.
Eran las doce y la magia debía desaparecer.
No me entregué a él durante el trayecto porque no me lo pidió, reconocí algo avergonzada de semejante pensamiento.
Se había portado como un caballero. Pese a besarme apasionadamente y abrazarme hasta fundirme con él, no se había extralimitado ni pedido nada.
Pero sabía que si me lo pedía, cuando me lo pidiera, me tendría entera.
Volví a entrar en casa sigilosamente, dejé la llave en su sitio y recorrí el camino hasta mi habitación. Abrí la puerta al tiempo que Katy abría la suya.
—¿No duerme, Katy? —pregunté en voz baja.
—Me he despertado, Milady. ¿Necesita algo?
—Ya que está levantada haga el favor de desabrocharme el vestido. El resto lo haré sola.
—Yo la desvisto, Lady Agnes. No me cuesta nada.
Miró mi peinado descompuesto y después el camafeo. Fuera lo que fuese lo que pensaba no dijo una sola palabra. Ella no solo conocía perfectamente mis joyas, sino que recordaba que no lo llevaba cuando me vistió para la cena.
—Vuelva a la cama, Katy. Y procure dormir.
—Buenas noches, Milady.
****
Querida Claudette, ¿te apetece venir mañana a dar un paseo a caballo? Hace un tiempo que no cabalgo y lo echo de menos. Como parece que en Londres una chica joven no puede ir sola a ningún sitio te agradecería que vinieras a buscarme. Temprano, por favor.
Querida Agnes. Cuenta conmigo. No hace falta que me expliques nada, sé leer entre líneas.
Estaba bajando la escalera cuando llegó Claudette.
Papá ya estaba sentado a la mesa con su primera taza de té y abstraído en el periódico, leyendo las noticias relacionadas con el Acta de Reforma y las elecciones.
Aquella mañana yo no estaba para cuestiones políticas, asuntos sobre los que mi padre hablaba tranquilamente conmigo desde que cumplí dieciséis años.
Creo que era el único que no hacía diferencias entre su hijo y su hija.
Yo ya llevaba un traje de amazona. Entramos las dos a saludarle y yo le di un beso.
—Me voy a montar a caballo con Claudette, papá.
—¿No desayunáis antes? ¿Al menos un té?
—Yo ya he desayunado con Randall, Henry. Gracias.
—Yo prefiero dar un paseo antes, papá. Tomaré algo a la vuelta. No tengo hambre.
—Como queráis —y volvió a centrarse en el periódico.
En el parque prácticamente desierto a esa hora yo me adelanté rápidamente al galope y dejé a Claudette atrás.
No era muy experta y además tampoco se mostró ansiosa por seguirme, más bien puso su caballo al paso.
Alexei me vio antes que yo a él. Se reunió conmigo y nos internamos entre los árboles, fuera de la vista de los escasos jinetes que seguían el circuito.
Me ayudó a descabalgar y de nuevo fue un mar de abrazos y besos apasionados.
No queríamos arriesgarnos a que nos vieran así que disponíamos de poco tiempo.
—Amor mío, por fin estás aquí.
—Me he escapado con Claudette, que se ha quedado retrasada. No me ha preguntado nada.
—Es muy generosa con nosotros. Mi Agnes. No puedo marcharme sin haber sellado nuestro amor. Te amaré eternamente. Toda mi vida recordaré los pocos momentos que te he tenido abrazada así. Nunca imaginé cuando emprendí este viaje que me enamoraría hasta el alma.
—Ni yo me imaginaba que en mi primer baile conocería al amor de mi vida y al mismo tiempo lo perdería.
—No nos perderemos si somos valientes, Agnes.
—Mi Alexei, amor de mi vida. Si no hubieras hecho una promesa me arriesgaría a todo por ti. ¿Piensas que no soy valiente?
—No, tú no eres cobarde, cariño. Eres la mujer más increíble del mundo, mi vida entera.
—¿Cuándo volveré a verte, Alexei?
—En los próximos bailes. Amor mío, nos queda muy poco tiempo. Por favor, piensa en mi propuesta.
—Te amo, Alexei. Bésame y deja que vuelva con Claudette.
Claudette me encontró cuando regresaba y no me preguntó nada.
Supongo que mi rostro arrebolado y mis labios saciados de besos fueron más elocuentes que cualquier palabra.
Me dolió que me dijera que soy una egoísta.
No lo soy. Dejaba en libertad a Alexei por amor.
No quería que un día se arrepintiera de haber renunciado a todo por mí y se lo reprochara y me lo reprochara.
No podía interferir en su destino. ¿Eso era egoísmo?
Ni mucho menos. Pero Claudette no parecía entenderlo.
Ella había vivido una historia de amor increíble con Randall.
Yo estaba viviendo la mía pero con resultado diferente.
Si Alexei hubiera sido libre no hubiera dudado ni un segundo.
Pero su padre se había asegurado de atarle antes de dejarle viajar.
Alexei, ¿por qué no viniste antes? ¿Hubiera sido mejor no conocerte?
Esa pregunta me destrozó. Pensé en ello.
No haberle conocido, no haber estado en sus brazos…
¡No! Bendita coincidencia. Bendito amor.
Teníamos muy poco tiempo antes de que nos fuéramos al campo y después a Escocia.
Papá y yo recibimos invitaciones para otro baile de gala en honor de Alexei.
Todo el mundo se esforzaba en agasajarle, esta vez fueron los Campbell.
A mí me hubiera gustado que nosotros hubiéramos ofrecido otra fiesta pero no me atreví a sugerírselo a papá, me dio vergüenza que creyeran que había un interés oculto; al fin y al cabo yo no tenía madre ni papá una pariente mayor que hiciera de anfitriona con él.
Me puse el camafeo para que viera que pensaba en él y que cumpliría mi palabra. No pudo prestarme mucha atención, de haberme distinguido sobre las otras jóvenes los rumores hubieran estallado y él velaba también por mi buen nombre, no deseaba dejarme en evidencia. Eleanor se fijó en mi camafeo.
—Querida, qué joya tan adorable.
Me quedé cortada. Pensé rápidamente qué decirle. Papá lo había mirado con interés y no me había preguntado nada.
—Era de mi tía Lily.