El secreto de Lady Agnes AGNES
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AGNES

Nunca me imaginé que Claudette iba a intervenir en la historia de amor entre Alexei y yo, más bien la imaginaba preocupándose por mi reputación y por las consecuencias si trascendía.

Pero se convirtió en una fiel aliada aunque sin descuidar la guardia.

Si quisiera quedarme totalmente a solas con él tendría que recurrir a un subterfugio y no es fácil engañarla.

El éxtasis de amor y felicidad se truncó demasiado pronto.

Alexei está prometido, se sentía obligado a decírmelo personalmente antes de que me enterara por los rumores.

No era algo para escribir sino para hablarlo cara a cara.

Está prometido. Se casará en cuanto vuelva a San Petersburgo.

¿Entonces? ¿Qué quería exactamente de mí?

¿Seducirme como un vulgar calavera? Por él estaba dispuesta a renunciar a mi independencia y a mi libertad.

Por él hubiera cometido mil locuras. ¿Qué era aquello?

Lloramos juntos. Él estaba dispuesto a renunciar a todo por mí y quedarse en Inglaterra o donde fuera mientras estuviéramos juntos.

Quiere casarse conmigo a despecho de todo.

Mi amado príncipe. No puedo permitirlo. Accedería sin dudar a su propuesta de matrimonio si no implicara unas consecuencias tan graves.

Me dijo que tenía que volver para decirles a sus padres y a su prometida que rompía aquel compromiso impuesto para casarse conmigo.

Lo que se rompió fue mi corazón. No puedo permitir que falte a sus obligaciones.

No he querido preguntarle cómo es su prometida.

No la ama. ¿Quién se casa por amor? Julius y Felicity, Randall y Claudette.

Pero son excepciones. Papá se casó con mamá Leslie y después con Margaret por conveniencia aunque llegara a sentir afecto por ellas.

Pero afecto no es amor apasionado. No quiero pensar en Darya porque el dolor que siento por dentro es inabarcable.

Randall ha intentado ser chistoso pero no me ha hecho ninguna gracia.

No tiene ni idea de mis sentimientos. Claudette y yo vamos a hacer visitas, nos invitan a merendar.

Generalmente terminamos en su casa y después si está Randall me acompaña a la mía.

No sé si habrá oído algo, Alexei y yo somos muy cautos.

Hemos coincidido varias veces no solo en fiestas, también tomando el té en un lugar u otro y no hablamos más de lo conveniente.

Pero las lenguas siempre están dispuestas a soltarse y tal vez nuestros ojos han hablado más de lo que imaginamos o nos ha traicionado nuestra postura corporal o las sonrisas involuntarias al mirarnos.

La cuestión es que Randall se ha puesto más serio de repente.

—Agnes, sabes que te quiero tanto como Claudette.

—Lo sé, Randall. Siempre he podido contar con vosotros. ¿Hay algo que me quieres decir?

—Sí. Pero no sé cómo abordar el tema. Si el príncipe ruso tiene intención de pedir tu mano, Henry se llevará una alegría y nosotros también. Si no la tiene, no comprendo a qué juega tonteando contigo.

—No tontea, Randall. Ni yo tampoco. Ni papá ni vosotros tenéis de qué preocuparos.

Yo no me voy a casar, ni con él ni con nadie.

Me solicita bailes por cortesía, es amable conmigo y ahí queda todo.

No hay nada de qué hablar. Cuando acabe la Temporada volveré a Escocia con papá.

Alexei se irá a Rusia o donde le parezca…

Me di cuenta de que le había llamado por su nombre, e intenté arreglarlo. Demasiado tarde.

—Agnes, ¿le llamas por su nombre?

—Somos amigos, Randall. A ti también te llamo por tu nombre y te tuteo.

—Eso es normal. Somos parientes.

—Y Alexei y yo, amigos. Nada más.

No quería hablar del asunto con mi primo. Sabía que él se preocupaba sinceramente. Me considera una hermana pequeña y desde la muerte de Edward su atención se había incrementado mucho. Le rocé una mano.

—No te inquietes, primo Randall. Todo está bien.

—Agnes, eres como mi hermana. Si no hubiera ocurrido todo aquello serías mi hermana, ¿lo sabes?

—Lo sé. Incluso Edward me lo dijo. A tu padre y al mío les hubiera hecho mucha ilusión.

No pudo ser. Yo quería mucho a Edward, era maravilloso conmigo.

De haber vivido, no hubiera podido encontrar un marido mejor.

Pero no voy a casarme nunca, Randall. No por luto ni duelo, como la tía Lily.

Yo era una niña y Edward un hombre. No me casaré nunca porque no quiero renunciar a lo que soy ni tener que pedir permiso para todo.

Seguiré cuidando de papá hasta su último día. Y cuando ya no esté, tal vez me vaya.

—¿Irte? ¿A dónde?

—No lo sé, tal vez a América. A algún lugar donde pueda vivir sola e independiente sin que me critiquen o me compadezcan.

—Eres demasiado joven para pensar en eso, Agnes. Acabas de empezar tu primera Temporada.

—Me queda una segunda. ¿Y después? «Ah, la pobre, pobre Agnes ya no es debutante, apenas elegible». No quiero eso para mí, Randall. Me quedaré en Escocia con papá.

—No te alteres, querida Agnes. Sólo tienes dieciocho años, no treinta y ocho.

Me eché a reír y le di otro apretón de manos a mi primo. Me despedí de él y entré en casa. Papá parecía dormir pese a tener el periódico abierto frente a él. La copa de brandy estaba medio vacía y el cigarro aún humeaba. Lo apagué.

—¿Agnes?

—Ya he vuelto, papá. Te habías dormido.

—No. Sólo pensaba. ¿Lo has pasado bien con Claudette?

—Mucho. Me ha traído Randall pero no ha querido entrar, tenía prisa. Te manda saludos.

—Muy bien. ¿Qué hora es?

—Más de las seis. Voy a mi habitación, papá. Te veré en la cena.

Me quité el sombrero y descansé en el sillón junto a la ventana. Katy entró y me miró.

—Se ha despeinado mucho, Milady.

—Así es, Katy. Así que haga el favor de peinarme otra vez.

Alexei me había despeinado al acariciarme el pelo metiendo las manos entre los mechones.

Yo me lo había arreglado lo mejor posible con ayuda de Claudette antes de ver a nuestras amigas.

Pese a las horas transcurridas tenía aún frescas sus caricias en la cara y en la garganta.

Sus manos y sus labios me habían ofuscado.

No quería que parara. Al contrario que con Philip, deseé que no apartara sus manos de mí.

Qué pensamiento tan escandaloso, supongo.

Desear lo prohibido, lo que me está vedado porque soy una señorita soltera y porque él está prometido.

Si fuera una egoísta aceptaría su propuesta de matrimonio y al demonio con todo lo demás.

Pero no puedo, y tengo otra razón aparte de no alejarlo del cumplimiento de su deber: su prometida.

Aunque no se amen hay una promesa de por medio, él le ha entregado el anillo delante de centenares de testigos.

Ella le espera. Aunque no le ame, le espera.

Me pregunté cómo me sentiría yo si mi prometido me dijera que se iba a casar con otra, una extranjera que había conocido durante un viaje, con otras costumbres y otra religión.

Que iba a pasar por encima de todo para casarse con ella.

Me sentiría humillada, no sabría dónde meterme.

No podía hacerle eso a aquella mujer desconocida que le esperaba en San Petersburgo.

****

Papá se marchó al club con Julius anunciando que comerían allí.

Claudette vino a buscarme y pasamos un día intenso yendo de un lado para otro.

Curiosamente aquella noche no había nada previsto.

Llegué tarde después de una merienda muy animada comentando las novedades, posibles compromisos, cumpleaños, vestidos nuevos.

Me quité los zapatos y me dejé caer encima de la cama, agotada.

—Milady, no se duerma. Tiene que cambiarse para la cena.

—Sí, claro. No me había dormido, de todas formas. No sé qué ponerme.

—Afortunada usted, eso es porque tiene muchos vestidos y todos preciosos. ¿Cenan solos Su Señoría y usted? El de color menta bordado en blanco. Con el adorno de perlas. Qué bonita está, Lady Agnes.

Me vi guapa al mirarme en el espejo. Cené poco, pero papá no se dio cuenta. Al salir del comedor vi una carta para mí y la cogí antes de que reparara en ella. Conocía el bonito sobre y la letra.

Amada Agnes. ¿Has pensado en lo que te he dicho?

No puedo ni quiero alejarme de ti. Estaba casi resignado a mi destino creyendo que ya no había esperanza.

Tú eres mi esperanza, tú eres mi destino.

No me rechaces, te lo ruego. Cada día sin ti es un día perdido que no vivo.

Esta noche a las once estaré en la puerta de atrás de tu casa, esperándote en un coche.

Concédeme una hora de tu tiempo. A las doce, como la Cenicienta, estarás de vuelta pero con los dos zapatos puestos.

No ocurrirá nada que no desees. Me tienes en tus preciosas y dulces manos, amada mía.

Necesito verte y hablarte. Si no vienes lo comprenderé.

A veces me da miedo dormirme porque creo que al despertar tú ya no estarás.

No sé cómo explicarte todo lo que siento en mi corazón.