ALEXEI #2
El año pasó más rápidamente de lo que había esperado.
Disfruté de los encantos de varias ciudades maravillosas y fui acogido por personalidades que se desvivieron por mí.
Visitar museos, asistir a conciertos y a representaciones teatrales, paseos, comidas, cenas, bailes.
No me dejaron solo un momento y se esforzaron para que me sintiera como en casa.
Yo hablaba francés y alemán, aunque únicamente con el francés ya hubiera podido viajar por todo el mundo.
Me enamoré absolutamente de cada paisaje y de cada obra de arte.
Tuve muy pocas aventuras amorosas porque no quería dar lugar a escándalos y cotilleos.
Las damas jóvenes que me presentaron eran una delicia para los ojos y para el intelecto, pero no manifesté ningún interés que diera lugar a equívocos.
Algunas damas casadas con hombres mayores y tediosos, con sus maridos oportunamente fuera, de caza o en sus asuntos, alegraron mi viaje.
Resultaron exquisitamente sensuales y apasionadas, con la ventaja de que no esperaban nada de mí excepto desenfreno sexual que compensara su rutina y aburrimiento.
Respecto a perderme por vericuetos y callejones de incógnito ni me lo planteé.
Decidí terminar mi periplo en Inglaterra y se hicieron las gestiones pertinentes.
Lord y Lady Bailey serían mis anfitriones.
Partí con mi séquito del puerto de Calais y desembarqué en Dover, desde donde emprendí viaje a Londres.
En Dover me esperaban los enviados de Lord Bailey, quien me recibió solemnemente en su mansión.
Lo había organizado todo al detalle. A la tradicional ronda de fiestas, paseos y cenas se unió una estancia en el campo para que pudiera cazar.
Yo era un gran tirador, así como diestro con la espada y en el tiro con arco.
Disfruté mucho de los días en la campiña.
Lady Sophie Bailey era reservada pero amable y se informó a través de mi ayudante de cuáles eran mis manjares preferidos.
No me mostré caprichoso ni extravagante, mi ayudante recalcó más lo que detestaba que mis gustos alimenticios.
El rey Guillermo y la reina Adelaida me recibieron en palacio y me desearon una feliz estancia en su reino.
Les sorprendió un poco que estuviera allí sin ninguna misión oficial, aunque entendieron que mi curiosidad por viajar y aprender era natural.
Era una costumbre arraigada que los jóvenes ingleses viajaran por el continente durante uno o dos años antes de incorporarse a sus obligaciones.
El rey Guillermo me invitó a la recepción en la que las jovencitas casaderas se incorporaban a la vida social.
Acepté, por supuesto. Lord Bailey me explicó que la presentación en palacio era un rito de paso muy importante para las jóvenes damas, que a partir de ese momento ya eran conocidas y tenidas en cuenta con fines matrimoniales.
Llegué a la hora indicada con Lord y Lady Bailey, que se mostraba muy emocionada.
Me dediqué a mirar con curiosidad la fila de damitas nerviosas y expectantes que hacían una reverencia al rey y besaban su mano, acompañadas por orgullosas matronas.
Después se paseaban con sus madres, o tías, se dejaban ver por los caballeros presentes, formaban grupitos y llenaban sus carnets de baile con los nombres de futuros pretendientes.
No todas eran bonitas aunque sí jóvenes; y la juventud es un elemento más de la belleza.
Mis ojos iban de una a otra. Y de repente mi corazón se paró, se me cortó la respiración.
Ella parecía recortada en luz, emanaba tal brillo de su interior que me sorprendió que nadie más se diera cuenta.
Era una criatura de otro mundo. Aparte de su magnífico vestido, un collar increíble de perlas azules la hacía destacar.
Nunca había visto una joya igual. Ella misma no tenía los ojos azules aunque era muy rubia, sino de un color que me recordaba la miel bajo el sol.
Delgada y ligera como un hada y con una sonrisa capaz de derretir el corazón más inconmovible.
No la perdí de vista, la vi bailando con uno u otro, hombres jóvenes muy distinguidos que le hablaban y sonreían.
En uno de los descansos, me animé a pedir que me la presentaran. Agnes. Una perla nacarada.
—Las jóvenes debutantes no bailan el vals.
La encantadora dama francesa se apresuró a aclarar la situación.
¿Que no iba a bailar conmigo? No podía marcharme de allí sin haber hablado con Agnes ni haberla estrechado entre mis brazos aunque fuera en una danza.
Ella me miró a los ojos y leí en los suyos que sentía lo mismo que yo.
Ella aún no sabía qué era, yo sí y estaba dispuesto a demostrárselo.
Valiente y decidida apoyó su mano en la mía y se dejó llevar al centro del salón.
Los presentes se quedaron boquiabiertos de asombro.
Las señoras fingieron escandalizarse. Fuimos el blanco de todas las miradas.
Le dije que me había roto el corazón, lo que era absolutamente cierto.
Amor a primera vista. El amor entra por los ojos y llega al corazón.
Todo eso tan conmovedor que escriben los poetas era cierto, acababa de comprobarlo.
Me había enamorado por primera vez en mi vida.
No tenía nada que ver con el deseo voluptuoso que me había provocado Sonia, con la atracción física instantánea que culminaba en el regocijo de la carne.
Era otra cosa, inmensa, que me sobrepasaba, que me dolía.
La quería a ella entera, por dentro y por fuera.
Su cuerpo desde luego, no me iba a mentir a aquellas alturas de mi vida; pero también su corazón, su espíritu, lo que era y lo que representaba.
La quería a ella, su risa y su llanto, su alegría y su tristeza, sus sueños y sus pesadillas si es que una criatura así podía tener pesadillas.
Reír y llorar con ella después del amor.
Besarla apasionadamente y con ternura. Bendecir cada amanecer porque estaba conmigo.
No podía permitirme alejarme de ella después de haberla encontrado, dejarla atrás y continuar mi camino solo.
No podía. No quería. No lo haría. Rodeé su cintura delgada con mis manos y la elevé en el aire girando con ella.
Era tan ligera, tan etérea. Aquella gente se quedó de piedra, como si nunca hubieran visto nada igual.
Parecía que había escandalizado a toda la corte con aquel gesto.
Le sonreí a ella sola y me devolvió la sonrisa.
Qué valiente y dulce. Habíamos desafiado las conveniencias sociales.
Yo estaba dispuesto a desafiar al mundo entero para no perderla.
Le pedí que me llamara por mi nombre y me tuteara, yo hice lo mismo.
No era Su Alteza Real el príncipe Alexei Voronin; era Alexei, un hombre enamorado y conmovido.
Tenía que volver a verla como fuera, lo que resultaba muy difícil porque no la dejaban nunca sola.
No podía salir de su casa como si tal cosa.
A mí también me controlaban en cierto modo, no podía escaparme de la amabilidad de los Bailey.
Necesitaba una aliado. La Honorable Claudette Wilson me pareció perfecta.
La invité a bailar y le pedí ayuda. Tenía que convencerla de que no era un vulgar seductor.
Nunca había seducido a una joven para aprovecharme de su ingenuidad amparado en mi título.
Todas mis amantes eran mujeres con gran experiencia amatoria que sabían lo que quería y también cómo dármelo.
No era el caso de Agnes, no la quería como amante, la amaba.
Era mi oportunidad de demostrar mis sentimientos a una mujer.
Una luz estalló en mi cerebro: lo que deseaba era casarme con ella, que mi esposa fuera Agnes.
No sabía si controlaban su correspondencia, tampoco podía escribirle abiertamente.
La Dama Claudette me dio una solución: firmar como Alexandra Ravenscroft.
Su padre no haría preguntas ante un sobre femenino a nombre de su hija.
La hubiera abrazado. Me proveí de hojas de cartas y sobres propios de damas y de tinta de color violeta que camuflé entre mi correspondencia particular.
Si ella deseaba responderme me enviaría una carta a la residencia de los Bailey bajo el nombre de Martin Pitt en un sobre corriente.
Mi querida Agnes. No he podido dormir pensando en ti.
Me encerré en mi habitación y abrí la ventana mirando las sombras de la ciudad, preguntándome dónde está tu casa, donde duermes a salvo de toda inquietud.
Daría algo por velar tu sueño, me pasaría todas las noches despierto mirando tus ojos cerrados y escuchando tu respiración y daría gracias cuando los abrieras, me miraras, y viera el amor reflejado en tus pupilas.
No me conoces, vida de mi vida, ¿cómo puedo convencerte de la sinceridad de mis sentimientos?
¿Cómo puedo convencerte de que pese a haberte visto una única vez, te amo como no he amado nunca a nadie?
Me permito hablarte con la lengua de un poeta a quien admiro porque la mía no es suficiente para expresar lo que siento por ti.
“Apuro sediento tu tierno gemido,
tu intimidad que me embriaga
y ardiente, la lengua del dulce deseo,
pasión cuyo vino no sacia.” [1]
Amor mío, no puedo renunciar a ti, a conocerte tanto como me conozco a mí mismo. Deseo que tú me conozcas, que conozcas al hombre que vive dentro del príncipe y que llegues a comprenderle y amarle. Dame una palabra de esperanza aunque no sea digno de ti.
Mi querido Alexei. Yo tampoco pude dormir.
Quiero ser sincera contigo, aunque se supone que una dama no debe hablar de estos asuntos.
A mí tampoco me había ocurrido nunca que un hombre me impresionara tanto.
Tampoco es que me haya relacionado con ellos al margen de mis familiares.
Llevo una vida muy retirada en Escocia, si estamos en Londres es por el acontecimiento de mi debut.
Me quedan unos meses muy ajetreados, debo aparecer en público lo más posible sin hacerme notar demasiado, aunque propiciando que me vean.
Es bastante complicado. Por suerte, Claudette me está ayudando mucho.
No sé si pensarás que soy una niña frívola que solo piensa en fiestas.
No lo soy. Muy joven sí, pero tengo otros intereses al margen de los bailes.
Tú eres un hombre, no un jovencito atolondrado.
Me pregunto qué has visto en mí. Yo sé lo que he visto en ti, querido Alexei.
No sé cómo es el amor. Si el corazón duele, entonces a mí me duele desde que te conocí.
Hubiera bailado contigo toda la noche y no hubiera huido como la Cenicienta.
Me siento muy confusa, querido Alexei. No tengo ninguna experiencia sentimental, pero sé que te amo.
Me enamoré de ti nada más verte. Me siento confusa y maravillada al mismo tiempo.
Escríbeme mientras sigas en Londres, mi querido Alexei.
¿Podré volver a verte? Qué bella la poesía que me has enviado, soñaré que eres tú quien me la recita.
Querido Alexei, no puedo dejar de pensar en nuestro baile, cuando tus manos estrechaban mi cintura y me elevabas en el aire.
No sé si eras consciente de cómo me mirabas.
Yo soy consciente de cómo te miré a ti. Tus ojos eran agua cristalina en la que deseaba flotar.
No. Flotar no, hundirme, ahogarme en ti.
¿Qué me está pasando? ¿Cómo me atrevo a hablar así?
Agnes, tengo que verte. ¿Sabes dónde está la embajada del Imperio Ruso en Londres?
Acudo allí a celebrar el culto de mi religión de manera privada, es uno de los momentos en que puedo zafarme de las atenciones de mis anfitriones.
Después voy a dar un paseo. Nadie me reconoce, es una delicia convertirme en una persona anónima durante unas horas.
Ven, por favor. No soporto esta situación.
Si accedes, ya lo he arreglado. Te esperaré.
Después de escribir a mi amada Agnes le escribí una nota a la Honorable señora Wilson. Ella está de nuestra parte.