El secreto de Lady Agnes ALEXEI
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ALEXEI

Como deseaba mi padre me comprometí con Darya antes de marcharme. Le escribí una carta informándole de mi decisión.

Estimada duquesa. Dentro de pocos días se celebrará nuestra fiesta de compromiso.

Antes de que ésta tenga lugar debe saber que al día siguiente me marcharé en un viaje cultural al extranjero.

Mi padre me ha dado permiso para ausentarme durante un año.

Es tiempo suficiente para que usted pueda ultimar sus propios preparativos.

Entiendo que usted trasladará sus objetos personales y su propio servicio a nuestro palacio.

Deseo que no eche en falta nada a lo que está acostumbrada, mi único interés es que usted se sienta cómoda en el que será su hogar.

Mi madre espera con impaciencia a su nueva hija, en ella podrá encontrar una amiga y confidente.

Mientras yo esté ausente le ruego que la visite cuanto le sea posible para que no se encuentre sola, es bueno que usted se vaya acostumbrando a su carácter y al orden interno de nuestra casa.

Respecto a mi padre, también la considera ya una hija.

No se inquiete por mí, este viaje me beneficiará y ampliará mis conocimientos. Beso su mano.

Releí varias veces la carta antes de enviársela junto con un ramo de flores. El tono me pareció educado y correcto. Tampoco era cuestión que el mismo día de la fiesta le dijera que me iba. Mejor que supiera a lo que atenerse.

Mamá me llamó a su habitación y abrió sus joyeros.

—Aliosha, escoge una alhaja para regalársela a Dasha —ella ya la llamaba por el diminutivo familiar—. La que tú prefieras.

Miré aquella cascada de collares, anillos, pulseras y diademas que desbordaban de colores. Los toqué con respeto porque eran de mi madre, porque algún día serían una reliquia, tal vez la herencia de mis hijas si las tenía. Elegí una pulsera de diamantes y zafiros engañosamente sencilla.

—Hace juego con los ojos de Dasha —asintió complacida.

—Espero que la aprecie.

—Apreciará cualquier regalo que le hagas, hijo mío. Me siento muy feliz de que hayas limado asperezas con tu padre. ¿Pero es necesario que te vayas?

—Sí, mamá. Lo necesito. Cuando vuelva, me casaré tal y como habéis dispuesto. Le he pedido a Darya que venga a verte mientras yo esté fuera. ¿Tú estás contenta con esa elección, mamá? ¿También crees que es la mujer adecuada para mí?

—Estoy segura, Aliosha. Dasha es un ángel de bondad, no ha tenido un mal pensamiento ni cometido una mala acción en toda su vida.

Jamás se ha separado de su madre y es su consuelo desde que su padre murió.

La zarina Alejandra la quiere mucho. Al elegirte para ella te ha honrado, Aliosha.

Nos honra a todos. Esa criatura no podía caer en mejores manos.

Me entraron ganas de reír con amargura. Mis manos las mejores para un ángel de bondad que no había tenido un mal pensamiento en su vida.

Mi mente estaba llena de malos pensamientos, como tomar otra amante en cuanto volviéramos del viaje de novios.

La zarina podía haber honrado a otro noble con la mano de Darya.

Me sentía desgraciado y acosado pero no podía hacer nada.

Iba a tener la esposa más fea y aburrida de toda la corte.

De todo el Imperio, más bien. Bueno. Aún me quedaba un año por delante para disfrutar de las delicias de la vida antes de mi horrenda noche de bodas.

Mejor no pensar en ello. Entonces recordé algo.

—Mamá, ¿a la duquesa la obligan a casarse conmigo?

—No, qué disparate. Ella se ha mostrado de acuerdo y conforme. No me extraña —mi madre me miraba arrobada—. Eres el joven más guapo del mundo.

—Del mundo, nada menos —me reí—. Te ciega tu cariño de madre.

—¿Me vas a llevar la contraria?

—No, mamá. Si tú lo dices así es —la besé en la frente—. Mamá, perdóname pero hay algo que debo saber —ella me miró interrogadoramente—. ¿Alguien le ha explicado a la duquesa lo que viene después de la ceremonia de boda y el banquete?

—No lo sé —se había ruborizado—. Imagino que su madre le dirá lo que necesite saber. Tú, Aliosha, no olvides que es una joven delicada y angelical, no una…

—¿Una qué, mamá?

Mi madre había cometido un desliz y no sabía cómo arreglarlo. Así que estaba enterada. Se ruborizó aún más si cabe.

—Una muchacha que ha vivido mucho, Aliosha. Ella no sabe nada de la vida.

—Comprendo. No te preocupes, mamá. Lo tendré muy en cuenta.

—Eres un buen hijo, Aliosha.

—Ojalá lo fuera. Tú eres la mejor madre. Tú sí eres un ángel de bondad, mamá. Perdóname todos los disgustos que te he dado.

—Niñerías y rabietas de adolescente. Nada serio que no haya podido superar.

—Tú nunca me has pegado.

—Pegarte. No hubiera podido. Tú eres carne de mi carne. Causarte dolor hubiera sido como causármelo a mí misma. Tu padre solo buscaba hacerte un hombre de bien, por eso te castigaba. Son los padres los que disciplinan a sus hijos.

—No le guardo rencor, mamá. Quién sabe qué haré yo cuando tenga hijos.

—Mis nietos —sonreía beatíficamente.

Entonces se me ocurrió un pensamiento atroz e irreverente.

No sabía nada de su vida, ni mi padre ni ella me habían contado si el suyo fue un matrimonio acordado o se querían antes de casarse.

¿Los habían obligado también a estar juntos toda su vida?

¿Habían hecho uso del matrimonio por obligación, deseando estar en otro sitio o con otras personas?

Creí que iba a vomitar sobre las joyas esparcidas encima de la cama.

Besé las manos de mi madre y casi corrí a mi habitación, dejándola asombrada y sin entender nada.

Me serví un vaso de licor hasta el borde y me lo bebí de un trago.

¿Qué clase de persona era yo para pensar así de mis padres?

Los días siguientes fueron una locura. Imaginaba que en la residencia de Darya sería aún peor, ya que la fiesta de compromiso se celebraba allí.

Todo empezó con una cena familiar en la que puse el anillo de compromiso en el dedo de Darya, besando después su mano.

Como no tenía padre, el general Vasiliev que era pariente suyo y había ejercido de tutor dio un pequeño discurso.

Después habló mi padre. Se sucedieron los brindis, por lo que procuré beber muy poco.

La duquesa y yo estábamos sentados uno junto al otro.

Ella sonreía levemente, parecía contenta mirando el anillo resplandeciente, una joya fabulosa y cara que mi padre había encargado y pagado sin pestañear.

Intercambié alguna mirada con ella. Iba más adornada de la habitual pero seguía siendo gris y sin vida.

No me entusiasmó. Procuré disimular mi aburrimiento.

Interpretaron mi casi mutismo como emoción.

Ella tampoco habló mucho. Así serían los próximos años de mi vida hasta que la muerte se apiadara de mí.

La semana siguiente fue la gran fiesta con numerosos invitados, más brindis, más discursos, aplausos, parabienes.

Darya vestía de seda gris bordada en oro.

El amplio escote no mostraba nada de interés, y supuse que bajo las varias enaguas que abultaban su vestido tampoco habría nada de interés.

Miré de nuevo sus pies, que asomaban bajo el ruedo de la falda, calzados con lujosos zapatos forrados de la misma tela que el vestido.

Tenía que dejar de obsesionarme con los pies de aquella mujer, tampoco tendría que verlos después de la boda.

Afortunadamente no tendría que ver nada de ella, mejor que quedara oculta desde el cuello a los pies por la camisa de dormir.

Bailamos para deleite de los presentes, especialmente de su madre que parecía muy aliviada por haber prometido a su única hija.

Entre brindis y brindis le regalé la pulsera.

Sus ojos se iluminaron. Le había gustado.

Mi madre se secó los ojos discretamente.

Mientras bailábamos, repentinamente me habló.

—De modo que se marcha usted, príncipe.

—Así es, señora. Mañana mismo. Se trata de un viaje cultural.

—¿Volverá usted?

—Tengo un compromiso que cumplir, duquesa. Y un año pasa pronto. Usted estará muy ocupada.

—En efecto. Muy ocupada.

Sabía que me casaba por deber, por deseo de otros. Porque era mi destino. Me casaría con ella tal y como se esperaba de mí. No podían exigirme que mostrara entusiasmo y una alegría que no sentía.

—¿Dónde le gustaría ir de viaje de novios, duquesa?

—Lo que usted disponga estará bien, príncipe Alexei. No he viajado mucho.

—Piénselo durante estos meses. Preferiría que decidiera usted, señora, para que sea de su agrado.

—La pulsera es preciosa, Alteza.

—Me alegro de que le guste. Hace juego con el color de sus ojos.

—¿La ha elegido usted mismo?

—¿Quién, si no? Directamente del joyero de mi madre. Es una joya de familia.

—La princesa es muy generosa.

—La amará a usted como a una hija, no le quepa la menor duda.

Como en ese momento la estaba mirando, mirando hacia arriba para verla bien, no se me escapó que le temblaban los labios. Me espantó la idea de que se pusiera a llorar; o peor, que me preguntara si yo también llegaría a amarla.

—Parece usted fatigada, señora. Será mejor que descanse —y girando me fui apartando hasta llevarla donde estaban nuestras madres con otras mujeres de edad—.

Su Excelencia está algo cansada —les dije—.

Siéntese, señora. ¿Quién tiene su abanico?

—su madre se lo dio—. Si me disculpan, voy a fumar con los caballeros.

Mi madre no se percató de que me estaba librando de mi prometida. La suya frunció ligeramente el ceño.

Aquella noche me acosté muy tarde pero feliz y liberado.

Un año podía ser mucho tiempo, dependiendo de lo que ocurriera.

Yo esperaba un milagro imposible: que Darya se enamorara de alguien y pidiera romper el compromiso.

Que se diera cuenta de que yo no le convenía y rompiera el compromiso.

Cualquier cosa que impidiera nuestro enlace sería bienvenida.